Nuremberg y Hamburgo, dos Alemanias, por más que no haya muro.

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Nuremberg en verano y Hamburgo en Navidad nos permitieron descubrir dos alemanias que vale la pena descubrir.

Por Guido Minerbi

Cuando ellos trabajan, nosotros descansamos. Cuando soñamos con un fin de semana largo, ellos disfrutan de largas vacaciones. Su agosto es nuestro enero: ¡todo al revés! Al preparar las valijas, tenemos que tenerlo muy en cuenta para no ir de remerita cuando se requiere una campera con plumas de ganso. Estamos siempre condicionados por un aquí opuesto a un allí. Esta vez, sin embargo, dos viajes a Alemania en el mismo año nos forzaron a salir de esa antinomia y pensar sólo en allí.
Una vez por trabajo y otra por placer, viajamos a Alemania en el mismo año. Era julio cuando recalamos en Nuremberg y vísperas de Navidad cuando desembarcamos en Hamburgo. Llegamos a la misma Alemania, no dividida por el Muro de Berlín, sino por estaciones diametralmente opuestas. A distancia de pocos meses, el país nos mostró dos caras diferentes.

Es bueno conocer Alemania. La “locomotora de Europa”, la patria del “milagro alemán”, la tierra de la eficiencia y perfeccionismo, es un país lleno de matices y encantos ocultos que descubre quien se aparta de los itinerarios habituales: eso es lo que hicimos.
Pleno mes de julio: en Nuremberg la gente disfrutaba del sol en plazas soleadas, con sandalias, bermudas y remeras de vivos colores. Vísperas de Navidad en Hamburgo: todos ataviados como cebollas, con varias capas de abrigos, sombreros, gorras, pasamontañas, orejeras, bufandas, botas y guantes de tonos oscuros y apagados.
En pleno verano, habíamos encontrado a los alemanes disfrutando de exquisitas cervezas heladas para combatir la canícula -¡aunque se notaba que no era un gran sacrificio para ellos!- mientras que en invierno los vimos tomar en Hamburgo más que respetables cantidades de copas de vino caliente especiado y enormes tazones de chocolate espeso para no congelarse. Allí tampoco nos pareció que nadie sufriera demasiado al bajar esos brebajes…

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Condiciones climáticas opuestas y extremas inciden en el ritmo y el estilo de vida. En Nuremberg, en verano, todos se desplazan relajados por las calles de la Alte Stadt (la ciudad antigua), paran a mirar vidrieras, se sientan en cafés y cervecerías al aire libre, visten colores alegres y tienen formas. Ellas parecen mujeres y ellos parecen hombres. En invierno ¡todo cambia! El paso se vuelve rápido, casi un trote cuando no un galope. Todos se exponen lo menos posible al frío intenso y a la rigidez del clima. El día que llegamos al gran puerto de Hamburgo, a las 8:30 de la mañana el termómetro marcaba -15ºC. Los escasos transeúntes vestían colores oscuros: negro, gris, pardo, verde militar o azul marino. Sólo algunas bufandas, paraguas o gorras caladas hasta las orejas daban una leve nota de color. Nadie se detenía a mirar vidrieras por el intenso frío y prestaban más atención a no pisar las frecuentes lajas de hielo formadas en las veredas para no resbalar. Los que van de compras entran a las tiendas -exageradamente calefaccionadas- y empiezan a liberarse de capas y más capas de abrigo para no sofocarse adentro. Por la calle todos parecen apurados: de hecho lo están y la idea es dejar el frío inclemente cuanto antes y llegar a destino. En invierno, ellos y ellas no se diferencian por sus formas: son fardos de ropa que las iguala y confunde: el frío produce una sociedad visualmente unisex.
La abundante nieve caída contrasta con las coloridas decoraciones navideñas, verdes, rojas y oro. Nieva casi sin cesar, un manto blanco redondea contornos y aristas y a menudo se torna peligroso hielo. Los autos estacionados se asemejan a pequeñas parvas blancas y rechonchas a lo largo de las veredas escarchadas y crujientes. Muchos caminan impedidos por yesos o botas ortopédicas: se consuelan asegurando a sus amistades que se han quebrado una pierna esquiando en la vecina Suiza, por más que hayan resbalado en una vereda céntrica.

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En verano e invierno hay dos momentos que todos parecen disfrutar a pleno. En verano, mañanas calurosas, flores en el marco de las ventanas y un sol implacable -aun siendo nórdico- que parece borrar las penurias del invierno. En invierno, tempranos atardeceres marcan el momento mágico en que nadie parece ya tener apuro y disfruta de las ornamentaciones navideñas en calles llenas de color, música, luces y cientos de puestos donde degustar las mejores salchichas del universo, los vinos tintos calientes y especiados, frutas secas, nueces, almendras, castañas asadas y chocolates.
¿Qué recomendamos? Visitar la “mediterránea” Nuremberg en verano, y la costera Hamburgo, con uno de los mayores y más activos puertos de Europa, en pleno invierno. Así se pueden descubrir dos Alemanias bien distintas. El turista más presuroso gana una perspectiva inédita al comparar estas dos ciudades en estaciones opuestas. Dos días enteros merece Nuremberg y por lo menos tres, Hamburgo. La vecina Lübeck -a media hora de tren- es una joya fielmente restaurada después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

Hay mil maneras de descubrirlas: en Nu­remberg conviene vagar sin prisa por la ciudad vieja, atravesada por el serpenteante río Pegnitz y disfrutar de la vista de austeras iglesias y de la edificación ribereña. Imperdible refrescarse en uno de sus tantos biergärten a la vera del río, bajando lentamente altas copas de extraordinaria cerveza acompañadas por infaltables salchichas. Luego, visitar algunas de las muchas galerías de arte y negocios de antigüedades y observar cómo la vida va transcurriendo, apacible y veraniega. Fuera de la ciudad vieja, imperdible la visita al Dokuzentrum: es una experiencia fuerte, porque el museo documenta los mega-congresos que solía organizar allí el régimen Nazi. El zentrum ocupa parte de un severo, macizo edificio que, de haberse completado, hubiera emulado -germánicamente- el Coliseo romano. Experiencia sobrecogedora que sobresalta, pero permite conocer el uso perverso que el Reich hizo de la comunicación de masas. Este Centro de Documentación evoca un período nefasto de la historia alemana -y del mundo civilizado- y reseña con crudeza todo tipo de horrores y excesos. Se sale de allí abrumado, pero el sol estival y la paz reinante en la ciudad ayudan a reponerse y a seguir disfrutando de una visita memorable.

Una recorrida invernal a la ciudad de Hamburgo cerca de la Navidad es muy recomendable también. Las calles se encuentran admirablemente decoradas y el espíritu navideño se vive a pleno. No es necesario usar copos de algodón para representar nieve como en Buenos Aires: ¡hay nieve de sobra! Aun con todos los abrigos que traíamos, terminamos comprando algunos más. Así paseamos cómodamente por todo el centro -majestuoso y refinado- con edificios nobles, surtidísimas tiendas, lujosas boutiques y formidables museos. Uno de ellos -el Hamburger Kunsthalle- nos llamó poderosamente la atención y entramos. Debemos confesar que -por un lado- nos atrajo la muestra de obras del movimiento Die Brücke (El Puente), pero no seríamos del todo honestos si no afirmáramos que el calorcito reinante adentro fue un fuerte aliciente también. La mañana siguiente, tras un desayuno muy rico en calorías y bajo una suave nevisca, caminamos hasta la zona del viejo puerto sobre el río Elbe y paseamos por el que pronto sería un gigantesco ‘Puerto Madero’ hamburgués, o Hafen City (Ciudad Puerto). Toda la zona está en plena refacción, reciclaje, puesta en valor y construcción. La mega-obra se completará en 2025. Será un extenso barrio a orillas del Elbe y sus varios canales, suma de imponentes edificios fabriles de antaño y almacenes austeros de ladrillo a la vista, donde ya funcionan galerías de arte, restoranes, confiterías, oficinas, departamentos, centros de convenciones, teatros y paseos de compras.

Se recorre este “mundo aparte” por angostos puentecitos peatonales, entre barcos amarrados, varios aprisionados por el hielo y otros a flote entre grandes lajas mecidas por el oleaje. Allí descubrimos que una copa de vino blanco, un tazón de sopa de papa y cebolla y unas tajadas de pan negro con abundante manteca lo vuelven a uno a la vida. Del mismo modo, a media tarde, un tazón de chocolate caliente bien espeso con una generosa porción de Schwarzwalde Torte (Torta Selva Negra) nos abrigaron por dentro hasta la noche.
Breve recorrido en ómnibus: volvimos al centro para mezclarnos con una multitud que parecía un mitin político: resultó ser una gran masa de gente esperando turno para comprar copas de vino caliente, y grandes platos de salchichas y papas fritas. Excelentes conjuntos de músicos de todos los estilos ejecutaban la característica música -pegadiza y circense- cuyo ritmo parece repetir con su cadencia las sílabas “úm-pá-pá, úm-pá-pá, úm-pá-pá” hasta el infinito…

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Resolvimos seguir el consejo de unos amigos y subimos a un modernísimo tren que nos depositó en la pequeña Lübeck. Todo estaba cubierto de nieve pero hacía menos frío y no nevaba. Pasamos buena parte del día al aire libre, salvo un alto en una cervecería típica para reconfortarnos con un goulasch humeante acompañado, ¿cómo no? por excelente cerveza. Lübeck es algo provincial comparada con Hamburgo, pero tiene la belleza íntima de un cuento de hadas. Parques y bosquecitos helados, islotes, sol filtrándose entre las ramas sin hojas, recodos del río, cisnes buscando alimento entre el hielo, puentes, senderos, edificios, muros antiguos y un conjunto de casitas, negocitos y pequeños restaurantes: todo parecido a una miniatura realizada por un maquetista para un tablero de trencitos eléctricos de juguete.
Los tres días a nuestra disposición se habían acabado: a la mañana del cuarto nos esperaba un estilizado tren bala que nos llevó a Munich a 320 Km/h. Paró pocas veces y una de las estaciones fue una irreconocible Nu­remberg, toda blanca. Nos pareció imposible que ésa fuera la ciudad cálida que habíamos conocido sólo cinco meses antes. No habrá más Muro de Berlín, pero las estaciones ¡logran que haya dos Alemanias!

Viajero impenitente y excelente autor -Claudio Magris- nacido en Trieste, la ciudad más “mittel-europea” de Italia, escribió que le gusta volver a las ciudades o países ya visitados anteriormente tanto o más que conocer nuevos destinos. Compartimos esta visión: volver sobre nuestros pasos fue muy enriquecedor. Tras la experiencia alemana, diríamos que volver es bueno, y que hacerlo en dos estaciones opuestas…¡aún mejor!

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