Buenos Aires Secreta: Farmacia de la Estrella.

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Bernardino Rivadavia fue un político rioplatense que curiosamente llevó a cabo adelantos en la medicina de la colonia, basándose en conceptos naturalistas y en el servicio social. Bernardino fue Jefe de Estado del Primer Triunvirato de las Provincias Unidas del Río de la Plata y, como tantos otros líderes de la época, era un optimista a instancias del desarrollo, de la razón y el progreso. Devoto de Paracelso, creía en el tratamiento de las enfermedades tartáricas mediante sales, elixires, tinturas y piedras vegetales con el fin de una sanación holística, observando no sólo la afectación equis de un individuo sino también las causas espirituales y cósmicas que trae cada ser en su interior. Sobrado de ánimo e inquietudes, en los combativos años de guerra civil, le propuso al bioquímico Pablo Ferrari un proyecto que daría de alta a la primera empresa inscripta en Buenos Aires: la Farmacia de la Estrella.

Ubicaron la botica en San Telmo, en la esquina de Defensa y Alsina, frente a la Basílica de San Francisco, a escasos metros de La Manzana de las Luces, al este del ardiente Cabildo. Este vértice, por encontrarse geográficamente dentro del radio de túneles subterráneos que cavaron los jesuitas para unir claustros, iglesias y fuertes, fue uno de los principales escenarios de tertulia donde una extensa lista de dirigentes discutieron secretamente asuntos de mediación política, social y religiosa durante el proceso de construcción y consolidación del Estado Nacional Argentino. Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre, Julio A. Roca, Carlos Pellegrini y Facundo Quiroga fueron algunos de los hombres que han acalorado el búnker mientras en la planta baja simultáneamente se producían píldoras para la tos, jarabes para la indigestión, limonadas y tónicos (crearon ahí mismo la Hesperidina y el primer ejemplar del algodón Estrella).

A día de hoy su casco histórico se encuentra intacto. Entro al negocio y el panorama es un cieloraso decorado con ángeles benditos y malditos que simbolizan la enfermedad, la medicina y la naturaleza. Los estantes son de nogal, los blancos mármoles son de Carrara, el hermoso piso es de mayólica, los frescos en las paredes del pintor Pablo Barberis, las viejas botellas de los primeros maestros boticarios. Todo está conservado íntegramente. Sus dueños actuales, Francisco Malfitani y Alejandro Cardelli, mantienen normalmente las actividades comerciales despachando medicina para la próstata, para la artritis, para el resfrío, para la riñitis o para lo que se necesite, siguiendo la línea de pensamiento del humanista Paracelso que curaba culebrilla con veneno de tarántulas, hemorroides con tabaco, quemaduras con aloe vera y desequilibrios emocionales con flores de Bach.

Bajo al húmedo subsuelo, me apoyo en las barandas y me detengo un rato a pensar, subo, camino hacia el laboratorio, huelo nuevamente las hierbas, miro fijamente el banco de glóbulos. Decido irme, saludo a los empleados y al retirarme del local me atenaza la siguiente pregunta: ¿Estuve en una farmacia, en un museo y en un espectacular búnker? La Farmacia de la Estrella no es blanca de fluorescentes, ni fría de aire acondicionado, ni limpia de lavandina y no está saturada de cajas y tabletas de Roemmers, Casasco, Pfizer o Gador. La Farmacia de la Estrella es una droguería, una herboristería, una galería, una pinacoteca, una sala de reunión, una página web, una esquina, una testigo confidente, un farol echando luz sobre sucesos extraños que han acontecido a orillas del Río de la Plata.

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