Ureña

0

Es una noche cálida de noviembre, voy caminando por Palermo Hollywood, me dirijo al restorán Ureña. A un lado y al otro clubes y bares con gente en las veredas, el barrio sabe a after hour y a preparativo de trance nocturno, el viento es primaveral, las estrellas, aunque salgan pocas en Buenos Aires, hoy parecen estar de nuestro lado. Algunas flores violetas de los jacarandás florecidos han caído al suelo, la música se escucha en las conversaciones callejeras, en el ruido de los cajones de cerveza, en los teléfonos móviles que desde hace unos años han venido musicalizando la ciudad.

Llego al restorán, son las 21 h. La recepción tiene puertas y cortinas rojas, de club privado, tacha mi reserva una dama respetuosa, me da la bienvenida y entro al salón. El aire acondicionado me envuelve, observo el panorama para elegir un buen lugar donde sentarme. Me gusta el box, pues vengo agotado de todo un año que se me ha venido encima entre tantos viajes, idas y vueltas. Esta noche estoy para el asiento largo, para el Chesterfield, para el espacio abierto a mis laterales.
El mantel es de color blanco roto; la disposición de la vajilla, los platos y los cubiertos, están preparados para mi. Llega el mozo, me saluda y me entrega la carta sirviéndome agua en una copa de cristal, acaso notando el cuerpo flagelado de aquel que venía relatando. Estudio el menú. Luego de unos momentos, la primera palabra subliminal que logro aprehender es “mediterráneo”: percibo el mar, el sol y la tierra alineados, unidos complementariamente en los elementos que esta noche podría saborear.

urena2
Me gusta el menú porque es breve, es decir, no me encuentro perdido para dar con qué cenar. Le solicito, para empezar, un vino blanco Mendocino y un snack que es un churro de camarón aderezado con mayonesa de algas. Yo, que he andado y que he probado tantas cosas, me enfrento por primera vez a este interesante bocado. Es riquísimo. Pico una ensalada barbateña, y porque me siento un pasajero del estilo valenciano, le encargo acto seguido una “fideuá”. Este plato marinero, atribuido al mítico cocinero de embarcación Gabrielo, es una suerte de “arròs a banda” pero con fideo partido, alimonado, delicioso. Alguna vez lo había probado yo en España, jamás en Argentina. Lo finalicé con cuchara para morder la costra quemada que suele quedar en la superficie de la paella.

La gente conversa tranquilamente y el sonido rebota en las paredes de cientos de ladrillos. Si fuera invierno, imagino, el hogar estaría encendido e iluminaría el parqué, sería ideal, ya que tanto disfrutamos los hombres de la irrepetible lírica del fuego. Ahora se ha acercado a mi Damián Gianmmarino González, el chef, y conversamos amigablemente sobre cocina y sobre los dones y los avatares del restorán. Me cuenta que ellos traen la mercadería del Barrio Chino, a diario, y yo le comento que en Buenos Aires tenemos la mala costumbre de comer poco alimento marítimo, y que, en definitiva, gracias al Barrio Chino podemos tener pescado fresco continuamente. Será acaso una lección oriental que nos están dejando a la vista, le digo, y él me responde que “si bien existen otros sitios donde comprar el pescado fresco, lógicamente el Barrio Chino tiene un mérito importante en la comunidad actual de Buenos Aires”.

Me recomienda, para finalizar la cena, un pescado local: la corvina negra. Con piel, sin espinazo, salada, con una base fresca de hinojos glaseados. Acepto, pruebo un dulce final y estoy listo, lo que esperaba ver lo he tenido delante de mis ojos, lo que esperaba comer ha provocado una revolución en mi boca.
Saco una foto del lugar, no quiero olvidarme de esta noche de noviembre. Soy consciente de que a día de hoy tenemos muchas opciones para cenar, reflejo de que nuestro país ha avanzado mucho en gastronomía, y en mi opinión es hora de celebrarlo y de disfrutarlo. Averiguo: abren solo de noche, los jueves tienen jazz en vivo; los domingos, menús especiales de cuatro pasos.

Son las 23, tomaré un taxi para ir a casa, mañana me espera un día largo. Seguro dormiré profundo, y tal vez en el medio de la noche me encuentre abrazado a mis tres almohadas porque, si todo sigue en esta línea, en sueños alquilaré una motoneta, recorreré la comarca, descansaré al sol en la playa… y es que ya no serán tres almohadas en mi cuello, sino tres Islas Baleares en mi próximo viaje.

urenarestaurant.com

Please follow and like us:
Share.

About Author

Leave A Reply

Suscribite!