Buenos Aires secreta: Teatro del pueblo

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Ubicado en Diagonal Norte, entre Carlos Pellegrini y Suipacha, el Teatro del Pueblo es el lugar donde, aseguran los memoriosos, brilla el teatro independiente rioplatense desde siempre.

Por Javier Maldonado

Se abre la Diagonal Norte. Frente a la boca del subte D está el acceso al subsuelo que conduce al Teatro del Pueblo. Es sábado a la noche. Tengo una invitación para ver “Terrenal”, la obra que dirige Mauricio Kartun y que lleva tres años consecutivos en cartel, siendo una de las puestas más exitosas que ha dado el teatro independiente de Buenos Aires de todos los tiempos. La conversadora sala lleva el nombre de Carlos Somigliana, en simpatía al dramaturgo; sobre el viejo portal reposa una silenciosa campana, la famosa campana de bronce de Leónidas Barletta. Butaca al medio de la fila cinco, entre una señora y un señor, leo el programa. No cabe un alfiler. Se apagan las luces, tres actores transitan el drama de Abel y Cain que me llevan hacia el clásico binomio existencial entre opuestos y símbolos del poder, ilustrando los problemas que nos trae el dinero y la codicia, la soledad, la trascendencia de la muerte ante el castigo de una vida miserable, la filosofía teológica, el criollismo sentimental, el arrabal rioplatense.

Al terminar la función camino a casa pensando en Leónidas Barletta. ¿Quién fue Leónidas Barletta? Fue un hombre que en los años 30 hacía sonar su campana en el umbral del teatro anunciando a la gente que comenzaría la función. ¿Qué hizo Leónidas Barletta? Pues redactó la génesis del inconmensurable teatro independiente de Buenos Aires, hoy uno de los más prósperos del mundo entero. ¿Cómo luchó, cómo vivió o sobrevivió Leónidas Barletta, allá en los albores de la Década Infame, inaugurando un teatro socialista dos meses después del golpe de estado de Uriburu, entre prohibiciones, decretos importados y restauraciones como el Rerum novarum? ¿Cómo transmitió los secretos del trabajo en comunidad, el concepto del grano de arena del cooperativismo a gente como Gorostiza, Lizarraga o Cusani, quienes regaron las semillas desprendidas del ruido de dos manos y una campana? ¿Por qué esta construcción nacionalista perduró aún en Cossa, en Laxo, en Rozenmacher y más aún en Bartis y en Kartún, transformándose aquellas semillas en florecidas sequoias porteñas?

Barletta fundó el Teatro del Pueblo en 1930, pero hasta 1943 era sólo un hombre con una campana dirigiendo funciones itinerantes entre lecherías, habitaciones y salas de ocasión que le brindaba el municipio. Cuando los filofascistas derrocaron a Castillo, años previos al peronismo, Barletta se vio obligado a mudar del San Martín, donde ocasionalmente trabajaba y de donde fue brutalmente expulsado. Frente a esta adversidad, Barletta vio la oportunidad de surcar un camino a sus propios sueños, adquiriendo este subsuelo de la Diagonal Norte (recién se había aprobado la ley de Propiedad Horizontal, lo que le permitió comprar solo una parte del alto edificio). Convencido, Barletta se plantaba en la vida con un determinismo inflexible: desechaba a todo autor argentino anterior a 1930 (¡dio la espalda a Enrique Santos Discépolo!), o precisamente a todo aquel que producía arte envilecido, servicial al divo, a todo lo pasatista o a cualquier otro barrunto descomprometido. Barletta era un hombre de su época, que vivía en pleno siglo XX, donde había gente como él que quería cambiar el mundo. Convocó a escritores de la nueva narrativa porteña para que experimentasen en los terrenos de la dramaturgia, aún en pañales en nuestro país, y fue así como Alvaro Yunque, Nicolás Olivari y Raúl González Tuñón comenzaron a escribir para teatro. Sin embargo, el caso más conocido fue el del anarquista Roberto Arlt, que había crecido en Flores y que escribía en un lenguaje simple sobre gente común entre el portland y los techos de zinc. Barletta se reunió con Arlt, éste aceptó el convite, y desde ese momento fueron colegas hasta la muerte: “Trescientos Millones”, “Saverio, el cruel”, “La isla Desierta” y toda la dramaturgia completa (incluido el maravilloso drama entre Endorsain y el Capitán de “Los Siete Locos”), fue estrenada en el Teatro del Pueblo.

Eso no lo sabía yo, que de chico me llenaba la boca hablando de Roberto Arlt como un precursor en la literatura y en el teatro social argentino, como absurdista, como existencialista. Hoy diría que, si me dan la oportunidad de llamar las cosas por su nombre, antes de hablar de Arlt hablaría del Teatro del Pueblo, y antes del teatro, de Leónidas Barletta.

En síntesis, el hombre de la campana fue un guerrero que dio medio siglo de batalla cultural en nuestro país. Falleció en 1976. Hoy este inmueble es el mismo subsuelo restaurado en dos salas: la sala Carlos Somigliana, de 179 espectadores, y la sala Teatro Abierto (que Barletta usaba de camarines), de 66. La dirige la Fundación SOMI, lógicamente bajo la escuela Barletteana, y es el único foro de la ciudad donde se escenifican únicamente obras argentinas, sin importar edad, tendencia ni estilo, sean experimentales o sean de realismo doméstico. No encontraremos Shakespeare, ni Moliere, ni Sartre, ni Chejov, ni siquiera un pedacito de Lorca se representa en el Teatro del Pueblo.

El mítico nido está ubicado en la Av. Roca al 900. Tiene su causa y fue el sueño de un hombre, tiene su efecto y lo tenemos delante de nuestros ojos. La pluma de los autores muertos y de los que están en actividad estarán para siempre protegidas por un subsuelo, es decir por una trinchera de resistencia a la metralla de la importación comercial, en donde cada año se estrenan 10 obras argentinas, donde en los últimos veinte se hicieron 300, donde han pasado miles de espectadores, centenares de elencos, toneladas escenográficas, temporadas ruinosas, lluvias, éxitos, fracasos y noches porteñas inolvidables. Y es que el teatro es un arte efímero, nada se queda quieto, lo que vimos no lo volveremos a ver, nada vuelve, nada se repite. Es la fugacidad del presente, la respiración del fuego, la gente que camina por Buenos Aires y el sonido de una campana de bronce que la llama diciendo: ¡Función, función!

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