Manaos, del caucho al verdadero tesoro.

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Manaos, la ciudad que hace un siglo brillara gracias al caucho, hoy es la puerta de entrada al tesoro más grande del planeta: la Amazonia.

Textos: Esteban Goldammer  / Fotos: @gauchods y Sandra Cartasso

Llegamos a Manaus (así el nombre en portugués) con verdadera expectativa. Eran las 3 am y el vuelo directo de Gol, recientemente inaugurado, nos acercó a esta ciudad de la Amazonia brasileña que conoció la gloria entre 1890 y 1920. Por aquellos años la fiebre del caucho la convirtió en la primera ciudad de Brasil con luz eléctrica y sistema de acueducto y alcantarillado, además de dotarla de su condición de pionera en el uso del tranvía eléctrico, por delante de Nueva York y Boston.
La temprana hora de arribo nos condujo directamente al hotel. El corto viaje apenas nos permitió reconocer las instalaciones del Estadio Mundialista que, como suele suceder post mundial y con una ciudad que tiene sus equipos en lo que sería una categoría D, tiene hoy poca utilidad. Nos esperaba el Casa Teatro, un pequeño hotel boutique que ya tiene proyecto de ampliación y que destaca no sólo por la cálida atención, sino también por su inmejorable ubicación (a tan sólo 100 metros del Teatro).


Justamente, el Teatro Amazonas es el principal patrimonio cultural del Estado y es considerado el 4º a nivel mundial por su confort, acústica y demás características. Por este motivo recibe la visita de numerosas compañías y es sede anual del reconocido Festival de Ópera del Amazonas. El mismo fue construido durante 15 años con materiales traídos de Europa e inaugurado en 1896. Así como otros importantes edificios de la ciudad (el Palacio Rio Negro -ex Palacio Scholz-, el Palacete Provincial o el Palacio de Justicia), evidencia el lujo y esplendor de la Manaos cauchera, historia que conoceríamos aún más con la visita al Museo del Caucho. Este sorprendente teatro se encuentra emplazado frente a la plaza San Sebastián que para nuestra sorpresa, tiene sus veredas con un juego de ondas blancas y negras idéntico al de las playas de Rio de Janeiro. En puja constante con los cariocas, los manauaras aseguran que estas fueron construidas con anterioridad y remiten a los colores de la arena de extrema blancura y el río Negro.

Caucho, aborígenes y división de aguas
Por la mañana, después del desayuno, nos dirigimos al concurrido puerto de la ciudad, donde además de establecerse dos importantes mercados (el de frutas y verduras y el de pescados) que exhiben la riqueza de esta zona de Brasil, parten y arriban múltiples embarcaciones. Allí, a bordo del barco de Amazon Explorers, navegamos las oscuras aguas del río Negro, el mismo que en 2012 registró la mayor crecida en su historia.
Después de una media hora de viaje, arribamos al Museo del Caucho, donde nos interiorizamos acerca de los trabajos en las plantaciones, así como de la forma de vida de la época. Supimos de excesos, como prender cigarros con billetes de cien dólares o la costumbre de enviar la ropa para que sea lavada en Portugal (un poco por excentricidad y otro poco por temor a las oscuras aguas del río Negro). También descubrimos la esclavitud pseudo encubierta de aquellos años, donde los obreros eran llevados a las plantaciones con falsas promesas de riqueza y la imposibilidad de huir de ese destino, al menos con vida. Y además, pudimos entender y vivenciar todo el proceso desde que se corta el Hevea Brasiliensis (también llamado seringueira o árvore da borracha) hasta que brota el látex blanco que, sometido al calor, permitía formar grandes bolas de caucho negro. Y claro, entender la decadencia de una sociedad a partir del fin del monopolio amazónico a manos de Malasia y la caída del precio mundial del caucho.
La excursión continuó y unos minutos después nos dejaba en manos de los aborígenes. Por supuesto no hubo nada que temer, sino todo lo contrario. Nos recibió el cacique de una comunidad que se abre al público para mostrar sus rituales y costumbres. Se trata de una de las 42 tribus reconocidas y censadas, a diferencia de otras que se conoce su existencia pero se mantienen aisladas y vírgenes en la Amazonia profunda.
Dentro de una gran choza, un grupo de aproximadamente treinta integrantes conformado por hombres, mujeres y niños, con el torso desnudo y las caras pintadas, nos abrió las puertas a una cultura distinta basada en la conexión con la naturaleza. Los aborígenes nos enseñaron su ritual de danza y hasta nos hicieron partícipes del mismo. La visita fue breve, pero enriquecedora. Nos embarcamos nuevamente, no sin antes probar las hormigas coloradas tostadas que gentilmente nos convidaron.
El mediodía nos sorprendió y el almuerzo buffet en un clásico restaurante sobre el agua, nos acercó a sabores típicos de esta zona de Brasil. Por supuesto, no faltó el pescado en el menú, un clásico de Manaos. Con el estómago lleno y las energías recuperadas, continuamos la travesía en busca de aquello de lo que tanto nos habían hablado: la confluencia de las aguas de los ríos Negro y Solimões (Amazonas). El espectáculo es verdaderamente fascinante y único: por diferencia de densidad, temperatura y velocidad de las aguas, estos dos ríos no se mezclan, sino que muestran un claro límite entre uno y otro a lo largo de más de 15 kilómetros. ¡Inolvidable!

Entrando a la Amazonia
Lo de gran pulmón del planeta en referencia a la Amazonia brasileña no es exagerado, la exuberancia es enorme y la biodiversidad, única. Nuestro objetivo era sentir la naturaleza, vivirla de cerca y para eso, nos dirigimos al Mirante do Gavião, un resort ecológico enclavado en el municipio de Novo Airão, a 200 km de Manaos, sobre la ribera del río Negro. En medio de lluvias que menguaron por la tarde, tomamos la ruta e hicimos una única parada técnica que nos permitió probar algunas de las futas de la región como el Inga o el Biribá, de sabores extraños pero dulces. En referencia a las mencionadas lluvias, podemos decir que son típicas de la región, así como el calor y la humedad. No así los mosquitos que, para nuestra sorpresa, no los había en la magnitud esperada (dicen que es por el ph del agua del río Negro).
Casi llegando a destino hicimos un stop en “A flor du luar”, un restaurante flotante que es todo un clásico de la zona, al que se accede por apenas un endeble tablón de madera. Debemos reconocer que el lugar hace honor a su nombre, ya que prepara unos exquisitos pescados como el pirarucú o el tunuraré y unos bolinhos de tapioca y queso con salsa que quedarán en nuestra memoria. Desde luego acompañamos los platos con sendas caipirinhas de lima y maracujá, por lo que el almuerzo resultó sumamente gratificante.
De allí nos dirigimos a otro de los imperdibles de la Amazonia: el encuentro con los famosos delfines rosados (Inia geoffrensis) en el flutuante Boto Cor-de-rosa (flotante delfín color rosa) de Marilda Medeiros, que se presenta como encantadora de estos animales. Después de una breve charla introductoria, pudimos ver como alimentaban con pirañas a estos fantásticos animales que nacen con su piel gris, pero la van cambiando hacia la adultez, producto del desgaste de la misma en su frecuente nado entre los manglares. Estos animales son un poco menos agraciados que sus parientes marinos, pero no por eso menos llamativos y cautivantes.

Mirante do Gavião Resort Hotel
Sin dudas, el Mirante do Gavião (Mirador del Gavilán) merece un párrafo aparte. Este resort ecológico sorprende con su perfecta arquitectura en madera (con forma de casco de barco), totalmente integrada a la naturaleza, permitiendo disfrutarla de múltiples formas durante la estadía.
Vale aclarar que el poblado de Novo Airão se caracteriza por la construcción de embarcaciones, por lo que no fue difícil encontrar la inspiración al momento de diseñar y construir el hotel, que debe su nombre a un mirador frecuentado por gavilanes, al que se accede por una escalera caracol no apta para cardíacos.
El hotel tiene tan sólo siete habitaciones enclavadas en la frondosa vegetación, que se destacan por su comodidad, una exquisita decoración y terrazas para disfrutar de una tarde apacible y vistas privilegiadas del río Negro y el Archipiélago de Anavilhanas.
Desde el Mirante se realizan excursiones incluidas en los paquetes de estadía y programas de navegación de 4 a 8 días, en embarcaciones propias donde destacan el lujo y la gastronomía, además de un acercamiento más intuitivo a la naturaleza. Nosotros estaríamos tan sólo dos días, por lo que nos dedicamos a disfrutar de la pileta y los kayak, el SUP y las aguas cálidas del río Negro.

Naturaleza en estado puro
Anavilhanas es el mayor archipiélago de agua dulce del mundo, con cerca de 400 islas, centenares de lagos y ríos y una riqueza animal y vegetal enorme. Durante nuestra estadía tuvimos la oportunidad de vivir dos experiencias bien disímiles, ya que recorrimos los manglares de día y de noche.
El recorrido diurno incluyó una visita a la Comunidad de Sobrado, donde residen los Caboclos (mezcla de indígenas con blancos) que viven en armonía con la naturaleza. Pero la parte más emocionante fue adentrarnos en la selva para ir identificando especies de árboles nativos y conocer sus propiedades en un recorrido que tuvo mucho de aprendizaje y supervivencia, identificando las plantas y conociendo sus propiedades, encendiendo fuego con apenas un chispazo o usando el ácido de las hormigas como repelente de mosquitos. La observación de aves, insectos, monos y otros animales, a veces mimetizados con la vegetación, también fue parte de una emocionante caminata de cerca de dos horas.
Por la noche la experiencia fue mágica o profunda. Navegar entre los manglares, con los sonidos de la selva y la oscuridad acechándonos, en busca de los ojos brillosos que determinen la presencia de algún yacaré, dotaba a la jornada de una adrenalina especial. El ruido del motor y el resplandor proyectado por la luz parecían nuestro único contacto con la civilización y el conductor (quien debía devolvernos a buen puerto) era quien descendía y comenzaba a caminar con el agua a la altura de las rodillas, en ese caldo habitado por reptiles. Afortunadamente, sabía lo que hacía y pudimos apreciar bien de cerca (los tocamos, o sea que demasiado cerca) dos ejemplares de yacaré: una cría y un adulto de aproximadamente 1,50 m. Con la misión cumplida, regresamos al hotel para disfrutar de la exquisita cena y comentar las experiencias de lo que para todos fue un inol­vidable encuentro con la Amazonia.

Directo a Manaos Gol – Linhas Aéreas Inteligentes comenzó a operar el 4 de febrero de este año el vuelo directo que une Buenos Aires con la ciudad amazónica. Por ahora la frecuencia es de un vuelo semanal (se prevé sumar más), partiendo de Manaos los días sábado a las 15:35 y regresando desde Ezeiza a las 23:15. El vuelo se realiza en aviones Boeing 737-800 y tiene tan sólo 5 horas de duración. www.voegol.com.br/es

www.visitbrasil.com/es/

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