España: ¿islas, península o continente?

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España: dos escalas en Canarias y dos en el continente nos permitieron descubrir los matices que diferencian a los españoles de las islas de sus hermanos peninsulares. Todos hablan -casi- el mismo idioma y son españoles, pero distan mucho de ser iguales.

En febrero pasado nos embarcamos en el Costa Pacifica para el crucero transatlántico de Buenos Aires a Savona. Para los argentinos la zarpada fue emotiva. ¿Quién no tiene ascendencia italiana o española? Estos ancestros se embarcaron en Génova, Nápoles, Trieste, Vigo, Bilbao o Barcelona con valijas poco menos que de cartón, atadas con un trozo de cuerda. Viaje sin retorno para la mayoría, hacia un destino remoto y exótico. Zarpar hacia Europa no fue sólo realizar un crucero sino cumplir con un ansiado retorno ¡dos generaciones después!
Cruzaríamos el Atlántico, con escalas en Uruguay, Brasil, España y Francia. En España pararíamos en Santa Cruz de Tenerife, Lanzarote y luego Málaga y Barcelona. Tres atronadores toques de sirena y partimos hacia Montevideo…

Santa Cruz de Tenerife y el Teide
Cruzamos el Atlántico desde Maceió en seis días con sus noches y llegamos a Tenerife, donde la bruma revelaba una cadena montañosa y el cono del volcán Teide, la cima más alta de toda España, con más de 3.000 metros. Una excursión a las Cañadas del Teide nos permitió conocer el volcán y sus increíbles alrededores. Al dejar el puerto, vimos un singular edificio, el auditorio diseñado por Santiago Calatrava, autor del Puente de la Mujer en Puerto Madero. Como casi todas sus obras, tuvo un costo muy superior al estimado y su modernismo motivó agrias polémicas. A casi 3.000 metros de altura hacía mucho frío y el viento agudizaba la sensación térmica. Insólita excursión ésta, que parte de orillas del mar, atraviesa espesos bosques y lleva a un paraje desolado y “lunar”: todo cráteres y campos de lava negruzca. Un mundo líquido, azul y en constante movimiento suplantado por uno inmóvil, oscuro, polvoriento, inquietante, reseco y rocoso en cuyo horizonte se destaca -amenazante- el Teide con su cima nevada. Un chocolate caliente y espeso nos volvió a la vida antes de descender por una ruta tortuosa hacia Puerto de la Cruz, centro de veraneo rodeado de playas, con un espléndido Jardín Botánico rico en flora exótica. Las playas son dignas de una postal, pero la despiadada especulación ha convertido una caleta de pescadores en una suerte de Miami Beach.
Un moderno tranvía nos llevó a la parte alta de Santa Cruz -La Laguna- primer asentamiento colonial español, tras derrotar al pueblo “guanche”. Nos sentimos en la vieja Europa y nos olvidamos de estar en una isla en pleno Atlántico. Las apacibles callecitas nos revelaron algo que diferencia a los isleños de quienes habitan en lo que definen con cierto desdén irónico, “la península” o “el continente”. El isleño, rodeado de mar, conoce los límites de su territorio y no necesita marcarlo como perritos. Su territorio ya está marcado por la naturaleza: su límite es el mar. En la península se vive un frenesí de marcar territorio, con competencia, envidia y afán de poder. Esto es ajeno al isleño, que tiene tiempo para ser accesible, amable, interesarse por el otro y dialogar. No hay estrés y eso se refleja en el carácter afable de la gente.

El puerto de Arrecife, en Lanzarote
Lanzarote, isla barrida por viento helado, fue nuestro segundo encontronazo con el invierno boreal. La capital, Arrecife, no es atractiva: casas monótonas de uno o dos pisos, blancas, cúbico-modernas y algunas palmeras. Sólo admiramos el macizo castillo de San Gabriel que parece surgir del mar. En un supermercado sobre la peatonal nos dedicamos a comparar los precios de los alimentos: ¡irrisorios, un 50% más baratos que en la Reina del Plata!
Nos aseguraron que el interior de la isla era maravilloso, con volcanes activos, campos de lava, panoramas insólitos y -cereza sobre el helado- podríamos visitar la casa de José Saramago, fallecido Premio Nobel portugués de Literatura. Nos acercamos a una hilera de taxis Mercedes, Volvo y BMW. El primer taxista disparó una cifra desmedida, estimando que quien llega en crucero es un ricachón. El segundo, más abordable, propuso un paseo de unas cuatro horas por €70. No era una ganga, pero un 50% menos que cualquier tour organizado. Sería un paseo exclusivo, parando a nuestro antojo donde no bombardean al visitante con souvenirs y artesanías locales. No visitamos la casa de Saramago. Paco, el taxista, dijo que no valía la pena “porque no hallaríais nada más que libros y -para libros- mejor ir a una librería en el centro…” Nos acomodamos en el Mercedes y nos entregamos a Paco, formidable cicerone. Admiramos paisajes increíbles y la histórica Ermita de la Virgen del Volcán, patrona de Lanzarote. Al pie de “las montañas de fuego,” en pleno parque nacional de Timanfaya, nos asombramos por su árida, severa belleza: mares de lava, allí desde la erupción que asoló el pueblo de Timanfaya en 1730, habían ganado terreno al mar y aumentado la superficie de la isla. Diecinueve días de ríos de lava a 800ºC incineraron todo vestigio de vida vegetal y animal. ¡Las erupciones siguieron seis años más! Un cataclismo había creado la isla 25 millones de años atrás.


Paco nos contó que Lanzarote era el nombre del padre de la princesa Ico, que fuera reina guanche. Siempre en tema de nombres y gentilicios, agregó que los nativos son conocidos como “conejeros”: en un tiempo la isla estaba infestada de estos simpáticos animalitos. Nos llevó a la parada de un ómnibus que cada pocos minutos realiza un espectacular recorrido panorámico por caminos de cornisa vedados a particulares y taxis. En el parque se aprecian extrañas formaciones de basalto, campos de lava, conos de volcanes y paisajes lunares sin par. Tuvimos luego experiencias geotérmicas. Desde las entrañas de la tierra surge intenso calor. Un guardaparque levantaba pedregullo con una palita y lo ofrecía con un amable “tomad esto”. Lo tomamos y lo dejamos caer soplándonos la mano: ¡era como haber agarrado brasas de una parrilla! Cerca de un pozo, el hombre echó adentro un fardo de paja: se elevaron de inmediato altísimas llamas, los gases ardientes lo habían encendido. Luego echó un balde de agua al pozo, produciendo un géiser de vapor. Finalmente, un toque gastronómico: en una parrilla circular sobre otro pozo se asaban suculentas presas de pollo con los gases ardientes que brotaban del suelo. Según Paco, faltaba el plato fuerte: nos llevaría a visitar un “aparcamiento”. Pensando en un estacionamiento de autobuses turísticos, dijimos que preferíamos volver a Arrecife, lo cual provocó su risa. No era un aparcamiento normal –dijo- y merecería muchas fotos. Accedimos ¡y nos maravillamos ante un aparcamiento de dromedarios! Había en él unos 150 dóciles animales, ensillados para llevar a dos adultos, uno a cada lado. Apreciamos atónitos el espectáculo de tantos dromedarios echados en fila india, mirando al mismo lado, destacándose en la arenilla negra con sus tonos beige, avellana y blanco.


Proa a Málaga
Para llegar a Málaga cruzamos otro hito. Los antiguos lo definían como “las columnas de Hércules” (hoy Estrecho de Gibraltar). Creían que al cruzar las ominosas columnas se caerían del mapa. Gracias a Don Cristóbal, sabemos que la Tierra es esférica y no corremos más riesgos. El nombre de la ciudad nos recordó a la “malagueña salerosa”, sus “bonitos ojos” y los labios que todo varón “besar quisiera”. Recordamos también al gran artista malagueño que marcó un antes y un después del arte. Joven, firmaba con su apellido materno: Ruiz. Luego, usó el paterno: Picasso. Pensando en él, reflexionamos sobre las diferencias entre los españoles isleños y peninsulares. En el continente son mucho más individualistas -como Picasso-, mientras que en las islas hay más vida solidaria y grupal, se conforman comunidades integradas y no individualidades separadas.
Fuimos a Benagalbón, barrio residencial que en su interior guarda claros vestigios del que fuera un clásico pueblo blanco árabe-andaluz. Nos impactaron el intenso aroma a naranja salvaje que lo invadía todo y la limpieza de calles y veredas: ni un chicle pisoteado, una colilla, un papelito o el “recuerdo” de algún perrito andaluz. Desde allí gozamos de una vista espectacular de la ciudad que se extiende a lo largo de la costa. En el centro recorrimos anchas peatonales y admiramos la edificación, las tiendas y la gente. Fuimos al Mercado de Atarazanas donde aprendimos que las atarazanas eran astilleros donde calafateaban los pesqueros. Nueva sorpresa por el precio de la mercadería: todo muy barato en términos de pesos, con la excepción de la carne vacuna que en España cuesta casi el doble que en la Argentina. La visita nos abrió el apetito y nos sentamos en una clásica tasca para degustar excelentes tapas y descubrir que allí, al tapear, se arranca con cerveza para seguir con vino blanco bien helado.
Observamos restos de muros romanos y árabes en el complejo conocido como Alcazaba, pero nos faltó tiempo para visitar el anfiteatro romano y la gran Plaza de Toros. Antes de regresar al barco, pasamos por cuatro museos razón suficiente para regresar cuanto antes: el Museo Picasso, y las “sucursales” del Hermitage, el Pompidou y el Thyssen-Bornemisza.

La Ciudad Condal, en Cataluña
Grandes carteles nos dieron la bienvenida de la Generalitat de Catalunya, el gobierno catalán. La España peninsular es multilingüe y no existe lo que denominamos idioma español. El idioma común para el 89% de los españoles es el castellano, aunque también se hablan el euskera, el gallego y el catalán/valenciano/balear. Hay otros, como el aragonés, pero éstos son los principales. Regiones autónomas como Cataluña y el País Vasco bregan por una autodeterminación que va más allá de la autonomía. No así en las islas, donde reina mucha más cohesión que en la península. De allí que el individualismo a nivel personal y el independentismo a nivel regional se manifiesten con tanta acrimonia en lo que los isleños definen “el continente”. Cuando pensamos en las grandes urbes peninsulares, es inevitable referirse a Madrid y Barcelona. Ambas tienen secular rivalidad, no sólo en fútbol (que allí llaman balompié), semejante a la que hay en la otra gran península mediterránea, entre Roma y Milán.
Recorrimos a pie Barcelona con un querido amigo argentino sitios que ya conocíamos de otras visitas: las ramblas y el entrañable Barrio Gótico, con el Museo Picasso, la Catedral y los muros romanos. Sacrificamos la Sagrada Familia, el Parque Güell y los edificios firmados por Gaudí para visitar el barrio de Montjuic (“cerro de los judíos”). Supusimos que una gran cúpula a lo lejos formaría parte de una basílica. ¡Pero no! Pertenecía al MNAC, Museu Nacional d’Art de Catalunya. Pasamos allí un par de horas disfrutando de colecciones variadas e impactantes. Las que más nos cautivaron fueron las de arte románico y gótico. La de arte románico es por demás llamativa y consta de gran cantidad de antiguos frescos que, para su conservación, requirieron una restauración con la técnica de “arrancamiento” (“strappo”, en italiano). Se arranca literalmente la pintura de la pared o muro sobre la cual ha estado por siglos y se la transfiere a una fiel réplica del soporte en resina plástica inalterable. Las salas dedicadas al período gótico exhiben grandes paneles de madera y retablos finamente pintados con escenas bíblicas y una notable colección de esculturas del mismo período. Nuestro amigo -a través de los años- fue adquiriendo una serie de modismos locales que compartió con nosotros. En España los duraznos son melocotones, el subte es el metro, los alcauciles, alcachofas y los damascos, albaricoques. Para ir de un punto a otro no hay que caminar cuadras, sino calles: en la “cuadra” se guardan los caballos, o sea, es el establo. En el museo nos cruzamos con grupos de adolescentes y docentes. Bulliciosos como todo adolescente, él los definió “niñatos”, con tonito despectivo. Se les dice así a los adolescentes, cuando son molestos y se comportan como tales.
Paseamos por un parque arbolado, alborotado por típicas bandadas de cotorritas. Lo comentamos con nuestro amigo. “¡Sí…aquí les dicen cotorras argentinas!” Ante nuestra curiosidad ahondó. Un argentino, tiempo atrás, había traído consigo unas cotorras en una jaulita. Cansado del incesante barullo las había puesto en libertad. El entorno les fue propicio y se multiplicaron a ritmo geométrico, rivalizando con las palomas autóctonas. Así como España -siglos atrás- había colonizado buena parte de América, nos estábamos tomando la revancha colonizando España no con adelantados y soldados, sino con vociferantes plumíferos verdes.

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