Buenos Aires secreta: El coleccionista

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Desde 1957, en la Avenida Caseros al 2800 está la vinoteca “El Coleccionista”, un museo de la bebida de antaño, con polvos en los estantes, cientos de botellas de vino y licores de toda clase. El negocio tiene un valor especial porque el casero es un personaje de cuidado, un mito barrial, un César de la palabra, un disertador sentimental. Si lo saludas al entrar, se presenta como “El loco”, como si fuera un fulano, un mengano, un zutano, un nn. En los datos duros documentales se llama Carlos Rúa y lleva 57 años de vida en esta tierra.

De su padre asturiano, uno de los miles de españoles que vinieron a proyectarse aquí en bares y almacenes, heredó este local que hoy contiene elixires de más de un centenar de años. Las etiquetas argentinas y extranjeras difíciles de conseguir están ahí, a pedir de nuestra boca (y de nuestro bolsillo). Paseo por el local mirando la oferta, El Loco me atiende, me enseña, me recomienda, me informa de las últimas cosechas y lanza al aire un comentario de opinión inquietante: “Salvo la bebida cremosa, todo lo demás, mejora. El vino, te lo garantizo, es una bebida traicionera, de cada diez botellas de 20 o 30 años, el 80% se pica”.

Abre la boca y enseguida te das cuenta de que estás con un artista. Respira, hace pausas, elige las palabras. No bebe vino pero no habla bien del malbec, explica que su nombre en francés significa “mala nariz”, por su olor fuerte que, según asevera, a los franceses ha espantado. Tampoco le gusta el vino embarricado en roble, porque la madera lo pone sabroso pero también muy pesado. Prefiere el destilado. Dice que hay dos mil cepas y la gente habla de diez, y que el vino se puso de moda en los años 80, en las películas americanas, por necesidad de propaganda de un flamante mercado californiano. “El Coleccionista”, un cuadrilátero en plena avenida sureña que goza de floridas producciones en “pinot noir”, “cabernet franc” (utilizado tanto en Burdeos como en Canadá para varietales, y hoy tan de moda), “cabernet” chilenos, “tannat” uruguayos, maravillosos vinos salteños y accesibles destilados sanjuaninos.

Me demoro en el dorso de una botella espumante, El Loco clava la mirada en la alta estantería, y recita:

“En el alma de las cosas

flotando vivencias hay,

a veces pienso que tu materia

crece en la inmortalidad”.

Carlos Rúa en los años 80 era un hombre famoso. Conducía cada noche un programa en Radio Rivadavia llamado “El Loco de la Colina”. Pasaba a los Redonditos de Ricota, dice que él los hizo escalar y multiplicar el número de fans llegando a “la gente banana”, aquella gloriosa segunda parte de la epopeya ricotera. Su labor en la radio fue providencial y exponencial en varios senderos de la lírica: corregía a Borges en el aire, charlaba en contrapunto con Tom Lupo, hablaba de Carlos Drummond de Andrade, de Pizarnik, de Gelman y de Cioran. Sus cortes comerciales parecían dogmáticos: sólo anuncios de hoteles transitorios y de casas fúnebres. Lalo Mir dijo que El Loco inventó una forma de hacer radio, una forma de hablar jamás oída en el país. Sin influencias visibles, anarquista, competidor, admirador y admirado de Hugo Guerrero Martinheitz, cómplice de Enrique Symms, inventor de la figura del ingrato Carlos “El Indio” Solari y dueño de una memoriosa inteligencia, repasa ahora versículos de Moisés: “Ya’ah v’yavo” (yo soy el que soy), en voz alta, tal vez para recordarse a sí mismo, y sentencia:

“Adelaida tiene cuatro tranvías

y un solo hombre que la ama toda junta.

Adelaida sabe que los tranvías son imaginarios”.

Lo miro a los ojos como diciéndole: ¿Y a qué viene esto? Hace una pausa para ordenar los recuerdos y me cuenta: “Hace aproximadamente un año llegué inconsciente al sanatorio Finochietto, no sabía qué me ocurría. Los médicos me creyeron un drogadicto y me internaron, me medicaron y quedé en estado de extrema locura, trastornado. Viví así tres meses, al borde de la muerte, completamente sedado. Por tener extraviado el conocimiento no distinguía a nadie y no veía un campo de acción como para explicarme, para hacerme entender. Una madrugada de noviembre, luego de meses inconsciente, me desperté lúcido, y con ese valor que tienen algunos actores de las películas americanas, decidí fugarme. A hurtadillas manoteé un delantal, bajé al octavo piso, y seguro de mi mismo caminé hasta la salida, saludando a todo el mundo, actuando de doctor. Ya en la calle tomé un taxi hasta casa. Cuando la ignorante institución despavorida vino a buscarme, decidieron analizarme mejor. Entonces encontraron que esa locura misteriosa provenía de una septicemia, enfermedad que se produce cuando el sistema inmunológico, o la forma en la que el cuerpo responde ante los organismos infecciosos, se sobrecarga. Por efecto trajo un “Delirium” del que casi fui una víctima mortal, y del cual pude escapar por la suerte que trajo una madrugada valiente”.

No puedo creer lo que me cuenta. A modo de corolario, finaliza: “Todo pasa, todo es una ilusión. Lo único que queda es la insuperable sensación de la obra artística, que es una circunstancia que perdura, que se hace eterna, que participa de otra corriente energética. En definitiva, eso y la intensidad de la pasión es lo único que nos queda”.

Elijo un vino salteño de la vinoteca para la cena. Es casi de noche. Veo cómo la ciudad, a través de la fileteada vidriera, se prepara para el planchado y para el reflejo brillante en los taxis negros y amarillos. Le doy la mano, le agradezco el conocimiento, la conversación y la poesía, camino hacia la boca del subte pensando cuándo volveré a Parque Patricios, cuándo encontraré la excusa para moverme hasta allí nuevamente. Adiós Loco. Salud.

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