Grecia, tierra e islas de dioses.

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Tomamos una decisión valiente: paramos en cuatro puertos españoles para comparar islas y península, paramos un par de horas en el Aeropuerto de Malpensa en Milán, cambiamos de avión y seguimos viaje hacia Atenas. En Grecia también queríamos comparar la “tierra firme” con las islas…

Texto Guido Minerbi · Fotos Carmen Silveira

España, Italia, Grecia

Al relatar nuestro viaje a nuestros amigos, nos ganamos fama de ser algo “raros”. ¿Qué era eso de pasar por Italia como si fuera una parada de subte? País hermoso por donde se lo mire, una  fugaz escala en el aeropuerto de Malpensa no le hacía justicia. Habíamos tomado nuestra decisión tras la experiencia española. El reciente viaje en crucero nos había permitido comparar el estilo de vida en Canarias con el de Málaga y Barcelona. Fue tan enriquecedor que resolvimos repetir la experiencia en la patria de Pericles, Homero, Platón, Aristóteles y Sócrates, por mencionar sólo a unos socios de tan exclusivo club.

Atenas clásica

Dejamos Malpensa en un vuelo de la excelente línea aérea helénica Aegean y aterrizamos en el aeropuerto ateniense “Elefthérios Venizélos” donde tuvimos el impacto cultural de verlo escrito en griego: Ελευθέριος Βενιζέλος.  Venizélos, para quien se interese, fue un estadista griego del siglo pasado. En cuatro días en Atenas, nos dedicamos a recorrer lo más significativo a pie para gozar lo más posible de sus atractivos humanos y culturales. Comenzamos por algo que, por más que conociéramos bien, cada vez revela más secretos: la Acrópolis. La sensación de caminar en el Siglo XXI por donde pasearon los grandes de la Antigüedad bajo la protección de Atena -a quien está dedicado el Partenón- es imposible de transmitir. Uno es un pigmeo ante tanta grandiosidad y se encomienda a los dioses del Olimpo para resistir tantas emociones juntas. Permanecimos allí poco tiempo porque nos esperaba abajo lo que había motivado nuestra visita a la ciudad: el ultramoderno museo de la Acrópolis, donde permanecimos hasta el cierre y volvimos al día siguiente para pasar toda la mañana. El impacto de cientos de esculturas y maravillosos objetos alojados hoy en una estructura museológica digna de su grandeza fue enorme. Lo que allí se conserva es nuestra herencia: somos sus descendientes culturales. Grecia nos lo legó y ver tanto arte helénico junto no deja indiferentes a quienes venimos de tan lejos. Por eso nos asombra que los atenienses pasan por debajo de la Acrópolis y del Partenón que siempre estuvieron allí, sin dignarlos siquiera de una mirada de reojo: saben que están allí. Es una presencia que les otorga aplomo y seguridad. Allí están, siempre han estado: ¡con eso basta y sobra! Con el museo no ocurre lo mismo: se inauguró sólo pocos años atrás y se forman en su entrada largas colas de atenienses, griegos del interior y hordas de turistas ansiosos por sumergirse en el mundo clásico. Otro tanto ocurre en los sitios arqueológicos que surgen aquí y allá en la gran capital de Pericles. Dos nos dejaron una profunda huella: la Biblioteca de Adriano y el Templo de Zeus Olímpico, emplazados en el medio de parques muy cuidados en el centro. Este templo es majestuoso e imperdible. Divisar la Acrópolis por entre sus gigantescas columnas es algo mágico.

Monastiraki y Plaka

Hay tres sitios modernos que los atenienses aman: uno es el barrio de Monastiraki con una tienda tras otra donde se puede comprar de todo, desde souvenirs, a ropa típica, instrumentos musicales característicos y joyas. Otro es el contiguo barrio de Plaka, con su enorme concentración de tavernas y estiatorions, algo así como las trattorie y los ristoranti italianos. De día, es un barrio acogedor y característico, con pequeños jardines y parras. Cada recoveco está ocupado por sillas y mesas de esos locales. De noche, a la luz cálida de faroles y velas que chisporrotean en las mesas, Plaka vive su momento de gloria, repleta de un público heterogéneo, dispuesto a pasarla bien, comer y beber mejor y disfrutar de la música de virtuosos del bouzouki, bailar y, acaso, cumplir con la tradicional rotura de platos. Imposible cenar en Plaka sin que de algún rincón, en vivo o grabada, surja alguna composición del gran Mikis Theodorakis, compositor de la banda de sonido de “Zorba el Griego” o de Manos Hadjidakis, autor de la de “Nunca en Domingo”. En Atenas uno se topa con viejos conocidos. Un busto de Arquímedes en el museo y, unos dos milenios y pico más joven, en la transitada Avenida Vassilissis Sophias, una estatua dedicada a la ateniense ilustre, excelente actriz de cine, cantante, activista y ex Ministra de Cultura Melina Mercouri, la inolvidable Ilya, feliz y desinhibida prostituta del Pireo en el film que la inmortalizó.

El Mercado Central

Tomamos por una ancha calle muy comercial, bochinchera y popular, Odós Athinás. Tras varias cuadras de vociferantes mercaderes y comerciantes llegamos a uno de los mercados más sonoros, caóticos, atrapantes e inolvidables. Hay de todo para mirar, tocar, probar, degustar, regatear (una pasión nacional) y comprar. Algo no se nos borrará: la variedad de aromas, especias, aceitunas de todos los colores y un paraíso de frutas secas. Nos llamó la atención -y compramos un par tras regatear felices en un mixto de griego, inglés e italiano- la variedad de brikis de cobre estañado por dentro. Son maravillosos utensilios con forma de tronco de cono con larga asa de bronce o madera, imprescindibles para preparar el incomparable cafedaki ellinikó  (cafecito griego). Tras sorber la aromática poción a base de café impalpable y azúcar, hay que dar vuelta el pocillo. Siempre habrá cerca un especialista -mujeres por lo general- dispuesto a leer nuestro futuro en la borra remanente.

El Centro Cultural Niarchos

Nos quedaba un día en Atenas y nos recomendaron visitar un nuevo centro cultural público, donado por la Fundación creada en honor del fallecido magnate naviero Stavros Niarchos. Un moderno tranvía con varios vagones nos llevó desde la Plaza Syntagma frente al Parlamento, al barrio residencial de Nea Smirni (Nueva Esmirma). En ómnibus llegamos a dos cuadras del gigantesco jardín público que rodea el imponente complejo, donde familias con sus niños disfrutaban del sol dominical que caldeaba los últimos días de invierno. Al fondo de este jardín diseñado para relajarse en el medio de la metrópoli a menudo caótica, divisamos las modernas estructuras del centro cultural que la Fundación construyó y donó a la ciudad y al pueblo de Atenas. El complejo blanco, inaugurado en 2016, fue diseñado por el gran arquitecto italiano Renzo Piano. Ocupa un extenso predio en el barrio de Kallithea a 4 km del centro y será la sede de la Biblioteca Nacional y del Teatro de la Ópera. Cuenta con amplias salas para muestras y actividades culturales. Estratégicamente ubicado en una colina, desde sus amplios ventanales se divisan la ciudad, el mar y el puerto del Pireo a 360º.

Mala jugada del reloj

De este incansable puerto partiríamos el día siguiente hacia tres islas que no conocíamos en el Archipiélago de las Cicladas (Kiklades, en griego). Lo habíamos visitado en otras oportunidades, disfrutando de islas como Ios, Tinos, Syros, Santorini o Thira y la híper turística Mykonos. En esta oportunidad nos habíamos propuesto innovar y explorar otras tres. A la tarde siguiente tomamos la más antigua de las líneas del subte cuya terminal está frente a los muelles de donde zarpan decenas y decenas de ferries que conectan el Pireo con las islas. Nos decidimos por Amorgós, Naxos y Paros. Un modernísimo ferry de la línea Blue Star nos llevaría en ocho horas hasta Amorgós. De allí, otro nos llevaría días después, en poco más de dos horas, a Naxos. Tras recorrerla, iríamos a Paros para finalmente regresar al Pireo. Con ánimo de exploradores nos embarcamos en el ferry que debía zarpar a las 17:30. Habíamos almorzado luganiga y dolmades (un plato delicioso de salchichas muy condimentadas y hojas de parra rellenas), tras reservar en una agencia habitaciones al alcance de nuestro presupuesto en las tres islas y comprar nuestros pasajes. Nos sobraba tiempo, y pensamos dar una vuelta antes de embarcarnos. Por suerte, como habíamos andado mucho en los últimos días, resolvimos dejar el paseo para la vuelta y subir ya al barco y jugar un rato a las cartas. Fue una suerte. Estábamos a bordo, pasaron escasos minutos, atronó la sirena y el ferry salió hacia el Golfo Sarónico. ¡Eran las 16:30 en punto! Alarmadísimos, pensamos que nos habíamos subido al barco equivocado y que probablemente estaríamos navegando hacia Rodas o Creta. Corrimos a la Comisaría: por suerte el Comisario hablaba bastante inglés y le explicamos que nos habíamos equivocado de barco y le preguntamos qué hacer. El buen hombre rió mucho y nos preguntó si por acaso no leíamos los diarios. Le dijimos que, lamentablemente, nuestro griego no daba para tanto y que a gatas lográbamos descifrar los nombres de las calles. Ya repuesto de su hilaridad, nos dijo que podíamos “sit back and relax” (sentarnos y relajarnos) porque el barco iba para Amorgós. Le preguntamos por qué había salido una hora antes de lo que marcaba el horario. Esto hizo que el buen hombre tuviera un nuevo acceso de risa y dijera algo en griego a un oficial que se había acercado. Éste, a su vez, se hizo el plato con la pregunta. La cosa fue así: si hubiéramos leído el diario del día antes, nos hubiéramos enterado de que durante la noche, a las 2 para ser precisos, se volvería a la hora solar (u oficial, no entendimos bien) con lo cual, cuando nuestros relojes marcaran las 16:30 serían, en realidad, las 17:30.

El culto del “xenos”

El Comisario, dando prueba de la proverbial calidez griega, se compadeció de vernos como patitos mojados y, ya sin reírse de nuestros padecimientos, nos convidó en el bar más cercano de los muchos de abordo con dos excelentes cafedakia elliniká que nos volvieron el alma al cuerpo y nos confirmaron una vez más que para los griegos, el xenos -extranjero- es siempre tenido en alta estima y casi reverenciado. La calidez y hospitalidad de este pueblo amigable aflora a cada paso que uno da en tierras helénicas. En ese sentido, no hay diferencia alguna entre lo que ocurre en tierra firme y en los centenares de islas e islitas. Pero lo descubriríamos al desembarcar en Amorgós.

El ferry amarró a las 2:30 de la madrugada en el larguísimo, ventoso muelle. Nos acercamos a un auto que hizo relampaguear sus luces, pensando que se trataría de un taxi. No era un taxi, sino que se trataba de Irini, una de las hijas del dueño de nuestro hotel quien, dada la hora inhóspita, había resuelto ir a recibirnos al puerto. ¿Puede haber una forma mejor de llegar a una isla una madrugada helada a altas horas de la noche?…

(continuará)

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