El café y su eje cafetero colombiano: donde emerge la magia.

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Montañas que rodean lagos, ríos y puentes colgantes. Plantaciones de café, señores con sombrero blanco en la esquina de algún bar, jeeps que parecen salidos de una juguetería, casitas coloreadas y balcones con flores. El Eje Cafetero, ese lugar donde emerge la magia y el café suave lavado más rico del mundo.

Fotos y textos: Tania de Tomas

Cae la lluvia y aunque lo hace con fuerza, parece que estuviera pintando sobre la tierra ya húmeda. Es de día, las curvas de la carretera son tantas y tan pronunciadas que me da la sensación de que el auto gira sin parar. Me mareo, tengo náuseas y más de una vez contengo la respiración. Miro por la ventana y me quedo casi anestesiada ante el paisaje que se cuela, ante esas montañas que por perfectas parecen inventadas.

El Eje Cafetero se encuentra en la región centro-occidental de los Andes colombianos y comprende los departamentos de Caldas, Risaralda, Quindío, Tolima, Valle del Cauca y Antioquia. Declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en el año 2011, mucho de lo que habita el lugar tiene una dosis de realismo mágico. Allí las casas están pintadas de colores, como si fuesen de muñecas; en las plazas viven flores e iglesias gigantes para el tamaño del pueblo. También hay jeeps que transportan sacos de café, decenas de puestos de comida que venden pollo frito (o de cualquier manera), señores que en la esquina de algún bar toman tinto (así se le llama al café en Colombia), sombreros blancos impolutos y recolectores de café que, cuando cae el sol, vuelven a sus hogares.

“Antonio Aguilar, tenés que escucharlo”, me dicen y uno de ellos tararea lo que aseguran es el hit mientras se pone la mano en el pecho. Ríen. Estoy en medio de un cafetal repleto de frutos aún sin madurar, charlando con algunos de los trabajadores en la cima de una de esas montañas que hace un día veía a través de la ventana. Y aunque detesto eso de “no te podés perder”, “tenés que visitar”, debo decirles que ir a una hacienda de café en esta zona de Colombia es bastante necesario para entender el complejo proceso que hay detrás del mejor café lavado del mundo. Las haciendas además suelen ser buenos lugares para relajarse y descansar, por lo que si bien se puede ir a pasar el día, es un buen plan quedarse al menos un fin de semana.

Colombia tiene plantaciones de café en todo su territorio (en esta zona las épocas de cosecha son de marzo a mayo, y de octubre a diciembre) lo que asegura que la producción sea durante todo el año. La arábica es la especie por excelencia en el país, aunque en los Llanos Orientales se ha comenzado a experimentar con robusta. Las diferencias que hay entre ambos cultivos son varias. Una de las principales, según los expertos, es que la arábica es más aromática, suave al paladar y contiene una proporción de cafeína dos veces menor a la robusta. Pero si buscan encontrar buen café, lamento desilusionarlos, la tarea no va a ser sencilla. Esto se debe a que Colombia no exporta los granos que se consideran defectuosos y los dispone para consumo interno. “El de buena calidad es muy caro. El costo de una libra de café es semejante a lo que un colombiano gana en un día de trabajo. Con lo que se compran dos tazas de capuchino elaborado con granos de exportación, se compran 500 gramos de café con granos defectuosos”, explica Rubén Darío Acevedo, guía de café en la Hacienda Venecia, una hacienda que queda a 20 minutos de la ciudad de Manizales (capital del departamento de Caldas).

Filandia

Suspiro, suspiro y ya que estoy, suspiro de nuevo. Mucho de lo que se respira en Filandia es una obra de arte: la arquitectura colonial, algunas casas que mantienen incluso sus tradicionales techos de barro; los canastos de bejuco (artesanía típica del pueblo) y las panaderías repletas de pandebono, buñuelos, pan de queso y almojábana ante los que sucumbí más de una vez en el día. Pienso que este sitio, ubicado en el departamento del Quindío, es un buen punto para comenzar a visitar el Eje Cafetero aunque no lo diga ninguna guía turística.

Me gustan los pueblos porque suelen ser amables, porque la gente no corre, solo camina (y lo hace a paso lento), porque hay tiempo para decir “de nada” o “con mucho gusto” (esta es la frase colombiana por excelencia), porque uno puede quedarse tres horas en la mesa de un bar aunque solo haya pedido un café. Porque en un pueblo siempre hay una plaza con una iglesia y como si se tratase de una postal, en este pueblo, hay cafés y restaurantes repletos de flores y colores. Y aunque no está en la plaza, sino unas cuadras más abajo, también existe un lugar en donde locales y turistas jugamos al tejo.

Conocida como “La Hija de los Andes” o la “Colina Iluminada”, Filandia tiene encanto también desde las alturas. Como me tientan las panorámicas, voy a visitar un mirador que está algo alejado del centro del pueblo. Se trata de una singular torre de madera que ofrece una vista de 360 grados desde la cual pueden verse la mayoría de los municipios del Quindío, la ciudad de Pereira, algunos pueblos del norte del Valle del Cauca y la Cordillera de los Andes. Mientras veo cómo se pone el sol (y me lamento de que a mi cámara se le haya terminado la batería), advierto cómo algunos sitios tienen ese poder extraordinario de hacernos sentir en casa.

Salento

Ir de Filandia a Salento toma aproximadamente 45 minutos, así que decido tomar uno de los tantos buses que hacen ese trayecto. Este es, sin dudas, el sitio del Eje Cafetero más conocido por los viajeros y suele ser la primera parada para muchos. Se trata de un pueblo muy similar a Filandia, pero con una gran diferencia: está armado completamente para el turista, parece ser un lugar en el que no vive nadie. Si bien es bello (las casas multicolores fabricadas en bahareque y las callecitas coloniales se mantienen) le falta algo.

Llegué por la tarde-noche, caminé la calle Real, que ofrece a los turistas un sinfín de artesanías, y visité la plaza central en la que hay monumentos de algunos héroes colombianos que ayudaron a fundar el municipio. Y después busqué un lugar vegetariano para comer. Si hay algo que tienen en general las ciudades y pueblitos latinoamericanos es que hay por lo menos dos o tres sitios para comer por cuadra, y en la mayoría se vende carne. Salento no es la excepción, aunque encontré uno vegetariano bastante bueno que se llama El Punto Vegetal. Ahora, si son carnívoros podrán probar varios platos típicos de la región como la bandeja paisa (carne molida, arroz, fríjoles rojos, plátano maduro, algunos llevan chorizo y la mayoría se acompaña con arepas) o el sancocho (una sopa con pollo, carne de res, yuca y choclo).  También es común que se venda trucha o sudado de pollo.

Al comienzo decía que Salento suele ser la puerta de entrada al Eje Cafetero y eso se debe a que a pocos kilómetros de allí se esconde el Valle del Cocora, el de las Palmas de cera más altas del mundo.

El Valle del Cocora

Nueve de la mañana. La plaza central de Salento está colmada de Jeeps Willys (viejos autos, típicos de la zona) que van hacia el Valle del Cocora. Ese valle que es atravesado por el río Quindío, que lleva el nombre de una princesa Quimbaya (etnia indígena que habitaba el lugar), que está ubicado sobre la cordillera Central de los Andes (tiene elevaciones que oscilan los 1.800 y 2.400 metros) y que es la entrada al Parque Nacional Natural los Nevados.

Al llegar me encuentro con las famosas Palmas de cera que miden en promedio 60 metros y que fueron declaradas el árbol nacional de Colombia, y con al menos diez tonos de verde que sacuden a la retina. Todo me resulta bastante alucinógeno. Camino, atravieso puentes, escucho al río murmurar, subo pendientes que por momentos resultan imposibles. Me siento a contemplar cascadas y abrazo a esos árboles, me divierte pensar que así voy a llenarme de su sabiduría ancestral.

Manizales

Me resultaba poco tentador visitar una ciudad en medio de tanto pueblo mágico pero quise darle una chance a Manizales, capital del departamento de Caldas. Ubicada a 2.153 msnm, al llegar puede verse parte de la cadena montañosa de la Cordillera de los Andes. Además de visitar bosques, montañas y valles cercanos, la Perla del Ruiz o Ciudad de las Puertas Abiertas, como se la conoce, es el punto de partida para quienes quieren ir al volcán Nevado del Ruiz.

Yo, en cambio, voy en busca del asfalto, así que aprovecho todas las recomendaciones gastronómicas y culturales que me hicieron. Entro a un Juan Valdez (en realidad al Juan Valdez más grande que he visto) y me tomo un café; me subo en el metrocable (útil para trasladarse de la parte baja de la ciudad hasta la cima y una buena forma de verla desde el aire) y voy más de una vez al Cinespiral, un cine en el que pueden verse películas independientes, de autor, arte y ensayo. Para mi suerte, lo ignoraba completamente, llegué en medio del Festival Internacional de la Imagen, que este año se hizo en Manizales, así que además de respirar la tradicional atmósfera universitaria que exuda la ciudad disfruté de varias exposiciones, conciertos y espectáculos artísticos, la mayoría gratuitos.

Juan Valdez

El nacimiento de Juan Valdez tiene poco de romántico. Se trata de una idea que surge en Nueva York, producto de una campaña de la agencia de publicidad Doyle Dane Bernbach (hoy DDB). Buscaban la forma de diferenciar al café colombiano del resto de los cafés y lo lograron. Aquel paisa, trabajador y orgulloso de su tierra fue plasmado por primera vez el 6 de enero de 1960 en el diario The New York Times. Le pusieron Juan Valdez porque era sencillo de pronunciar en todos los idiomas y remitía a Colombia. Así este hombre y su mula se convirtieron en la imagen del mejor café suave del mundo.

Jardín

Moverse dentro del Eje Cafetero puede resultar un poco caótico. Las carreteras zigzagueantes (algunas en mal estado) y la imposibilidad de llegar a muchos pueblitos de forma directa mezclado con mi necesidad de viajar lento, hizo que le dedicarla varios días a esta zona de Colombia.

Quería ir a Salamina, un pueblo que queda relativamente cerca de Manizales y que muchos de los locales me habían recomendado pero no llegué. Es que también me habían hablado de Jardín, “el pueblo más hermoso del Eje” y tuve que elegir. La elección se debió básicamente a factores prácticos: la hora de salida del bus de la terminal de Manizales y la cercanía con la ciudad de Medellín, mi próximo destino.

Llegué tras cinco horas de viaje; dos buses y un mototaxi (muy parecido a los tuk-tuk de Tailandia). No sabía absolutamente nada sobre el lugar, así que a la mañana siguiente, mientras desayunaba, decidí hacer un trekking para conocer la zona, aunque también es posible recorrerla a caballo.

Las flores de a montones en canteros y balcones, las calles empinadas dramáticamente hermosas, los senderos verdes que transportan hacia recovecos y lugares emblemáticos del pueblo. El parque del Libertador, la iglesia La Inmaculada Concepción, el teatro Municipal y Dulces de Jardín, un lugar que es la perdición de todo dulcero. Es un local que se dedica a producir y comercializar arequipes, mermeladas (por lo menos tenían 150 frascos en exhibición), dulces elaborados con 100% de frutas o verduras, chocolates y productos de panadería. Por supuesto que me tenté y mientras volvía al hospedaje, feliz con mi frasquito de mermelada de Pétalos de Rosa, advertí que este efectivamente era de esos pueblitos hermosos desconocidos por los turistas. Y fue inevitable la sonrisa.

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