Buenos Aires Secreta: Pasaje Belgrano

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Por Javier Maldonado

En líneas generales, los porteños tenemos la noción de que descendimos de los barcos. Y cuando decimos barcos, imaginamos el puerto de Buenos Aires a fines del siglo XIX: italianos, polacos, gallegos, árabes y franceses entre valijas y sombreros, dispuestos a rodar sus nuevas vidas. Los porteños no pensamos en los barcos coloniales. ¿Por que? En principio, porque las evidencias físicas rioplatenses del siglo XVII y XVIII quedaron destruidas, es fama que las construcciones de aquel entonces eran precarias, generalmente hechas en adobe y en paja y porque, a partir de 1850, tuvimos el urgente deseo de ser Francia o Inglaterra, tapando el pasado criollo (aunque en los años 40 hayamos intentado un neocolonialismo cuando hicimos las reconstrucciones del Cabildo y de la Casita de Tucumán). Pensando un poco, podemos notar que la idea que tenemos de la colonia es una estampa, una figurita, una postal de Billiken infantilizada. Si hemos coloreado mulatos, zambos, criollos, cholos, moriscos y castizos; si hemos presenciado actos del 9 de julio y del 25 de mayo como funcionarios del Cabildo, como damas con peineta de carey, como lecheros y como cuatreros en las escuelas, pues no fue otra cosa más que una representación metafórica de la infancia de nuestra historia, un cuento que nos dejó dormido en las habitaciones de nuestra niñez. Tenemos una idea tierna o inocente de la colonia, menos compleja y menos importante de lo que realmente fue.

En el barrio de Santo Domingo, a dos cuadras de la Plaza de Mayo, la Catedral y la Casa de Gobierno, está el Pasaje Belgrano, un museo de sitio que nos lleva hacia tiempos remotos de nuestra ciudad. El edificio, construido en el ocaso del siglo XIX en un terreno mayor que incluía la esquina y un sector sobre la avenida, fue hasta mediados del siglo XX un pintoresco pasaje en ángulo recto que unía las calles Belgrano y Bolívar. En 2004, al ser adquirido por la familia Cassará, le encargaron el trabajo de reforma a la arquitecta Ana María Carrió, a quien no le tardaron en llegar las noticias: en 2005 hallaron el primer indicio de construcciones anteriores. Llamó al arqueólogo Daniel Schávelzon, quien llevó a cabo tres largas temporadas de excavación siguiendo las huellas derramadas a través de las profundidades del solar.

Por averiguar, leyendo ficheros descubrieron que, tal como la casona del Zanjón de Granados de la calle Defensa, está en el primer plano de Buenos Aires: en la repartición de solares por Juan de Garay figura como el terreno del Piloto Mayor. Hacia 1756 funcionó como jardín de la Casa del Obispo de Santo Domingo. En 1790 la adquirió la familia Puebla-Almandoz, quienes hicieron la primera construcción en el sitio. Luego pasó a manos de Martín de Alzaga y de Felicitas Guerrero, quien falleció al año siguiente. Se instaló la Casa Lepage en 1891 (iniciadores de la industria cinematográfica nacional) donde se realizó la primera película argentina, produjeron álbumes musicales para el sello RCA Víctor (el sello que descubrió y grabó a Gardel), se filmó el primer noticiero y la mayoría de las películas que insertaron al tango en el mundo entero. En 1932, el célebre arquitecto Alejandro Virasoro le dio el último retoque a la casa en su inconfundible Art Decó, que perdura hasta nuestros días.

El terreno contiene cuatro siglos de historia. Al caminarlo hoy, lo que se ve bajo los pisos de vidrio son estructuras vinculadas con el manejo del agua, acumulación y superposición de suelos de distintas épocas: pozos comunicados por albañales, anchas baldosas francesas, cisternas y aljibes. Por cuestiones de sanidad, los pozos estaban separados siete metros como mínimo, y se rellenaban con tierra al quedar obsoletos, dejando una tosca como capas de basura cultural. Hay cinco en la casa: dos del siglo XVII y dos del siglo XVIII. Se pueden ver sobre ellos los puentes de ladrillos en forma de arco (que ideaban los ingenieros de la época para sortear el problema de los pozos ciegos) donde rescataron kilos de carbón y huesos de vacas, de ovejas, cerdos, aves, caballos, perdices, peludos, palomas y peces de río.

En cuanto a objetos utilizados por el hombre, encontraron cueros, cubertería, textiles, piezas de loza, frascos de perfumes, de medicinas, canicas de vidria, muñecas de porcelana, fichas de dominó, cerámicas inglesas, portuguesas y de la Real Fábrica de Álcora. Cerámicas populares, lo que hay en exposición no contiene logos ni monogramas de la corte; los platos y las escudillas tienen rasgos guaraníes o afros, pintados y pulidos, sin hacer juego, y es que los cocineros eran indígenas o africanos, es que Buenos Aires aún no era sede del virreinato y la mayoría de los materiales llegaban de contrabando por el litoral, traficados generalmente por buques holandeses y portugueses.

La cerámica que jamás imaginé encontrar en una vitrina fueron los búcaros. ¿Qué son los búcaros? Pues cerámicas portuguesas muy finitas, que durante el Siglo de Oro español solían ingerir las mujeres de la alta sociedad para mantener la palidez de la cara y para regular la menstruación. Comían la cerámica, sí. No nos alarmemos por este dato, algunos a día de hoy comen esperma de pescado y otros beben vino de serpiente. Además, si miramos uno de los cuadros más famosos del mundo, Las Meninas, de Velázquez, veremos cómo María Agustina Sarmiento ofrece un búcaro rojo a la princesa Margarita.

El paseo culmina entre jarras, botellas de whisky y una gran tinaja con inscripción religiosa, posiblemente hecha en el convento Mendocino de San Agustín, donde producían vinos que enviaban en carretas hacia Buenos Aires. Todo lo encontrado está ubicado en su lugar, cada instalación se ubica sobre el entorno de los yacimientos, para conservar y exhibir los materiales arqueológicos hallados, facilitarnos información complementaria y proporcionarnos una entendible y clara explicación para quienes somos ajenos a esta ciencia.

Para terminar diré que, a escasos metros del Pasaje, sobre la Avenida, nació y murió el prócer que les brindó el nombre: el angelical Manuel Belgrano. La línea del tiempo de repente se me confunde porque he salido del museo en esta noche lluviosa de invierno de 2017. La arqueóloga Flavia Zorzi agrega que pronto se inaugurará un hotel boutique en el primer piso del Pasaje, llamado Cassa Lepage Art Hotel. Detrás del gran ventanal veo La Puerta del Inca, un restorán de cocina peruana que me espera porque forma parte de la visita de los viernes de cada mes. En estos tiempos donde las ciudades históricas del mundo abren sus venas al turismo, podemos ver cómo, poco a poco, nuestro barrio fundacional de San Telmo ha ido ganando liderazgo en los recuerdos de Buenos Aires, tan lleno de historias y tan lleno de mitos que agigantan el pasado de un país prehispánico e hispánico, nocturno y pantanoso, besado y atropellado.

Todo lo que somos es lo que nos ha sucedido. El único deber que tenemos con la historia es reescribirla.

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