Grecia: tierra e islas de dioses (segunda parte)

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La primera parte de esta nota -publicada un mes atrás- terminó una ventosa madrugada en el puerto de Amorgós, una de las islas Cicladas.

Texto por Guido Minerbi · Fotos por Carmen Silveira

Para no frustrarlos, desaconsejamos esta nota a quienes tienen hijos en edad escolar, cursan estudios universitarios o no pueden elegir el momento para irse de vacaciones. ¡Mejor abstenerse si se pertenece a estas categorías! Quien elige ser viajero y no turista, no debe viajar cuando va el malón, sino ligeramente fuera de temporada. El disfrute será mayor y los precios entre un 30% y un 40% menores. Así, decidimos ir a Grecia a fines de marzo-comienzos de abril cuando el invierno boreal va quedando atrás y ya hay días donde con un rompevientos alcanza.

Tres entre dos…
En el ferry, un gran mapa nos mostró las tres Cicladas que íbamos a recorrer, situadas entre las dos favoritas de quienes viajan a Grecia por primera vez: Mykonos y Santorini. Santorini se encuentra al Sur, hacia Creta, y Mykonos más al Norte. Estas tres islas se encuentran en el medio, a corta distancia una de otra. La exploración comenzó en Amorgós, siguió en Naxos -la mayor del archipiélago- y concluyó en Paros.
Amorgós tiene dos puertos donde atracan los ferries que la conectan con Pireo: Katapola y Aegialis. Llegamos a Aegialis, muy lejos del hotel que habíamos reservado. La hija del dueño, nos recibió a la madrugada y manejó muy rápido -para nuestros gustos- por caminos de cornisa llenos de curvas. Pero -como decían abuelitas itálicas, ibéricas y, suponemos, helénicas- “a caballo regalado no se le miran los dientes”. Era una boca de lobo y cada tanto se veían allá abajo las trémulas luces del puerto y las del ferry que navegaba ya hacia la lejana Astipalea. Llegamos al hotel, una pensión-residencial en Chora (se pronuncia Jóra), capital de la isla.
Nos despertamos temprano, impacientes por aprovechar el día a pleno. Hacía mucho viento y el mar lucía encrespado. Las angostas callecitas entre típicas casitas blancas frenaban las ráfagas pero no un seductor aroma a café. En un barcito regenteado por una joven -que resultó ser artista plástica- tomamos café a la griega metrio, no excesivamente dulce, acompañado por gloriosas masitas de pasta de amigdala. ¡Ojo! No es lo que parece: en griego, amígdala significa almendra. Con las masitas ingerimos las calorías suficientes para que frío y viento se tornaran fresca, suave brisa…
Amorgós es montañosa y todo parece estar “arriba”, con pendientes empinadas, y a menudo las callecitas se convierten en escaleras. Trepamos hasta la imponente mole de la fortaleza levantada siglos atrás por los venecianos. Desde allí gozamos de una vista aérea de Chora y un Egeo gris: ese día el sol optó por no mostrarse… Caminamos varias horas y paramos en el único estiatorion (restaurante) abierto en esa época del año. Compartimos dos platos – uno mejor que el otro: kalamarakia y souvlakia, calamares a la parrilla y pinchos asados de cordero marinado, acompañados por pita -pariente cercano del pan árabe- y una generosa jarra de retsina, mágico vino blanco aromatizado con resina que realza el sabor de lo que acompaña. Como el mate, no es para todos los paladares: su sabor intenso puede no gustar. Era casi de noche y lo que nació como una siestita se tornó sueño profundo hasta la mañana en que nos despertó un sol brillante. La hija del dueño nos llevó al puerto de Katapola. De noche nos había parecido que manejaba algo rápido. De día, también… ¡pero llegamos! Paseamos un rato entre los pesqueros amarrados y fuimos a un local que sumaba la venta de ropa al alquiler de autos. Tras infaltable regateo con la Sra. Sofía, con sólo €20 alquilamos un excelente autito japonés por todo el día con kilometraje ilimitado. Diez litros de nafta nos permitieron recorrer toda la isla, de Norte a Sur. No necesitamos mapa: hay unsolo camino pavimentado. Dedicamos unas siete horas a explorarla de Katapola a Agia Anna (Santa Ana) y desde allí hacia el Norte y las playas de Ormos. Luego fuimos hacia el extremo Sur hasta las playas de Paradisia y Kalotaritissa, admirando impactantes panoramas que integran mar, capillitas blancas, playas y montañas volcánicas. Al regresar, nos detuvimos al pie de la escalinata que lleva al austero monasterio de la Virgen María de Hozoviotissa, construcción angosta, blanca y vertical, enclavada en un acantilado castigado por las olas del Egeo. Un monje, que llegaba con provisiones, nos explicó que había pasado el horario de visitas. Nos conformamos con subir unos cuantos escalones cavados en la roca, sacar fotos y leer en un cartel que la osada obra -a 300 metros de altura- se remonta a 1088, cuando Alexios Komninos era emperador de Bizancio. A las 6 de la tarde regresamos a lo de la Sra. Sofía para devolver el auto. Charlamos un rato, comentamos cuánto habíamos disfrutado del paseo y la isla y nuestro aprecio por la hospitalidad de los isleños. De uno de los estantes extrajo una gran bandera griega envuelta en celofán y nos la entregó con un “¡ustedes la merecen!” Se disculpó de la etiqueta “Made in China”, pero fabricar banderas en Grecia -dijo- salía demasiado caro… Pretendimos entregarle las llaves del auto, pero nos dijo que el camino al hotel sería de cinco kilómetros en subida. Nos sugirió dejar el auto frente al hotel, abierto y con las llaves puestas. Por la mañana el marido la llevaría hasta allí y ella lo regresaría al puerto. Aceptamos fascinados, no sólo por habernos ahorrado la subida, sino porque encontrar hoy gente que confía es un regalo de los dioses del Olimpo.
Cerramos las valijitas que habíamos llevado y, tras frugal desayuno, fuimos a la Torre Gavras, otra construcción veneciana donde se exhibe la colección arqueológica de Amorgós. Luego fuimos hasta Arkesini, a admirar el monumento más antiguo de la isla, un complejo fortificado del IV Siglo A.C.

Naxos: la mayor de las Cicladas
Nos embarcamos en un ferry igual al que nos había llevado a Amorgós, el Blue Star Dilos. En una hora y media llegamos al activo puerto de Naxos, capital de la isla homónima. La ciudad es de buen tamaño, con una parte moderna y otra vieja. En Grecia conviven tres niveles cronológicos: lo antiguo, lo viejo y lo moderno. Hay que destacar que los isleños aman sus islas y tienen un vínculo indisoluble con ellas. Aún así, cada tanto deben ir al continente y -en muchos casos- el único modo de hacerlo es por vía marítima. La mayor parte de los comercios, mercados, servicios, hoteles y la “movida” isleña se concentran alrededor del puerto. Para empezar a conocer una isla y su gente, conviene sentarse en un café, tomarse unos cuantos kafedakia elliniká (cafecitos griegos) y abrir ojos y oídos. Desde la época de los filósofos, a los griegos les encanta dialogar, debatir y polemizar acaloradamente de política, condiciones del mar, economía o fútbol. Por eso, la distribución de mesas y sillas sigue un patrón atípico para nosotros, que estimula la charla de un lado al otro del local. Las sillas se orientan hacia el centro, respaldos contra la pared, mesas por delante y asientos de un solo lado. Así, todos pueden hablar con todos. No tuvimos problema alguno en ubicar un buen restaurante. Elegimos uno que prometía “comida de la abuela”. De entrada. una porción de tiropitakia, empanaditas hojaldradas triangulares rellenas de queso de cabra, seguidas por una porción de taramosalata, una pasta a base de huevas de pescado prensadas y secadas al sol, acompañada con pan pita. Luego sopa avgolémono de caldo, arroz, huevo y jugo de limón y una gigantesca porción de moussaká, símil-lasaña que, en vez de pasta, lleva berenjenas y capas alternadas de carne picada especiada, cubierta con salsa blanca gratinada y queso. El postre fue típico: yogur de leche de oveja stragistó, elaborado eliminando el suero hasta dejarlo semisólido. Se come solo, con azúcar o, mejor, con miel.
Estuvimos en Naxos hasta el día siguiente, focalizándonos en los isleños y en pasear por la parte vieja perdiéndonos felices en sus entrañables callecitas angostas. Bendecimos al inventor de las cámaras digitales, que posibilitó la toma de cientos de fotos sin pensar en el costo de rollos, revelado, copiado y ampliaciones.

Paros: pequeña, con 4000 años de historia
Llegamos a Paros en unos 40 minutos. Nos habían hablado maravillas de esta isla y eso nos preocupaba: un destino muy ponderado suele frustrar expectativas. En este caso, se quedaron cortos. Parikia, la capital, iluminada por un sol amarillento que rebotaba en la edificación blanca se iba tornando dorada e irreal. Desembarcamos en el aquelarre habitual en todos los puertos: vendedores ambulantes, pasajeros, vehículos, changadores, curiosos, promotores de hoteles, taxistas. Habíamos reservado un hotel a pocos metros de allí y dejamos el equipaje. Al recorrer las callecitas aledañas dimos con un almacén muy surtido y decidimos ahorrar comprando algo allí. Adentro, el aroma a especias era embriagador y nos abrió el apetito. Nuestras provisiones incluyeron pita, queso feta, jamón, aceitunas negras arrugadas, higos secos, nueces, un gran racimo de uva y una botella de Mavrodaphne (Laurel Negro, un vino oscuro, espeso y abocado). Organizamos un picnic en nuestro balcón con vista al mar. Tras ese banquete, se nos antojó que un par de kafedakia nos caerían bien y -mejor aún- con una copita de brandy Metaxa. En la taverna donde nos instalamos empezó a tocar un habitué, virtuoso del bouzouki. Los parroquianos se turnaban para ofrecerle copas de retsina. Su “Zorba el Griego” motivó cerrados aplausos y ¡Opa! (algo así como Olé) de admiración. Al ser un día de semana, había mayoría de hombres. Las mujeres aparecen los fines de semana, pero un martes era “cosa de hombres”. Muchos fumaban -se fuma mucho- mientras jugaban al tavli (o shesh-besh) que aquí conocemos como backgammon. El bouzouki dejó de sonar y regresamos al hotel.

La gran ventana de mármol
Recorrimos la costanera hasta el suburbio de Livadia, tras el cual se levanta una colina rodeada por al mar, a no ser por un istmo angosto donde el Egeo siempre salpica a quien lo cruza. En su cumbre se yerguen las ruinas del Santuario de Apolo, cuyos restos monumentales forman un gigantesco marco o ventana de mármol blanquísimo, que permiten encuadrar Parikia, su puerto y un mar muy azul donde se intuye el perfil de otras islas. La magia del lugar es única y pasamos allí mucho rato, como en trance. No lejos de Livadia visitamos la monumental basílica bizantina Ekatón Pilianí (Cien Puertas). Luego, en Marathis, recorrimos las antiguas cavas de mármol pário, que se usó para esculpir la Venus de Milo y la Victoria Alada de Samotracia. Por el cansancio y el apetito recalamos en el muy recomendable restaurante To Mortari (El Mortero) con pocas mesas y atendido por su dueña, Anastasia Skaramaga. Compartimos una jarra de retsina helado y un saganaki a base de queso feta frito en masa filo empanada, con una salsa tibia de miel y nueces. Le siguió un plato refinado: guna de pescado fileteado, secado al sol y asado a la parrilla, con ensalada de papas, alcaparras, cebollín y sardinas. A escasas cuadras de allí tomamos un ómnibus hasta Naoúsa, pintoresco poblado de pescadores, paraíso para amantes de la fotografía, con sus casitas blancas inmaculadas y puertitas, ventanitas y baranditas azules, ocres, verdes, rojas o amarillas, pequeñas galerías de arte y talleres de artistas y artesanos. Se imponía tomar un último cafecito sentados bajo una parra, en mangas de camisa en un día ya primaveral. Tres generaciones -abuelo, padre y nene de unos tres años con su perro- compartían una mesa. Cuando el nene amagaba con alejarse, el abuelo lo llamaba con tono enfático, afectuoso y respetuoso a la vez, usando una sola palabra: ¡andraki! (hombrecito). Al oírla, la cara del nene se iluminaba: que el abuelo lo considerara ya un hombrecito era evidente fuente de orgullo.
Cinco horas y media de ferry nos devolvieron al Pireo. En ningún momento dejamos de pensar que el calor humano y la hospitalidad de quienes habitan esas islas son parte indisoluble de una belleza total que sólo el viajero puede vivenciar… ¡fuera de temporada, claro!

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