La Rioja, una travesía por la tierra del torrontés.

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La Rioja, la provincia del norte de Argentina que ofrece un recorrido por la evolución del planeta, la naturaleza y el producto de su tierra.

Por Sonia Renison

Los rojos y verdes, ocres y morados que distinguen al territorio riojano se combinan con la historia argentina y con una perla en los caminos del vino: El Torrontés. Una uva blanca que definió a partir del terruño su carácter que la hizo única y propia.
Pero esta provincia del norte argentino, es un abanico de opciones porque desde los dinosaurios hasta los aromas y sabores, sus atractivos recorren un amplio espectro de posibilidades para los viajeros que emprenden una travesía que, además, ostenta tramos de la mítica Ruta Nacional 40 y del Qhapaq Ñan, camino principal del Inca.

A tono con la tendencia mundial, donde la identidad gastronómica es un eje, los riojanos han desarrollado alternativas gourmet en plena capital, donde los restaurantes presentan cartas elaboradas por chef locales que rinden homenaje a la provincia, desde los aromas del carnaval que aquí es “La Chaya”, con sorbetes de albahaca, empanadas riojanas y el famoso cabrito, elaborado en mil formas diferentes.
Uno de los referentes de la nueva cocina riojana es Hugo Veliz, quien desde “Orígenes” rinde culto a los productos nobles de la tierra y a pocas cuadras, desde “La Stampa”, donde el menú también es una invitación a los maridajes con los vinos de la región.
La perla en cada rincón también es la aceituna de mesa, que desde los años 40 logró su lugar y, del tamaño de un dedo gordo, la variedad Arauco, cuenta con su denominación de origen, su Fiesta Nacional y los aceites extra virgen, orgullo regional.
Cuenta la historia que hace cuatrocientos años, los españoles arrasaron con los cultivos de olivos que competían comercialmente con el viejo continente. Pero una anciana resguardó un brote en un pozo y hoy se puede visitar el árbol soberbio que aún brinda sus frutos.
Las fincas abren sus tranqueras para visitarlas, como el caso de Hilal Hermanos, donde se puede conocer el proceso original con molino de piedra para hacer el aceite.

Pero no todo es comida. Aquí, cerquita, “Vientos del Señor” es un barreal extenso, una planicie de tierra donde se puede practicar kite buggy (o paracart), una experiencia atractiva para quienes buscan combinar la naturaleza y una cuota de adrenalina.
Son poco más de cien kilómetros y se llega a las termas de Santa Teresita, un complejo sencillo pero con lo necesario para disfrutar de los beneficios de las aguas termales. A unos pasos, literalmente hablando, encontramos una iglesia (ruinas) con reminiscencias jesuíticas y desde las termas, además, se hacen excursiones hacia la zona de dunas, un paisaje diferente en las alternativas riojanas.
La Rioja también revela los pasos de la historia argentina y uno puede seguir el derrotero de los caudillos como Angel Vicente “El Chacho” Peñaloza y Facundo Quiroga que desde los monumentos a la entrada de la ciudad hasta las esculturas de los artistas, son parte de la mística riojana.

El verde puebla el paisaje cuando uno se dirige hacia el sur de la provincia, hacia el pueblo de Tama, donde en la esquina de la plaza, a media cuadra de la iglesia, hay un pequeño museo con objetos de quien fuera uno de los protagonistas de las luchas internas entre “Unitarios” y “Federales” , el mencionado General Peñaloza, emblemático caudillo asesinado en 1863 que en este suelo talló su figura de héroe, en la región de Los Llanos, a tan sólo 180 kilómetros de la ciudad capital.
Arroyos cristalinos, quebradas y vallecitos, el viaje es una aventura y en la altura, en un antiguo puesto de campo, los hermanos Juan y José de la Vega son los anfitriones en Finca Santa Cruz. Cuentan que aquí, en una de las antiguas habitaciones del puesto, “El Chacho” descansaba alguna que otra noche, mientras que hoy este sitio cuenta con el privilegio de albergar una condorera.

El pie de la sierra de Los Quinteros, Posta de Los Cóndores, es el sitio ideal para quedarse, disfrutar del verdor riojano, la comida regional de campo y de una cabalgata que permitirá acceder a la cima desde donde se admiran estas aves majestuosas. Es casi como tocar el cielo con las manos. El peñasco de granito balconea hacia el abismo y en los paredones vecinos hasta es posible ver una hembra de cóndor enseñándole a volar a su pichón.
Unos 150 ejemplares de Cóndor Andino habitan estas montañas, es el ave de mayor envergadura del continente y permite admirar su vuelo, belleza y sabiduría, porque desde la antigüedad hasta hoy se cree que en su comportamiento se advierte el clima. Transmite la sabiduría del cosmos, dicen.
Muchos viajeros eligen esta provincia porque en su corazón ofrece un Patrimonio de la Humanidad inigualable: el Parque Nacional Talampaya que relata en sus geoformas la evolución del planeta.
Al cañadón de Talampaya lo comparan con el “Cañón del Colorado” en los Estados Unidos. Sin embargo, los conocedores sostienen que caminar por dentro del cañadón y tocar sus paredes infinitas son actividades exclusivas del parque argentino. Trecking, bicicleta y hasta un movi truck especial conducen hacia sus secretos, donde temprano por la mañana o a media tarde, el sol enciende el rojo de las arcillas que lo conforman y transforman el paisaje en un lugar mágico.
Este recorrido se inicia entre dinosaurios. Porque hay un centro de interpretación al aire libre y las reproducciones casi a tamaño natural sumergen al visitante en la Era Terciaria. Muy cerca, se encuentra el Parque Provincial “El Chiflón” que luego de un trekking, permite acceder a la cima de los cerros para regalarse vistas de todos los colores. En la entrada, nomás, hay nueva infraestructura hotelera diseñada en comunión con el paisaje y es tal la dimensión, que uno pude salir caminando desde la habitación para sumarse a uno de los senderos. Impecable.

Si de circuitos temáticos se trata, el camino del torrontés abraza desde “la Costa” hasta Chilecito los valles donde el vino es la estrella. Es que el sin fin de pueblitos en la base del macizo de Velazco, es un corredor verde en el que muchos riojanos tienen sus fincas de descanso y productivas.
La historia de cada uno de estos pueblos es atrapante. A lo largo de este corredor se suceden unos dieciséis pueblitos, en una franja de cincuenta kilómetros, y es en San Blas de Los Sauces donde se halla el sitio Arqueológico de Hualco, un emblema de la región y de la historia precolombina.
En los últimos años, las nuevas generaciones, lograron reconvertir los antiguos establecimientos vitivinícolas y hoy se pueden visitar las bodegas boutique y establecimientos productivos que con nuevas tecnologías definen su tercer puesto en la producción de vinos de la Argentina, luego de Mendoza y San Juan.
Hay un recorrido imperdible por los productores agrupados en ACOVE (Asociación Cordón del Velasco) que han recibido galardones en distintos certámenes en el país.
Desde el manejo de los viñedos hasta las uvas, se puede conocer la historia de cada finca, con las familias. “Casa India” en el pueblo de Agua Blanca, Finca Lomas Blancas, donde los vinos hicieron historia medio siglo atrás y hoy talla un presente distintivo.
Hay un vino premiado en los últimos años: “Febrero Riojano”, de Bodega y Fincas de Aminga, procedente del pueblo homónimo, que se lució con su torrontés, entre otras cepas que incluyen el malbec y el bonarda.
Los Navarros y Parrales de la Costa son parte también de este circuito que relaciona a La Rioja con la historia de los viñedos y que reúne a más de cien productores de los más de 900 que hay en todo el país.
Para los amantes del buen vivir, es en el valle de Chañarmuyo, al pie del cordón del Paimán, donde la bodega Boutique Chañarmuyo State despliega su arquitectura con un rincón espléndido de alta gama para alojarse y soñar en suelo riojano.

Cerca de Chilecito, Bodega La Puerta, acaba de inaugurar su salón de cata y degustación, que los viajeros pueden visitar y reservar con tiempo para hacer un alto en el camino. Allí su enólogo Javier Collovatti también deslumbró con su vino de autor.
La historia del torrontés se remonta al principio de la llegada de las vides a la región y su mención data en escritos desde 1860. Hoy logra, por sus características particulares, ser una cepa con denominación de origen y convierte al “Torrontés Riojano” en un emblema que compite en el mercado mundial.
Si el rojo de Talampaya cautiva y se llega hasta Chilecito, la “Perla del Oeste” riojano, basta conducir hasta Famatina, donde el Cañadón del Ocre muestra un mundo de ese color. Abajo corre el río Amarillo, justamente de ese color, y es toda una travesía de aventura porque une algunos de los puntos por donde se construyó la obra ingenieril más importante del siglo pasado: el cable carril.
En la ciudad es posible visitar el museo donde permanecen intactas las piezas y documentos. Pero esta estructura montada para la extracción de oro, plata y cobre, llegó a transportar doce mil toneladas mensuales hasta que dejó de funcionar afectada por la primera guerra mundial.
Chiraumita es el sitio de los cactus y con un sistema de terrazas, tal como hicieran antiguamente los pueblos andinos, se lucen las especies y si la época del año lo permite, las flores son el mayor tesoro para conocerlo.


Algunos han contado hasta 320 curvas en la Cuesta de Miranda, que une la mítica Ruta Nacional 40 en suelo riojano. Ha sido un camino obligado en los rally de los años 50 que se renovó con el nuevo asfalto y los viajeros ruteros eligen recorrerla para admirar los paisajes del valle y de las cimas de las montañas.
El suelo riojano, con sus montañas que recortan más de la mitad de la geografía, combina la naturaleza y la historia en su punto justo. Cualquier época es apropiada para visitarla, pero si hay una fecha imperdible es febrero, tiempo de “Chaya”.

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