Marruecos, el África árabe que enamora

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Una visita a la puerta del Sahara, un país con gente amable, increíbles paisajes y un atractivo cultural notable. Ir solo una vez, no es suficiente.

Por Carlos Andrés Solís Vega

Con la emoción de un niño que abre sus regalos el día de navidad, me encontraba yo planeando mi viaje hacia Marruecos; leyendo sobre destinos y actividades recomendadas, marcando puntos en el mapa e imaginándome recorriendo las movidas calles de las antiguas medinas marroquíes.

Tiempo atrás estudié las posibles formas de llegar a Marruecos desde Colombia y la que más me llamó la atención fue la de volar a España, cruzar el estrecho de Gibraltar y desembarcar en el mayor puerto comercial de África a 42 kilómetros de la ciudad de Tánger. Así lo hice y dos días después de salir de casa estaba en el puerto de Algeciras –España- esperando abordar el ferry hacia mi destino.

Tánger: el primer contacto con el otro mundo

Si bien es cierto que Marruecos es un país bastante moderno y hasta cierto punto “occidentalizado”, también es verdad que es un lugar que conserva tradiciones y elementos de su cultura casi intactos, y son estos los que crean ese impacto que quizás buscamos los viajeros al visitar un país del África árabe. Tánger -mi primera parada en el país-, alguna vez fue destino de escritores, cineastas y músicos que buscaban inspirarse o escapar de sus vidas en Europa y Norteamérica; me recibió de manera no muy agradable –por error mío- ya que caí como “cliente” de los servicios de un falso guía de los que abundan en las medinas de todo el país.

Mi guía –del cual nunca solicité los servicios-, me llevó a un restaurante recomendado donde la cuenta fue bastante más alta de lo esperado y luego me dio un paseo por las tiendas de alfombras y cerámicas de sus amigos en busca de ganar dinero ofreciéndome los productos a precios exagerados, pero ¡lo único que yo quería era llegar a mi hotel para instalarme! Mi pregunta de: “Disculpe, ¿sabe cómo puedo llegar a este hotel?”, me costó varios dólares más de los calculados para el almuerzo y una discusión con el hombre cuando quiso cobrarme propina por haberme dado vueltas por el laberinto de la ciudad antigua. Y es que es fácil perderse entre las callecitas angostas y enredadas, sin embargo, después me dejé llevar y aprendí a perderme y salir del enredo sin angustiarme ni preguntar direcciones a los “touts” –como se conoce a los falsos guías que buscan turistas incautos-

Un poco más familiarizado con la dinámica de la medina, salí a recorrer los mercados y las calles tan llenas de historia, casas construidas por familias francesas y españolas de la época del protectorado destacan por su colorido e invitan a fotografiar cada detalle, en los mercados encontré de todo, desde las típicas baratijas exclusivas para turistas hasta verdaderas artesanías de cerámica, cuero y textiles. Caminar por estas calles, rodeado de hombres vistiendo djellabas y mujeres cubriendo su cabello y algunas veces su rostro entero, me hizo darme cuenta de dónde estaba, lejos de casa, en un lugar culturalmente muy distante del mío pero ahora amable conmigo como foráneo. Claro, después de superado el tema de los touts.

Un par de años atrás mi interés por aprender el idioma árabe me motivó a contactarme e iniciar una amistad con una chica marroquí que ahora me invitaba a conocer a su familia. Esta oportunidad de convivir con su familia por algo más de tres días en su propia casa en Temara, me dio una visión distinta a la que muchos turistas logran cuando visitan un lugar, conocí de primera mano la hospitalidad marroquí de la que había leído y me sentí como en casa a pesar de estar 8.000 kilómetros lejos de la mía, en Colombia. Gracias a esta experiencia y la que tuve antes andando solo, puedo decir que este país me dio una bienvenida calurosa y familiar, convirtiéndose en un lugar que ahora quiero visitar a la menor oportunidad.

Marrakech: donde logré mezclarme con los locales

Luego de dejar Rabat y Temara continué mi camino hacia el sur, Marrakech era mi próximo destino y mis expectativas eran altas. Un trayecto de 5 horas en tren desde Rabat Agdal conduce a una de las ciudades turísticas por excelencia de Marruecos, lugar donde se encuentra la plaza Djemma el Fna –una de las más concurridas de África- y principal atractivo de “la ciudad roja”.

Durante mi estadía en Marruecos siempre busqué alojamientos dentro de la parte antigua de las ciudades, lo cual es recomendable para todos aquellos que quieran tener un contacto directo con el lado más tradicional del país. Esta vez mi hostal estaba situado a escasos 200 metros de la famosa plaza por lo que aproveché para recorrerla –y sus alrededores- a mi antojo. Gracias a mi experiencia previa en la medina de Tánger, en Marrakech tenía confianza suficiente para recorrer los mercados, tiendas, cafés, callejones, para interactuar con la gente local e incluso practicar un poco mi rudimentario árabe que siempre me delataba como extranjero, a pesar de que los locales me confundían con uno de los suyos por mi apariencia árabe. Situación que me dejó divertidos recuerdos porque me sucedió a lo largo de toda mi trayectoria por el país.

Marrakech puede ser una ciudad agobiante para el visitante extranjero, con vendedores ofreciendo sus mercancías a toda voz, tatuadoras de henna que se atreven a jalar a las mujeres por el brazo para convencerlas de tatuarse y trabajadores de los puestos de comida que casi obligan a uno a sentarse en sus mesas, entre otros. Sin embargo, de alguna manera logré mezclarme con los locales y cual si fuera un residente habitual de la ciudad, ninguno de aquellos personajes llegó a ser insistente conmigo, como lo eran con los que notablemente por su físico, eran extranjeros.

Al ver la oferta de trabajos manuales de la ciudad roja decidí que haría mis compras de regalos aquí. Es sorprendente, y en algunos casos abrumadora, la variedad de trabajos en cerámica, metal, cuero y textiles, con precios que van desde las nubes hasta ofertas que no se pueden desaprovechar una vez que se escuchan. Dato importante: regatear siempre ya que el precio inicial no necesariamente es el real y el más conveniente.

Marrakech es además una excelente base para hacer algunas excursiones interesantes, desde aquí la oferta para conocer lugares como las cascadas de Ouzud y el Ksar de Ait Ben Haddou en las cercanías de Marrakech, o las dunas de Erg Chebbi y Erg Chegaga en el desierto del Sahara es muy amplia, mi experiencia reservando en mi hostal para visitar Ouzud fue muy buena.

Zagora: el calor del desierto

Dejé atrás Marrakech para seguir mi camino hacia Zagora, conocida como “la puerta del desierto” con el objetivo bastante claro, pisar las arenas del desierto del Sahara.

Una vez en Zagora el cambio de clima se siente y el calor se hace más intenso -después de 350 km de carreteras en diferentes estados- conseguí una excursión y finalmente estaba en camino hacia el desierto, uno de mis principales objetivos de la visita a Marruecos por razones obvias. Es el desierto más grande del mundo, con infinidad de historias en sus arenas y la forma particular que usan sus gentes para viajar. Ahí estaba yo sobre la espalda de un dromedario, unos kilómetros más lejos de casa, en compañía de Rachid e Ismail, de 20 y 17 años, quienes trabajan como guías de excursiones hacia las dunas.

Compartí con ellos una cena de ensalada marroquí y tajine de pollo mientras tratábamos de conversar un poco en árabe, un poco en español y otro poco en inglés escuchando algo de música touareg que Rachid tenía en su celular, hasta que noté que empezaron a armar sus camas al aire libre y aunque hubiera querido tener esa experiencia, no quise invadir su espacio y me retiré a dormir en la tienda que tenían preparada para mí. La mañana siguiente, el desayuno era pan, mermeladas, miel, café, leche y un té que se sirve hirviendo sin importar la temperatura de 45 grados que hace afuera.

Nuevamente montado en el dromedario, esta vez de regreso para tomar mi transporte hacia Zagora y posteriormente hacia Marrakech, en una visita corta para tomar mi tren de regreso al norte –a Temara- donde me despediría de Meryem, mi amiga y su familia para luego seguir mi camino hacia otro de los “imperdibles” de Marruecos; Chefchaouen o La perla azul como es llamado este encantador pueblo de la región del Rif.

Chefchaouen: Azul en la falda de la montaña

El hostal que tenía en mente para Chefchaouen resultó no tener camas disponibles cuando llegué así que tuve que improvisar y alojarme en una pensión económica que encontré en la medina antigua. Desde aquella pensión, todo me quedó a distancia de caminada y como si no lo hubiera hecho antes en las demás ciudades que visité, me dediqué a recorrer aquellas callecitas que esta vez tenían un elemento adicional. Toda la medina antigua de Chefchaouen, incluyendo paredes, puertas, ventanas y hasta pisos, está pintada en un tono azul profundo que lo hace un lugar único a la vista, donde cada rincón es diferente del anterior y donde definitivamente no se puede resistir la tentación de fotografiar todo.

Después de dos noches en Chefchaouen y de haber recorrido sus parajes y rincones, me encontraba en la estación de buses esperando partir hacia Tánger para cruzar de regreso el estrecho de Gibraltar e iniciar mi próximo recorrido hacia Asia.

Marruecos me dejó anécdotas y gente, me dejó lugares y me dejó las ganas de volver a descubrir más de sus paisajes y secretos. Es sin duda uno de esos lugares que enamora y sorprende, que vale la pena visitar más de una vez en la vida. Y así culminó mi primera vez cruzando el Atlántico, mi primera vez en África. 

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