Cádiz, eterna y cautivante.

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Geográficamente privilegiada, la ciudad que fuera cuna de pensadores y aventureros, testigo de hechos que marcaron la historia, hoy despliega atractivos que la hacen digna de una o varias visitas.

diz es de esos lugares donde se dificulta determinar qué hacer o qué recomendar para el viajero, básicamente porque los atractivos de la ciudad y de la provincia son muchos y conjugan paisajes de ensueño, historia, cultura, gastronomía y una sensibilidad y amabilidad de esas que se atesoran por años.

Como aseguran los gaditanos “aquí siempre tienes dónde elegir”. Esto significa que uno puede recorrer la ciudad y sus museos, disfrutar de la playa, visitar las bodegas, hacer la ruta de los pueblos blancos o embarcarse para avistar delfines y ballenas. Todo al alcance de la mano.

La ciudad de todos los tiempos 

Para Ulises era el confín de la tierra. Y ahí sigue, recoleta, brillante, fortificada, con el mar rodeando todo su perímetro y más 3.000 años en sus murallas.

Una de las formas de disfrutarla en toda su extensión es desde los 72 metros de la torre de la Catedral de Cádiz. Desde allí es fácil imaginársela en el siglo XVIII, llena de pensadores, viajeros, comerciantes; convertida en la capital política y cultural del país y concentrando el tránsito hacia América, “siempre más cerca de La Habana que de Madrid” como suelen decir. Tanto fue así que hoy es posible hacer una ruta (la “Ruta Americana”) evocando los colores, los sabores, la arquitectura y los jardines que ese intercambio ha dejado en la costa gaditana.

Una muestra de esta cercanía es la primera Constitución Española, conocida como la Pepa y aprobada en 1812, resultado del debate entre diputados españoles y americanos. Toda una revolución para la época.

Perderse en Cádiz puede resultar todo un plan, ya que el mar rodea la ciudad por todas partes y se convierte en playa, en paseo marítimo, en puerto deportivo, en puesta de sol, en baluarte, en puente y en Alameda. Desde el mar hacia el centro cualquier paseo merece la pena, empezando por el Museo de Las Cortes de Cádiz para ver la maqueta de la ciudad del S. XVIII, hecha en caoba y marfil, una muestra de que la ciudad fue rica, culta y bella.

Otro de los museos que merecen la visita es el Museo de Cádiz, situado en la Plaza de Mina. El recinto está presidido por Hércules y los sarcófagos fenicios, que cuentan con una historia digna de película de Indiana Jones y permiten conocer el origen de los primeros gaditanos: Gadir, el yacimiento fenicio de la ciudad. Imperdible. 

En la calle Rosario se encuentra el Oratorio de la Santa Cueva, en cuyo techo Goya pintó “la Santa Cena”, “El milagro de los panes y los peces” y “El invitado a las Bodas”. El compositor austríaco Haydn crea precisamente para este lugar sagrado, la composición “Las 7 últimas palabras de Cristo” anticipando lo que sería su renombrada fama.

La visita a la Torre Tavira es otro de los paseos distintivos. Se trata del punto más alto del casco antiguo y una de las 183 “torres-miradores” que fueron declaradas BIC (Bien de Interés Cultural) y que existían en la ciudad para avistar los barcos que llegaban a puerto. Justamente por esta razón, proliferaron en demasía y hubo que limitar su construcción. Desde la Torre Tavira el vigía de la ciudad pudo contemplar cómo la flota franco-española era derrotada en la legendaria Batalla de Trafalgar que marcó la historia del mundo a principios del S.XIX.

Dicha torre se encuentra junto al mercado de Abastos, lleno de color y bullicio. Vale la pena acercarse y pasear por los puestos de frutas y verduras y sobre todo, por los de pescado, donde es posible contemplar la abundante variedad de pescados y mariscos de la Bahía de Cádiz.

Sol, playa y verdaderos tesoros

En Cádiz están las mejores playas. Las hay abiertas y también al resguardo de la brisa, de arenas blancas, cerca de la ciudad o detrás de un acantilado. Hay playas con historia como la de Trafalgar o las hay de película como la de “La Caleta” de cuyas agua emerge Halley Berry, la chica Bond del agente 007. Esta es la playa más recoleta de la ciudad, situada en el casco antiguo, donde se encuentra el antiguo Balneario de La Palma hoy convertido en el centro de arqueología subacuática de Andalucía, un centro en el que se investigan los retazos que la historia ha dejado en el fondo del mar.

La ubicación del centro no puede ser más oportuna porque la playa de La Caleta era el antiguo puerto de la ciudad. Desde aquí hasta mar adentro hay más de 700 barcos hundidos, algunos de los cuales están ¿cargados de tesoros? Parece parte de una leyenda, pero la ciencia ha confirmado la existencia de todos estos barcos hundidos en la costa gaditana, algunos por la piratería, otros por las guerras y muchos por los temporales.   

La provincia reúne en total 260 kilómetros de costa y 138 kilómetros de playas en todas sus variantes: acantilados, ensenadas, arenales de varios kilómetros, playas familiares, playas íntimas, playas nudistas, playas vírgenes, con y sin olas. Incluso hay playas como La Victoria, pionera en Europa en conseguir la certificación de gestión medioambiental y playas de colores como las de Tarifa, con el vértigo de los fly-surf y el cielo multicolor, producto de las decenas de kites que aprovechan el viento ideal para la práctica de kitesurf.  Vale decir que en Tarifa hay más de 30 escuelas de surf y kitesurf, deporte que permite una experiencia única y emocionante. Con 15 horas de clase, uno ya puede volar sobre las olas en este deporte extremo.

La singularidad de Cádiz

Cádiz es realmente única también por espectáculos como los que proporcionan los caballos de la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre de Jerez. Una verdadera danza equina que se puede disfrutar tanto en los espectáculos y la gala especial de los días sábados como durante los entrenamientos. Una vez allí vale la pena visitar el Museo de Carruajes y la Yeguada de la Cartuja de Jerez, pudiendo conocer no sólo el espectáculo sino cómo trabaja esta institución que se encarga desde la Edad Media de la mejora del caballo cartujano.

Otro de los atractivos singulares es el Palacio del Tiempo, en el centro de Jerez, un mundo de fantasía entre relojes, piedras preciosas, efectos especiales y un maestro relojero que sorprende a todos con su aspecto de sabio del XVIII. Este Palacio del Tiempo (nuevo museo de relojes) tiene su sede en un antiguo palacete que forma parte del centro temático La Atalaya y es una densa colección de más de 300 relojes en funcionamiento, cristales de bohemia y de Baccarat, maderas nobles, nácar y marfil, en un ambiente de fantasía donde es posible disfrutar de algunas de las campanadas más famosas del mundo, como las del Big Ben.

Máquinas para medir el tiempo procedentes de Francia, Inglaterra, Italia, Suiza, Austria y Alemania, entre las que destacan ejemplares curiosos como un reloj de sol en forma de cañón, un barco que se mece y mide el tiempo o el payaso que juega con cubiletes.

Y de la magia de los caballos y los relojes, al espectáculo único de la Puesta del sol rojo, otro de los distintivos de la región. En verano, partiendo del puerto de Sancti Petri y adentrándose en el mar, se vive lo que es verdaderamente una experiencia inolvidable: la puesta del sol frente a la mítica isla de Hércules, quien separara Europa de África. No es una puesta de sol cualquiera, en la Costa de la Luz y por el llamado efecto Rayleigh, el astro rey se convierte en una bola roja incandescente y se hunde lentamente en el mar. Es sobrecogedor e inolvidable.

Y parece banal incluir al golf dentro de esta enumeración de singularidad, pero para los expertos la provincia de Cádiz es la tierra del golf de calidad. En la actualidad existen 23 campos de golf y miles de golfistas acuden para jugar donde lo hacen los mejores. Ballesteros, Tiger Woods, Olazábal, Sergio García y muchos otros han dejado un recuerdo imborrable en estos campos del sur de Andalucía, prolongación de los numerosos campos de golf de Marbellla que se constituye en un auténtico paraíso para el amante de este deporte. Por su calidad, por la belleza de los paisajes, por su clima, por su gastronomía y por tener cerca algunas de las ciudades con la mayor carga histórica de Europa, no es de extrañar que Cádiz se haya convertido en los últimos años en la sede de torneos tan prestigiosos como la Ryder Cup, el Volvo Masters y el Andalucia.

Un culto a la gastronomía

Si uno se enamora por el estómago, como dicen, en Cádiz cae rendido a los pies. La cocina gaditana conjuga los vinos de esta tierra, los productos de la huerta y los pescados del litoral así como también sus mariscos: especialmente los célebres langostinos de Sanlúcar de Barrameda. No hay que olvidar los quesos artesanales (los famosos “los payoyos”), los chacinados y carnes de los pueblos de la sierra, así como la repostería, riquísima, con evidente influencia árabe y el aporte de los conventos de las monjas. Son deliciosos el tocino de cielo, los alfajores de Medina Sidonia y el turrón de Cádiz.

La gastronomía gaditana es el fruto de 3.000 años de historia y la fusión con alimentos de otros mundos, unos traídos de América, otros de las orillas más lejanas del Mediterráneo. Hay platos para todos los gustos y exigencias. En la Bahía de Cádiz, destacan los guisos marineros con cazón, corvina y rape, riquísimos, especialmente acompañados de la “manzanilla” (vino genuino de Sanlúcar de Barrameda). Un imperdible: la tortillita de camarones.

La urta a la roteña es el plato más conocido de Rota, incorporado ya al recetario típico andaluz. En San Fernando y Chiclana es costumbre acudir a un “despesque” para que cada cual capture dorados, lenguados o lubinas en los esteros y acto seguido, las disfrute preparados “a la sal” o “a la teja”.

En Conil de la Frontera, Barbate y Tarifa, el plato es el atún en cualquiera de sus múltiples recetas. En La Línea, no se puede dejar pasar una noche de agosto en la playa, disfrutando de los espetos de sardinas, sentado en la arena, con la luna en lo alto y en frente una fogata, ¡todo un clásico!

Cádiz es además tierra de caza y por eso los platos de venado, perdiz y conejo están muy arraigados en la provincia. Como ingrediente indispensable de todas las elaboraciones, el aceite de oliva de la Sierra de Cádiz, que tiene denominación de origen desde el 2002. Un aceite con los aromas silvestres de la sierra, fruto de un cultivo en un terreno abrupto donde la producción masiva es imposible.

Medina Sidonia es la capital repostera de la provincia con sus alfajores, amarguillos, piñonates y tortas pardas. Un recetario que proviene de la presencia árabe en la provincia.

Y claro, la buena comida se acompaña siempre de buena bebida y para eso en las Tierras del Jerez hay mucho más que bodegas: auténticos museos del vino, cargados de historia, de aperos decimonónicos, de leyendas y de un ambiente de película. Son las bodegas de Jerez, de El Puerto de Santa María y de Sanlúcar, cada una con un encanto especial.

Por ejemplo, en las bodegas Tío Pepe de González Byass hay más de 100.000 botas (las más antiguas tienen más de 350 años) y por sus instalaciones ha pasado gente como el escritor Leopoldo Alas “Clarín”, Harold Lloyd, Jean Cocteau, Winston Churchill, Ayrton Senna, Roger Moore, Steven Spielberg y la lista podría ser eterna.

Estas bodegas jerezanas dieron vida a frases célebres como la del inventor de la penicilina que escribió algo así como “mi medicina cura a los enfermos, pero este vino resucita a los muertos”, una cita que habla a las claras de por qué hay que visitarlas.

La Ruta de los Pueblos Blancos

En Andalucía el blanco no es solo un color, es una actitud. Es la actitud de pureza que transmiten los pueblos de las provincias de Cádiz y Málaga, pintados de este color para ahuyentar el calor pero que encierran en sí mismos el espíritu del sur.

Esta ruta es una de las más conocidas de España y cada año miles de viajeros se dispersan por los caminos andaluces haciendo su recorrido. Es una red de caminos que conducen a unos 20 municipios de las provincias de Cádiz y Málaga. Pueblos y ciudades que comparten esas casas con fachadas blancas tan características en gran parte de la comunidad andaluza.

El nombre de la ruta obviamente proviene de la antigua costumbre de los habitantes de encalar las fachadas de sus casas para protegerse mejor del sol, adornándolas con macetas de flores de vivos colores, creando un espectáculo de color para la vista, al que se une el dorado del sol, el verde de la montaña y el azul del cielo.

En la ruta se encuentra el Parque Natural Sierra de Grazalema, con flora y fauna muy variadas, resultado de la gran cantidad de lluvias. Hay que destacar que esta es la zona con mayor pluviosidad de toda España, por mucho que extrañe y sorprenda a la mayoría que piensa que es en el norte donde más llueve. El Parque Natural de Los Alcornocales también es parte de este circuito y sorprende por ser el alcornocal más importante de la Península Ibérica.

Es prácticamente imposible permanecer indiferente al visitar los pueblos blancos. A cada paso se puede descubrir algo nuevo, con paisajes espectaculares y rincones llenos de color, patios singulares con adornaciones típicas andaluzas donde la estrella es sin dudas la amplia variedad cromática. Transitar esta ruta es una excelente oportunidad para acercarse además al inmenso patrimonio histórico, cultural y natural de esta región española.

Muchos de esos pueblos blancos de la Sierra de Cádiz siguen un mismo patrón: castillo arriba dominando el paisaje desde lo alto de la colina y sus casas encaladas en la ladera de la montaña. En la ruta se pueden encontrar pueblos como Arcos de la Frontera, encaramado sobre un peñon de 96 metros de altura, donde uno se puede alojar en alguno de los Paradores que, como hoteles de lujo en edificios históricos o lugares emblemáticos, siembran todo el territorio español. En Grazalema se encuentra un pueblo que más bien parece salido de un cuadro, al igual que en Zahara de la Sierra, cuya imagen del castillo sobre el peñón unido a la blancura del pueblo ladera abajo, hacia las aguas del pantano, se han convertido en uno de los íconos de la ruta. El pueblo de Setenil de las Bodegas sorprende porque parece engullido por la montaña misma, a tal punto que hay que calles que están “techadas” por la propia montaña. En Villamartín puede contemplarse el Dolmen de Alborite, uno de los monumentos megalíticos más antiguos de la Península Ibérica. Y si quiere disfrutar senderismo, paseos a caballo o cicloturismo, nada mejor que recorrer la vía verde, antigua vía de ferrocarril ya abandonada y acondicionada para la práctica de esos deportes. Si se buscan emociones fuertes, el parapente, ala delta y vuelos de ultralivianos de Algodonales es la respuesta. En materia gastronómica cualquiera de estos pueblos será el adecuado para degustar platos con venado, perdiz, conejo, guisos, cocidos y potajes, espárragos, alcauciles y caracoles, todo regado con aceite de oliva de la Sierra de Cádiz y acompañado del queso Payoyo, propio de Villaluenga del Rosario. Ubrique es el destino para las compras, ya que desde aquí se proveen artículos de piel a algunas de las más prestigiosas marcas de la moda europea.

Sin dudas, la ruta de los Pueblos Blancos no sólo es una alabanza a la naturaleza, sino también a la historia: la herencia berebere se mezcla en este territorio con las calzadas romanas, las invasiones cristianas, los que se fueron y volvieron de América, la llegada de las tropas francesas y las historias y leyendas de bandoleros. Todo un paisaje y una cultura que parece imposible a tan pocos kilómetros de la playa y que vale la pena experimentar incluso más de una vez. 

www.cadizturismo.com

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