Puna, la meseta alta y fría

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Texto por Guido Minerbi · Fotografía por Paula Baigros

Navegación por Internet

La expedición aventurosa en la que nos proponíamos participar tuvo un principio humilde, navegando por Internet hasta dar con lo que buscábamos: una empresa profesional que organizara viajes en 4×4 a destinos insólitos -al menos para nosotros-. La encontramos y tomamos contacto con One Way Challenge, empresa argentina operada por tres socios. El destino que nos propusieron nos resultó  atractivo porque habíamos oído mucho sobre un lugar en el que se puede disfrutar del aire más limpio del mundo, el cielo más azul, el firmamento más nítido y las estrellas, la luna -y el sol- más fulgurantes. Además de recurrir al atlas, tuvimos que desempolvar el diccionario. Iríamos a Chile, tras cruzar la Cordillera por el Paso de Jama y recorreríamos la Puna de Atacama. Antes de hacerlo, quisimos salir de dudas: ¿qué es una “puna”?  El diccionario nos desasnó: se la define como una meseta “alta y fría”. Alta es, ¡con más de 4.000 metros…! Fría, también: de noche la temperatura cae debajo de cero, si bien de día llega a más de 35º C, con una excursión térmica violenta.

De Buenos Aires a San Pedro, pasando por Purmamarca

Salimos muy temprano en tres 4×4, dos Toyota y una Ford y no paramos hasta llegar a Purmamarca, en Jujuy, donde hicimos noche en una confortable hostería. Nuestros guías/chóferes fueron Ignacio, Gustavo y Silvana, quienes pronto se convirtieron en nuestros amigos. A Ignacio se le dice “el capitán” porque es el líder del grupo. Gustavo, además de excelente conductor, es mecánico -lo cual da mucha seguridad al transitar por parajes tan alejados- y Silvana, que tiene el apodo de “Maravilla”, da el toque femenino y cálido a la expedición con su presencia y funciona como la madre protectora de todos los expedicionarios.

A la mañana siguiente, tras un breve y tempranero desayuno, volvimos a subir a las 4×4 para ir hacia el Paso de Jama y cruzar a Chile. Los trámites aduaneros fueron eficientes y rápidos pero nos comentó Ignacio que otras veces fueron más lentos y engorrosos. De allí, siempre en subida, llegamos a San Pedro de Atacama, a unos 4.000 metros sobre el nivel del mar. En total, ida sola, habíamos recorrido 1965 km – sin contar los 4 km recorridos hacia arriba para alcanzar nuestro hotel y base en San Pedro, una pequeña ciudad que vive del turismo, donde la mayoría de las edificaciones son de adobe. De hecho, la ciudad es la suma de muchos hoteles con un variado número de estrellas, restaurantes y pequeñas tiendas. Además, hay una iglesia… Es el mayor centro turístico de la Puna, segundo en tamaño después de Calama, una ciudad minera sin mayores encantos, pero que cuenta con un aeropuerto. Además de estas dos ciudades, hay algunos asentamientos o caseríos muy pequeños distribuidos por la Puna y, ya sobre la costa, se encuentra Antofagasta, ciudad y puerto muy importante del norte de Chile.

Todos los expedicionarios estábamos algo preocupados de cómo reaccionaría nuestro físico ante la altura y, salvo uno que requirió un poco de oxígeno que llevábamos, los demás nos las arreglamos bien, ya sea mascando hojas o tomando mate de coca, o bien utilizando las que en Perú se conocen como “soroche pills”. El soroche es un primo hermano del apunamiento y ambos son manifestaciones del “mal de altura”. Otros viajeros nos manejamos bien con un diurético que nos ayudó mucho. En total, recorrimos en tres días unos 650 km en la Puna, sin problemas de ninguna índole.

Claro, los diuréticos requerían “paradas técnicas” cada 90 minutos, pero no hubo dificultades porque al partir habíamos convenido que en estos altos biológicos el baño de los hombres estaría siempre ubicado delante de cada camioneta, y el de las mujeres en su parte posterior. El tercer día después de haber salido de Buenos Aires, se habían ido creando vínculos con los compañeros de viaje, cuyas edades oscilaban entre los 29 y los 76 años. Nos llamó la atención la elevada proporción de empresarios en actividad, a los que se sumó gente acomodada y un mix de apasionados por la exploración de sitios exóticos. Entre las tres camionetas había contacto con radio VHF, por lo cual cualquier percance sufrido por una hubiera instantáneamente sido comunicado a las otras dos. En realidad, el viaje lo hicimos con cinco camionetas, ya que la empresa prevé también la alternativa de que uno se sume a la expedición utilizando su propio vehículo. En total, el viaje tuvo una semana de duración, con una noche en Purmamarca, tres noches en San Pedro y una noche en Rosario de la Frontera. Durante el recorrido, nos enteramos de que One Way se especializa en destinos en Argentina, Bolivia y Chile, a los cuales ya ha sumado Marruecos y, muy pronto, Namibia.

Equipaje, tierra, polvo

Antes de partir, los guías nos asesoraron -en una reunión preparatoria- sobre el equipaje y ropa a llevar. Insólitamente, nos recomendaron contar con bolsos estancos, como los que se utilizan en yachting para evitar que el contenido se moje. Siendo que la Puna es conocida también como el Desierto de Atacama, nos sorprendió este consejo, pero durante el viaje comprendimos todo. En un barco de vela todo puede llenarse de agua. En la Puna, todo se llena de tierra y polvo casi impalpable. En los bolsos tuvimos que colocar gorros, guantes, campera de mucho abrigo y más de un sweater para poder vestirnos -y desvestirnos- estilo cebolla, e ir ajustándonos al frío intenso de las noches y al calor abrasador de los días. También incluimos en nuestro “ajuar” botas de trekking y zapatillas comunes y, desde ya, una generosa provisión de bronceador con filtro. Es falso aquello de que en la Puna no hay agua: la hay, pero se trata de ríos subterráneos. En la superficie -a lo sumo- se divisan unas pocas lagunas. Es por eso que prácticamente no hay vegetación, salvo algún matorral o mínimo arbusto. Por la aridez y la altura, tampoco hay insectos o bichos molestos de los que precaverse.

Los cambiantes escenarios de la Puna

Más allá del impacto que nos produjeron la luz, la diafanidad del aire, la limpieza de la atmósfera y un cielo estrellado como jamás habíamos visto, gracias también a la falta de contaminación lumínica, nos sorprendió lo cambiante de los paisajes que a cada rato nos fue proponiendo la meseta. Nos sacaron de la cama tempranísimo en San Pedro, porque teníamos que llegar muy de madrugada a los geisers de El Tatio. Este impresionante conjunto de geisers es el mayor del hemisferio sur y -a nivel mundial- sólo es superado por el del Parque Nacional Yellowstone en los EE.UU. y el de la reserva Natural Kronotsky, en el Este de Rusia.

De todo lo que recorrimos, estimamos que éste fue el tramo más peligroso. Por un lado, el camino no pavimentado es poco más que una senda no demarcada y hay que conocerlo muy  bien para no extraviarse en esa oscura inmensidad donde, de noche -y a veces de día- se carece de puntos de referencia.

Ocurre que los chorros de vapor son tanto más visibles e impactantes cuando es mayor la diferencia de temperatura entre la del vapor que brota y la de la atmósfera. Esto se da sólo a primera hora de la madrugada. La visión de esas torres de vapor, que brotan de lo más profundo de la tierra -atravesadas por un sol todavía tímido que se alza rasante desde el desierto- nos puso en contacto con una inquietante expresión de la fuerza avasalladora de la Naturaleza (¿o quizás sería más propio decir: de la Pachamama…?).  Todo ese primer día en la Puna nos atuvimos a lo que nos habían recomendado: tomar mucho líquido, comer poco, liviano y varias veces por día. Entre dos, nos bajamos 9 termos de mate…  De los geisers nos fuimos a las termas y piletas termales de los “Baños Puritama”, que disfrutamos inmensamente. De hecho, allí se nos aclaró por qué en la reunión previa al viaje nos habían recomendado llevar traje de baño… No nos cerraba eso de ir al desierto con traje de baño: parecía como que fuéramos a nadar en la arena. Pero ese día nuevamente apreciamos la sabiduría de nuestros guías, y disfrutamos de baños termales, reparadores como pocos.

Para completar el aspecto húmedo de la Puna también hay que referirse a la gran laguna donde hay un increíble santuario, la Reserva Nacional de Flamencos. Los hay por centenares, si no por millares, en una laguna ubicada en el Salar de Atacama. Su brillante tonalidad rosada contrasta notablemente con los tonos ocres, pardos y amarillos del suelo de la Puna.

Prácticamente los flamencos fueron los únicos animales con los que tuvimos contacto allí, a no ser por los que preveíamos encontrar en cantidades: las llamas. Notamos algo inesperado: cada llama tiene dueño y cada dueño, en lugar de marcar su ganado como ocurre con vacunos o equinos en otras latitudes, le coloca un pompón o una tira de lana de determinado color en una de las orejas como señal de reconocimiento. Uno de nuestros compañeros de viaje, levemente trasnochado (¿sería el efecto de la altura?), consultó al capitán cómo hacían para que les crecieran esos mechones de color… ¡con lo cual a cada rato lo cargamos por el resto de la expedición!    

Una visita guiada al cielo

A 4.000 metros, uno siente que está mucho más cerca del cielo que cuando está en Buenos Aires al nivel del mar (o para ser más precisos, del río). Y es por eso que la segunda noche, después de cenar en un excelente restaurante a dos cuadras del hotel, salimos para realizar una visita guiada al cielo. Esto, que de buenas a primeras parecía ser algo disparatado, fue por el contrario todo un acontecimiento, entre científico y cultural. Se sumó a nuestro grupo un astrónomo local -Hugo- quien nos hizo acomodar en una canchita de fútbol en las afueras de San Pedro, desde la cual sentíamos que las estrellas estaban al alcance de la mano. Hugo no sólo nos ayudó a identificar las constelaciones más importantes con la ayuda de un telescopio, sino que -tragos de pisco mediante para aguantar el frío ya bajo cero- nos hizo descubrir Orión con el cinturón de las Tres Marías, una estrella “doble”, el planeta Marte y los anillos de Júpiter compuestos de polvo y no de hielo como los de Saturno. No contento con eso, y tras una nueva vuelta calórica de pisco, enriqueció la experiencia comparando la mitología grecorromana con las leyendas de los pueblos originarios de la región. Nos enteramos así de que los atacameños dieron lugar a la que se conoce como la Cultura San Pedro y que se fueron radicando en los escasos oasis de uno de los desiertos más grandes y seguramente más áridos del planeta. Estos aborígenes fueron el primer pueblo sedentario del Chile precolombino y el más evolucionado de toda la región.

Al regresar al hotel, todos tomamos una bebida muy caliente antes de acostarnos, felices pero agotados, para redondear los efectos beneficiosos y térmicos del pisco que habíamos compartido al aire libre, en una inolvidable, helada noche.

Escasos pobladores

Como corresponde, en un desierto como es la Puna, uno no espera encontrar muchos pobladores. El día siguiente recorrimos una zona muy diferente a las que ya habíamos visitado y llegamos al que han apodado “Valle de la Luna”. Más allá de que tenga -o no- aspecto lunar, el nombre le fue dado en los años 60 cuando arreciaba la carrera entre estadounidenses y soviéticos por llegar a la luna. Dos formaciones se destacan en el valle. La que lleva el nombre de “anfiteatro” y una enorme cueva de cristales de sal.

De allí nos dirigimos hasta el pequeño poblado de Machuca, donde tendríamos la única experiencia gastronómica autóctona de nuestra expedición. En un mini-pueblo que, si mal no recordamos, consta sólo de dos casas y una pequeña iglesia, saboreamos excelentes empanadas de queso que (al no haber visto otro tipo de animal a la redonda) supusimos sería de leche de llama) y unas deliciosas brochettes de carne de llama. Las muy pocas personas que vimos a lo largo de la Puna eran kollas, que residen allí desde tiempos ancestrales y cuyo modo de vida ha cambiado muy poco a través de los siglos.  En los restaurantes que visitamos en San Pedro comimos muy bien todos los días y nos sorprendió tener de todo, desde verduras y frutas frescas, hasta pescado traído desde Antofagasta.

Los tres días se nos hicieron muy cortos y nos prometimos, al enfilar nuevamente hacia el Paso de Jama, regresar pronto para disfrutar más profundamente de este insólito lugar del mundo donde conviven un aire terso, una luz brillante, un cielo tan azul, estrellas “ahí nomás”, interminables dunas, y un fino polvo que penetra también el más estanco de los bolsos. Será la luminosidad mágica, el aire fino y liviano, un sol penetrante, los paisajes inabarcables, un cielo increíblemente tachonado de estrellas: lo cierto es que la conjunción de estos estímulos nos hizo volver a casa con una renovada paz interior y la clara percepción de lo pequeños que somos, medidos con la vara de esa grandeza.

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