New York por los bordes

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New York, siempre fascinante, ofrece una mirada distinta desde sus márgenes. Una verdadera  invitación a redescubrir “la ciudad” del mundo.

Texto por Paz Azcárate · Fotografía por Elisa Azcárate y NYCGO

Stand clear of the closing door, please. La voz de un hombre en los altoparlantes del subte resuena bajo tierra a lo largo y a lo ancho de toda Nueva York. No es un modo de decirlo: la red de trenes se extiende por sus mil kilómetros de vías y se detiene en 472 estaciones. En cada destino aguarda un barrio distinto, y en cada barrio conviven neoyorquinos de las comunidades más variadas. La diversidad cultural de Nueva York, es, en efecto, uno de los elementos más interesantes de la ciudad. Solo en el distrito de Queens se hablan más de 160 idiomas y a unas pocas estaciones del metro hay una pequeña sede de Italia que es vecina del Chinatown. En los vagones del Metro todas estas comunidades, más una buena cuota de turistas, van y vuelven durante todo el día y toda la noche. Para conocer esta ciudad a fondo hay que moverse por el metro al ritmo de otros 5 millones de pasajeros. Su mística, vamos a darnos cuenta durante nuestra estadía, está más que justificada.

Llegar a Nueva York abruma porque el mapa nos la presenta como inabarcable. No solo por su extensión, sino principalmente por la cantidad de lugares que se recomienda conocer y la distancia que separa a todos esos puntos marcados en el mapa. Distancia que a veces implica combinar varias veces las líneas del metro y cruzar ríos en tren o navegando. Nueva York se divide en cinco condados: Manhattan -en la desembocadura del Río Hudson-, Brooklyn -al oeste de la isla Long Island-, el Bronx -separada de Manhattan por el Río Harlem-, Queens -el más extenso y culturalmente diverso de los cinco- y Staten Island -una isla bordeada por el océano Atlántico-.

Muy pronto uno aprende lo básico: el tren recorre la ciudad en dos modalidades: trenes locales y expresos. Los primeros paran en cada estación y los segundos viajan hasta las estaciones donde las líneas se combinan. También despliega estrategias. Aunque demande paciencia, conviene esperar los trenes expresos para moverse en distancias largas.

La reina étnica

Todas las ciudades del mundo son cada vez más parecidas entre sí. Es un proceso irreversible el que comenzaron principalmente las grandes urbes occidentales de un tiempo a esta parte. No hay novedad en esto: gracias a, o por culpa de, la globalización hace cada vez un poco más difícil encontrar rincones, situaciones y hábitos que sorprendan y cada vez más fácil encontrar lo conocido en un nuevo destino. Acá, a 8.500 kilómetros de mi casa, puedo encontrar sin mucha dificultad quien hable mi idioma, coma mi comida, vista mi misma ropa y tenga los mismos hábitos que yo. En el caso de Nueva York, buena parte de todo eso se encuentra en la Gran Manzana.

Cuando viajo, intento conocer los bordes de la ciudades. Lo que conozco lo tengo allá, en mi casa. Lo que me interesa es ver algo distinto. Los viajeros que comparten este precepto casi nunca se hospedan en la Gran Manzana. En ese sentido en Nueva York rankean fuerte Harlem, en la zona norte de Manhattan, Brooklyn, el condado bohemio favorito por el público joven, y Queens, donde nos hospedamos nosotros, considerado el condado étnicamente más diverso de Nueva York (y hasta del mundo).

Hospedarse en Queens tiene otros beneficios. El primero es su cercanía con ambos aeropuertos, lo cual hace más sencillas las siempre complicadas llegadas y retiradas. El segundo -no es menor-: en Airbnb se pueden encontrar departamentos completos o habitaciones a muy buen precio. En nuestro caso nos recibe José, un puertorriqueño que migró con su familia hace más de una década y renta el tercer piso de su casa a turistas de todo el mundo. José es también quien nos recomienda lugares para comer, formas de movernos por la ciudad y nos evita visitar lugares que rebotan en las guías de turismo y que están sobrevaluados: “si eligen un mirador, vayan al del Rockefeller Center”, “no compren nada hasta el día después del feriado que todo se consigue a mitad de precio”, “no dejen de ir a pasear por el Bronx”. Estamos en Flushing, Queens, son las 12 del mediodía y aunque tenemos una lista de barrios y lugares que queremos conocer, Nueva York nos aplasta de forma irremediable. ¿Por dónde se empieza?

Una parada estratégica, creemos, nos va a ayudar a pensar: sentarnos a comer. En Queens hay comida china, latina, judía, coreana, italiana y tailandesa, más los puestos de pretzels y hot dogs que pueblan casi todas las esquinas. Con poco riesgo, nos metemos en un local de comida italiana. Nos toman el pedido en fila y delante nuestro, una mujer desafía todas las reglas de esta ciudad.

– ¿Lo quiere para llevar? – pregunta la empleada del otro lado del mostrador.

– Pero no, hijita. Si aquí nadie me corre y allí nadie me espera.

Las palabras de la desconocida nos invitan a subvertir, igual que ella, las reglas de los tiempos urbanos. Pedimos nuestra comida para sentarnos y vemos todos los puntos marcados con tinta azul en nuestro mapa. Decidimos tomar un punto de partida cronológico: vamos a visitar la Estatua de la Libertad, lo primero que vieron del suelo americano los migrantes que llegaron en el siglo XIX. Tomamos el Metro hasta el sur de Manhattan -esperamos el expreso, como corresponde, como nos advirtió José- y en unos 30 minutos llegamos a destino. Ahora estamos en Battery Park, a punto de tomar el Ferry. La vista desde este lugar es preciosa: recorrer la costa del océano, con una parte de Manhattan que avanza sobre uno de los laterales del parque, amerita una tarde de ocio completa que probablemente no tendremos. Lo anotamos mentalmente para otro momento, otro día, y por qué no, otro viaje.

Nos alejamos en la embarcación y Nueva York, por primera vez, se nos aparece chiquita. Una maqueta que recorta el cielo con edificios, o eso que llaman skyline. La Estatua de la Libertad, a la inversa y gracias al trabajo del óxido, se nos aparece como un godzilla de 93 metros firme en medio del océano. Sostiene con la mano derecha una antorcha y recuerda la fecha del Día de la independencia norteamericana, pisa las cadenas de la esclavitud abolida después de un truculento período de Guerra Civil y mira a Francia, el lugar de origen de su autor, Frederic Auguste Bartholdi. Seguimos hasta la isla Ellis, conocida por convertirse en la principal aduana de la ciudad entre 1892 y 1954. Se calcula que 12 millones de inmigrantes ingresaron al país por ese puerto, la primera de las cuales fue Annie Moore, una irlandesa de 15 años. Su registro encabeza una lista ecléctica con nombres conocidos, como el de Sigmund Freud, Walt Disney, Albert Einstein, Scott Fitzgerald y Bela Lugosi.

Ese mismo ferry llega también a Staten Island, poco visitado por turistas, probablemente por ser dueño de un aura de nostalgia. En la costa, los humedales están repletos de esqueletos de barcos oxidados. No muy lejos de ahí se llega al Fuerte Wadsworth, una edificación militar de las más antiguas registradas en el país y que resultó fundamental en la guerra contra los ingleses en el siglo XIX. Tiene un parque y un mirador desde el que se pueden ver Brooklyn y Manhattan e igual que lo hizo la fotógrafa Gertrude Tate -conocida por sus retratos sociales de principios del siglo pasado, esta isla es un lugar inmejorable para sacar fotos.

El condado bohemio

Volvemos a Battery Park para cruzar a Brooklyn como corresponde: cruzando el puente a pie. Todos los turistas lo hacen y se vuelve una peregrinación que combina familias intentando sacarse fotos, turistas que avanzan mirando el río y locales que gritan para abrirse paso y poder cruzar a Manhattan.

Brooklyn es un condado con una identidad muy definida y tres zonas especialmente recomendadas para conocer: Williamsburgh, Dumbo y Coney Island. En el primero, el arte urbano inunda las calles, abundan las ferias de ropa usada, los mercados orgánicos y bares para sentarse a tomar un café con un tiempo que Manhattan parece no tener. Si hubiera que elegir un solo lugar que mejor resuma Williamsburgh es el City Reliquary (370 Metropolitan Ave) un museo que reúne toda la memorabilia neoyorquina y lo más icónico de la cultura popular norteamericana, que tiene colecciones privadas de objetos curiosos de las décadas del 40, 50 y 60, entre los que aparecen pósters de Miss Subway: al parecer, entre 1941 y 1976, ser “la señorita subte” era un título de belleza.

Dumbo (acrónimo de Down Under the Manhattan Bridge Overpass) es un barrio de estudios de diseño y restaurantes de lujo. Es una zona antigua, con fábricas de ladrillo de la época en que no existía el puente y se cruzaba el East River en ferry. Un barrio de poco movimiento durante la semana y que se agita los sábados y los domingos con ferias de arte, ropa usada y vinilos.

En el extremo inferior de Brooklyn está Coney Island. Es una península con 60 mil habitantes y parques de diversiones que parecen estancados en el tiempo. Las montañas rusas y autitos chocadores que están a pocos metros de la playa aún conservan la estética de su fundación, a mediados del siglo XIX. Nos despedimos de Brooklyn con un clásico: Nathan’s Original. A 100 metros de la costa, empotrado en una esquina con carteles de neón que tintinean, Nathan’s es un lugar tradicional de hot dogs conocido por organizar un concurso anual de comer salchichas cada 4 de julio.

Bronx y Harlem: Nueva York de contrastes

Cuando el hombre de los altoparlantes del metro habla, hay que correrse de las puertas del tren para no protagonizar una escena que se ve a diario en distintos vagones: la del turista distraído que queda aplastado por las puertas automáticas. Llevamos un par de días en Nueva York y ya lo vimos en varias oportunidades. Ahora, estamos en un tren que nos lleva hasta Harlem, en la zona norte de Manhattan y ya no vemos personas con mapas y cámaras colgando del cuello en la proporción con que se ve en otros barrios. Algunos tours ofrecen este recorrido de “Nueva York de contrastes” para recorrer las zonas que los turistas no quieren conocer solos. Harlem, igual que Bronx, es de las zonas menos populares para los turistas. Quizás porque durante muchos años las guías de viaje se dedicaron a pedirle a los viajeros que las eviten, lo cierto es que la atmósfera en estos barrios se percibe como un espacio de vecinos y evadir la visita es dejar afuera del viaje prácticamente la mitad de la ciudad de Nueva York, si tenemos en cuenta que solo Bronx dobla en superficie a Manhattan.

Estamos camino a Harlem y vemos muchos menos de esos visitantes. A fines del siglo XIX era considerada una zona exclusiva y mucho de lo que aconteció musicalmente en Estados Unidos se gestó en estas calles. De esa época aún pervive el ilustre Apollo Theatre en la 125th Street entre Frederic Douglas y 7th Avenue, donde actuaron grandes músicos de jazz como Count Basie o Duke Ellington y dieron sus primeros pasos voces como las de Aretha Franklin y Ella Fitzgerald. Por sus calles, también el recuerdo de Malcolm X y Martin Luther King se vuelve placa, estatua y mural a mil colores.

Y por supuesto, está la tradición del coro Gospel, que puede escucharse en cada iglesia del barrio. Hay varias sobre la Avenida Adam Clayton Powell, como la Mother African Methodist Episcopal o la Abyssinian Baptist Church, fundada en 1808. Ver un coro Gospel en vivo es una experiencia maravillosa, aunque conviene no perder de vista que no se trata de un espectáculo, sino de una misa: esto evita problemas de outsider.

Harlem es también un buen lugar para probar la comida tradicional afroamericana –similar a la que se come en el sur del país-: pollo frito y legumbres aparecen en muchos de esos platos. La “soul food” tiene buenos exponentes por las calles de Harlem: el Red Rooster Harlem (126th Street y Lenox Avenue) es uno de los mejores pero tiene mucha demanda, como plan B, sobre la misma calle, está Sylvia’s Restaurant (la misma mística, aunque de perfil más bajo).

Volvemos a meternos en el metro para movernos hasta el Bronx, separado de Manhattan por el rio Harlem. El Bronx tiene varios barrios icónicos y un pasado de más sombras que luces que llegó a un pico en la década del 70, con una tasa de desempleo que elevó los índices de criminalidad y pobreza. Forma parte de la ciudad de Nueva York desde 1874 y aunque tiene menos residentes que Manhattan, tiene una superficie de 109 kilómetros cuadrados (casi el doble que la isla central). Su nombre tiene origen en el de Jonas Bronck, un holandés que creó el primer asentamiento en la zona en 1639, como parte de la colonia de New Netherlands.

Igual que Harlem, en una investigación previa a llegar a la ciudad, todo invita a evitar esta zona. Sin embargo, la situación cambió en los últimos 30 años para este condado. En parte gracias o por culpa de ese proceso que llaman gentrificación y que busca expandir las áreas turísticas hacia las zonas antes marginales de la ciudad. Esto hizo que algunas zonas del condado se volvieran mucho más “amigables” para los turistas.

Nuestra primera visita en este condado es el Museo de Arte del Bronx, una de las instituciones culturales más importantes de Nueva York, fundada en 1971 y con una muestra permanente de 800 pinturas, fotografías, esculturas y obras sobre papel. El prestigio del museo responde a exposiciones que albergó a fines de los 80 y que fueron emblemáticas para la cultura afroamericana de la ciudad. Hoy hace lugar principalmente al trabajo de artistas norteamericanos de ascendencia africana, asiática, latinoamericana y obras cuya temática está relacionada con el Bronx.

Tenemos una segunda parada en este condado que es para conocer la casa donde vivió Edgar Allan Poe, cuya obra se convirtió en el paradigma del cuento norteamericano. Poe pasó los últimos años de su vida –entre 1846 y 1849- en el que hoy es un punto en casi todos los recorridos históricos de la ciudad. Es una casita modesta, rural, que supo tener vista a las costas de Long Island y hoy solo se puede mirar por las ventanas de las torres que se yerguen en el barrio. Acá, se dice, Poe trabajaba mientras su esposa, enferma de tuberculosis, intentaba recuperarse.

No queremos irnos de esta parte de la ciudad sin una visita al Cementerio Woodlawn. Se trata de uno de los más grandes de la ciudad de Nueva York. Abrió como cementerio rural en el Bronx en 1863, en lo que entonces era el sureño Condado de Westchester. Cuenta con más de 160 hectáreas y en él se ha enterrado a más de 300.000 personas. Queda en medio de un bosque, al norte del condado de el Bronx y al final de la ruta de la conocida línea 4 del metro. El trompetista Miles Davis, el escritor Herman Melville (autor de la novela Moby Dick) y hasta la cantante Celia Cruz descansan en este cementerio.

Frente a una tumba de mármol azabache una mujer le explica a su hija quién era Miles Davis, un hombre deja una flor y un grupo de chicos toma fotos con sus celulares. Los cementerios de Nueva York son hoy otro atractivo turístico para rendir culto al recuerdo de personajes que se criaron en sus barrios y el Woodlawn es en ese punto, el más popular de la ciudad.

Volvemos al centro del condado y antes de irnos encontramos un segundo Little Italy, uno que no está en Manhattan, uno sin turistas. Pedimos cannolis para llevar. Nos metemos al subte para ser parte de esos 5 millones de personas que se me mueven por las arterias de Nueva York todos los días. Y reconfirmamos, con el descubrimiento de último minuto, que “lo neoyorquino” se conoce mejor en sus márgenes.

www.nycgo.com

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