Buenos Aires secreta: La ex Cervecería Munich

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Banquetes, glamour y noches para siempre. Un viaje al pasado. Destino, los locos años 20 y la Cervecería Munich.

Por Cecilia Gerona

Tarde calurosa de noviembre. Me subo al auto. Programo el GPS: avenida de los Italianos 851. Paso por Catalinas. Rascacielos vacíos, asfalto, colectivos. Del otro lado del puente, los árboles, los pájaros se adueñan del cielo y hay kilómetros de agua.

Costanera Sur. Bajo. Buenos Aires a color. Sobre el pasto, un desfile de sillitas con sus dueños que comparten mate, otros se tientan con el olorcito a parrilla de los puestos de comida y los más activos eligen una tarde de fitness.

Estoy frente a las farolas que custodian la fachada de un edificio ecléctico, rodeado de jardines, galerías amplias y terrazas con vistas. Buenos Aires en blanco y negro.

Antiguo glamour

21 de diciembre 1927. Las puertas de La Munich se abren. Un ejército de hombres de blanco van y vienen con bandejas de salchichas, fiambres, porciones de chucrut y chops de cerveza fría. Las damas, de vestidos de satén, boquitas pintadas y pelo a lo garçon, festejan, al compás de la orquesta tirolesa. Es la inauguración de la confitería más exclusiva de Buenos Aires. Punto de encuentro de la elite porteña. Los hombres engominados, con trajes a la inglesa, levantan sus vasos. Chin chin.

En la cervecería Munich, hay capacidad de brindis: 50.000 litros de cerveza, o 1.000 barriles de cerveza fría, la cámara de refrigeración y almacenamiento más grande de la ciudad. Esta hazaña lleva la firma del empresario catalán, Ricardo Banús, junto al arquitecto húngaro, Andrés Kálnay, autor del Cine Florida y la confitería La Perla, entre otros. Desde arriba, ambos contemplan los 2.400 invitados que pululan por el patio cervecero. Un sueño construido en tiempo récord: cuatro meses y ocho días.

El sol atraviesa los vitrales coloridos del salón. La cultura de Munich y el universo cervecero sellan cada rincón. Desde arriba, la reina del Oktoberfest, Baviera, los bendice, junto al pequeño monje, quien encontró en la Bock (cerveza negra) su aliada para convertir a los bávaros al cristianismo. Bock significa macho cabrío. La cabra y el monje están presentes en cada recoveco del edificio.

Debajo de mis pies, el león rampante salta orgulloso, símbolo del principado bávaro; un barco navega por el río Isar; la locomotora avanza a todo vapor; el monje sostiene un chop y un burgués observa debajo de su galera.

Veo los reservados, donde hombres, con aspecto intelectual, debaten sus ideas. Aquí están: ¡el mejor automovilista de todos los tiempos y el Zorzal Criollo, quien saca humo y nostalgia por la boca!

En las galerías, un despliegue de mesas con banquetes y comensales que celebran y beben. La Belle Epoque. Y en la fuente de Los Cuatro Continentes, un Atlante joven de barba corta toma un baño entre dos Cariátides, una vestida y otra semidesnuda.

La escalera caracol conduce a la terraza principal. Emerge una pérgola. Cuatro vigas la atraviesan, y de las puntas, la cabeza de un cordero, felino, mono y cerdo, me observan. Representan los distintos estados de la ebriedad, basados en una vieja leyenda oriental adoptada por varias culturas de occidente.

Aparece un pequeño templo. En el centro, un grupo de damas cuchichean. Intento escuchar. Nada. Una de las coquetas, mira por debajo del sombrero cloché y se ríe muda. Entonces, me entero de que ahí dentro la voces se amplifican, evitando que el sonido llegue afuera. El templo de los secretos.

Av. Belgrano: exclusiva y popular

Desde el mirador, contemplo el atardecer de Costanera Sur. Diviso la Avenida Belgrano. Entre la clase trabajadora y la aristocracia porteña. Multitudes de familias bajan las escalinatas del espigón que dan al Balneario Municipal.

Las mujeres chapotean en el río, cubiertas con mamelucos que tapan cualquier rastro de piel. Y en la orilla, de pantalón y saco, los hombres juegan a la paleta. Están los que prefieren el Parque de Diversiones. Sentir los sacudones del Gusano, volar en la Vuelta al Mundo o gritar despavoridos en el Tren Fantasma.

Más tarde, la diversión se muda a los tablados, donde por unos pocos pesos se consigue cerveza, sánguches de miga y varieté.

Risas con Pepitito Marrone; nostalgia de arrabal con Nelly Omar; fascinación con Marianito y su piano y a revolear el poncho con el Chúcaro y la Dolores.

      

Se apagan las luces

En la década del 50, el esplendor de La Munich empieza a decaer. Motivos, la contaminación del Río de la Plata, el cierre del Balneario Municipal y la posibilidad de ir de vacaciones fuera de la ciudad, entre otros.

Costanera Sur se enmudece. Las farolas se apagan. Y en 1974, una leyenda porteña cierra sus puertas.

Historia en historietas

Hoy, en el edificio de la ex Munich, funciona el Museo del humor.

De las paredes, cuelgan Presidentes, Ministros de Economía, Periodistas, Deportistas y personalidades del espectáculo. Paturuzú navega en velero, Mafalda busca respuestas, Clemente silba bajito, Hijitus corre con Pichichus. Y un cristal protege un tesoro. ¡El libro gordo de Petete! Me despido de Quino, Garaycochea, García Ferré, Sábat, Mordillo y tanto talento.

Dejo atrás el edificio de la ex cervecería Munich. Y me subo al auto con una sonrisa llena de historia. 

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