Lisboa, meciéndose en el tiempo

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Siete leyes universales para entender Lisboa, la capital portuguesa, y sus siete colinas.

Por Carmina Balaguer

Desde el Tejo -Tajo en portugués-, el perfil de Lisboa es de una belleza dispar. Siete son las colinas que la componen y la convierten en un destino entretenido para caminar, con calles angostas y azulejos viejos que conviven con los vientos que llegan del Atlántico.

Fenicios, celtas, griegos, cartagineses, romanos y musulmanes -entre otras civilizaciones-, encontraron en la desembocadura del río Tajo un punto estratégico donde instalarse y hacer prosperar sus rutas comerciales. Partían todas hacia el Mediterráneo y rumbo a otros continentes, dando luz a una ciudad que siempre estuvo marcada por el compás del mar y los declives de la tierra.

Visitarla hoy en día es impregnarse de todas las épocas de la historia. También de un idioma que -escuchado en la calle- suena familiar, pues aquí todo es cercano y lejano a la vez.

Sábanas al aire

La primera ley para entender Lisboa es la de la observación. Para practicarla hay un lugar clave: los barrios viejos. En ellos, centenares de portones desgastados y ventanas agrietadas muestran su personalidad al aire libre. Lo hacen tendiendo todo tipo de prendas personales, desde medias, toallas, remeras y sábanas. Todas ellas -diversas en tamaño y color- cuelgan disputándose un lugar de fama, pues en esta ciudad sacar la ropa mojada y secarla al sol es hacer marca propia. Sin embargo, la exhibición -aparentemente circunstancial-, tiene una lógica propia. Las ropas del viernes a la tarde son distintas a las del lunes por la mañana. Es así, observando la rotación, que nos convertimos en testigos de una vida ajena, imaginando habitaciones chicas, murmullos que vacilan, cenas a pie en la vereda.

Aquí la intimidad se expone y se cuida a la vez. Y si nos acostumbramos a caminar con la vista al aire, Lisboa nos envolverá con pequeñas sorpresas, como la de escuchar un fado en directo sincronizado con el ritmo de algunas sábanas al viento.

Las escenas más pictóricas las encontramos cerca del Castelo de São Jorge, una fortaleza de origen visigodo que fue reconstruida por los árabes y que se convirtió en palacio real hasta el siglo XVI.

Siguiendo los balcones, llegamos a Alfama, el barrio más antiguo de la ciudad, cuyo nombre deriva de la palabra árabe al-hamma -baños-. Atravesamos sus calles laberínticas hasta llegar al Mirador das Portas do Sol para gozar de una panorámica de la ciudad. A lo lejos, el azul del Tajo nos vislumbra con una frase en voz alta: “Bienvenidos, aquí no hay pasado ni futuro, sino el tiempo que uno quiera que sea”.

De nosotros depende marcarlo.

Azulejos, encuentro de culturas

Descendemos de Alfama y llegamos a una pequeña plaza inclinada, con baldosas flojas. Todo su alrededor es de un molde reducido: las fachadas son estrechas, las puertas bajas y las ventanas solo tienen un florero. Sin embargo, miles de plantas se mezclan alrededor de un almacén de azulejos. De él sale un señor inquieto que nos invita a entrar en la sala, sin entender si se trata de una tienda o de un hogar. “De algunas piezas antiguas solo existe una, y solo hay una oportunidad en la vida para comprarlas”, dice. Se refiere a un azulejo con un diseño único: un camello. “Un inglés jubilado lo buscó durante veinticinco años y terminó encontrándolo en la costa de Cascais, muy cerca de la ciudad”, dice. Está claro, pensamos, la segunda ley que opera en Lisboa es la de la ocasión.

Los azulejos afloran en toda la Lisboa histórica, son marca registrada. Los hay con motivos florales, animales, elementos mitológicos, formas geométricas; rarezas y bellezas. Como herencia del período árabe, fueron muy utilizados para decorar los interiores de las casas, las iglesias y los palacios y, a partir del siglo XIX, también las fachadas, donde actuaron con doble función: decorar y proteger de la humedad.

Para conocer la evolución de esta manifestación artística, nos acercamos al Museo Nacional del Azulejo. Está ubicado en Xabregas, en el que fue el convento de la Madre de Deus, fundado en el siglo XVI por la Reina Doña Leonor. El edificio, de arquitectura austera, mezcla el estilo manuelino y renacentista, además de una combinación de elementos barrocos con azulejos, pinturas y talla dorada. Contiene una colección de 7.000 piezas -portuguesas, españolas, inglesas, belgas y holandesas- ordenadas cronológicamente: desde las primeras piezas portuguesas del siglo XIV hasta obras contemporáneas exhibidas en el claustro. También ofrece una explicación de su proceso de fabricación.

Entre todo, destacan paneles como el Grande Panorama de Lisboa, de unos 23 metros, el cual muestra la capital portuguesa anterior al terremoto del año 1755.

Además, los azulejos están presentes en otros espacios de la ciudad, como es la Iglesia de San Roque o el convento de San Pedro de Alcantara, con magníficas representaciones. También son material vigente para murales de artistas contemporáneos como los que realiza Maria Keil, cuya obra O Mar se encuentra en la avenida Infante Santo.

Con todo, este arte sigue siendo rostro icónico incluso después de las catástrofes naturales sufridas en la ciudad.

Empezar de nuevo

La tercera ley de la ciudad es la perseverancia. Para entenderla, nos desplazamos hasta Praça do Comércio, el punto neurálgico que se sitúa frente a la desembocadura del río Tajo. Desde aquí, los turistas y lisbonenses remojan sus pies allí donde antaño se amarraban los barcos mercantes, mientras música callejera de todo tipo suena de fondo.

Esta plaza -que albergó el Palacio Real en el pasado y hoy concentra algunos ministerios- susurra un hito en la historia de la ciudad: el terremoto de 1755, que devastó Lisboa y le entregó su espíritu de superación.

La remodelación de la parte baja de la ciudad -donde nos encontramos-, rompió con el urbanismo medieval que aún conservan algunos barrios. Se proyectaron edificios de altura y fachada bastante ecuánimes, ya que predominó la urgencia de la reconstrucción a la estética, con calles en forma de cuadrícula. Las paralelas adquirieron nombres de gremios y las perpendiculares se bautizaron con nombres de santos.

Para entrar a explorar la Baixa Pombalina -el nombre del barrio, que da honor al marqués de Pombal, quien dirigió su reconstrucción-, cruzamos el Arco Triunfal da Rua Augusta. Descubrimos iglesias, comercios y ofertas gastronómicas, siendo la Confitería Nacional una parada imperdible para los apasionados del sabor dulce. Aquí se degustan los pasteles de nata -preparados a base de leche, limón y huevo-, e inspirados en una receta de un cocinero de la Corte del siglo XVI. También, la confitería es conocida por otras especialidades como la torta de almendra o el bolo rei, una torta de Navidad de frutos secos y confitados, cuya receta llegó de Francia en el siglo XIX.

Vías que crujen

Moverse en esta ciudad es seguir jugando a marcar un ritmo propio, orquestado por el contraste: todo parece caótico y pensado a la vez. Así, sumergidos en la velocidad lisbonense, entendemos que su cuarta ley es la de la circulación.

La primera muestra de ello son los elevadores -ascensores- que facilitan el traslado entre la parte alta y baja de las colinas. El más destacado de todos es el de Santa Justa, que data de inicios del siglo XX y conecta la Baixa con la plaza do Carmo, en pleno barrio de Chiado. Su estructura neogótica y de hierro, de 45 metros de altura, se cree fue inspirada en construcciones francesas de grandes dimensiones como la Torre Eiffel. Desde arriba, se observa una panorámica de la ciudad.

Otros elevadores tienen la misma funcionalidad, aunque no se hayan convertido en una atracción turística, como es el de Santa Luzia, que es interno en el barrio de Alfama y une la Rua Norberto Araújo con el mirador de Santa Luzia; o el Elevador do Castelo -estructurado en dos- que une la Baixa con el Castillo de San Jorge.

Algunos antiguos elevadores se transformaron en funiculares, todos considerados Monumento Nacional, como el de Lavra; el de Bica, que conecta la Rua de São Paulo con el Barrio Alto; y el Glória, que enlaza la plaza de Restauradores con el Barrio Alto. Al trasladarse, conviene concentrarse en el rugido de las vías. Tras ellos, se escurre la Lisboa del pasado, con varios de sus secretos.

En honor al arte

La capital portuguesa destila arte en sus fachadas, pero también dentro de sus locales. Si recorremos el barrio de Chiado, descubriremos el lado bohemio de Lisboa, donde impera una nueva ley: la de la vocación.

Aquí, a inicios del siglo XX, Fernando Pessoa paseaba, escribía, conversaba y bebía café. Se tomaba tiempo y, con él, hacía lo que mejor sabía hacer: ejercer su vocación. Su lugar de encuentro junto a otros artistas del momento era A Brasileira, en la calle Garrett, uno de los cafés más antiguos de la ciudad que nada envidia a los bares notables porteños y que es considerado inmueble de interés público.

Entramos para probar la bica, un café intenso propio del lugar que recuerda al expreso. Nos quedamos parados en la barra, mientras levantamos nuestras tazas asombrados por la impronta Art Déco del bar. Brindamos en honor a Pessoa y a los que, aquí mismo, hicieron de Lisboa un lugar más sensible.

Justo enfrente de A Brasileira encontramos la emblemática tienda de época Paris em Lisboa, con ropas de hogar y accesorios y un poco más allá, la Librería Bertrand, considerada la más antigua del mundo, con más de 250 años.

Pero si lo que queremos es descubrir un local curioso -y con estilo- hay que llegar hasta la calle Serpa Pinto. Allí visitamos la Loja da Burel, una tienda donde todo está hecho a base de burel, una lana portuguesa de la Sierra de la Estrella -al norte de Portugal-, originalmente usada por los pastores en la creación de sus capas. Su proceso artesanal fue recuperado por los propietarios de la tienda, quienes también han reavivado una de las últimas fábricas de producción de lana en las montañas, manteniendo la maquinaria tradicional.

En el local encontramos mobiliario, bolsos, gorros, carteras, zapatos y muchos otros complementos diseñados a base de burel, junto a frazadas y telas de distintos tamaños, colores y grosores. El conjunto parece un paraíso de telas, cuyo protagonista es un gran telar antiguo que se conserva en el piso inferior. Éste demuestra cómo se puede innovar con la tradición, cumpliendo el paradigma de esta ciudad: todo oscila entre el pasado y el futuro.

Si nos desviamos un poco llegaremos a la Cervejaria Trindade, la cervecería más antigua del país -del año 1294- que se encuentra en el que fue el Convento da Santíssima Trindade.

Éste fue destruido en tres ocasiones, por dos incendios y un gran terremoto, hasta que desapareció en 1834 con la extinción de las órdenes religiosas. Dos años más tarde, el industrial de origen gallego Manuel García lo compró y lo convirtió en la primera fábrica de cerveza de Portugal. Enseguida nació la primera cervecería, compuesta por cuatro salones con mesas de castaño macizo que aún se conservan y un patio situado donde antiguamente se encontraba el claustro. El lugar fue frecuentado por bohemios, artistas, trabajadores, políticos y operarios durante siglos, un ambiente que aún se respira al visitarlo.

Además de saborear su cerveza histórica y platos tradicionales, apreciamos los imponentes paneles de azulejos de inspiración masónica y otros signos. Destacan las cuatro estaciones, los cuatro elementos de la naturaleza y algunos símbolos referentes a la industria y el comercio.

Desde la proa

Otra ley que invade Lisboa es la de la navegación. La ciudad está hecha de historias marinas y la Torre de Belém, en el barrio que lleva el mismo nombre, es un buen ejemplo de todas ellas. Tanto es así que su estructura invita a imaginar la proa de un barco con una torre cuadrada.

Esta fortaleza de defensa fue construida en el siglo XVI en la desembocadura del río Tajo y tiene una decoración manuelina, un estilo característico por contener motivos naturalistas y marítimos como cabos y cuerdas. Desde ella, se puede vislumbrar el Puente 25 de Abril, inspirado en el Golden Gate de San Francisco.

Muy cerca se encuentra el Monasterio de los Jerónimos -también de estilo manuelino- que, junto a la Torre, es Patrimonio de la Humanidad. La visita a esta obra es una inmersión a la Era de los Descubrimientos y a los logros de exploradores. Uno de ellos fue Vasco de Gama, cuya tumba reside en el interior, junto con las del escritor Fernando Pessoa, el poeta Luís de Camões y la familia del rey Manuel I de Portugal. Fue éste quien mandó construir el conjunto, para conmemorar el regreso de la India de Vasco de Gama.

Antes de irse de Belém, no hay que dejar de saborear los Pastéis de Belém en la Rua de Belém 84, basados en una antigua receta de los monjes del monasterio.

La Lisboa circundante

Otro hito a visitar en la ciudad es la estación de tren del Rossio, en la Baixa, también catalogada como inmueble de interés público. El edificio fue construido por el arquitecto Luis Monteiro por encargo de la Compañía Ferroviaria Real Portuguesa a finales del siglo XIX y cuenta con una fachada de estilo neomanuelino.

Desde aquí parten los trenes que van al Parque Natural de Sintra-Cascais, a unos 40 kilómetros de la capital. Allí encontramos el imponente Palacio Nacional da Pena, una de las principales residencias de la familia real portuguesa durante el siglo XIX y que es Patrimonio de la Humanidad. Destaca por su estilo romántico, en el que se funden elementos neogóticos, neomanuelinos, neoislámicos y neorrenacentistas.

En el mismo recinto, se puede visitar el Castelo dos Mouros o Castillo de Sintra, proyectado sinuosamente sobre un alto macizo. Se trata de la primera fortificación que fue construida entre el siglo VIII y IX, durante la invasión árabe.

Otro lugar cercano es el Cabo da Roca, un evocador acantilado de 140 metros en el que reside un faro y un viento inestable. Desde aquí apreciamos el extremo más occidental de la Europa continental y descubrimos la séptima y última ley de Lisboa: la liberación. La historia de este continente queda atrás de nuestras espaldas y el aroma del Atlántico nos invita a imaginar ese Nuevo Mundo buscado durante tantas generaciones.

Terminamos el viaje regresando a la ciudad y caminando hacia el Parque Eduardo VII. Éste debe su nombre a este rey inglés, quien se dice visitó la ciudad en 1902 para reafirmar la relación entre ambos países.

Ubicado en una de las colinas de la ciudad, desde su mirador se obtiene una panorámica única de Lisboa, con la Praça de Marqués do Pombal y la Avenida de Liberdade enfrente, además del color del Tajo en el fondo. Desde aquí, es imposible no amar a esta ciudad -y a todas sus leyes-. 

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