Sri Lanka, la joya perdida en el Índico

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Denominada la isla más bella del mundo por Marco polo, Sri Lanka lo tiene todo en unos pocos kilómetros: selvas tupidas, playas mágicas, ruinas milenarias, prácticas curiosas y un té que enamora a todos los viajeros.

Por Sofía Prado @sofimprado

Situada en el medio del océano Índico, tal vez algo opacada por las Maldivas y entremezclada con la cultura india, se encuentra Sri Lanka. Una isla pequeña, aunque tan abundante y maravillosa como todos los secretos mejor guardados de Asia. Tan joven aún que se debe tener paciencia tanto al llegar como al irse del país, pues todavía no se hace cargo de su fama y el tamaño del aeropuerto ya le queda chico para todos los aventurados que deciden visitarla. Pero, ¿qué es lo que hace tan particular a Sri Lanka? Esta joya perdida en el Pacífico me obsesionó por años. Como fotógrafa, necesitaba verla con mis propios ojos y convencerme de que esas tomas que alguna vez había visto eran reales, mientras que a mi compañero en esta aventura le carcomía la curiosidad por investigar la isla que alguna vez fue explorada por el mismísimo Marco Polo.

Sri Lanka tiene todo, y es que hay templos milenarios, elefantes en libertad, campos, selva, montañas, el té más rico del mundo, los pescadores y sus playas. Una mezcla fascinante de cosas que tal vez creíamos extraviadas, pero están allí, escondidas en una isla que no cesa de sorprendernos.

La selva, Sigriya y elefantes

Nuestra primera parada se enfocó en el norte del país, la pequeña ciudad de Sigriya. Era de noche. Nuestro chofer conducía con mucho cuidado en un camino de barro en el que solo cabía un auto y los pastizales eran tan altos que no podíamos ver qué nos rodeaba.

De repente, al escuchar un disparo, el conductor frenó de golpe. “Tenemos que tener cuidado en esta zona, los elefantes están en libertad y caminan por entre los campos como nosotros paseamos con un auto. Esos disparos nos indican que los granjeros están ahuyentando a una posible manada”.  Así se vive en esta región, conviven campos, turistas, locales, elefantes y casas en los árboles para escapar de una posible estampida. Una mezcla algo loca para el siglo XXI, pero que hacía de este pueblo un lugar único.

Recuerdo que aquella noche casi no dormí. Amante de la naturaleza y fanática de los rincones sin explorar, Sri Lanka me tenía hipnotizada. Pero no había mucho tiempo para descansar: ese mismo día a las 4 AM un viejo coche nos volvió a buscar y pude, ahora sí, investigar la selva desde las alturas. De esta manera amanecimos en la isla: dentro de un globo aerostático, envueltos en un silencio abrazador, un calor sofocante y colores que pocas veces había visto en mi vida. Solo éramos cuatro personas volando esa mañana por la jungla, mientras recorríamos los campos y montañas esperando que el sol se avecinara. Casi no circulaban autos, no se oían bocinas y el cielo rojo poco a poco asomaba. A lo lejos ya podía ver lo que tanto anhelaba: la Roca del León, el emblema del país, envuelta entre nubes y vegetación que parecía un set de filmación de una película antigua. A nuestros pies observábamos los pisotones que los elefantes habían dejado por la noche en la zona. Algunas aves nos pasaban por los costados saludándonos. Pronto el sol salió y, como siempre, los momentos cotidianos se vuelven mis preferidos en los viajes: los colores se intensificaron y el espectáculo de la naturaleza ya hablaba por sí solo.

No bien el globo aterrizó en el patio trasero de una casa de barro mezclada entre los manglares de lo que alguna vez había sido un lago, volvimos a la marcha, la Roca del León ya nos invitaba a visitarla. Con el sol pegando ya fuerte sobre nuestra espalda, nos aventuramos entre los pastizales para visitar el conjunto arqueológico más fascinante del país, ya que la Roca del León supo ser una vez un antiguo palacio y monasterio.

Ubicado a 400 metros de altura para todo aquel que no sufra de vértigo y se anime a caminar entre los peldaños cuesta arriba, es un punto único en el mundo. Con sus dos garras esculpidas en la roca, se dice que este antiguo lugar tiene al menos 4.000 años de historia, la que todavía no se ha terminado de descubrir. Se cree que en principio funcionó como monasterio, lo atestiguan los frescos que encontramos en las cuevas mientras ascendemos hasta las terrazas superiores, que representan a las sacerdotisas de la época.

También se habla de la creación de un palacio pensado como una vivienda, pero también como fortaleza debido al enfrentamiento entre dos hermanos, el cual se supone que data del siglo V d.C. La leyenda cuenta que el rey Kasyapa asesinó a su padre, lo enterró vivo y usurpó el lugar de su hermano Mogallana, el legítimo heredero. Este último se refugió en India y creó un ejército, mientras el usurpador construía el palacio en las alturas con el fin de tener la vista preparada ante cualquier enfrentamiento.

Símbolo de un país y con una historia que mueve miles de años hacia atrás, estas ruinas vuelven aún más exótica la vista que nos deleita al llegar a la cima. Jardines, rocas, piletones que alguna vez fueron parte de una antigua civilización y hoy en día son ruinas en continuo descubrimiento.

Tierras altas, tea pluckers y el té más rico del mundo

Como ya había anticipado, Sri Lanka lo tiene todo. Después de abandonar el agobiante calor de la selva, nos subimos a un tranvía azul que parece de juguete. Con las ventanas bien abiertas hacemos lo que algunos dicen: el recorrido en tren más lindo del mundo. A medida que el ferrocarril avanza entre curvas y colinas, el verde cambia su tonalidad y le da paso a las laderas repletas de plantaciones de té. El frío comienza a sentirse y la gente se coloca sus buzos sin dejar de asomarse por la ventana o por las puertas abiertas para admirar el paisaje. Diariamente, desde la ciudad de Kandy, salen trenes que hacen el recorrido hasta la ciudad de Ella, considerándose este el trayecto por las altas tierras. ¡Atención! No hace falta hacerlo todo de corrido, ya que las paradas son claves para conocer cada rincón de este pequeño microclima en las alturas.

Así nuestra primera pausa fue en la pequeña ciudad de Haputale. Tan silenciosa y fría, casi desprovista de turistas y colmada de casas que cuelgan entre las colinas, plantaciones de té que atraviesan el camino y senderos de trekking envidiables. Nuestro propósito ahí era único: encontrar y entrevistar a las famosísimas tea pluckers o recolectoras de té, así que temprano por la mañana emprendimos la marcha.

De lunes a viernes y sobre todo por la mañana (dato importante si se piensa visitar la zona), decenas de mujeres colman los campos de té con bolsas que cuelgan de sus cabezas. Sigilosa y silenciosamente, eligen cuáles serán las hojas que se encuentran en perfecto estado para elaborar el té y descartan aquellas que no lo están. Veloces con sus manos y capaces de llenar bolsas y bolsas, a mi parecer son las artistas madre de uno de los más emblemáticos tés del mundo. Es increíble, me digo, que por más que avancen las tecnologías las cosas más sabrosas siempre serán en algún punto elaboradas por la mano del hombre.

Mirando a las tea pluckers, recordé lo ricos que pueden ser los fideos caseros o el pan recién amasado, así como la importancia del concepto “casero”. Es que la fama de esta bebida parte de un destino tan humilde como el de las manos de estas trabajadoras, las cuales por muy poco dinero se pasan el día en la altura, con un paisaje que enamora, aunque concentradas en la elección manual del elemento base de esta infusión. Caminando entonces entre las plantaciones se llega a Lipton’s Seat: un mirador a una distancia de dos horas de Haputale, situado en lo alto de la montaña, donde se dice que el empresario escocés Lipton se sentaba a observar y controlar a sus recolectoras. Una parada estupenda para recobrar energías antes de volver al pueblo.

Nuestra segunda parada del recorrido por las tierras altas fue llegando a la emblemática ciudad de Nuwara Eliya. Allí visitamos la famosa fábrica “Labookellie” con la idea de sentarnos a probar el tan galardonado té de Ceylon.

Para que un té sea considerado té de Ceylon debe ser plantado, recogido, procesado y envasado en esta región. Solo aquellos que posean el símbolo del León tornasolado son los que podrán hacer usufructo de este galardón, dado que la zona es propicia para crear un té único en el mundo. Con cultivos en hasta 2.300 metros de altura, un clima promedio de 25°C, suelos fértiles y lluvias monzónicas, es el lugar ideal para estas plantaciones. Tal es así que basta con alzar la vista para ver los campos de té en todas las direcciones, incluso hasta en las pequeñas casas locales.

A los pies de la ladera esperamos a nuestra guía, sentados en unas viejas mesas al aire libre. Entendemos que el negocio del té es total y completamente atendido por mujeres: a la fábrica llegaban recolectoras con sus bolsas colmadas de hojas de té y, nuevamente a mano, otra mujer era la encargada de volver a chequear una por una las hojas que serían procesadas, mientras que otras armaban cuidadosa y detalladamente los paquetes con el producto final.

Otra señora nos trae dos tazas calientes y una torta de chocolate a modo de presente. No hace falta pagar por esta atención, solo darle una pequeña propina luego de una charla explicativa sobre el proceso de elaboración té. Más veo la pasión y la belleza de esta artesanía, menos tienen que convencerme para dejarles dicha propina.

El aroma de mi taza me cautiva. Hay tantos tipos de té de Ceylon como de té negro que me pierdo en la charla y solo pienso en disfrutar de mi tazón bien caliente. Entiendo que estoy tomando una bebida única en el mundo, con propiedades estimulantes para personas depresivas pero también con problemas de estómago y obesidad. Logro entender que su secreto está en la alta dosis de cafeína que posee, pero que lo absorbe incluso mejor que el café, y gracias a eso es tan saludable para nuestro sistema nervioso. Pienso en lo lejos que me ha traído la fotografía y mi curiosidad, pues el arte de un buen té mezclado con este paisaje es tal vez algo único que solo se puede ver en esta pequeña isla.

Los pescadores zancudos

Dejamos atrás el frío de la montaña para volver al clima húmedo y caluroso. Estamos ahora por llegar a la costa sur de la isla, lugar donde nace la leyenda de los pescadores zancudos: una foto que me obsesionó por años y que tenía que ver con mis propios ojos.

El paisaje se convierte en arena amarronada y los árboles en palmeras que colman la única calle que bordea la costa. El destino parece repleto de turistas que solo llegan a la isla para pasar unos días en el paisaje marítimo. Nos cuentan los lugareños que las aguas van cambiando de color dependiendo de las estaciones del año, siendo perfecto el invierno para visitar las playas del sur y el verano las playas del norte, que cambian su color marrón a celeste.

Llegamos a Unawatuna, un pueblo costero que no tiene nada más que su mar. No tenemos mucho tiempo, así que antes de que caiga el sol buscamos los zancudos (aquí se debe tener cuidado, ya que hay muchos pescadores actuando para los turistas). Nuestro guía es de la zona y nos lleva a una playa alejada donde solo estamos nosotros y unos locales pescando en largos palos encastrados en las orillas. ¡Allí estaban y eran reales!

Llegado el crepúsculo o muchas veces al amanecer, cuando la marea comienza a tranquilizarse y los vientos a mermar, pescadores esrilanqueses trepan a estos postes de hasta 4 metros y se apoyan cuidadosamente en lo que llaman petta, otra madera encastrada al poste principal que les permite sentarse. Parece sencillo, pero ellos aseguran que no lo es y, como por arte de magia, logran pararse y visualizar los peces que desean obtener.

Observo cómo llenan sus bolsas y, por sacarles una foto, las olas me mojan mucho más a mí que a ellos, que sonríen relajados mientras el sol se pone tras las nubes.

Cuentan que esta curiosa práctica no es tan milenaria como creemos. Proviene de la Segunda Guerra Mundial, época en que la falta de alimento llevó a las familias aledañas a tomar medidas drásticas para la supervivencia. Las barcas en ese entonces eran caras y las mareas muchas veces resultaban tan altas que solo quedaban unas pocas rocas descubiertas para una pesca playera. Por lo tanto se abastecían de pedazos descartados de avionetas o barcos y creaban zancos altos colocado en arrecifes con el fin de cazar arenques y caballas, especies que frecuentaban la zona. Más tarde, la forma cobró fuerza y su creación en madera volvió a la misma un icono del país.

Este arte me mantiene toda la tarde asombrada, no podía dejar de admirar su postura acrobática para no caer desplomados al agua. A eso le siguieron las charlas con ellos mismos que terminaron de convencerme acerca de lo inteligentes que podemos ser cuando se trata de supervivencia. La idea parte de un concepto básico de la pesca: la no invasión de los cardúmenes entrantes, porque, después de todo, si usaban redes, los peces huirían y solo quedaría volver a rentar barcas para llegar a ellos.

Con esta postal nos despedimos de nuestros días en este país, pero con la seguridad de que volveremos por más tiempo. Me llevo conmigo fotografías que me recuerdan que lejos de las grandes ciudades todavía quedan rincones en el mundo donde se duerme escuchando grillos, donde pueden aparecer elefantes en el jardín de una casa o en una ruta de barro camino a un hotel. Donde amanece sin una bocina y los colores del cielo son tan puros que las nubes húmedas son el único smog que tienen que abatir. Donde no todo está descubierto (para los tiempos que corren, que aún queden templos misteriosos es sin duda una fascinación que todo aventurero desea disfrutar). Donde el secreto del mejor té está en las manos y en la elección de unas señoras que pasan su día en una oficina a 2.000 metros de altura, con una pantalla que es difícil de superar. Con un tren de juguete que atraviesa pueblos y plantaciones. Con unos pescadores que reforzaron en mí la postal de una isla que, oculta en el Índico, es quizá una isla perdida en el tiempo.S

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