Cataratas del Iguazú: Degustación en tres pasos

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Aprovechando la última luna llena del año, vivenciamos las Cataratas del Iguazú en una experiencia singular, marcada por el encanto y la conexión que proponía cada momento.

Por María Alejandra Zuccoli /@ale_zuccoli / Fotos gentileza Iguazú Argentina

Seguir el destino del agua para comprender que todo es cuestión de tiempo y espacio. Saber que lo que está arriba baja para volver a ser parte del cielo, según la fuerza de la caída. Senderos certeros que van guiando sobre el desierto acuático hasta el corazón de la misma garganta que susurra, canta o grita según el humor de su ambiente. Cataratas del Iguazú. Garganta, degustación en tres pasos.

Cataratas en noche de Luna Llena

Entrar por las Cataratas cuando la noche es completa y la luna es el faro guía. Compartir el silencio atento de los habitantes de la noche mientras el aire descansa de los visitantes. La luna es poderosa. Acuna sola.

Personas que entran al tren de la selva en volumen altísimo de charla. Hablando de precios y todo tipo de cosas, vuelven en silencio, oliendo, mirando… respirando de manera distinta a la que entraron. La luna, la mejor maestra de la degustación Smart, donde los sentidos se memorizan en acciones de recuerdos en tiempo perfecto. La luna llena está y todo ocurre. Su luz, amorosa, todo lo envuelve y protege. Todo se ve… hasta los que duermen. El volumen de lo certero se expande intenso.  Croar de ranas como trombones de un viejo negro jazzero.

Llegar al centro de las Cataratas, ser tragado por la naturaleza que impone su juego. La Garganta empapa con sus suspiros secretos. Ver la nube de gotas de agua suspendidas en el cielo y el estornudo del salto que todo lo moja…y nadie se salva.

Ni los prevenidos humanos que se cubren bajo el nylon que trajeron … pero solo es protección que sostiene el tiempo entre estar mojado y no. Porque el agua penetra por donde no tiene permiso y todo lo humedece, como una bendición jamás imaginada y que llega sin permiso. Los visitantes nos volvemos un solo coro afinado de “oooh” y “aaah”, según sea el estallido del agua sobre la explanada que nos sostiene. El agua impuesta, activa, manada. Nos volvemos boca en un solo cuerpo.

Y si la Garganta del Diablo dirige el coro, su protagonista estelar es la luna llena que hace que el espectáculo se vuelva interactivo 4 D, único e indivisible de cada uno de los espectadores. Solo estando ahí, entregándose a la experiencia, hace que se produzca la magia de la ciencia de la naturaleza y uno para a ser protagonista absoluto.

La evidencia modela sobre las pasarelas donde cada uno nos volvemos todos y uno en la fuerza de la existencia. La caipirinha del final del encuentro celebra que somos de los pocos privilegiados en el mundo de ser testigos del Paraíso en la Tierra.

Cataratas de mañana

El Parque Nacional Iguazú abre sus puertas, oficialmente, a las 8.30 de la mañana. Llegar a esa hora es estar en el “rush hour” ciudadano. Decenas de personajes listos, preparados y apurados para seguir las instrucciones de su guía entrenado que lo lleve a la misma entraña de la selva para encontrarse con la promesa de millones de litros de agua cayendo directamente en las Cataratas. Como tribus humanas se distinguen en grupos por formas y colores, de rostro y distintivos en el pecho que indican a quién pertenecen. Como ejércitos atentos siguen las instrucciones de su guía que les imprime la experiencia según su estilo y marca.

Hay guías militantes que llevan a los turistas, cual ejército disciplinado, en firmes filas silenciosas, derechos y formados. Conviven junto con los guías amistosos y animadores que tratan a su grupo como la salita rosa del jardín de infantes y alienta a cada paso para robarles una sonrisa que va grabando en el video que luego venderá a la salida.

Llegan en el tren de esta primera tanda del día estudiantes de viaje de egresados. Cincuenta jóvenes acompañados por sus profesores que deciden encontrarse en el verde de la Experiencia Cataratas como forma de comenzar una nueva etapa de vida.  El tren parece completo pero el guarda sabe que todavía hay lugar, es cuestión de ordenarse de cuatro en cuatro en los bancos de cada vagón. Todos en el mismo tren que parte desde la estación principal y que los lleva en los vagones ecológicos penetrando la selva hasta la Estación Garganta.

Español, inglés, ucraniano, japonés, alemán, chino, coreano, portugués, ruso. Cada idioma resuena en las hojas de los árboles que allí esperan a los habitantes del planeta. Atentos a sus sentidos para comenzar la tarea mecánica de caminar hasta llegar a la gran promesa. Recorrido humano de ADN, las barandas de las pasarelas reciben a los visitantes más diversos y distantes que se entregan para darles sostén entre cielo, tierra y agua para llegar a su meta.

Miles de kilómetros recorridos se vuelven experiencia directa detrás del guía, reportando la obediencia extrema entre el piso como ventana a la naturaleza. Sombreros, paraguas y nylon listos para enfrentar la fuerza del la Garganta que ya ruge en medio de la tierra.

Y el camino se ensancha en la explanada donde somos una sola especie que saca fotos delante de las cataratas perfectas. Pañuelos, sombreros, capas protectoras y paraguas: señal de partida a la experiencia de Garganta.

Cataratas de tarde

El Parque entra en siesta. Sólo los exploradores autodirigidos desafían el silencio de la calma en la rutina de la tierra. Sólo los que manejan su propio tiempo integran a la selva en ritmo personal.

Recorridos modelados por los casuales entretenimientos del camino. Un tucán se posa en el árbol cercano mostrando su pico de colores desde lo más alto. Una manada de coatíes bebés se animan a cruzar de un lado al otro de la senda como entrenamiento de escuela de animales. Las mariposas interactivas, como la caricia directa de la selva. Espaldas, brazos o narices de los visitantes son objetivo de su vuelo. El intercambio es justo, comparten el diseño colorido de sus alas a cambio de un poco de sales que emana el cuerpo. Descubrir en el detalle el tejido de una tela gigante coronada con su creadora, la araña expectante, que espera que llegue el entremés a su trampa. Dinamismo activo en el fluir de la selva que se nutre y que acompaña desde los doscientos setenta y cinco saltos de agua y cascadas que la recorren. Todo está intensamente sereno en esta cooperación integrada de seres vegetales, animales y minerales que se enlazan.

Repasar los senderos al propio ritmo, volver a la estación de tren para partir a Garganta. Esta vez viaja ligero de carga humana. Hay espacio en cada vagón. El descanso de la jornada se escucha en los suspiros de los pasajeros que toman su asiento como refugio de reparación de fuerzas. Somos muchos menos los que estamos recorriendo la maravilla de verde y agua en ritmo exacto de durmientes.

Esta vez la Estación Garganta es un arribo de mayor reserva, sin grupos con paraguas.

El explorador de la tarde es solitario, pierde referencia del tiempo y encuentra, en cada recorrido del sendero, un mensaje. Cada puente es el sostén que lo convierte en directo lector del agua que se desliza por debajo de sus pies.

Sereno, mientras el agua se disfraza de río o de espejo como lago eterno modulado por rocas que juegan a ser lechos lunares.

Sólo oxígeno entra en el cuerpo y el sonido preciso de nuestros pasos sobre los senderos de metal enrejado que nos hace sentir que vamos volando. Un coatí estira sus patas y se recuesta sobre la rama del árbol confirmando que es la hora del descanso.

El rumor del agua cayendo desde setenta metros por la Garganta se escucha cada vez más fuerte. Entramado, el diseño perfecto que pasa por el umbral de la tierra a la que nombramos en guaraní, Agua Grande, Iguazú.

Un cielo celeste recorta la cortina sin fin de ciento cincuenta metros de ancho. Y así es simple reconocer la mismísima Ley de Gravedad que todo atrapa en experiencia directa, en pura evidencia. Todo cae, como destino inevitable. Cae, sin más que dejarse caer para volver a ser parte, ser fluido en tierra y viajar por el destino que nutre. Somos pocos los espectadores en la explanada que compartimos en abundancia el espacio. Espectadores de privilegio, sentimos que todo lo que pasa fue diseñado sólo para nosotros. Enfrentados al agua, desciframos su canto, que esta vez se desliza en uniforme reflejo de agua y cielo. Cada gota en su lugar, cada elemento en su espacio y la paz en el secreto para que el tiempo se evapore y se vuelva invisible en nuestros ojos de presente. Cataratas de la tarde, la experiencia del propio mensaje en el no tiempo. Encontrar el secreto de ser uno en tierra y universo. Descubrir integrado y completo. Comprender que todo pasa, en evidencia de ambiente certero. Dejarnos envolver por Natura para encontrar nuestro silencio.

Y desde ahí una nueva vuelta en la experiencia humana. Ver con los ojos, las manos, el pecho y el alma. Ver con el sol, la tierra y el agua. Estar en la fuente de vida. Y el cuerpo recuerda el juego natural, donde el cielo está arriba, la tierra, abajo y el fluir del agua recorre la vida en su potencia preciosa y perfecta. Siendo uno en la Gracia.

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