Maldivas: Sueño cumplido.

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Cumplimos el sueño de muchos viajeros y descubrimos un lugar idílico y auténtico, tanto fuera como dentro del agua.

Por Sofía Prado / @sofimprado

Lo vi en postales, wallpapers, anuncios de agencia de viaje y hasta en la cuenta de Instagram de Wanda Nara. Lo soñé, y pensé que nunca llegaría o que sería cuando me ganase la lotería. Pero no, con una buena organización y mucha predisposición llegué a uno de los lugares que me desveló por años: las Islas Maldivas.

Conozcamos el Paraíso

Desde la ventanilla del avión, acerco mi cámara y veo unas formaciones de lo más extrañas, anillos circulares de todos los tamaños desplegados por el océano índico y arrecifes de coral que se distinguen a distancia. Ya estaba volando sobre las Maldivas.

Este país organiza su comunidad entre sus 1.200 islas coralinas y 26 atolones. Cada atolón (formación circular compuesta de islas pequeñas) cuenta con su jefe designado por el presidente y posee tanto islas habitadas como vírgenes, de hecho solo 203 islas se encuentran ocupadas y algunas que clasifican como tal tienen unos pocos kilómetros y algunas casas locales.

Al estar sobre el Atolón Kaafu (donde se encuentra la isla aeropuerto), aterrizamos prácticamente en la playa, viendo aguas cristalinas y arena blanca a ambos lados del avión. Sin dudas, una pista que no se ve todos los días.

Luego de un pequeño visado y la constatación de la reserva de hotel, persona de contacto en la isla y del vuelo de salida, comenzamos nuestra aventura.

Saliendo del aeropuerto, empieza la travesía acuática porque tanto para llegar a Malé, capital del país y ciudad más cercana al aeropuerto, como para acceder a cualquier isla, se necesita ferry, lancha rápida o hidroavión. Basta solo con acercarse al muelle para recibir las miles de ofertas o posibilidades para movilizarse, aunque recomiendo haber arreglado el traslado con el hotel previamente.

En fin, caminé con mi mochila hacia el muelle y lo primero que llamó mi atención fueron los dhonis, barcos de madera similares al velero pero con una construcción  alargada en su proa. Uno de sus conductores vio mi curiosidad al hacer fotos y me comentó cuán milenarios eran en las islas, pues antiguamente los usaban pescadores locales o lugareños para desplazarse entre los atolones. Sin embargo, la tecnología también ha llegado a este recóndito lugar del planeta: hoy en día los dhonis siguen siendo utilizados, pero con motor. De hecho el ferry interisleño mantiene la estética del mismo, al igual que muchas barcas locales. Sonrientes, los maldivos se jactan de poder seguir el rumbo de la navegación entre sus miles de islotes sin GPS ni brújulas.

Llegué a Maldivas con la ilusión de descansar en una playa paradisíaca, pensando en darle un respiro a mi cámara que tanto había trabajado en el último tiempo, pero como todo lugar que visito es mucho más que sus postales, me vi ante un destino curioso, exótico y decidí salir a descubrirlo.

La vida local en Maldivas

Los hoteles all inclusive en islas privadas son la atracción de este país y su principal ingreso. Quería, e iba a, tener esta experiencia, aunque antes decidí embarcarme para conocer un poco más sobre esta cultura desconocida para mí.

Fue así que me contacté con los organizadores de las guesthouses, casas locales vueltas habitación de hotel, que hay en la isla de Huraa, a unos 30 minutos en lancha rápida del aeropuerto, para poder pasar unos días conociendo un poco más sobre la realidad del paraíso.

La isla de Huraa no tiene nada que envidiarle a las islas privadas hoteleras, un paraíso tropical rodeado de palmeras y agua transparente, casas bajas de colores y arena blanca como único pavimento.

Mientras la lancha se acercaba, un grupo de niños jugaba sobre el muelle lanzándose al agua y chapoteando en ese mar que, de tan cristalino, parecía invisible. Empezaba a palpitar cómo iban a ser mis días aquí, sintiéndome un pirata que llegaba a una isla perdida para descansar.

Huraa es tan pequeña que se le puede dar una vuelta completa, de punta a punta, en menos de una hora. Cuenta con dos restaurantes y tres guesthouses unidos entre sí para una sola administración. Viven aproximadamente 600 personas, dedicadas al turismo, pesca y a la plantación de cocoteros, aunque no se nota la presencia de locales o extranjeros en las calles ni en las playas. Todo parece que sucediera a paso lento, relajado y realmente hace pensar que se está en soledad, en una isla pequeña del Índico. Con orgullo, los locales me cuentan que Maldivas es el país menos poblado de Asia, que ninguna de las islas tiene más de 8 km, excepto Malé, la isla capital, un lugar ideal para mudarse si se pensando en vivir tranquilo.

Sin embargo, lo que más llamó mi atención de la vida en estas tierras fue su cultura religiosa. Los maldivos pertenecen a la religión islámica sunita, de hecho Maldivas considera al 100% de su población como sunitas, dejando de lado cualquier otra rama del islam u otra religión. Y si bien son tolerantes con las culturas vecinas que reciben de sus turistas, mantienen a rajatabla los mandatos de la sunna (tradiciones de Mahoma). Tal es así que se pueden encontrar en cada isla habitada, por pequeña que sea, una mezquita y playas donde la bikini no está permitida.

Huraa cuenta con una sola bikini beach, apartada del centro de la ciudad y a diez minutos a pie entre las palmeras y plantas enredadas en la pequeña selva costera. No hay presencia de mujeres locales en la zona y solo esta permitido el ingreso de turistas.

Sacando entonces esa pequeña porción de playa, el resto de las aguas turquesas que bordean la isla solo pueden disfrutarse vestidos. Mujeres de todas las edades llevan a los niños a las costas cubiertas de pies a cabeza con sus túnicas, mientras evitan el calor refrescando sus pies en las orillas.

Nos dicen que sus ropas son frescas, ¿pero quién andaría con semejante calor y con esas piscinas naturales completamente vestido? Y aquí comprendí lo maravilloso que fue conocer este pequeño paraíso local. Muchas veces olvidamos las particularidades o peculiaridades del mundo. En este increíble oasis que basa su vida y su belleza en las actividades acuáticas, las creencias prohíben el baño de mar tal como conocemos. Eso es el mundo: una sorpresa.

Detalle no menor de este increíble lugar es su atardecer. Visitar Huraa es tener una vista privilegiada para el ocaso. Por la tarde, cruzaba la cancha de fútbol  improvisada de los niños del lugar y llegaba al borde del muelle pequeño que poseía la isla. Compraba siempre algo distinto, un helado, una bebida, una golosina, y me sentaba allí a esperar que el sol se juntara con el océano. Una excursión gratis para los afortunados de esta isla. Muchas veces sola, otras pocas acompañada de peces de todo tipo que pasaban sobre mis pies. Los dhonis iban y venían llevando y trayendo locales que terminaban sus turnos de trabajo en los hoteles vecinos, pero el sol era la estrella de este momento, tan grande y tan cercano que casi olvidaba que estaba sentada viendo esta maravilla en el lugar más bajo del planeta. Pues sí, Maldivas no solo es el menos poblado, sino también la tierra a menor nivel sobre el mar que existe. En definitiva, el mar ha moldeado este país.

Dormir en un bungalow sobre el agua

Abrir la ventana y encontrarse con el mar a nuestros pies, dormir escuchando el sonido del agua, poder lanzarse desde el balcón al océano y ver peces de colores desde la reposera. Sí, esa ya es una experiencia soñada y si se suma que la mayoría de estos hoteles cuentan con un servicio al cliente de altísimo nivel, la sensación es totalmente única.

Ir a Maldivas implica pensar en visitar alguno de estos hoteles cinco estrellas. Y sí, una vez en la vida (o varias) hay que darse el gusto. Hay de todas las gamas de bungalows sobre el agua, desde económicos (sin plan de comidas), all inclusive un poco más costosos y hasta los muy paradisíacos, con un coste increíble por noche.  Según el presupuesto, es seguro que se puede encontrar una opción para no dejar de vivir la experiencia.

En mi caso, opté por un bungalow que tenia cercanía con la isla local Huraa. A solo unos minutos de lancha rápida, me encontraba frente a un muelle perfectamente decorado y repleto de personal de lo más servicial, para hacer de la estadía algo muy parecido a la vida de una estrella.

Con un carrito de golf, nos guiaron en un tour por la isla privada del hotel, que además de ser un lugar increíblemente bonito, es muy tranquilo y está lejos de ser un lugar abarrotado de gente. Muchas de estas grandes cadenas cuentan con playas de aguas mansas y playas con olas para la gran cantidad de surfers que visitan la zona. Además de un infaltable bar con vistas al atardecer y restaurantes de distintas categorías, según el hospedaje reservado.

Finalmente, tras caminar por la arena blanca, subimos al muelle y ahí estaban los bungalow sobre el agua. Perfectamente equipados, con una refrigeración maravillosa y sobre todo, con una vista panorámica excelente. Es que se podía ver el mar tanto desde la cama como desde el sillón o el jacuzzi. Y lo mejor es que se tiene una porción de océano privado, el sueño de más de un viajero. Alcanza con saltar desde el balcón para estar nadando en una de las más bonitas aguas del mundo, donde se puede estar rodeado de peces de colores, peces globos, tortugas y hasta pequeños tiburones.

Si bien cada cabaña cuenta con ventanas al mar desde las distintas habitaciones, posee el resguardo perfecto para no sentirse expuesto frente a los vecinos y mantener la tranquilidad y garantizando la privacidad durante la estadía.

Algo que no deja de sorprenderme es la calma de la zona: los hoteles se perciben vacios, casi no veo a nadie mientras nado haciendo un snorkel improvisado a los pies de mi cabaña. Sin embargo, a la hora de la cena descubro que los restaurantes están colmados de huéspedes. Es la magia de un hotel en una isla pensada solo para los visitantes: durante el día uno puede sentirse solo y único disfrutando de la inmensidad de las aguas y las playas. Y esto no es un detalle menor para quienes tienen la intención de desconectarse y descansar.

Como todos los hoteles de cinco estrellas, la comida, al igual que el servicio, fue excelente. No esperaba menos. Pero lo que más me asombró, y por lo que en realidad visitamos este hotel, fue la belleza adaptada a la naturaleza. Dormir en estas islas le da a uno la posibilidad de ver un mar de estrellas de noche y un mar azul de día. La mismísima vida marina transcurre bajo nosotros y basta con salir al balcón durante el alba para ver el sol sobre el mar. Los cangrejos caminan por la playa en una noche que se ilumina sola al apagarse las luces. Nada parece alterar el ecosistema, y el cuidado y respeto por la vida acuática se ve intacto.

Escondida en los rincones exóticos que tiene el mundo, esta clase de paraíso enamora a todo tipo de trotamundos. Visitar estos hoteles es una especie de sueño que todos deseamos alcanzar. Estos hoteles sobre el agua forman parte de la vida de Maldivas y constituyen una de las postales famosas de la región, además de un orgullo para los lugareños, que sonríen y felicitan a los viajeros que elijen sus costas como sueños de vida.

Bucear en Maldivas

Maldivas es un paraíso fuera y dentro del agua. Su color es totalmente diferente a las postales del Caribe que, ya de por sí, tienen unas costas muy transparentes: Maldivas tiene un mar azul… Azul cual pileta de natación en la que se ve hasta el fondo del océano, sin importar la profundidad.

Pero ¿por qué hay que bucear al menos una vez en la vida en Maldivas? Las aguas son muchísimo más cálidas que en otras partes del mundo. Para quienes nunca han practicado este deporte, es un muy buen lugar para aprender ya que, además, las corrientes son mucho más tranquilas que en otras partes, lo que facilita muchísimo el moverse una vez sumergido.

Maldivas cuenta con 1.200 islas coralinas, una posición interoceánica privilegiada lejos de contaminación y estuarios cenagosos, lo que le garantiza una visibilidad exquisita y una fauna de lo más variada: alrededor de mil especies de peces, tiburones, mantarayas, barracudas y cuantiosa cantidad de corales. Además, las corrientes van cambiando el destino de sus islas haciendo que desaparezcan y aparezcan bancos de arena constantemente y renovando así rincones perdidos en el mar.

Preparamos nuestro equipo y, antes de lanzarnos, el guía nos advirtió que ahora sí conoceríamos Maldivas.  Apenas el 1% de la superficie total del país está situada por encima del mar, por lo que por fin vislumbraríamos el verdadero ecosistema de este país y hasta sus verdaderos habitantes. Se me hiela la sangre, jamás lo había pensado de esa forma y agradecí traer mi credencial de buceo para nadar lo más profundo permitido. Irme de Maldivas sin conocer a los verdaderos maldivos hubiera sido una vergüenza.

Sin ningún tipo de traje y apenas habiéndonos alejado de la isla, nos lanzamos al mar. El agua cálida hace que no se sienta el frío al descender y las corrientes hacen que el nado sea relajado y placentero. Esta es, sin duda, la experiencia más importante de la zona: siempre vale la pena visitar la vida subacuática, abandonar la seguridad que nos da la tierra y adentrarnos en un mundo desconocido, lleno de colores a los que no estamos habituados, formas, plantas y paisajes impensados. Es otra realidad, es dejar todo lo conocido atrás para sorprenderse por ese otro mundo donde solo podemos observar y no dominar.

En Maldivas, el espectáculo es sublime. Se puede estar nadando en medio de un cardumen de peces azules y cruzarse con tortugas, tiburones o peces que ni sabíamos que existían. La cantidad de corales vivos es abundante y si bien estas playas son populares, están muy cuidadas y conservadas para mantener así de fuerte la naturaleza.

Luego de un bello recorrido, nos subimos a la barca de vuelta al hotel. Brindamos con agua saborizada, ya que la cerveza está prohibida por temas religiosos y una vez fuera de las cadenas hoteleras resulta difícil de encontrar. Pero el brindis se detiene, los guías empiezan a gritarnos que giremos nuestra cabeza y observemos el horizonte. Allí estaban, saltando, felices, casi como saludando. Una manada de delfines, no puedo dejar de mirarlos y es la primera vez que casi no tengo fotos. Es todo tan lindo, tan mágico que no parece cierto, aunque lo es, existe y sobre todo es realmente auténtico.

Viajar a Maldivas no es imposible, ¿Cómo lo hice?
Parece irrealizable pero no lo es. Maldivas tiene algunos secretos para abaratar sus costos. Así como resulta ser un lugar de mucha categoría en sus hoteles, hay también alternativas para los que quieren viajar sin gastar de más y cumplir este sueño.
Aquí entonces unos últimos trucos para hacer este destino posible y/o para tener en cuenta a la hora de cotizar el viaje:

1. Volar desde Sri Lanka o India
Hay vuelos que conectan Maldivas con Dubai, Maldivas con Madrid o Londres, pero claro, pueden resultar demasiado caros. Si viajar a India es una buena opción para combinar, Spice Jet tiene vuelos diarios que conectan Kochi-Male por aproximadamente USD 100. También se puede combinar con Sri Lanka, que posee salidas que van desde los USD 100 a 180 dependiendo la temporada.

2. Buscar una guesthouse en una isla local
Las islas locales suelen tener pequeñas casas de familias pero ambientadas al estilo habitación de hotel, con aire acondicionado, baño propio, televisor y hasta un pequeño comedor. Son mucho más accesibles que los hoteles de lujo. Lo mejor es que por lo general, muchas incluyen también todas las comidas y bebidas.
Además, las islas locales están tan rodeadas de aguas cristalinas como cualquiera de las islas hoteleras.

3 . Buscar una isla cercana al aeropuerto
Muchos viajeros sin información llegan a Maldivas habiendo contratado hoteles en islas alejadas. El problema es que a muchas de ellas no llegan ni ferrys, ni lanchas rápidas, sino hidroaviones. Sin embargo, muchos hoteles increíbles están cerca del aeropuerto, fáciles de alcanzar navegando. Por eso siempre es necesario chequear la ubicación de los hoteles antes de reservar para confirmar el presupuesto.

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