San Francisco, alma transgresora.

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En esta porción de la California dorada sobran las historias de soñadores, valientes e innovadores que desde sus orígenes hicieron de San Francisco una ciudad de avanzada.

Por Lucía Vázquez / @luciavazquezph

Un hombre árabe vestido con turbante violeta eléctrico y túnica blanca –impolutamente blanca- pasea a su perro Pomerania mientras mira la pantalla de su iPhone último modelo. Enfrente, a un indigente se le caen los pantalones y espanta con sus nalgas desnudas a un par de turistas alemanas. Por su lado pasan dos chicos de la mano, se detienen y se dan un beso dulce. Otro homeless sostiene a la altura de su pecho un cartel agradeciendo “cualquier ayuda posible”; de pie pero invisible. Lo rodean dos jóvenes con auriculares inmersos en su mundo y un músico callejero que toca sus canciones melancólicas desde el suelo. La calle Powell, a metros de la plaza Union Square –la más importante de San Francisco- reúne el caleidoscopio humano de la cuarta ciudad más poblada de California.

La diversidad de clases, culturas e ideologías que se palpa en cada rincón de esta urbe no es por nada. Sus casi 871 mil habitantes llevan en sus venas un fuerte bagaje histórico que explica mucho: en cada uno de ellos bombean la costumbre de reinventarse, las ansías profundas de libertad, los impulsos de ambición, y hasta los sueños de cambiar el mundo. Donde antes yacían cimientos destrozados por el terremoto mortífero de 1906 y sus incendios corolarios, ahora se levantan construcciones sólidas; donde antes comenzaba a gestarse la contracultura hi­ppie -en los años 60- y se expandía el movimiento de liberación gay -en los 70-, ahora veo vecinos celebrando su desnudez en las playas de la ciudad y parejas homosexuales caminando con sus dedos entrelazados, emancipadas del ojo condenatorio. Pienso de dónde sale la vibra ambiciosa -consumada en Silicon Valley, a casi 64 kilómetros de San Francisco- y la atribuyo a la Fiebre de Oro en California de 1849, cuando más de 40 mil personas arribaron a la bahía en busca de un trocito dorado de felicidad.

Orígenes hispánicos

Comienzo el día caminando las calles circundantes a Union Square, donde -además del cóctel multicultural y clasista- se concentra el polo comercial por excelencia de San Francisco: hay una megatienda Macy’s de seis plantas, hoteles cinco estrellas y locales de ropa y tecnología de lujo -desde Gucci hasta Apple-. Como ni la temperatura de pleno julio alcanza para entrar en calor, subo hasta el último piso de Macy’s para comer algo en The Cheesecake Factory, una cadena de restaurantes norteamericana con sucursales en otras ciudades como Miami, Chicago y San Diego, que me sorprende con una terraza con vista privilegiada a la plaza. En su centro se erige el Monumento Dewey, en honor a la victoria del almirante George Dewey en la Batalla de Cavite –1898-, durante la guerra hispano-estadounidense. Y es que San Francisco tiene un fuerte pasado español que comenzó con su fundación en 1776 por la Misión San Francisco de Asís, encabezada por el fraile Junípero Serra. El área conocida hoy como Presidio -un parque en la península norte que rodea el puente Golden Gate- es donde los colonizadores establecieron la primera guarnición militar. Mirando un mapa de la ciudad, los nombres en castellano se repiten: por un lado, los barrios Dolores Heights y Mission District y el parque Mission Dolores Park conmemoran la histórica orden franciscana, al igual que Potrero Hill y El Embarcadero, que datan de aquellos días de conquista hispánica; mientras que el barrio Castro hace referencia al período en el que San Francisco fue parte de México, de 1822 a 1848.

El barrio chino más antiguo de Estados Unidos

A pocas cuadras de Union Square, en la intersección de la calle Bush con la avenida Grant, dos esculturas de Leones de Fu y un gran arco con tres tejados color verde esmeralda -el más grande coronado por las figuras de dos dragones chinos- marcan la entrada al Chinatown, el barrio fundado en el siglo XIX. “La Puerta del Dragón”, como la llaman los vecinos, fue construida por el arquitecto chino-americano Clayton Lee, quien se inspiró en las puertas ceremoniales de las aldeas chinas, conocidas como paifang. En 1970 se emplazó y desde entonces es uno de los puntos más fotografiados de San Francisco. Pero lo que espera tras el portal es aún mejor: caminando por la avenida Grant, entre las calles Commercial y Washington, la decoración callejera con farolitos y lámparas chinas transportan a una celebración del Año del Dragón; mientras que por la calle Stockton -menos frecuentada por los turistas- se levantan templos estilo pagoda, tiendas y restaurantes; todo señalizado en idioma local (es decir, chino). También dentro de los confines del barrio, la plaza Portsmouth Square esconde retazos de historia americana: allí se alzó la primera bandera estadounidense en 1846; y a escasos metros se inauguró la primera escuela pública de California, en 1848.

De pioneros y de la semana que California fue argentina

El viento es duro y frío, y el sol se esconde detrás de cortinas de niebla que parecen estar magnetizadas en torno al Golden Gate Bridge. Desde la orilla de Marshall’s Beach -del lado oeste del puente-, rezo para que el manto blanco se disipe y así conseguir una postal con cielo despejado. El fenómeno climático, llamado niebla de advección, se debe al choque entre el agua fría de la bahía y el aire cálido y húmedo del océano Pacífico. Mi mirada está clavada en las mismas aguas que Hipólito Bouchard, corsario argentino, navegó al mando de la fragata La Argentina en 1818 hasta llegar a Monterrey, a 180 kilómetros de San Francisco, en plena campaña militar. Allí, Bouchard tomó posesión de la ciudad controlada por los realistas e hizo flamear en California, durante los seis días que duró el asedio -del 24 al 29 de noviembre-, los colores celeste y blanco de la bandera creada por Manuel Belgrano. Fantaseo con la idea de tener este paisaje bajo dominio argentino, hasta que me alcanza una ola y me empapa el jean hasta las rodillas en un golpe de realidad.

Camino por el sendero California Coastal Trail, con la arena ya seca deambulando dentro de mis zapatillas, en dirección a Crissy Field, un punto panorámico del lado este para probar mejor suerte. Finalmente, la niebla se disipa y el naranja bermellón del Golden Gate Bridge resalta. En 1937, cuando se inauguró, rompió récords por tratarse del puente de suspensión más largo y alto del mundo, superando por casi un kilómetro al Brooklyn Bridge. Costó cuatro años de trabajo, más de 35 millones de dólares y la vida de once obreros ponerlo en pie, pero hoy, además de unir la península de San Francisco con el condado de Marín, es el símbolo de la ciudad.

Me tomo un Uber -el medio de transporte favorito en San Francisco- hasta el Parque Golden Gate, de 412 hectáreas -un 20% más grande que el Central Park en Nueva York-. Hogar de un jardín botánico enorme de 22 hectáreas -el de Buenos Aires tiene siete- y un jardín japonés -muy pequeño y escueto comparado al que tenemos en Palermo-, este espacio verde esconde dos edificios históricos: el Museo de Arte De Young -fundado en 1895- y la Academia de Ciencias de California -originaria de 1853-, siendo la institución científica más antigua del oeste de los Estados Unidos.

La incesante búsqueda de innovación

Es fácil reconocer San Francisco en películas y series: nunca falta la escena de los protagonistas paseando por la ciudad en un cable-car -similar a nuestro antiguo tranvía- que sube y baja las colinas con la destreza de un pingüino sobre hielo. De sus 23 líneas originarias, sólo tres están activas -California Line, Powell & Hyde Line y Powell & Mason Lyne- y recorren las laderas al noreste de la península, acercando a los viajeros a puntos de interés como Fisherman’s Wharf, Union Square y el Distrito Financiero. Aunque sus usuarios son en su mayoría turistas -se estima que unos siete millones anuales-, los cable-cars están lejos de haber sido pensados para el turismo. Funcionan desde 1873, después de que Andrew Hallidie, hijo de un fabricante de cables de acero, presenciara un accidente vial: hasta los más fuertes caballos, cargados hasta los dientes, sufrían una caída de espaldas fatal al intentar subir las empinadas pendientes. Lejos de tan solo horrorizarse, Hallidie diseñó este sistema ferroviario de teleférico.

En la parada de la calle Post, frente a Union Square, pago siete dólares el boleto y me subo al cable-car de la línea Powell & Hyde, que me llevará hasta Fisherman’s Wharf -el Muelle de los Pescadores-. De pie sobre uno de los estribos laterales y agarrada de un caño, recorremos a paso lento las ondulaciones geográficas y pasamos por Lombard Street, un clásico de la ciudad que visitaré más tarde.

Ya en Fisherman’s Wharf, descubro otra San Francisco: la de los lobos marinos tomando sol sobre el desembarcadero -una de las fotos más buscadas, aunque el honor de presenciarlos depende de la época del año por las migraciones-, la del fantasma de la cárcel de Alcatraz -a medio kilómetro en barco- y de la gastronomía con impronta pesquera. Toda una nueva faceta, regida por el agua. Exploro el Pier 39, donde se levanta un paseo al aire libre con comercios, mercados, el Acuario de la Bahía, restaurantes especializados en pescados y mariscos, y vistas únicas a la marina y Alcatraz. Después de un almuerzo expedito, salgo en dirección al muelle 41, donde una pasarela sobre la bahía ofrece una panorámica de San Francisco y el placer de ver la Pirámide Transamérica, el rascacielos más alto de la ciudad,z con 48 plantas, 260 metros de altura y una arquitectura futurista inconfundible.

Bordeo la costa hasta llegar a Ghirardelli Square, epicentro de restaurantes y de la heladería/chocolatería que lleva su nombre. La zona concentra porciones de historia: en uno de sus márgenes se alza Fort Mason, conocido por los locales como “Black Point”, un fuerte estratégico que los españoles colonizadores construyeron para defender la bahía y que siguió siendo utilizado por los mexicanos y americanos en los siglos posteriores. Pero Fort Mason también fue testigo del germen del espíritu rebelde: uno de los miembros de su comunidad, el militar estadounidense John Fremont, fue quien lideró la revuelta Bear Flag de colonos californianos contra el dominio mexicano en 1846, que culminó en la proclamación -efímera- de la República de California.

A pocas cuadras de Ghirardelli Square, entre las calles Russian Hill y Hyde, Lombard Street se convierte en el laberinto de asfalto y flores cuesta abajo más visitado del mundo. Disfruto de la postal de la ciudad desde el extremo más alto de la calle, antes de descender por las escaleras para ver a los autos zigzagueando por este camino sinuoso. Los turistas llegan de a malones y no quisiera estar en los zapatos de los vecinos que invirtieron aquí sus billetes. Me detengo a mirar las construcciones: no siguen el estilo arquitectónico victoriano que reina en gran parte de las casas de San Francisco y que encuentra su mayor expresión en las Damas Pintadas -Painted Ladies-, seis casas de fines del siglo XIX que aún se conservan intactas y cotizan tan alto como la cifra anual de turistas que sacan su foto. Emplazadas en la calle Steiner, frente a la plaza Alamo Square, son una postal típica de San Francisco: tienen techo a dos aguas, tres niveles, escaleras en su frente y están pintadas con colores pasteles. Pero de las más de 48 mil casas de este estilo, construidas entre 1849 y 1915, algunas no sobrevivieron al terremoto de 1906, mientras que otras fueron demolidas para ser reemplazadas por edificios bajos, como las de Lombard Street.

El barrio del amor

Sobre la calle Haight, se asoman de un ventanal las piernas sexys de una mujer con tacos rojos y medias de red -tranquilos, corresponden a la fachada de una boutique de ropa vintage-. Más allá, en una medianera, los retratos de Jimi Hendrix y Jim Morrison explotan a todo color; y grafitis psicodélicos invaden cada frente de locales de vinilos y restaurantes. Encuentro un mural que proclama “Summer of Love Experience” en una tipografía y colores dignos de una camionetita Volks­wagen hippie. Unos dibujos de personajes de Disney fumando marihuana me atraen a la vidriera de una tienda donde venden, sin tabú alguno, “accesorios para marihuana”. Artistas callejeros y decenas de homeless le añaden un toque extra al clima ya bizarro del barrio Haight Ashbury.

Zona bohemia por excelencia, Haight Ash­bury vio nacer la contracultura hippie a fines de los años 60, inspirados en la generación Beat de la década del 50 y con fuertes ideales en contra del consumismo y la Guerra de Vietnam. Durante el Verano del Amor de 1967, el barrio reunió a cien mil hippies de distintas edades, pero con un denominador común: bregar por la paz y el amor.

Lejos quedaron los días de las rebeliones independentistas, del flower power y del activismo de Harvey Milk -el primer hombre abiertamente gay en ocupar un cargo público en los Estados Unidos, quien fuera elegido legislador de San Francisco en 1977-, pero los genes progresistas siguen latentes en las nuevas generaciones: San Francisco es vanguardia en cibernética, biomedicina y start-ups tecnológicas. Me quedo pensando… ¡bienvenido el espíritu inquieto!

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