Sláinte mi querido Dublin y Feliz St. Patrick´s Day

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Una recorrida por Dublin justo para disfrutar de la afamada fiesta del St. Patrick´s Day.

Por Sofía Prado @sofimprado

Ni siquiera habíamos llegado a Dublín, de hecho estábamos en el aeropuerto de Helsinki a punto de abordar el vuelo a la capital irlandesa, que  ya se podía palpitar lo divertido que serían nuestros días allí.

Gente desayunando con cerveza, sombreros verdes en la fila de abordaje, barbas anaranjadas, cantos, risas y el comienzo de lo que sería un inolvidable festejo. Porque no visitamos Dublín un día cualquiera, estuvimos allí para ser partes del festival más grande del país: San Patricio.

San patricio, el apóstol Irlandés que no nació en Irlanda

San Patricio no era de origen irlandés. Se cree que nació en Kilpatrick, cerca de Dumbarton (Escocia), pero se crió en Irlanda después de haber sido raptado a los 16 años por piratas irlandeses que lo vendieron como esclavo. Seis años más tarde escapa y viaja a Francia para convertirse en sacerdote y a los 46 años decide volver a la isla esmeralda con la idea de evangelizar a sus habitantes.

Al parecer la idea de llevar el cristianismo a una isla repleta de paganos, basado en su experiencia anterior, se volvió su misión en la vida y logró expandir la religión como nadie lo había hecho hasta el momento, reemplazando completamente todas las creencias escépticas de la región.

Hoy en día se lo conoce como el apóstol de Irlanda y muchas de sus peculiaridades son las bases de las tradiciones irlandesas. Por ejemplo, el uso de tréboles de tres hojas que podemos ver en cada merchandising de la fiesta o incluso como símbolo de patriotismo local, está relacionado a que él usaba el mismo para explicar la santísima trinidad cristiana a los paganos de la zona.

Por otro lado, no hay que olvidar la cerveza. Existen leyendas que dicen que fue el mismo San Patricio quien enseñó el proceso de fabricación de esta bebida en la isla, así que en su día, beber en su nombre, es casi una obligación.

Una fiesta de tradición y orgullo nacional

Antiguamente San Patricio era una fiesta religiosa, los irlandeses se juntaban en sus casas o acudían a misa en familia para dar honor a su mayor apóstol. Sin embargo, a partir del siglo XVIII gracias a la cantidad de Irlandeses inmigrantes, sobre todo en Estados Unidos, la fiesta fue mutando. Los inmigrantes erradicados en otros países comenzaron a juntarse en las calles y beber para celebrar a su patrón a distancia y lo que empezó con reuniones callejeras terminó por convertirse en un desfile que hasta en 1903, gracias a una ley Irlandesa, se la instituye como fiesta pública y representativa del país.

Hoy en día San Patricio mutó su carácter religioso a un carácter tradicionalista. Festejarlo es representar el orgullo de ser irlandés, es llevar el estandarte de sus colores, de su historia, de sus costumbres. La calle se tiñe de verde, casi no hay ningún local sin una prenda de ese color. Los tréboles y banderas adornan cada esquina, cada comercio, cada casa, la cerveza se vende como botellas de agua y la música en vivo es moneda corriente en cada uno de los pub.

Dublín en tiempos de fiesta

Pero basta de historia, ya leímos mucho sobre el festejo y ahora solo queríamos vivirlo; después de todo, para eso estábamos en Dublín.

Una ciudad colmada de gente alegre, divertida, relajada, de eso se trata esta ciudad. Las calles son un desfile de trajes verdes y gente desprovista de prejuicios, que se divierte haciendo el ridículo sanamente. Despedidas de soltero, viajes entre amigos, estudiantes, irlandeses locos, todos unidos en alguna esquina o en algún bar cantando a los gritos los temas de Bono (U2). 

No hace falta tener un mapa en días como estos, solo hay que seguir a la manada enardecida por Grafton street mientras nos dejamos enamorar por las fachadas de sus históricos edificios y la moda europea de sus tiendas.

Llegamos hasta el antiguo Ha’penny Bridge que, con sus más de 200 años de edad, sigue siendo el más coqueto de sus vecinos. Casi una parada obligatoria para dejarnos encantar por el río Liffey corriendo bajo nuestros pies y la pequeña callejuela Merchant’s Arch a nuestro frente para volvernos a conectar con el emblemático barrio de Temple Bar.

Solo nos llevó unos diez  minutos de caminata todo el recorrido y por supuesto fuimos víctimas de las compras festivas, luciendo a partir de allí unas cómicas antenas verdes en forma de trébol de la suerte para sumarnos a la moda “descarada” del momento.

De repente caminar se vuelve un poco más complicado, la gente simplemente consigue entenderse con monosílabos alegres como “ey” “eyey” “woa”. Los bares comienzan a ser más constantes y las colas para ingresar se vuelven selfies comunitarias en las que hasta participa la policía local. Un Leprechaun (clásico duende) suelto por la calle se vuelve tan famoso que no puede dar dos pasos sin ser víctima de algún flashazo. Pero no es el único, cuando Saint Patrick se pasea con su túnica verde la multitud enloquece. Entre besos, abrazos y fotos, los que emulan al santo se vuelven los reyes de la avenida. La calle es tan animada que invita a no querer perderse nada y no importa tanto ingresar en un bar. Ni siquiera la espera de una mesa se siente tanto con semejante espectáculo.

Seguimos camino por Temple bar street y nuestra vista se detiene en un pasacalle colorido “Happy Saint Patricks day”. Al igual que nosotros, muchos turistas se aglomeran en una esquina con fascinación y empezamos a divisar saludos al aire. Recién ahí nos percatamos de que estábamos en el punto central de la ciudad, con su fachada roja y una cámara que transmite en vivo desde hace años. Y sí,  no podía ser otro que el famosísimo The Temple bar pub de Dublín.

Como es de imaginarse, la filas para el ingreso a este mítico bar son largas, pero no hacemos más que dar un recorrido por sus escurridizos salones y antes de lo que pensábamos, teníamos un rincón perfecto para degustar una Guinness en el bar más famoso de la isla, rodeados de un clima festivo que invita a sonreírse con quien uno se cruce, brindar con los vecinos de mesa y hasta cantar a coro con desconocidos, porque todos los allí presentes comparten la misma sintonía.

Todo era una fiesta, un motivo de celebración conjunta, era imposible estar molesto por el amontonamiento y a pesar de la cantidad de cervezas que se toma ese día, no se registra un índice muy alto de peleas ni de borracheras.

Brindamos entre nosotros, con unos ingleses locos que llegaban en una despedida de soltero, también con una cumpleañera española y un grupo de amigos irlandeses que festejaban con colegas americanos que, al parecer, habían sido oriundos de la zona. -Sláinte!- (salud) nos dicen en gaélico, mientras los demás que escuchan el grito levantan sus pintas y como si nada, ya estábamos pidiendo una segunda ronda.

Pero The temple Bar es solo el más famoso de los cientos de bares que animan la zona. Vale la pena recorrer más de uno de ellos, probar algunos platos típicos generalmente servidos en las plantas altas de los pub, donde se encuentran los salones comedores. El estofado irlandés es una muy buena opción en invierno si se quiere salir de los típicos fish and chips. Y luego de una gran cena, bajar nuevamente para beber una pinta y seguir disfrutando de la música en vivo que cada noche reanima el ambiente del bar. 

The breazed head es otro imperdible de Dublin, ya que es el pub más antiguo de la ciudad. Se trata de una posada vikinga con orígenes en el siglo XVII que cuenta no sólo con música, sino también con noches de cuenta cuentos y una gran cantidad de peculiaridades escondida entre sus milenarios rincones. Sin ir más lejos, presentan el pronóstico del tiempo basados en una roca en la pared. Puede que sea por el efecto etílico,  pero deja a todos impresionados.

Después de todo no importa que pub se elija para disfrutar de la fiesta, lo verdaderamente interesante aquí es la cerveza. Y es que estamos en la tierra de la Guinness, donde los irlandeses supieron separarse de la fabricación tradicional inglesa -ale- para crear un nuevo sabor tradicional de su tierra -porter-, a base de cebada tostada. Probarlas es casi una obligación en cualquier época del año y mucho más en San Patricio.

“Saint Patrick Parade”, el evento que enloquece a la ciudad entera

No es el más grande del mundo, pero sí es el más tradicional (irónicamente, el desfile de San Patricio más grande de todos se da en Estados Unidos). Escuelas, universidades, bandas musicales y artistas internacionales aparecen en escena mientras se corta de punta a punta O’Connell Street  y los galardones no son solo para los que desfilan.

Entre la multitud, los disfraces consiguen alborotar la espera. Un Drácula que cruza la calle se lleva un aplauso, al igual que un grupo de leprechauns que corren entre las vallas para conseguir una buena ubicación. 

El desfile dura unos cuarenta y cinco minutos, las bandas en vivo son prácticamente las encargadas del acompañamiento musical. Niños y adultos deslumbran al ritmo de la “March to Dublin”, emblemática marcha que da la bienvenida a la ciudad y abre el desfile.

Las banderas comienzan agitarse. El “City fusion”, proyecto de participación comunitaria que promueve la integración y diversidad, se encarga de relacionar la danza con teatro callejero, malabaristas y cirqueros, con estudiantes de actuación de todas las edades, que no dejan de deleitar al público presente con un sinfín de números de lo más entretenidos. Incluso involucran a los espectadores tras las vallas. De repente el mismo Liam Cunningham –Sir Davos en Game of Thrones- aparece en escena como sorpresa nacionalista del día y la multitud nuevamente se enloquece.

Colores, fiestas, música y una ciudad que no se quiere perder ni un detalle de este día que, pese al frío y la nieve, no se calma en ese espíritu festivo que respira en cada una de sus calles.

Las joyitas de la ciudad

Opacada un poco por otras ciudades vecinas, Dublín no se caracteriza por ser una de las capitales monumentales de Europa. Es pequeña y con cierto aire pueblerino, lo que a mi gusto le da su encanto.  Recorrerla a pie es súper sencillo, de hecho ni siquiera existe metro, solo unas pocas líneas de buses para turistas con pies cansados.

Escuchamos decir por ahí (y era cierto) que Dublín “es una conversación distinta dependiendo la hora del día”. Además de su ambiente festivo y alegre, es también una ciudad culta, silenciosa, madre de ilustres literatos como James Joyce y Oscar Wilde. Es cuestión de encontrar sus rinconcitos para dejarse maravillar por las diferentes facetas de una ciudad con un carácter impoluto.

El Trinity collage invita al silencio, a la historia. Afuera la ciudad arde, pero dentro de sus jardines los estudiantes leen en sus escalinatas mientras transportan pesados libros e intercambian ideas entre susurros. Pero es su biblioteca, el edificio más antiguo de la ciudad, la que se lleva todos los reconocimientos, pues alberga la mayor colección de manuscritos y libros impresos de Irlanda.

Dejarse maravillar por el atemporal salón, The Long Room, es un descanso para nuestros sentidos. Esta sala nos hipnotiza con sus 200 mil libros antiguos, un ambiente color ocre, con el olor añejo de estanterías cansadas que han visto pasearse a todo tipo de celebres poetas e historiadores (no debemos olvidar que la UNESCO  declaró a Dublín ciudad de la literatura).

Nosotros llegamos casi a la hora del cierre, pero gracias a una mágica suerte éramos prácticamente los únicos en semejante recinto que apabullaba con su silencio y despertaba nuestra imaginación. No por nada esta biblioteca es una de las más famosas del mundo y aún sigue inspirando historias nuevas con relatos viejos entre sus milenarios libros.

Seguimos a pie por Collage Green Street y nos topamos con un complejo arquitectónico que nos traslada al año 1038, estamos hablando de Christchurch, la iglesia más antigua de la ciudad. La misma conecta a través de un puente de piedra con el famoso Synod Hall, lugar donde se exhibe Dublinia, que presenta los vestigios de la época medieval de manera interactiva.

Finalmente la emblemática St. Patrick’s Cathedral, la más visitada del país. Si se tiene suerte de llegar a la misa matutina el día de San Patricio, es realmente una experiencia muy auténtica, puesto que es muy frecuentada por los locales en aquellos días.

Dublín contagia su alegría, es animada, amigable, relajada. San Patricio nos devuelve la capacidad de divertirnos en las calles, cantando desafinado, vistiendo ridículamente acertados para la ocasión. Y una Guinness en un buen pub, nos invita ser parte de una fiesta que surge del corazón de Irlanda pero gracias a su espíritu, logró contagiarse todo el mundo.

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