Buenos Aires secreta: Palacio Piccaluga

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La visita guiada abierta al público al Palacio Piccaluga nos permitió viajar en el tiempo y descubrir esta mansión con más de cien años de historia.

La palabra “palacio” lleva a pensar en un castillo, o por lo menos para mí fue así. Tal vez consecuencia de varias generaciones influenciadas por Walt Disney, la cabeza tiende a imaginar algo como el palacio de La Cenicienta o el de La Bella y La Bestia. El Palacio Piccaluga, aunque reciba ese nombre y esté repleto de mármol, molduras, arañas en los techos y vitrales, funcionaba simplemente como una casa de familia. Claro que no la de cualquier familia, como nos aclara recién comenzado el recorrido el arquitecto Alfonso Piantini, encargado  de la restauración.

Francisco Piccaluga, adinerado hombre italiano, vivía en el campo con su esposa, seis hijas y un hijo varón. Querían un lugar en la ciudad que representara su estatus social y donde pudieran recibir galantes visitas. El arquitecto lo describió como un “palacio de bolsillo”. Cómico que se le llame “de bolsillo” a una propiedad de 2.000 m2 distribuidos en tres plantas y un jardín interno.

Al llegar notamos una enorme puerta de vidrio que dejaba entrever una grandísima escalera de mármol. Para nuestra sopresa, ingresamos por un portón lateral que correspondía al garage de la propiedad. Ya allí se podía apreciar el lujo del lugar: pisos de mármol, puertas adornadas con vitraux, cielorrasos con molduras floreadas. Me hubiera gustado saber qué auto era merecedor de semejante distinción.

Traspasando el garage nos recibió la escalera de mármol que había llamado nuestra atención desde la calle. Ahí estaba, imponente, atesorando en cada escalón un poco del pasado de esta familia aristocrática que habitó el palacio a comienzos del 1900. Me cautivó especialmente el vitraux del ventanal con la cara de un ángel. Lo más curioso es que este angelito cuyo sexo no fue definido hasta el día de hoy, nos acompañaría durante el recorrido en muchas otras ventanas de la casa.

La escalera nos condujo a la primera planta, donde se encontraban un gran salón donde eran habituales las recepciones y banquetes; el salón fumadores, exclusivo para hombres, como mandaba la época; y el salón para mujeres. Se me dio por imaginar una noche de fiesta, con los Piccaluga recibiendo a sus distinguidos invitados y hablando de los avatares de la política nacional e internacional, siempre con una mirada en Europa, así como también al personal de servicio repartiendo burbujeantes copas de champagne y canapés.

El lujo y la sofisticación se repetía en cada espacio del palacio. Pisos de roble, columnas de metal recubiertas de estuco y pintadas símil piedra sosteniendo los techos abovedados. Hoy podemos observar las paredes blancas, pero antaño tenían un color ocre violáceo que desa­pareció en la restauración, junto con las telas de raso que colgaban de los techos.

A medida que ingresábamos a los distintas habitaciones y avanzábamos en el tour de algo más de dos horas, este exclusivo edificio correspondiente a la tipología residencial “Petit Hotel”, típico de principios del siglo XX y muy difundido entre la aristocracia francesa, nos permitía descubrir la distinguida vida de esta familia.

El comedor diario, en el mismo primer piso, era el espacio más utilizado de la mansión. Allí los Piccaluga pasaban la mayor parte del tiempo, en la intimidad que le garantizaban los vitraux, dado que más allá del balcón y traspasando el gran patio interno estaba ubicada la casa de servicio. Para el mismo efecto, el palacio contaba con “pasadizos secretos”, pequeñas puertas y corredores estrechos, utilizados fundamentalmente por los sirvientes para garantizar la privacidad de los dueños de casa.

Una escalera y un pequeño ascensor comunicaban con el segundo piso, donde se encontraban las habitaciones. Cada hijo tenía la suya, con su correspondiente baño. El matrimonio también, ya que los Piccaluga dormían en alcobas separadas. Lo más llamativo de esta planta es el balcón circular central que ofrece una vista al salón principal, también utilizado como salón de baile. A esta altura del recorrido era imposible no pensar en noches señoriales, de esplendor, algarabía y júbilo.

Nuestra visita terminaba. Pero todavía faltaba el cierre de esta recorrida por la historia de esta centenaria casa del barrio de Recoleta. Nos esperaban el brindis con vino y quesos junto al calor del fuego que, de algún modo y aunque sea por unas horas, nos hizo sentir invitados de honor del Palacio Piccaluga.

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