Las Vegas: placer sin pecar

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Por Lucía Vázquez

Las máquinas tragamonedas aparecen apenas bajamos del avión. Rompiendo toda costumbre viajera, algunos pasajeros se sientan a jugar una fichita en vez de correr desesperados hacia su equipaje. Pasamos las puertas de salida (de un segundo a otro la temperatura aumenta unos 20 grados centígrados) y el líquido de la funda de mi celular se evapora: solo quedan los brillitos, secos, que se mueven de un extremo al otro sin gracia. Es el primer síntoma del verano en Las Vegas, en el árido estado de Nevada: los cuarenta grados no dan tregua ni de noche.

Arriba de nuestro Uber, las luces de los hoteles y casinos del Strip (el tramo más famoso de la calle principal de Las Vegas: Las Vegas Boulevard South) hipnotizan cual farol a insecto. Aunque el Strip se extiende desde la avenida Tropicana hasta la Sahara, es entre la calle Russell al sur (donde está el hotel Mandalay Bay) y Desert Inn Road al norte (donde se levanta el Encore) que Las Vegas logra construir un mundo casi perfecto: los resorts temáticos de hasta 61 pisos (uno pegado al otro) compiten en ostentación, los parlantes en las veredas musicalizan el andar con hits del momento, hay escaleras mecánicas y puentes para que los transeúntes puedan cruzar la calle sin depender de semáforos, corredores climatizados que conectan un hotel con otro y valet parking a disposición en cada esquina. Pero la realidad de la gente sin hogar o “homeless” no es ajena a esta ciudad y recuerda lo que Las Vegas es: una burbuja en medio del desierto.

El olor a cigarrillo impregnado en la alfombra se siente apenas pisamos nuestro hotel, el Excalibur (un castillo inspirado en Camelot), y lo volveremos a respirar en cada casino. La fórmula se repite en todos: el lobby no es apenas un escritorio donde hacer el check-in sino un gran salón repleto de ruletas, tragamonedas, mesas de poker y blackjack. Empezamos a explorarlo. Por los costados, jugadores y no jugadores toman algo en los bares y restaurantes, mientras que en los extremos se bifurcan pasillos amplios con destinos varios: algunos desembocan en ascensores que llevan a las habitaciones (sin antes pasar por más maquinitas y lugares de comida) y a las piscinas, otros son la puerta de entrada a una sucesión de locales de ropa de las mejores marcas, y otros a lo desconocido: cada resort tiene su ingrediente secreto que lo termina de convertir en el paraíso más mundano, pero paraíso al fin.

Un espectáculo gratuito de música, luces y aguas danzantes convoca a todos frente a las fuentes del Bellagio. Suena la canción “Your Song” de Elton John (parte de la banda sonora de la película Moulin Rouge) y los chorros de agua se mueven a su ritmo: cada presentación es única en coreografía. Inaugurado en 1998 e inspirado en el Lago de Como, el hotel de estilo italiano cuenta con catorce restaurantes, un jardín botánico cubierto que recrea todas las estaciones el año y una galería de arte, pero es más conocido por haber sido escenario central del robo perpetrado por la banda de George Clooney y Brad Pitt en La Gran Estafa (Ocean’s Eleven). Después de recorrer el resort, también sede del espectáculo acuático “O” del Cirque du Soleil, cruzamos la calle para entrar en Francia: una réplica a mitad de tamaño de la Torre Eiffel da la bienvenida al hotel París Las Vegas. 140 metros arriba, en la cima del piso 46, nos espera un observatorio en 360 grados para descubrir la mejor vista panorámica de todo el Strip. Pero la Torre Eiffel no es la única réplica de este pequeño París: también hay un Arco del Triunfo, una Plaza de la Concordia y un globo aeroestático de los hermanos Montgolfier con un letrero de neón azul que anuncia la ciudad de las luces. 

Nos abrimos paso en short deportivo y zapatillas entre las corbatas y los tacos altos que hacen fila desde el lobby del Caesars Palace hasta la calle: son cerca de las 22 hs. y pronto tocará el DJ británico Calvin Harris en el boliche Omnia. Inspirado en el Imperio Romano, el Caesars Palace fue uno de los primeros en abrir en el Strip. Se inauguró en 1966 y desde entonces es un símbolo por su arquitectura grecorromana, sus casi cuatro mil habitaciones, su teatro “El Coliseo” (donde ofrece conciertos Céline Dion) y su shopping “The Forum Shops” que mezcla marcas de alta gama con locales de ropa low cost. 

En frente, The Highroller, una vuelta al mundo de casi 168 metros de alto (la más alta del planeta), caracteriza al hotel The Linq, uno de los pocos no temáticos y también de los más pequeños de todo el Strip. Durante los treinta minutos que tarda en girar, las 28 cabinas de vidrio de esta rueda que eclipsa a la europea London Eye y a la asiática Singapore Flyer, tiene vistas en 360 grados a la avenida principal de Las Vegas y al desierto. Como en el resto de las atracciones y al mejor estilo Disney, desembocamos en la tienda de souvenirs al salir.

Los gritos se escuchan desde la calle, entran y salen del hotel New York New York, un homenaje a la Gran Manzana. La montaña rusa “The Roller Coaster” empieza en el segundo piso del resort y se toma el atrevimiento de (tras una caída inicial de 44 metros) pasar por lobby, salir hacia el Strip, girar 180 grados, rodear la réplica del Empire State y acercarse a la de la Estatua de la Libertad. Pese a su fama de excesos y descontrol, Las Vegas es un destino para toda la familia y el lugar de juegos “The Big Apple Coaster & Arcade” es el casino de los más chicos. Restaurantes originales de Nueva York como Shake Shack, réplicas del Puente de Brooklyn y del edificio Chrysler, sumado a pasillos que simulan las calles de Manhattan, provocan la sensación de haberse teletransportado de Nevada a la Costa Este. Fuera del New York New York, los niños y adolescentes también tienen su lugar en otros paseos, como el museo de cera Madame Tussauds en el Venetian –una mini Venecia-, el acuario de tiburones en el Mandalay Bay, la exhibición de los superhéroes de Marvel “Avengers” en el Treasure Island y un hábitat de delfines en el Mirage.

Camino a Freemont Street, la parte de casinos antigua en el downtown Las Vegas, hacemos una parada en el resort Stratosphere, el más alejado del Strip: su torre de 350 metros es la más alta de todo Nevada y alberga en sus últimos pisos tres juegos de adrenalina que desafían al vacío. Pero para esta altura del Strip los hoteles de lujo desaparecen (al igual que la música, los carteles luminosos y las escaleras mecánicas en plena vereda) y empieza a verse el costado menos elegante de Las Vegas: licorerías, locales de tatuajes, alguna que otra “capilla del amor” para casamientos expeditos oficiados por imitadores de Elvis Presley, moteles y estaciones de servicio. La histórica Freemont Street (allí se inauguró el primer hotel y casino que logró obtener una licencia de juego) corona la bizarra experiencia: se trata de una peatonal cubierta (con pantallas led en su techo) de casi cinco cuadras, donde los shows gratuitos incluyen vaqueros con el torso desnudo ofreciendo bailes “privados” a mujeres frente a los ojos de todos (incluidos los que sobrevuelan la calle desde la tirolesa SlotZilla).

Nos despedimos de Las Vegas por el comienzo: sacándonos una foto con el cartel de bienvenida “Welcome to Fabulous Las Vegas”, ubicado a metros de la intersección de South Las Vegas Boulevard y la calle Russell, al sur del Strip. Enfrente, las réplicas de la Gran Pirámide y Gran Esfinge de Guiza nos cautivan lo suficiente como para entrar al hotel Luxor, uno de los primeros en ser ideado en función de una temática. Por dentro, es un viaje al Antiguo Egipto: los sarcófagos de momias y las estatuas de perros Anubis son tan parte de la decoración, como los templos, torres y columnas egipcias en toda la hectárea que ocupa el resort.

De vuelta en el McCarran, la aerolínea anuncia nuestra partida de Las Vegas rumbo a Los Ángeles, pero se siente como si también nos despidiéramos de Italia, Francia, Egipto, Nueva York y todos los mundos que bien sabe recrear la ciudad del pecado.

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