Tailandia: Festiva, extravagante e histórica.

0

Tailandia es capaz de maravillar hasta aquel que cree haberlo visto todo. Sus templos, ruinas, playas de ensueño, arrecifes de coral vírgenes, junglas y montañas, son una invitación a conocer el “país de la gente sonriente”.

 

Cerca de Bangkok

A 80 kilómetros al norte de Bangkok se encuentra Ayutthaya, ciudad que entre los años 1350 y 1767 fue lapróspera capital del Imperio de Siam (hoy conocido como Tailandia). Por allí pasaba todo el comercio de Asia. Acordonada por ríos, la ciudad isla era mirada con recelo por sus vecinos y tuvo que resistir varios asedios de los birmanos, hasta que en 1767 cayó invadida por ellos. Esclavizaron a miles de pobladores y el oro de los templos fue saqueado en su totalidad. Todas las imágenes de Buda fueron decapitadas, lo cual significa la mayor humillación posible para los thai, porque ellos consideran la cabeza como algo sagrado ya que, según dice la tradición, es en esa parte del cuerpo donde se aloja el alma. Con la metrópoli devastada, se cuenta, un árbol de bodhi (Ficus Religiosa) tomó entre sus raíces una de las cabezas de arenilla decapitadas y la alzó, como impulsando a los thai a levantarse del desastre y a recuperar la capital, cosa que sucedió un año después de la caída. Hoy ese árbol permanece abrazando la cabeza en el parque histórico. Ayutthaya se puede recorrer fácilmente en bicicleta, aunque la perspectiva será considerablemente más amplia si se cuenta con un guía que de contexto histórico a cada stupa.

El Camino hacia el Norte

Existen varias formas de llegar desde Bangkok hasta Chiang Mai, el corazón cultural de Tailandia. Hay buses, trenes y vuelos diarios. Si bien me hubiera gustado vivir la experiencia de abordar el tren nocturno que tiene la opción de litera, por falta de disponibilidad de boletos, opté por un vuelo.

Rodeado de murallas y un foso de agua, el casco antiguo de Chiang Mai propone un sinfín de actividades. Son visita obligada los santuarios que se encuentran en cada esquina. En algunos de ellos, uno puede conversar con los monjes para interiorizarse sobre el budismo. El tailandés cree que todo hombre, al menos durante un año de su vida, debe vivir una experiencia en el claustro como monje. Fuera de la ciudadela, se halla uno de los templos más sagrados de Tailandia: el Wat Phra That Doi Suthep. Hay que subir 306 escalones para acceder al monasterio fundado en 1382 en el cerro vigía de Chiang Mai. Allí es donde una esquirla de un hueso de Buda fue llevada por un elefante.

El elefante es un símbolo nacional en Tailandia, vinculado a la historia y la cultura del país. Hasta 1917 la imagen de este animal era parte de su bandera. Ellos dicen que si se observa con atención, incluso la forma del país remite a la cabeza de un elefante. A lo largo del tiempo, fueron usados como bestias de carga. En 1989 se prohibió la tala de teca (que era su acarreo principal), por lo que los guías y criadores tuvieron que buscar una alternativa para sobrevivir. Muchos de ellos empezaron a utilizar a los paquidermos para el turismo y el entretenimiento, sometiéndolos a paseos con personas montadas en su lomo y números circenses, teniéndolos segregados y encadenados, usando ganchos metálicos para controlarlos. Lentamente estas prácticas van siendo abandonadas para cambiarlas por un sistema de preservación en donde los animales rescatados permanecen sueltos en un hábitat similar al natural. En vez de montarlos, en estas reservas y santuarios se brinda una charla de concientización con interacción, donde se les da de comer o se los baña. En estos campamentos los elefantes no están encadenados ni son sometidos. Visité el Kanta Elephant Sanctuary y pude relacionarme con ellos poniéndome a su servicio y no al revés. Compartí toda una mañana, participando de su alimentación y conociendo detalles acerca de su forma de vida.

A unos 600 metros del casco histórico de Chiang Mai, se llega al Night Bazaar. Galerías, almacenes, chiringuitos sobre la vereda, todo a lo largo de cinco cuadras. Allí se ofrecen diversos productos a muy buen precio, sobre todo si uno está entrenado en el arte de regatear, ya que en esta zona es el deporte nacional. Cuando el precio no está exhibido es porque se admite regateo. Entre la diversidad de opciones aquí, además, se puede experimentar el fish spa, cosa que yo mismo hice. Dentro de un enorme rectángulo de cristal donde había un cardumen de peces Garra Rufa, introduje mis pies. Este pez, succiona suavemente las células muertas y en el proceso genera una enzima que tiene un efecto regenerador en la piel por crecer, produciendo una sensación agradable y relajante. Todas mis noches en The Night Bazaar terminaron en una suerte de patio de comidas llamado Ploen Ruedee Night Market con música en vivo, silloncitos, banquetas y mesas recicladas rodeadas de puestos gastronómicos que van desde especialidades locales, insectos fritos, fast food a platos internacionales.

La cocina tailandesa tiene fama mundial. En los puestos callejeros y en los mercados populares de cada una de sus ciudades, el Pad Thai, el Green Curry o el Kao Pad Goo se llevan elogios en todos los idiomas. Por eso, en Chiang Mai, como en otras localidades, se brindan cursos. No hizo falta convencerme para que me apunte en uno y salí encantado. Ingredientes para mí desconocidos, combinaciones inesperadas y el carisma de la profesora (thai pero que hablaba muy bien el castellano) hicieron de ésta, una de mis experiencias más queridas en este viaje. Sentados en el piso con las piernas cruzadas, saboreamos cada uno de los platos realizados. El Pad Thai, si bien me salió algo picante, estaba realmente delicioso.

Pai: un refugio para la bohemia

Después de sortear 762 curvas constantes sobre un camino de montaña llegué a Pai, con el estómago revuelto, pero con más suerte que otros. Este pequeño pueblo, rodeado de naturaleza, se halla cercano a la frontera con Myanmar (Birmania), a unas cuatro horas en combi desde Chiang Mai. Su calle principal es inquieta, con un mercado nocturno de lo más animado y sabroso. Los bares, el río y el espíritu bohemio, atraen mochileros y viajeros de lugares distantes. Toda esta algarabía contrasta con el sosegado clima que impera al cruzar el endeble puente de caña que lleva al otro lado del curso de agua. En los bungalows y hostels de allí se puede desayunar recostado en una hamaca, en la ribera, escuchando el tranquilo correr del remanso y por la tarde, hacer doscientos o trescientos metros, franquear el puente y ser parte del bullicio. Aquí son muchos los que alquilan motos para hacer los distintos circuitos turísticos, aunque también son unos cuantos los que terminan lastimados siendo víctimas de las curvas, contracurvas, subidas y bajadas que son necesarias sortear para acceder a los puntos de interés. También se alquilan bicicletas, hay taxis compartidos y agencias que comercializan excursiones. En cuanto a los sabores, hay comederos y puestos que elaboran platos tradiciones, además de restaurantes con cocina internacional (desde pizzas y hamburguesas hasta milanesas y brusquetas). Llamó mi atención un recién inaugurado pool bar party, en donde uno puede tomarse un daikiri, bailar ritmos de moda y meterse en la pileta al mismo tiempo.

Chiang Rai y El Templo Blanco

Para completar mi estadía en el norte de Tailandia partí rumbo a Chiang Rai, con la expectativa de conocer el Templo Blanco. De camino me desvié unos kilómetros ya que me habían invitado a “tomar un café” en una comunidad Lahu. Los Lahu son tribus que fueron desplazadas del sur de China y se asentaron en la zona montañosa, lejos de las ciudades, en Chiang Rai, Myanmar y Laos. Están organizados de manera autónoma. Viven de la agricultura, principalmente del arroz y el maíz, aunque en este caso también siembran café. Gente muy simpática y amable (como casi todos en Tailandia), me mostraron el proceso de pelado y secado del grano de café, y también aprendí sobre su forma de vida mientras me deleitaba con una taza de este delicioso brebaje.

De nuevo en la ruta, decidí obviar la Casa Negra, otra de las principales atracciones turísticas que tiene Chiang Rai, e ir directo hacia el fascinante Templo Blanco.

Cuando una obra de arte tiene la capacidad de explicar mediante metáforas e imágenes, complejos conceptos filosóficos, resulta imposible no conmoverse. A simple vista se podría pensar que el Templo Blanco fue obra de un aficionado a los textos de Tolkien, sin embargo, a medida que uno se va a acercando, comienza a encontrar pistas sobre lo que va a encontrar dentro. Dos enormes serpientes se extienden a modo de puente sobre un estanque de aguas claras, en donde cardúmenes de grandes peces de colores chapotean. En torno al puente, manos abiertas (todas ellas blancas excepto una, que tiene una uña pintada de rojo) intentan alcanzar algo. Dentro del templo pinturas con típicos pasajes de la vida del iluminado, intervenidos con superhéroes e íconos contemporáneos. El santuario también alberga un altar con la imagen de Buda que invita a la reflexión.

La obra del artista tailandés Chalermchai Kositpipat fue inaugurada en 1997 con la intención de fomentar el turismo de Chiang Rai. Con expresiones que recuerdan a Gaudí, el templo por sí solo emociona. Y hasta puede llevar los sentimientos más allá, si uno se detiene a interpretar cada uno de los detalles que guarda.

El Paraíso está al Sur: Islas del Golfo

Tres islas con características propias son las que destacan en el Golfo de Tailandia: Koh Samui, la más grande y primera en desarrollarse turísticamente; Koh Pha-Ngan, en la cual se realiza la famosa Fiesta de la Luna Llena y Koh Tao, la deportista especializada en buceo.

Una sinuosa carretera de 50 km rodea Koh Samui. Al noroeste de la isla se encuentra la apacible Bang Po, de aguas tranquilas y precios accesibles tanto en alojamientos como en gastronomía. Es un lugar ideal para descansar o leer a la sombra de un cocotero. Sin embargo, si uno quiere salir de fiesta deberá dirigirse para la costa este de la isla (Chaweng, Lamai o Bo Phut), ya que en Bang Po, al igual que en Mae Nam, el esparcimiento nocturno se reduce solo a algunos bares. Si bien Koh Tao es el principal centro de buceo del golfo, en Koh Samui existen varios operadores que organizan inmersiones a los mismos enclaves.

Después de pasar un par de días en Samui, mi siguiente parada fue Koh Pha-Ngan. Al desembarcar en el muelle de Thong Sala, pude contemplar a un puñado de pescadores reparar las redes que utilizan para recoger el pescado que, al día siguiente, estará en los platos de los turistas en los restaurantes. Quise evitar la bulla de la península de Hat Rin, al sur, por ser el lugar donde todos los meses se realiza la Fiesta de la Luna Llena; por eso hice mi reserva en Haad Yao, al noroeste (hay otra Haad Yao al sureste). Sin embargo, teniendo en cuenta que la ruta era menos sinuosa que en Koh Samui y el tráfico más austero, alquilé una moto e hice una expedición para conocer la mítica playa que todos los meses, durante una semana, recibe unas 30.000 personas en busca de juerga. Mi excursión fue dos días después de finalizada la Full Moon Party, por lo tanto me encontré con los vestigios de lo que fue el evento.

En Haad Yao West, como en otras zonas de Ko Pha Ngan, por la noche, sobre la arena de la playa, se montan restaurantes, bares y discos. Pasadas las 18 horas se van apostando las mesas, luces y música que de ninguna manera es estridente, sino más bien una grata compañía. Platos locales e internacionales, son algunas de las propuestas. Una de las noches cené literalmente en el mar, ya que tanto la mesa como los asientos del restaurant se encontraban emplazados en el agua que acariciaba tibia mis tobillos mientras engullía un plato de khao phat (arroz frito con vegetales y carne). Una hermosa experiencia.

Mar de Andamán

En la costa continental oeste de Tailandia, dentro de la provincia de Krabi y abrigada por promontorios kársticos, se halla la ciudad balnearia de Ao Nang. En su calle central reside una completa oferta de hospedajes, locales gastronómicos, souvenirs y excursiones que finaliza en un paseo costero donde se alza una escultura de pescadores luchando contra un enorme pez espada. La playa es amplia y de arena dorada, bañada por aguas turquesas. Es un lugar estratégico para planificar travesías. Cerca de Ao Nang, aunque solo accesible por mar a pesar de estar en el continente, se localiza la maravillosa Railay, una pequeña península rodeada de selva y acantilados calizos, famosa por ser enclave de escaladores y por sus playas de ambiente relajado y multicultural. A un trekking de unos diez minutos franqueando un promontorio con desvío a cuevas, se encuentra la menos concurrida y más hippie: Tonsai.

Sin embargo, quien ilustra las postales de Tailandia es la dupla de islas Phi Phi Leh y Phi Phi Don. Esta última se destaca por sus fiestas interminables. Llena de cantinas, restaurantes, hospedajes, tiendas de recuerdos, tatuadores, locales bailables y hasta una animadísima pool party, Phi Phi Don no descansa. Por la noche, los principales disco bar presentan espectáculos que incluyen malabares y acrobacias con fuego, junto a destacados dj internacionales. Las antojadizas callecitas son íntegramente peatonales. Desde alguna de las agencias de turismo de las muchas que hay, se puede contratar un crucero hacia su hermana menor Phi Phi Leh. Allí no hay hoteles, ni discotecas, ni casas de comida, ni nada más allá de la naturaleza en su máximo esplendor. Solo escarpados peñascos, playas de arena blanca, un mar cristalino colmado de arrecifes de coral, donde se pueden hacer asombrosas inmersiones con máscara de snorkel, en la búsqueda de Nemo u otros peces increíbles. Las travesías incluyen paradas en varios sitios: la célebre Maya Bay (donde se filmó la película “La Playa” protagonizada por Leonardo Di Caprio), la Laguna Esmeralda, la Cueva Vikinga, la Monkey Beach (habitada por una colonia de monos), Playa Mosquito y la Isla Bamboo, de arena sorprendentemente blanca y suave, como si fuera harina. Finalizando la excursión, el longtail que me transportaba, apagó los motores para disfrutar del atardecer. Luego, cuando ya estaba anocheciendo, el guía nos invitó a todos los que participabamos del tour, a que bajemos al mar. Con las máscaras de snorkel sumergimos la cabeza y al agitar el agua, vimos cómo se encendían montones de lucecitas en torno a nosotros. El plancton bioluminiscente reacciona al movimiento en la oscuridad, produciendo luz y generando un efecto asombroso.

Koh Lanta

Auténtica, sosegada y culturalmente rica, la selvática Koh Lanta es un remanso en el sur de Tailandia. Alquilar una moto permite recorrerla de lado a lado, deteniéndonos por momentos para reconocer su carácter. En la isla conviven con los turistas tres grandes grupos culturales: los budistas, los musulmanes y los gitanos del mar. Estos últimos fueron desplazados desde el sur de China hace 4000 años y se asentaron tanto en Tailandia, como en Myanmar y Malasia. Llevan una vida semi nómade y son grandes conocedores del océano.

Por la carretera que va hacia el sur, en la costa oeste, hay un desvío hacia la jungla. Luego de un trekking de unos 30 minutos adentrándose en la selva, se llega a Mai Kaew Cave. Esta cueva formada a partir de miles y miles de años en que las aguas de los monzones golpearon y golpearon contra la piedra kárstica, está llena de impresionantes salones, pasadizos, estalactitas, estalagmitas y hasta un río subterráneo que deja a la vista una olla de agua transparente.

Al sur de la isla se encuentra el Parque Nacional Mu Ko Lanta con parajes inolvidables, senderos para caminatas, un pintoresco faro, campings y algunos bungalows.

Las kilométricas playas de la costa oeste, bañadas por un mar de jade poco profundo y perfecto para nadar, convirtieron a esta isla en mi preferida. En Long Beach, por ejemplo, nadie se sentirá abrumado por la cantidad de gente tumbada al sol, ya que el espacio es tan amplio, que permite que todos disfruten de la tranquilidad por igual. Es imposible ser indiferente a la belleza de Katiang Bay, un recodo de arena flanqueado por acantilados y jungla. En sus extremos, la presencia de arrecifes permite hacer snorkeling. En Klong Nin Beach las tardes se pasan con un trago en la mano, en alguno de los pintorescos bares que la secundan. Todas ellas prometen una espléndida puesta sol.

foto: shutterstock.com

Al googlear imágenes sobre Tailandia, lo primero que revela el buscador, son maravillosas playas, con un longtail boat meciéndose sobre aguas turquesa, abrazado por caprichosas formaciones kársticas. Retratos que parecen irreales por su perfección. Sin duda, fueron esas fotografías las que terminaron de convencerme para realizar este viaje. Y al momento de estar allí, al sumergirme dentro del cuadro para ser yo una pieza de esa fotografía, la realidad excedió de forma inolvidable cualquier expectativa que me haya hecho. El paraíso queda en el sur de Tailandia.

Mercado sobre las vías del tren

La historia cuenta que primero existió el mercado, que los habitantes de Mae Klong todas las mañanas iban allí a hacer sus compras en los puestos de verduras, pescados, especies, bazar, carne, etc. Pero un día llegó el “progreso”: un tren que saldría de Bangkok, de la zona de Thomburi, conectaría la gran ciudad con el pueblo de Mae Klong. El tendido de las vías primero se extendió hasta Samut Song­khram, donde el ancho río planteó la necesidad de construir un puente que sería una obra cara y compleja. Por ello, se optó por terminar el recorrido en ese lugar y continuarlo del otro lado. Es decir que aquellos que utilizaran este servicio para llegar a Mae Klong, iban a tener que bajarse en Samut Songkhram, tomar un bote para cruzar el río y subirse a otra formación hasta el destino final. Una nueva dificultad surgió al llegar a Mae Klong. El trazado de las vías debía pasar por el medio del mercado. Así se hizo. Pero tal cosa no impidió que la feria siguiera funcionando. Hoy, sobre las vías de este ferrocarril, en una especie de callejón de 250m que culmina en la estación, se sigue montando el mercado. A las 11:07 hay un aviso por altoparlantes. En ese momento, todo se revoluciona. Los vendedores retraen sus puestos al ras de la pared. Dos minutos después, el tren ingresa

por el medio del mercado, a paso de hombre, lleno de tailandeses que salieron de compras y turistas que fueron a dejarse asombrar por este curioso suceso. A las 11:12 el tren se detiene en la estación y los pasajeros bajan, pues a las 11:30 sale en sentido inverso. Es allí, cuando el mercado se vuelve a desplegar. Todo este trajín surrealista ocurre al menos cinco veces al día.

Please follow and like us:
Share.

About Author

Comments are closed.

Suscribite!