Milán revela su corazón secreto: los navigli.

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Una ciudad donde todo el mundo corre, trabaja, hace, produce mucho y habla poco, conserva un secreto bien guardado que no todo presuroso visitante descubre.

Por Guido Minerbi

Milán es una gran, dinámica, atractiva y pujante metrópoli que concentra el poderío económico-financiero de Italia. Roma es -a no dudarlo- la capital política y administrativa del país, pero Milán es su otra capital, conocida también como la “capital moral” de la Península.

Un viejo dicho milanés resume la situación: Milan dis, e Milan fa (Milán dice y Milán hace). En Roma los políticos hablan mucho, prometen mucho, dan muchas vueltas pero terminan haciendo poco. En Milán al contrario se dice mucho menos, pero se hace mucho más, se habla menos y se trabaja más. Milán es la “locomotora” de Italia y, si se quiere, es mucho más europea que Roma. Milán lo tiene todo: arte, cultura, diseño, moda, ferias, mega-exposiciones, su famoso duomo, el mundialmente famoso Teatro alla Scala, riqueza, lujo, estilo y podríamos seguir agregando tanto más, sin olvidar el pan dulce y las milanesas -que impusieron durante su ocupación los austríacos- que siguen llamándolas hoy Wiener Schnitzel en honor a Viena. Y, claro, esta reseña sería muy incompleta si no incluyéramos dos platos milaneses por excelencia: el risotto y el osso buco. Pero la capital de la región lombarda tiene algo especial que disfrutan a lo grande los locales y descubren, casi por casualidad, algunos turistas que se alejan un poco del pleno centro: los navigli.

Antes de entrar en tema, conviene repasar un poco por qué Milano/Milán se llama así. Su nombre original se remonta a milenios atrás. Los antiguos romanos la habían bautizado Medioplanum -supuestamente para destacar que la ciudad se encontraba en pleno “planum”, es decir, llanura. En efecto, la ciudad surge en el norte de la llanura del río Po, conocida también como llanura “padana”. Por influencia del idioma de los celtas, quienes -aparentemente- no amaban la letra “p”, ésta desapareció y la ciudad pasó a conocerse como Mediolanum. Con el pasar de los siglos, Mediolanum pasó a ser Milano. Hay también historiadores que manejan otra etimología y afirman que el nombre de la ciudad no deriva de estar en medio de una gran llanura, sino de estar rodeada por tres ríos, el Olona, el Lambro y el Seveso. Vale la pena recordar también que “med” en celta significa “fértil” (por obra del agua, precisamente…). Sea como sea, ninguna visita a Italia puede decirse completa si uno no ha estado en Milano. Lo mismo ocurre en Holanda, donde por más que uno visite La Haya, no puede prescindir de conocer Ámsterdam.

Volvamos a los navigli, cuyos antecedentes son tan apasionantes como el nombre de la ciudad que atraviesan. Un naviglio es un canal artificial navegable que, en sus inicios, fue construido para transportar provisiones y mercancías hasta el corazón de la ciudad. Posteriormente, la historia de los navigli se identificó aún más con la de Milano, ya que el mármol de una lejana cantera que se utilizó para la construcción del duomo (catedral) llegó al centro de Milano a bordo de barcazas que se desplazaban por los navigli. De no haber sido por éstos, Milano no contaría hoy con uno de los monumentos cumbre del arte gótico más hermosos de Europa, convertido en sinónimo y símbolo de la ciudad.

La construcción del primer naviglio se remonta al Siglo XII y prosiguió hasta el Siglo XVI. En 1179 se construyó el primer tramo de 50 km que llegaría más tarde a convertirse en el Naviglio Grande, útil no sólo para el transporte sino como acueducto para llevar agua al centro de la ciudad que iba creciendo sin parar. En 1482 -diez años antes de que un tal Cristoforo (Cristóbal) descubriera América- el Señor de Milán, Ludovico il Moro, contrató nada menos que a Leonardo da Vinci, para que resolviera el problema del diferente nivel de los navigli con un genial sistema de esclusas presentes hasta el día de hoy. Leonardo dejó luego de ocuparse de los navigli y se dedicó a pintar el famoso fresco que representa la Última Cena en el convento de Santa Maria delle Grazie, en el centro de la ciudad. De los cinco navigli originales, sobreviven hoy sólo los dos más importantes, el Naviglio Grande y el Naviglio Pavese que confluyen en una dársena cercana a Porta Ticinese, una de las antiguas puertas de la ciudad cuando ésta se encontraba rodeada por altas murallas. Hoy, a lo largo de los mismos se dan cita todos los milaneses que quieren participar de la movida y de la vida nocturna de la gran ciudad.

Los canales son relativamente angostos y cada tanto los cruzan pequeños puentes. A ambos lados, las que antes eran calles muy transitadas se han convertido en sendas peatonales, en gran parte ocupadas por las sillas y mesas de incontables locales, y flanqueadas por negocios, anticuarios, galerías de arte, casas de moda, bares, cervecerías, vinotecas, pizzerías e importantes restaurantes. A toda hora es imposible sentirse solos allí, ya que parece que toda Milano se ha dado cita precisamente en ese lugar. Cerrados durante el día, por las noches se iluminan varios restaurantes flotantes amarrados a los costados de cada naviglio. Durante el día hay lanchas que recorren los dos navigli de un extremo al otro. Al verlos pasar, uno olvida por un momento que Milano es una ciudad esencialmente mediterránea -como nuestra Córdoba- engarzada entre los Alpes nevados y la interminable llanura Padana. A los restaurantes típicos de varias regiones italianas como Sicilia, Lombardia, Campania, Piemonte, Sardegna, Veneto y Lazio, se suman, entre muchos otros, restaurantes griegos, turcos, egipcios y, como no podría ser de otra manera, uno que publicita sus “empanadas argentinas”. Milano es una de esas ciudades que nunca duermen, donde todos se mueven con eficiente rapidez para no perder tiempo, porque allí el tiempo es verdaderamente oro. Sin embargo, en la zona de los navigli no es así. El ritmo cambia súbitamente y todos parecen desplazarse en cámara lenta: ha llegado el momento de relajarse, disfrutar y gozar de la buena vida. El mismo agua de los dos canales fluye tranquila, sin prisa y sin olas, a menos que acabe de pasar una de las lanchas. Durante el día, las aguas espejan los edificios que rodean los navigli en todo su curso. Se trata de antiguos edificios con el típico estilo severo propio de Milano que están siendo reciclados y refaccionados porque son muchos los que elijen mudarse allí para compartir día y noche el espíritu de toda una barriada que está íntimamente ligada a Milano, y sin embargo es tan distinta de ella.

Milano es una ciudad donde predominan los frentes macizos y grises, sólo interrumpidos aquí y allá por modernos edificios vidriados y un creciente número de rascacielos. A lo largo de los navigli el gris ha sido desplazado por colores alegres y luminosos que reflejan el espíritu de quien se pasea por allí.

Milano es una ciudad monumental que de pronto lo hace sentir a uno muy pequeño. Basta con llegar en un tren de alta velocidad a la monumental, casi faraónica estación de Milano Centrale con su infinidad de andenes para reconocer nuestra pequeñez. Pero a la orilla de los navigli, que replican la escala humana, volvemos a recuperar nuestro tamaño real. Es notable la cantidad de gente que se desplaza en bicicleta por la zona o que sale de su casa cada tanto para pasear a su perro.

A pocos metros de allí, la gran ciudad sigue palpitando cruzada ya no por los plácidos navigli, sino por incontables líneas de tranvías de más de un vagón. Esos también forman parte de la vida milanesa, tal como solía cantar la famosa Ornella Vanoni que interpretaba el sentimiento de un recluso en una cárcel del centro milanés, repitiendo “sotto a sti mur paisano i tram, fracass e vita del me Milan” (bajo estos muros pasan los tranvías, barullo y vida de mi Milán).

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