Afinidades afectivas: 33º Bienal de Arte Contemporáneo de São Paulo

Partí a São Paulo en plan de “pesquisa” de una serie de Bienales de arte latinoamericano que se sucedieron desde los años 50´ a la fecha. Parte del trabajo era plasmar y analizar las escenas locales para luego pensar la Bienal de São Paulo hoy.

Por Marta Rivero

Atardecía en la ciudad cuando arribamos a la pre-inauguración de la Bienal 33 “Afinidades Afectivas”. El chofer de Uber, en medio de un tráfico calmo e intenso, nos contó que los graffitis de los muros habían sido reemplazados por plantas trepadoras por decisión del nuevo alcalde, quien emprendió una cruzada para limpiar la ciudad. Parecía imposible hacerlo pues São Paulo goza de arte urbano entre el “graffiti” y el “pixo”, dos maneras que los artistas callejeros se empeñan en diferenciar.

La ciudad parece tener latido propio, su arquitectura abigarrada, ecléctica, de trama irregular, se mezcla con calles y veredas habitadas por la gente a toda hora y una vegetación exuberante que le da pulso. La excusa era la Bienal y la realidad era volver a transitar una ciudad que respira arte en todos sus resquicios.

Llegamos al Pabellón Ciccillo Matarazzo, proyecto del gran Niemayer, que se enclava en el parque de Iberapuera. El personal de la Bienal seguía colocando carteles de referencia junto a las obras, mientras los críticos, artistas y gente del mundillo hacían el primer avistaje.

El nombre de esta Bienal, “Afinidades Afectivas”, aludía al título de la novela de Goethe de 1809 y a la tesis de Mario Pedrosa sobre la naturaleza afectiva de la forma en la obra de arte. Traté de dejarme llevar por mi propia intuición en el recorrido. El director de la Bienal, Gabriel Pérez Barreiro (España), prefirió dar un paso al costado en temas curatoriales y abrió el juego a siete artistas. El procedimiento era experimental y los artistas actuaron como artistas-curadores de sus espacios junto a otros colegas elegidos por ellos mismos.

La Bienal se recorría en islas separadas unas de otras, cada artista había trabajado su propio espacio. Esto ya invitaba a pensar una Bienal con ciertas afinidades y afectos, en un contexto país políticamente tenso que llevó a su director a no tomar decisiones radicales, como él mismo expresa ,y a estar “del lado de los artistas”.

En la planta central y de acceso a esta Bienal se apreciaba el espacio curado por Antonio Ballester Moreno, con inmensas pinturas sobre el cerramiento de vidrio y perímetro del pabellón y miles de setas en el piso, realizadas por niños de escuelas periféricas de la ciudad con una idea de dialogar con el entorno. Seguimos por el espacio comisariado por Sofía Borges entre telones aterciopelados y muros estucados que no logran dar un buen efecto visual y lo tornan laberíntico, con poco espacio para la observación plena de algunas obras. La segunda planta presenta un homenaje a Lucía Nogueira, artista brasileña fallecida, en un recorrido limpio y exquisito por su obra. En la tercera planta la obra política y provocadora de Aníbal López que no se puede fotografiar, con videos y fotografías de sus performances.

La propuesta parecía ser la observación, aquietar el pulso, desacelerar el recorrido para entrar en otro espacio-tiempo. Esto lo explicaban los mediadores en sus visitas guiadas. De ahí la referencia que toma Claudia Fontes, artista Argentina radicada en Londres, para curar su espacio “El pájaro lento” y cuenta ..”La imagen del pájaro lento surgió de preguntarse en qué ocasión sentirá vértigo un pájaro. Entiendo las experiencias de velocidad y lentitud como experiencias políticas que padecemos ante todo en nuestros cuerpos…” Cerraban la Bienal los comisariados de Waltercio Caldas (Rio de Janeiro, Brasil, 1946) que desarrollaba una reflexión histórica sobre la forma y la abstracción; y Wura-Natasha Ogunji (St. Louis, EEUU, 1970) que reunió a un grupo de artistas que trabajan sobre la identidad y la diáspora africana, entre otros. 

Las visitas subsiguientes me dejaron disfrutar de cada una de las obras expuestas. La experiencia fue diferente de la Bienal anterior, pero no menos interesante, sobre todo para analizar en qué contexto socio político tienen lugar cada una de las ediciones y como cada director se posiciona frente a esos escenarios.

Fueron tres visitas a la Bienal para confirmar la primera impresión del día de la pre-inauguración. Sensación sin sobresaltos de recorrer siete territorios calmos, donde las referencias son sobre sí mismas. Los intersticios de esta Bienal como sitios entre medio, armaban en sí mismos una arquitectura del “resto” que valía la pena recuperar desde el registro fotográfico como espacio sobrante, estanco, donde las intersecciones no ocurren a diferencia de lo resquicios que sí tensionan a la ciudad de São Paulo. De regreso a Buenos Aires rumeo para mí que el gesto político siempre está y esta Bienal lo presentó sin ingenuidad.

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