Casablanca: ni la casa, ni el bar, pero sí una escala imperdible para descubrir FES.

Casablanca: ni la casa, ni el bar, pero sí una escala imperdible para descubrir FES.

Llegamos a Dar-el-Beida temprano, una fresquísima mañana de noviembre. De noche habíamos cruzado el estrecho de Gebel-el-Tariq sin ver más que unas lucecitas en ambas costas. Estábamos en otro continente, dispuestos a disfrutar el día que teníamos a disposición: Casablanca.

Por Guido Minerbi Llegada y bar inexistente La introducción parece misteriosa por los nombres -que habitualmente usamos en castellano- en su idioma original. Dar-el-Beida significa “casa blanca”, y Gebel-el-Tariq “piedra (o peñón) de Tariq”. Un tal Tariq encabezó las tropas árabes que cruzaron el estrecho -que hoy conocemos como Gibraltar- para conquistar buena parte de España. Fue así que heredamos de los moros tantísimas palabras hoy castizas, como Alhambra, alacena, almacén, almohada, alfombra, almendra y tantas más que empiezan con “al”. Habíamos zarpado de Savona, Italia, tres días atrás a bordo del Costa Fascinosa, barco hermoso de tres cuadras de largo con capacidad para unos 3.800 pasajeros. La primera escala fue Barcelona, al día siguiente. Recorrimos allí el barrio gótico y disfrutamos de un par de auténticas natillas catalanas. Dejamos atrás Barcelona, España y el Mediterráneo, cruzamos Gibraltar hacia el Atlántico y navegamos hasta Casablanca - o Dar-el-Beida. La ciudad original había sido arrasada siglos atrás por un devastador terremoto. Un mercader portugués fue uno de los primeros en levantar una nueva vivienda que hizo pintar a la cal, de un fulgurante blanco, para protegerse del inclemente sol africano. La ciudad de la casa blanca pasó a llamarse Casa Branca, en portugués. La influencia española se hizo sentir y terminó siendo conocida como Casa Blanca y luego -todo junto- Casablanca. Al desembarcar del Costa Fascinosa en tierra marroquí, los cruceristas cinéfilos se llevaron un tremendo chasco. Se habían embarcado ilusionados, recordando la película homónima -hoy de culto- con Ingrid Bergman y Humphrey Bogart. Su idea era dirigirse al Harry’s Bar, sacarse un par de selfies para la posteridad y tomar unas copas, con la esperanza -ellos- de convertirse en un varonil Humphrey y ellas, de parecerse a la cautivante Ingrid. ¡Nada de eso! Se enteraron (por las malas…) que el famoso bar jamás había existido allí y que había sido armado para la filmación con elementos de utilería en un estudio de Hollywood. En el barco nos habían propuesto una serie de excursiones: Tour de Casablanca, Visita a la capital Rabat, o bien una Visita a Marrakech por un lado o a Fes, por el otro. Casablanca ya la habíamos recorrido en otras oportunidades, Rabat no nos atraía, por lo cual revoleamos una moneda y salió “cara”. Por designio del Destino, subimos al ómnibus que nos llevaría a la antigua capital de Fes. casa6 En viaje hacia Fes con Ahmed Recorrimos distintos sectores de Casablanca, una ciudad muy moderna, aquí y allí matizada por vestigios coloniales y árabes de otros tiempos. Junto con lo moderno -en contrapunto con lo colonial- vimos también lo modernísimo: la estación de los trenes de muy alta velocidad que -en estos momentos- se están terminando de construir en Francia. Lo que nos tomó casi cuatro horas por una muy moderna autopista, muy pronto podrá recorrerse en poco más de una en tren-bala. El ómnibus era muy cómodo, el paisaje singular y nuevo para nosotros. Lo único que turbaba nuestro disfrute era la interminable catarata de palabras de Ahmed, nuestro guía, que hablaba un español casi perfecto, muy castizo excepto por la pronunciación de las “p” iniciales que viraban a “b”. Ahmed lucía su típico sombrero rojo con forma de cono trunco y una especie de colgante negro, parecido a los que se usan con ciertas cortinas, envuelto en un largo y -para nosotros- exótico caftán. Ahmed venía muy bien preparado y traía consigo un álbum con fotos del casamiento tradicional de un primo suyo y el documento nupcial en el que se destacaba el número de vacas que el novio había tenido que entregar como dote a la familia de la esposa. El álbum pasó de mano en mano, mientras Ahmed seguía inundándonos de palabrerío que -micrófono y todo- se escuchaba con dificultad. Hubo una larga explicación sobre el nombre de la ciudad que pronto visitaríamos: Fes, con s y no Fez con z. Quince minutos más fueron necesarios para enterarnos de que el sombrero rojo tiene el mismo nombre de la ciudad que se pronuncia “Fás” en marroquí. Paramos en una gasolinera, donde Ahmed nos dio luz verde para ir al toilet: “Ahora bodemos ir todos al baño. Después bodemos tomar café…” Aparentemente, no se contemplaba la opción inversa de tomar antes el café y luego pasar por el toilet. Como en otras latitudes, también en Marruecos se formó de inmediato una larga cola frente al baño de damas, mientras resultó evidente que el trámite masculino era tanto más rápido y sencillo. Muchos, en Marruecos, entienden y hablan bastante español, aunque el segundo idioma después del árabe es el francés. De hecho, en todos los carteles viales se destaca la grafía árabe, repetida en francés, con caracteres latinos. casa3 La medina de Fes No estamos seguros si fue más cansador el viaje o tener que escuchar al voluntarioso, imparable y verborrágico Ahmed, cuyo desempeño nos confirmó lo que ya sabíamos: ¡las excursiones organizadas no son para nosotros! Llegamos a Fes y la primera parada fue ante los impactantes portales del ex palacio real cincelados en bronce que, bajo el intenso sol del mediodía, relucían como oro. A partir de allí atravesamos en ómnibus Fes el-Jdid, donde se encuentra el Mellah o barrio judío, donde vimos desfilar varias joyerías, tiendas de antigüedades y hermosas casas. Pero nuestro destino era seguir adelante sin detenernos nunca hasta llegar a Fes el-Bali la ciudad vieja donde se encuentra la mayor medina -casco antiguo- medieval de todo el mundo árabe. Allí seguiríamos a pie por callejuelas cada vez más angostas y zocos (placitas y mercados) repletos de gente que impiden el tránsito vehicular. Siempre más estrechas y tortuosas, las callecitas empezaron a formar un verdadero laberinto, ya no a cielo abierto, sino casi siempre techado de un lado al otro. Cientos de vociferantes mercaderes ofrecían su mercadería desde tienditas, pasadizos, kioscos o mostradores que en muchos casos invadían las angostas calles sin veredas. Empezamos a seguir de cerca el fes rojo de Ahmed para no extraviarnos, ya que pensamos que, de perderlo de vista, jamás sabríamos regresar al ómnibus y perderíamos indefectiblemente el barco, que esa misma noche zarparía hacia Santa Cruz de Tenerife en las Canarias. Lo malo es que pronto nos dimos cuenta de que la cabeza debajo del que habíamos empezado a seguir no era la de Ahmed, sino de un venerable anciano de barba blanquísima. Nos sentimos perdidos y empezamos a sudar frío. ¡Pero no! Cinco acólitos Ahí descubrimos que Ahmed no estaba solo, sino con cinco acólitos. Formábamos parte de un contingente de unos 40 cruceristas de habla hispana. Adelante iba Ahmed. A nuestros costados iban cuatro personajes todos cubiertos por caftanes blancos y -cerrando el camino- una especie de ropero, trajeado de negro, con saco, pantalón y corbata y porte de patovica de discoteca. Así, Ahmed nos precedía y amablemente impedía que nos adelantáramos. Nos flanqueaban los cuatro asistentes quienes, sin que nos diéramos cuenta, nos arriaban cual ovejeros alemanes, seguidos siempre por los penetrantes ojos marrones del ropero pelado, enmarcados por negrísimas cejas negras que le daban un aspecto imponente. Así fuimos sorteando el laberinto aparentemente infinito. Si alguien quedaba rezagado, el ropero le hacía señas muy explícitas de apurar un poco el paso, pero siempre quedándose atrás a prudencial distancia para capturar a tiempo toda ovejita descarriada. Pasamos por un sector ocupado por puestos de alimentos y especias, con una verdadera sinfonía de perfumes, formas y colores, que nos recordó mucho el Mercado de las Especias contiguo al Gran Bazaar de Estambul. Ahmed no sólo era un solícito guía y una catarata, por no decir un diluvio de palabras: era también un habilísimo promotor de ventas, un genio del marketing directo. Entre otros hitos, nos mostró un par de mezquitas, un par de antiguas universidades o colegios religiosos, pero todo eso fue a paso redoblado. No se podía perder tiempo en esas pequeñeces: lo importante era el marketing. casa2 Marketing emblemático Lo fundamental era subir estrechas escaleras y encontrarse de pronto en un amplio local atestado de objetos de bronce que rivalizaba con maderas selectas, metales esmaltados y espejos de considerable tamaño. En un costado del local, atraídos por un insistente martilleo, nos sorprendimos ante la destreza de un joven artesano que estaba cincelando un gran disco de bronce que pronto sería la tapa de una mesita ratona sobre un trípode de madera lustrada. No íbamos dispuestos a comprar nada para no agregar más peso al que ya traíamos en el equipaje que atestaba nuestra espaciosa cabina, pero disfrutamos con el regateo de nuestros compañeros de viaje. El ritual se nos hizo pronto muy claro. El comerciante marroquí espera ansiosamente que el potencial cliente regatee y queda tremendamente frustrado si el turista acepta el primer precio y paga sin chistar. De alguna manera, al perderse el regateo, se pierde una deseable oportunidad de contacto humano que forma parte íntima de la transacción comercial. No regatear no sólo sale caro para el comprador, sino que lo priva de uno de los placeres de la compra: regatear es lo que el espectador desprevenido puede tomar como una discusión o pelea, cuando en realidad es un delicado ballet oral, en el que todos disfrutan “trenzarse” en un duelo que no es tal, sino una amable, inocente diversión. La escena se repitió unas escaleras más adelante en un gran salón donde se vendían centenares de alfombras y alfombritas de todo tipo y color, desde las más descaradamente industriales hasta las más finas, trabajadas a mano en añosos telares. En todos los casos, Ahmed oficiaba de maestro de ceremonias y de gran promotor, mientras que el ropero y los cuatro caftanes blancos permanecían discretamente en la puerta para evitar que alguien se separara del grupo y se perdiera en la circundante marea humana. Estábamos cansados: caminar en la medina, con sus callejuelas ora empinadas, ora en descenso, sus recovecos, sus escaleritas angostas y mal iluminadas, algo más cansador que recorrer un museo. Dada la hora, además, ya estábamos bastante hambrientos. Almuerzo en el palacete Como por arte de magia, Ahmed nos reunió en círculo con la ayuda de sus acólitos y nos anunció que en cinco minutos llegaríamos a la que había sido la señorial y espléndida morada de un rico mercader, donde “bodemos comer y pasar al baño si necesitamos”. Llegamos y, como sí necesitábamos, pasamos antes de sentarnos alrededor de grandes mesas redondas con manteles blancos que se destacaban entre el vivo colorido y los arabescos de los azulejos que revestían las paredes. El almuerzo fue interesante y servido en esos típicos hornitos portátiles cónicos de terracota esmaltada que habíamos visto en los puestos del mercado. Hubo verduras asadas y al vapor, arroz azafranado, cous-cous y excelentes presas de pollo, todo acompañado por pan árabe bien caliente, bebidas sin alcohol o té. Al terminar, hubo característicos postres almibarados y pegajosos, como el baklavá, fatal bomba atómica a base de calorías. Mientras los bajábamos con té caliente o café, el ritmo de los músicos que habían proporcionado un marco musical exótico al almuerzo (todos ellos con instrumentos típicos, caftanes color marfil y -¿cuándo no?- su fes rojo con colgante negro) cambió súbitamente y se materializó Salimah, la encargada de regalarnos una danza del vientre con los imprescindibles velos, collares, espejuelos y diminutos platillos de bronce en cada mano y tobillo para enfatizar el ritmo. Será que somos muy tradicionalistas, pero para nosotros la danza del vientre remite necesariamente a las “Mil y una noches” -noches- no días. Eran las dos de la tarde y la danza, que en la penumbra habría alcanzado un erotismo insinuante, nos dejó bastante fríos. La luz del día que se filtraba por las altas ventanas con persianas caladas, le restaron su aura de misterio levemente erótico y pecaminoso… Llegó el momento de levantarse y retomar el camino. Eran casi las tres de la tarde, nos quedaba mucho por recorrer y fotografiar, y Ahmed nos prometió dos nuevas paradas, una mezcla de lo cultural y lo comercial. casa5 Nariz arrugada y aceite mágico La primera escala la percibimos con nuestras narices antes de disfrutarla con nuestros ojos. Ahmed y su “quinteto” se abrieron camino entre el mar de gente que deambulaba sin apuro ninguno, tocando, probando, regateando y acaso comprando una cantidad de prendas, alimentos y objetos. Entramos en un enorme negocio de tres pisos donde descubrimos el origen de la palabra marroquinería. Centenares de chinelas, pantuflas, carteras, cinturones, almohadas, asientos, objetos, sombreros, cajas, y todo lo que se pueda imaginar hecho de piel o cuero estaba allí, pletórico de diseños geométricos y vivos colores. Toda marroquinería, cuyo nombre mismo nos recuerda el de su patria, Marruecos, o Maroc en francés. Ahmed guió a los más voluntariosos hasta la azotea. Nos sorprendió que los encargados del local antes de que subiéramos el último y muy empinado tramo de escaleras repartieran ramitos de menta muy fresca a cada uno. ¡Pronto entendimos! Nos envolvió un penetrante olor que nos recordó a los zorrinos despanzurrados en las rutas pampeanas y el que despiden los lobos marinos que toman perezosamente sol en el puerto de Mar del Plata. Desde la terraza observamos un gran recinto con enormes calderos con líquido de distintos colores echando pestilentes efluvios que Ahmed se apresuró a comentar. Allí se curten los cueros con procedimientos seculares, donde el agente químico fundamental es -ni más ni menos- guano de miles de palomas que se recoge a diario. La menta ayudó un poco, pero el olor nos superó… Sacamos unas fotos y volvimos a bajar de apuro: ¡el olor se había vuelto nauseabundo! Antes de volver al ómnibus, todavía faltaba una visita más, donde Ahmed lució sus mejores artes de histrión seductor y marketinero. Entramos en una tradicional farmacia berebér, donde suaves aromas de bálsamos, aceites, lociones y perfumes nos recompensaron de lo vivido en la curtiembre. Nos presentaron una serie de aceites y productos tradicionales con cualidades curativas y cosméticas casi mágicas. Quizás el más típico y renombrado sea el Aceite de Argán, extraído de las semillas de un arbusto que sólo crece en los desiertos del sur de Marruecos y que, según el inefable Ahmed, sirve casi para todo: cura la tos, trata los eczemas y psoriasis más rebeldes, fortalece uñas y cabello, combate el colesterol e hidrata la piel en profundidad. Este aceite, nos explicaron, es conocido también como el “oro líquido” de Marruecos. Sin lugar a dudas, sus propiedades curativas deben ser infinitas y debe ser por eso que se vende a precio de oro sólido, en este caso. casa4 De regreso al barco Se hizo la hora de dejar atrás la medina, las más grande del mundo árabe, declarada Patrimonio de la Humanidad por UNESCO en 1981. Antes de abandonar la ciudad de Fes, recorrimos por calles más anchas sus tres zonas principales: Fes el-Bali (la ciudad antigua), Fes el-Jdid -con el barrio judío- y la Ville Nouvelle, o zona francesa. En conjunto, las tres suman una población de casi dos millones de habitantes. El viaje de regreso nos pareció más breve y rápido que el de ida: habíamos quedado exhaustos y dormitábamos, aprovechando que Ahmed había, misericordiosamente, callado. Nos detuvimos en una moderna estación de servicio donde éste anunció magnánimamente: “ahora bodemos volver al baño y bodemos tomar café”. Sus acólitos habían desaparecido en Fes porque ya no nos perderíamos. El único que nos acompañó hasta la entrada del puerto, donde se bajó del ómnibus, fue el ropero que en ningún momento dijo ni una sola palabra. Mientras cenábamos en el Restaurante Gattopardo del Fascinosa, tres bramidos de sirena anunciaron la partida de Marruecos hacia las Canarias. Casablanca y Fes iban quedando atrás y, con ellas, Ahmed.
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