Descubriendo Rumania (Parte 1)

Descubriendo Rumania (Parte 1)

Descubrir Rumania es transcender los mitos e historias de vampiros, para entregarse a la belleza de su historia, sus calles, su gente y el aire de un destino fuera del circuito tradicional.

Textos y Fotos Luz Zarantonello

Bucarest

Basta mencionar Rumania, y más precisamente la región de Transilvania, para que aparezcan en nuestra mente imágenes de vampiros, noches oscuras y colmillos. No sólo es inevitable que la mente no nos traslade a los escenarios de la clásica novela que tiene como protagonista al afamado conde Drácula, sino que es prácticamente imposible disociar estas tierras del príncipe Vlad Tepes, en quien se inspiró Bram Soker para contar su novela homónima. Sin embargo, es preciso hacer el esfuerzo e ir más allá para descubrir los variados matices que tiene este país y que hacen que la visita bien valga la pena.

Nuestro recorrido comienza en Bucarest, ubicada al suroeste y atravesada por el río Dâmbovița. Esta ciudad ha cambiado muchas veces a lo largo de su historia para finalmente convertirse en 1862 en la capital del país, consolidándose como centro cultural y económico.

Cuando se menciona el nombre de la capital rumana, algunos distraídos suelen pensar en Budapest, por la similitud en su escritura. Pero la diferencia entre ambas ciudades es tan amplia (o más) como la distancia existente entre Hungría y Rumania, donde transcurre nuestra visita. Esto se debe a que no se encuentra dentro de la lista de lugares por visitar de la mayoría de la gente, lo que hace que siga siendo la gran desconocida de Europa.

Su ecléctica arquitectura y la mezcla de estilos le valieron a Bucarest el apodo de “Pequeña París”,  amén de que ostenta un Arco del Triunfo construido por el rey Fernando I, a imagen y semejanza del de la ciudad luz, para conmemorar la victoria de su ejército en la Primera Guerra Mundial y la unificación de Transilvania. El mismo debió ser reconstruido en 1936, ya que las guerras y terremotos han atentado contra varios de los edificios emblemáticos de este país.

Perderse en las calles de Bucarest quizás sea la mejor forma de descubrir en sus edificios los diferentes estilos arquitectónicos: Art Noveau, Bauhaus, Art Deco y los grandes bloques de edificios comunistas. Pero esto no es todo, porque la ciudad también se destaca por su gran vida cultural, lo que la convierte en un destino absolutamente recomendado si se quiere descubrir un lugar no abarrotado de turistas y una oferta culinaria que invita a saborearse sin prisa. Dentro del centro histórico se pueden encontrar exponentes de la cocina más tradicional, junto a los fogones rumanos que acompañan cada establecimiento y convierten una simple tarde o noche en un momento perfecto.

El centro encierra la Corte Vieja (Curtea Veche), constituida por las ruinas medievales de la antigua ciudadela que supo ser la residencia del príncipe Vlad Tepes, el gran inspirador de la novela Drácula. El paso de otros gobernantes, sumado a terremotos y saqueos, convirtieron el palacio en el puñado de ruinas que uno puede encontrar hoy encabezadas por el busto del propio Vlad, con esa mirada desafiante que los turistas no podrán despegar de su fama posterior. Continuando el recorrido, próxima a estas ruinas, aparece la iglesia de la Anunciación, que formó parte del palacio y fue lugar de coronación. Un poco más allá, en la plaza de la Revolución y la universidad nos toparemos con los vestigios de la revuelta que derrocó al dictador Ceaucescu, junto al Palacio Real, hoy convertido en el Museo de Arte Nacional.

La capital de Rumania es una de esas ciudades que a primera vista parece gris, pero al recorrerla exhibe contrastes que hablan de una historia intensa que, a partir de la revolución de 1989, dio paso a la democracia escrita en sus monumentos. Así también emergen el Ateneo Rumano, la ópera de Bucarest y el imponente Parlamento o casa del Pueblo y sus 330.000 metros cuadrados que lo convierten en el segundo edificio administrativo más grande del mundo (después del Pentágono).

La modernidad y el lujo también se han hecho lugar en la ciudad y se encuentran en la calle Victoria, donde destacan las tiendas de lujo y los edificios vanguardistas que bien valen la pena ser apreciados.

Bucarest es muy fácil de recorrer caminando, ya que permite encontrar iglesias y casas que sorprenden a cada paso y además, espacios verdes como el Parque Heastrau, uno de los lugares emblemáticos de la ciudad y de visita obligada. El mismo se destaca por alojar en su interior el Museo de la Aldea (con casas rurales, molinos y otros edificios de toda Rumania) y el gran lago de más de 70 Has. que los rumanos disfrutan tanto en verano como en invierno, cuando se convierte en pista de hielo.

Brasov

Dejamos la capital y a tan sólo 166 kilómetros, descubrimos Brasov, una ciudad que gracias a su posición geográfica e infraestructura fue, a través de los siglos, una de las ciudades más florecientes y poderosas de la región de Transilvania. El recorrido inevitablemente comienza en la Piata Sfatului, una plaza renacentista que constituye un lugar de esparcimiento y el corazón de la ciudad, rodeada de hermosos edificios. Uno de ellos es la Casa Stfatului (antiguo Ayuntamiento convertido hoy en oficina de turismo), donde se ofrece un singular espectáculo: cada día tres músicos anuncian, desde lo más alto de la torre, la hora con instrumentos de viento mientras un guardia de época posa debajo para los turistas.

En la misma plaza conviven también una bella iglesia ortodoxa, varios cafés y el comienzo de la peatonal más comercial que comunica con la parte trasera de la Biserica Neagra (Iglesia Negra), una iglesia luterana construida durante la década de 1380, que constituye el mayor monumento religioso de estilo gótico del país y que debe a su nombre a un gran incendio que la dejó ennegrecida (actualmente se encuentra restaurada). La misma cuenta con una gran decoración interior que hay que guardar en la retina, ya que está terminantemente prohibido fotografiar. También para unos pocos, ya que no se da todos los días, es la posibilidad de escuchar su órgano de 4.000 tubos.

Brasov cuenta también con un pequeño barrio judío, muy próximo a la plaza. Para ingresar a él, hay que cruzar la Strada Sforii, uno de los callejones más angostos de Europa (su parte más estrecha mide sólo 1,10 m). Allí se puede visitar la hermosa sinagoga neóloga que debe su nombre al movimiento “neológico” surgido en Hungría en la segunda mitad del siglo XIX y que rompe con la tradición ortodoxa para integrar a las personas de origen judío a las comunidades en las que viven.

Más adelante arribaremos a la bella iglesia ortodoxa de San Nicolás, emblema de Brasov, donde funcionó la primera escuela de Rumania, ahora convertida en museo que alberga, entre otras cosas, la imprenta y la Biblia más antiguas. Constituye un lugar sagrado para los rumanos, ya que esta iglesia es parte viva de su historia. En el predio también conviven otras capillas y un viejo cementerio. Perderse por sus alrededores puede ser una posibilidad única para iniciar un circuito de ensueño entre callecitas empedradas y edificios que conforman la ciudad vieja y que se distinguen por un mal estado que a su vez los dota de inigualable encanto.

Brasov está rodeada de cerros que ostentan una tupida vegetación y esconden senderos que invitan a caminar cual lugareño y a disfrutar de la fauna y la flora autóctonas. Allí se destacan el cartel que, al estilo Hollywoodense, anuncia el nombre de la ciudad y los vestigios de la vieja muralla y los bastiones que servían como defensa de la ciudad. Desde lo alto se obtienen excelentes vistas del Schei, el barrio antiguo, con sus clásicos y fascinantes techos de tejas rojas.

Brasov es uno de los destinos más visitados de Rumania, tanto por la cantidad de lugares de interés histórico que posee como por sus bellos monumentos, que van desde el estilo Gótico al Barroco y Renacentista. Algo que explica por qué la ciudad ha sido escenario de renombrados films como Cold Mountain (2003) y Youth without Youth (2007) o la miniserie de History Channel: Hatfield & McCoys.

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