Islandia, grieta y belleza.

Islandia, grieta y belleza.

Ubicada en el extremo del hemisferio norte, esta isla vive de contrastes. Los paisajes de Islandia invitan a soñar sin luz en invierno y sin noche en verano.

Por Carmina Balaguer Visitar Islandia es sumergirse en las auroras boreales, los vientos fuertes, las historias viejas. También es recorrer glaciares, volcanes, cataratas, géiseres y caminos recónditos donde la magia brota con el recuerdo de unos vikingos que parecen no haberse ido. Es una isla habitada por duendes que susurran y cubierta por un aire que evoca la brisa patagónica. Hoy, su dosis de fantasía está en boga. Además de sus bellezas naturales, también atrae por su inquietud cultural. Es un país moderno, con wifi que llega a alta mar y colectivos que se pagan con tarjeta de crédito. Un territorio que es cuna de talentos musicales como Björk y Sigur Rós. Un punto del mundo donde la novedad aún guarda pequeños secretos: la vida de sus faros. Son 104 los faros que circundan la isla. Cada uno indomable. Cada uno con un lenguaje propio. Escucharlos es descubrir la doble cara de la isla. islandia2 Reykjavík, capital de pioneros Desde el aeropuerto de Keflavík, el mapamundi se evapora. El continente queda lejos y algo en el aire indica que lo que ocurra en esta isla quedará allí para siempre. Un camino solitario me lleva hasta Reykjavík – la capital del país – bordeando un paisaje rocoso. Son las tres de la madrugada y una fina luz da inicio al día. Afuera el viento sopla a tres grados de temperatura, aunque es primavera, el momento del año en que la noche nunca llega del todo. La ciudad se presenta toda vacía. Me pregunto si los hogares, en su interior, también lo estarán. ¿Hay vida en este rincón del mundo? Los colores de los edificios brillan eclécticos entre sí. Reykjavík es todo estilo. Calles perfectas, tiendas de última moda y cafeterías con elementos vintage, con café aguado y conversaciones intelectuales. La ciudad huele a hipster. Y no solo abandera la tendencia europea en cuanto a moda sino que también es pionera en organización y activismo social, como indicó la movilización pública que logró llevar presos a banqueros y políticos implicados en el colapso económico del 2008. islandia3 Un mapa auténtico La capital ofrece atractivos como la Iglesia de Hallgrímur, que presenta una fachada ondulada inspirada en los flujos de la lava y unas panorámicas perfectas de toda la ciudad; el edificio Harpa, centro de conferencias y de conciertos con un espectacular entramado de cristal; el Solfar – o Viajero del Sol – una escultura de Jón Gunnar Árnason que se encuentra frente al mar y es una oda a la esperanza; el museo del escultor Einar Jónsson; la Nordic House, un edificio atemporal del reconocido arquitecto finlandés Alvar Aalto; el Museo de las Sagas, ideal para sumergirse en leyendas y relatos históricos de la isla, con personajes como Ingólfur Arnarson, considerado el primer colono noruego; o la calle Laugavegur – la principal de la ciudad – con infinitas propuestas de locales. Después de visitarlos entro en el The Laundromat Café, un lugar con decoración kitsch-pop. Allí leo algunos relatos sobre la historia de la isla, poblada por la llegada de vikingos escandinavos y celtas. Se la sitúa sufriendo por la constante falta de interés de los países que la controlaban, Noruega y Dinamarca. Un olvido que también vivieron los primeros faros de la isla y que marcó el carácter islandés, construido a base de fortaleza y de rápida recuperación. También allí despliego un mapa de la isla hecho de dibujos que llaman mi atención. Algunos faros y algunos personajes fantasmagóricos: elfos, duendes y troles que son aceptados abiertamente por el inconsciente colectivo islandés. Supuestamente guardan sus casas en rincones de la isla y el mapa marca cuáles son estos lugares. Se dice que llegar a ellos es descubrir los secretos más profundos del extremo norte. Decido salir a comprobarlo. islandia4 La casa más antigua Un auto me lleva rumbo a Vík í Mýrdal – el pueblo más sureño de Islandia -. El trayecto es por la carretera número 1 – también conocida como Ring Road o carretera circular – que es la única que da la vuelta a toda la isla con una longitud de casi 1.340 km. La primera parada es Eyrarbakki, una población que vive entre la neblina y el mar. Destaca su puerto, antigua puerta de entrada del comercio en la región sur y que cayó en desuso en el siglo XIX. El lugar ha permanecido como centro de interés al mantener la vivienda más antigua de todo el país –Húsið, «la casa»- de influencias noruegas, datada de 1765. islandia7 Caminar por las contadas calles de Eyrarbakki es pisar el pasado. No hay ni un alma. Solo un faro a lo lejos – el Baugsstadaviti, situado al este de la localidad de Stokkseyri – y quién sabe si tres o cuatro duendes. La carretera lleva hasta Skógafoss, una de las cascadas más grandes del país –con una anchura de 25 metros– que se puede recorrer por detrás y que da inicio a rutas de trekking hacia el interior, las tierras altas de Landmannalaugar. En los días de verano soleados Skógafoss es seducida por un arcoiris. Sigo por la Ring Road con una constante: los espacios de silencio, la falta de autos, de hoteles, de restaurantes. Las vistas armónicas. Casi no hay presencia humana, ni animal. Islandia es el vacío. Llego cerca de Vík í Mýrdal y camino hacia un pequeño monte donde se encuentra el faro Dyrhólaey, de un hormigón blanco que concuerda con un poco de nieve alrededor. Desde allí, las vistas a la playa –de una impactante arena negra de origen volcánico– son excelentes. También destacan los tres farallones Reynisdrangur, de más de 60 metros de altura. La leyenda cuenta que en su origen las enormes piedras fueron tres troles y éstos se petrificaron después de ser tocados por los rayos del sol. Mi imaginación ve alguno de ellos en los alrededores de la playa y junto a algunos caballos, custodiando a sus compatriotas farallones. Después de una hora y media de ruta inhóspita aparece el Parque Nacional de Vatnajökull –el más extenso de Europa, con una superficie de 12.000 km2– que fue constituido en el 2008 incluyendo otros dos parques nacionales, el Jökulsárgljúfur y el Skaftafell. Es el primer contacto con el glaciar que lleva el mismo nombre –Vatnajökull–, que ocupa el 8% de la superficie del país y se encuentra sobre una cadena de volcanes de casi 2.000 metros de altura. La zona es una combinación inquietante de hielo, agua, viento y tierra y –cuando hay erupciones– fuego y lava. Varias actividades se pueden realizar en su entorno, como trekking con crampones para conocer algunas partes del glaciar. islandia6 A bordo de Sigur Rós Regreso a Reykjavík –mi base de operaciones en este viaje por la isla– para preparar una nueva partida. Esta vez hacia parajes aún más salvajes, los Westfjords o Fiordos del Oeste. Después de cruzar el túnel de Hvalfjorður –fiordo de las ballenas– y manejar hacia Borgarnes, llego a Stykkishólmur, un municipio portuario de solo 10 km2. La poesía del sur, de Vík y los farallones, ahora se convierte en desolación. Algunos operarios acercan un ferry hasta tierra, atan sus cuerdas, abren sus puertas. A los costados, un par de barcos maniobran mercancías. Hay vida en este pueblo, pero es reducida, mecánica, solitaria. El recorrido en ferry es de vientos fuertes, de un frío que se filtra en mi ropa de esquí. Recordar que es primavera es casi una burla. A medio camino, llegamos a Flatey –isla plana en islandés–, la isla más grande de un archipiélago de cuarenta islotes situados en el fiordo Breiðafjörður en la parte noroeste. Sin embargo, Flatey es de solo 2 km. de largo y de 1 km. de ancho. Se cuentan poco más de doce casas –ocupadas principalmente en verano– y se dice que en invierno la población total es de cinco personas. Flatey es una pintura, un rincón lírico del planeta, con la mayoría de sus casas de chapa colorida que datan del siglo XIX. Algunas de ellas están renovadas como es el Hotel Flatey, que ofrece un restaurante con producto local. El ferry sigue su recorrido hasta Brjanslækur, en el sur de los fiordos. Desde allí, de­sembarco el auto y empiezo a perderme. Mi único compañero es el álbum Takk de Sigur Rós, con el tema Hoppípolla en loop. Ya no es posible seguir conociendo Islandia sin él. Los paisajes vírgenes de la isla resuenan perfectos con el clima íntimo de esta banda. En este rincón del mundo –que da la impresión de estar inexplorado– hasta los duendes caminan con cautela. Antes de llegar a los acantilados de Látrabjarg, decido pasar la noche a la intemperie, bajo el resguardo de una carpa. Pero la neblina es intensa y, para mi sorpresa, una forma anaranjada sobresale al costado de la carretera. Se trata de una pequeña casa en forma de búnker con dos camas perfectas para pasar la noche. A la mañana siguiente, descubro un libro en una de las mesitas. En él se leen frases de viajeros que alguna vez se refugiaron en el mismo lugar. Desde entonces, una frase en catalán –mi lengua materna– quedará escrita en él para la posteridad. El camino sigue con playas de arenas blancas hacia los acantilados de Látrabjarg –de una longitud de hasta 14 km. con elevaciones que llegan a 440 metros–, que son conocidos por cobijar millones de aves marinas. La aventura termina en el punto más oeste del país, donde espera el faro Bjargtangar. En el camino de regreso paro en algunos baños termales naturales bajo el sol de medianoche. No están a la vista, hay que encontrarlos, o ellos lo encuentran a uno. islandia8 La gran grieta A la mañana siguiente el vapor geotermal enlaza con un nuevo recorrido –el conocido Círculo Dorado– una ruta de unos 300 km. que entra en el corazón de la isla. La primera parada es Kerið, un cráter volcánico que ahora es lago. Lo sigue el Parque Nacional Thingvellir, un valle declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 2004 y que destaca por su impronta histórica y geográfica. Algunas fuentes lo citan como el lugar que albergó una de las instituciones parlamentarias más antiguas del mundo –el Alþingi– que data del año 930. También presenta la fisura entre dos placas tectónicas, la norteamericana y la euroasiática. Fallas, grietas y hasta un cañón atraviesan la zona. Caminarla es sumergirse en una herida abierta, la de la creación de la isla. El siguiente paso es la espectacular Gullfoss –Cascada Dorada en islandés– en el cañón del río Hvitá. Ésta cae en dos saltos y en una grieta de 32 metros de profundidad, que tiene 20 metros de ancho y 2,5 km. de largo. Su caudal invita a imaginar que los duendes no tienen miedo al precipicio. Y que tal vez sean ellos los encargados de orquestar el sonido estremecedor del agua. Por último, la ruta llega a Haukadalur, un valle geotermal conocido por sus fuentes termales y donde se encuentra el Gran Geysir, considerado el padre de todos los géiseres y el responsable de dar nombre a este fenómeno natural. La palabra «geysir» es una derivación del verbo islandés «gjósa», que significa erupcionar. islandia9 La zona cuenta con instalaciones turísticas para resguardarse del frío, así como un pequeño museo que da a conocer el origen de los géiseres. Éstos tienen vida en zonas volcánicas, cuando las aguas que se encuentran en el subsuelo son calentadas por las rocas que, a su vez, han absorbido el calor del magma. Así el agua se volatiliza y emerge a la superficie a través de rocas porosas, creando espectaculares fuentes como el Strokkur – que entra en erupción cada 4-8 minutos y alcanza una altura de 30 metros – y el Gran Geysir – que ha tenido erupciones de hasta 80 metros. Durante toda la visita persiste un olor a huevo podrido en el aire, resultado del azufre de las fuentes termales. Un aroma que con el tiempo aprendo a apreciar y que al llegar a Hveragerði ya no me incomoda. Esta pequeña población a unos 45 km. de Reykjavík se encuentra en la región sur del país y fuera de la ruta del Círculo Dorado. Su nombre en islandés indica el sentir poético de la isla. Hveragerði – o Jardín de Fumarolas en islandés, siendo «Hver» la denominación para Aguas Calientes – es la puerta de entrada a un valle geotermal de aspecto fantasmagórico. Éste es parte del área del volcán Hengill, que está geotermalmente activo. La intención es hacer un trekking por las montañas de los alrededores y llegar a un pequeño lago de agua termal. Sin embargo, las malas condiciones climáticas del día me impiden llegar al destino final, así que elijo una piedra para sentarme y observar la turbulencia del paisaje, un sinfín de fuentes que emergen y se apagan. Es una sinfonía hecha de vapor, de orificios por donde se escapan cortas ráfagas de agua caliente y que rompen el aire frío. La tierra, en este punto del planeta, se agita viva. Quién sabe si, en realidad, no son los duendes que exhalan con libertad. A pesar de mi mala suerte con el clima, Hveragerði es considerado un lugar óptimo para la plantación de flores, frutas y hortalizas. Sus abundantes minerales y las condiciones geotermales de la zona hacen que el valle viva en un microclima y sea idóneo para la instalación de invernaderos, que reciben el calor de las aguas termales del volcán Hengill. El regreso a Reykjavík es en auto y por caminos despoblados. Paro en el lago Hafravatn, de color plata metálico y de carácter tímido. Varias nubes juegan a acercarse y a alejarse sobre él, tal vez por orden de sus aguas y de los elfos que habitan en ella. Sonrío sintiéndome cómplice de todos ellos, pues empiezo a comprender el lenguaje de Islandia. islandia10 La cara del invierno Regreso a Reykjavík unos meses más tarde. Ahora, para conocer la ciudad en su faceta invernal. Elijo un faro para adentrarme a esta nueva cara de la isla, la del viento aún más frío, la de la falta de luz, la del enigma. El faro de Grótta –que es un importante nido de aves en verano– se encuentra a las afueras de la capital, al final de la población de Seltjarnarnes. Llego a él sumergida en una atmósfera de tono azul turquesa, pues así son las tres horas de luz en invierno. A lo lejos se enfoca el glaciar Snæfellsjökull, conocido por la novela de Julio Verne Viaje al centro de la Tierra. Y en el lateral derecho, las luces diluidas de la cosmopolita Reykjavík. Aguardo hasta que es de noche. Las condiciones metereológicas destapan el inicio de una aurora boreal. Una cenefa de color gris cubre el cielo tímidamente. Parece polvo o una pincelada despistada. Aprieto el objetivo de la cámara y, para mi sorpresa, la aurora adquiere un tono verde y brillante en la fotografía. Me pregunto a qué se debe el cambio de color. Tal vez sea obra de los duendes. O de los troles. O de la magia de Islandia. visiticeland.com  
SUSCRIBITE A NUESTRA NEWSLETTER!