La ruta del yoga.

La ruta del yoga.

La variedad de paisajes de América del Sur es perfecta para plantar nuestro cuerpo y entregarnos a la meditación. En esta crónica viajamos por rincones que inspiran, acompañados del yoga.

Texto y fotos por Carmina Balaguer "No los corra, señorita, la están protegiendo”. El guarda de la entrada me aconsejó no echar a los tres perros del camino. Aparecieron de la nada, descuidados, aparentemente distraídos. Los tres animales estaban al servicio del viajero y, según este señor de aspecto mundano y voz rasposa, me guiarían en toda la travesía. Rarezas del Uritorco, pensé. La montaña (de 1.949 metros, ubicada en la población de Capilla del Monte, en las Sierras Chicas de Córdoba) es conocida por sus leyendas y sus misterios esotéricos, en los que supuestamente los OVNIs ponen base. Sin embargo, lo que me atraía de ella era su legado comechingón y la conexión que estos pueblos originarios tenían con los astros. Llegué al Uritorco a primera hora de la mañana y, un poco incrédula, me propuse subirlo esperando encontrar algún mensaje revelador que me arreglara un poco la vida. Encaré el sendero curiosa, hasta que frené abatida por el sol y los perros me indicaron dónde descansar. Entendí que no llegaría a la cima sin la ayuda de estos bondadosos animales, así que me entregué a ellos. El camino desplegó miles de piedras de cuarzo blanco, así como hoyos que en el pasado fueron usados como morteros por los comechingones. Se mezclaban unos y otros, creando un lindo contraste entre forma y vacío. A medida que me acercaba a la cima, la cuesta se despojaba de arbustos y el color de la tierra adquiría una tonalidad única. La montaña perdía carácter, dejando paso a un paisaje armónico marcado por etapas: el Mirador del Caminante, la Posta del Silencio, la Quebrada del Viento y otros nombres enigmáticos. Cuando llegué a la cima me instalé bajo una enorme roca y entré en estado meditativo. Fue en ese instante que me acordé de una carta, regalada por un ser querido antes de partir en viaje. “Leela cuando salgas al monte”, me dijo. Encarando el viento, la saqué del bolsillo y la desdoblé. Era un mensaje personal. “Si abriste esta carta, es porque te encontrás en un lugar especial. Argentina te está esperando” rezaba el mensaje. Era nueva en estas tierras y, desde arriba del Uritorco, Argentina se volvía infinita. Así que decidí lanzarme a explorarla, sin reglas, sin dogmas, con una única herramienta en la mochila: el yoga. Sin saberlo, empezaba un largo viaje, donde la intuición me llevaría a descubrir los mejores paisajes del país y de Sudamérica para la práctica de esta disciplina. Corrí hasta el centro y me subí al primer ómnibus que pasó. Una invitación me llevó hasta Tanti, otro pueblo en el Valle de Punilla, en plenas Sierras Grandes de Córdoba. Me instalé en una quinta con vistas a Alta Gracia y al cerro Pan de Azúcar, alojada por el ritmo jovial de una familia numerosa. En Tanti la mayoría de los caminos seguían cubiertos de piedras de cuarzo blanco, pues en los alrededores se encontraba una pequeña mina explotada. Era algo recurrente en la zona, que actualmente ofrece circuitos alternativos de turismo minero. Tanti (“lugar del encuentro” en quechua) me entregó muchas tardes en honor a su nombre, disfrutando de largas charlas donde crecía la curiosidad por seguir conociendo las comunidades originarias del pasado. ¿Cuál era el sentido de su vida? ¿Cuál es el nuestro? Preguntas retóricas que me llevé al caminar en solitario, observando el goteo infinito de la lluvia y perdiéndome entre caballos salvajes. Empezaba a amar las Sierras, hechas de montículos áridos que se organizaban sinuosamente, sin demasiada altura. Era un paisaje sencillo, familiar, con miles de detalles que me invitaban a tener más preguntas. Practicar yoga en ese estado (y sobre el piso inclinado de la sierra) fue más un desafío que un alivio. La ley del tábano Lo que me llevó a Chile fue las ganas de cruzar fronteras. En todos los sentidos. Descendí hasta la Patagonia por tierra, recorriendo los viñedos de Mendoza y cruzando la Cordillera de los Andes por el Paso internacional Los Libertadores. Tardé una noche entera en llegar a la ciudad de Osorno, desde donde tomé un colectivo local por caminos de tierra que me adentraron a la Región de Los Lagos. Quería seguir incomunicada y un retiro en el Lago Rupanco sería la mejor opción. De origen mapuche, el nombre de este lago evoca a sus “aguas revueltas”. Y así fue la bienvenida: bulliciosa. Mi visita coincidía con una plaga anual de tábanos que circundaba el lago. Corrían agresivos, molestando como pensamientos virulentos que, precisamente, venía a limpiar en este refugio. Sin otra opción, aprendí a meditar en medio de todos ellos, comprendiendo sus leyes, sus caprichos, convirtiendo su vuelo turbio en un mantra armonioso. Cuando no meditaba, ayunaba y cuando no ayunaba realizaba pequeños trekking con vistas al volcán Puntiagudo, uno de los más de diez volcanes de la zona y que se eleva entre los lagos Rupanco y Todos los Santos, limitando con el Parque nacional Vicente Pérez Rosales. Como su nombre indica, el volcán es de punta afilada, casi amenazadora. Las clases de yoga se intercalaban con tardes de estudio en una cabaña y con algunos baños en el lago. Una madrugada, después de una larga meditación, me sumergí en él. Nadé en un paisaje que estaba en transición, rodeada de cerros que se despertaban saludando a Argentina, de un lado, y a Chile, del otro. Los monstruos del lago Volví a cruzar la Cordillera de los Andes para regresar a Argentina y descubrir sus lagos patagónicos. Me ubiqué en San Carlos de Bariloche, capital de la provincia de Río Negro y sede del Parque Nacional Nahuel Huapi. El primer baño fue en el Lago Nahuel Huapi (de origen mapuche) quien me invitó a soñar, y a inquietarme. Algunas leyendas indígenas relacionaban este lago con un monstruo de forma serpentina, conocido como Nahuelito. No lo vislumbré, aunque sus frías aguas me presentaron otros monstruos, los míos propios. Desde allí, me trasladé a Villa La Angostura para iniciar el Camino de los Siete Lagos que, como su nombre anticipa, acoge siete lagos principales a lo largo de 110 km, uniendo las poblaciones de Villa La Angostura y San Martín de los Andes. Todos ellos, de origen glaciar y de un azul intenso. Elegí el Lago Espejo Chico para plantar la carpa y recorrer la zona. Desde allí, descubrí un sendero que llevaba al Cerro La Mona. Era una ruta secundaria, hecha de riachuelos, bosques y con un tramo final de tierra blanda en el que cada paso adelante se hundía hacia atrás, convirtiendo el camino en un bucle sin fin. Después de varios intentos conseguí estar en la cima y observar sus vistas fronterizas. Durante unos minutos, tuve Chile en el horizonte, y Argentina en los pies. Fue un logro rápido, sin demasiado tiempo para la meditación, pues faltaban pocas horas para que cayera el sol y el regreso era largo. La cultura del silencio Del sur viajé al norte argentino, llegando a Yavi, una chica población de adobe a 17 km de la frontera con Bolivia. Caminé hasta la Casona de los Marqueses y visité la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia. Dentro de ella, se guardaban algunos objetos que explicaban la historia del Marquesado de Yavi, el único título nobiliario concedido por la Corona española en este territorio. Elegí un libro al azar y lo abrí también buscando suerte. “Un pueblo tendrá conciencia colectiva en la medida que vaya interiorizando los condicionamientos de su propio ser”, decía el párrafo. Jesús Olmedo Rivera escribió “La cultura del silencio en América Latina” para describir la historia reciente de los amerindios –o indígenas americanos– interpretando su silencio como un grito de lucha. Interiorizar y gritar eran dos conceptos que también me inquietaban y que, salvando las diferencias, interesaban a la mayoría de viajeros. ¿Cuántos de los que viajaban se movían para gritar? O ¿cuántos de los que viajaban lo hacían para evitar gritar? Me llevé estas preguntas a una pequeña laguna, a la que tuve que acceder después de un par de horas de caminata, apunada por la altura y cobijada por un grupo de cardones. En el horizonte aparecían unos cerros ondulados que crecían y decrecían en mi imaginación, siendo un efecto provocado por el mal de altura. Mareada, decidí reposar en la laguna, en la que no me metí, pues su tono era marrón. Después de un largo rato, inicié mi práctica de yoga, en silencio, como un grito solitario. Poco a poco, el color del agua empezó a variar. El marrón se convirtió en azul y el horizonte se transformó en un paisaje fijo. Un lago elevado La siguiente parada fue en el lago navegable más alto del mundo, el Titicaca, dividido entre Bolivia y Perú. Me cautivaron sus aguas a 3.812 metros de altura y sus leyendas previas al imperio Inca, como la de Inti o el dios Sol, cuyas lágrimas se convirtieron en lago, o como la de Mu, un antiguo continente desaparecido antes de la Atlántida y cuyos descendientes alcanzaron los brazos del Titicaca para crear las bases de una primera civilización. Me instalé en la Isla del Sol, la más grande del lago y cuyo nombre original “Titikaka” pasaría a definir todo el lago. En la parte norte de la isla se encontraba la Roca Sagrada, que tenía la forma de un puma, uno de los tres animales sagrados de la cosmovisión andina que se identifica con lo terrenal, la fuerza y la sabiduría. Algunas crónicas hablan de esta piedra como el punto de partida de Manco Cápac y Mama Ocllo (considerada la primera pareja de incas) para la fundación de la ciudad de Cuzco, Perú. Cuando los grupos turísticos se fueron, caminé hasta un pequeño montículo desde el cual se podía ver todo el brazo de la isla. Empezaba a caer el sol y su silueta se alargaba poco a poco. Allí, envuelta por las leyendas y la magia del Titicaca, encontré uno de los mejores paisajes para fundirme en la práctica del yoga. El amanecer, el ocaso y su diálogo Inspirada por el encanto del lago y de sus tradiciones ancestrales, me dirigí hasta Puno (Perú) para seguir explorando las islas del lago, ahora desde su otro costado. Me instalé en Amantaní (una isla habitada desde la época pre Inca) y concretamente en Occosuyo, una de las diez comunidades de la isla. Frente al pueblo había una pequeña playa de piedras desde la que descubrí dos colinas. Se trataba de dos templos de piedra que seguían la cosmovisión andina. El Pachamama (situado a la izquierda) estaba dedicado a la madre tierra o a los aspectos femeninos del mundo. El Pachatata (situado a la derecha) honraba los aspectos masculinos de la vida. En él se encontraba un monumento de piedra desde donde el ocaso era perfecto, dejando entrar el sol por su puerta. Me acerqué a los dos, en el ocaso y en el amanecer, y los observé mientras ambos se observaban el uno al otro. Con miedo a interrumpir un entorno tan imponente, decidí meditar sin realizar ninguna serie de yoga. Viviendo a contracorriente Las islas del Titicaca me llevaron a Cuzco, ciudad base del Valle Sagrado de los Incas, en la que se encontraban asentamientos arqueológicos de interés histórico como Pisaq, Ollantaytambo, Maras-Moray y Machu Picchu, entre muchos otros. Desde Cuzco salían cuatro suyos (caminos) que marcaban los cuatro puntos cardinales del imperio inca (Tawantinsuyu). Me desvié de ellos y me instalé en la modesta población de Urubamba, en pleno valle y al margen del río que llevaba el mismo nombre. Sin presentar el encanto de otros pueblos andinos, este lugar me atrapó, pues me hizo descubrir que vivir a contracorriente era posible. Lo lograba el mismo Urubamba, un río de caudal abrupto, revuelto y de baño peligroso. Si la mayoría de los ríos seguían su curso de norte a sur, éste lo hacía a contracorriente, concretamente en dirección sudoeste, cumpliendo la creencia de algunas tradiciones andinas según las cuales todas las aguas que fluyen a contracorriente son sagradas. Las jornadas a la orilla de este río estuvieron plenas de asanas, mantras y escritura. Un mantra en las alturas El temblor del río Urubamba me empujó a seguir en viaje y a ejercitar los pies. Una caminata en la Cordillera Blanca (cadena montañosa que cuenta con más de 700 glaciares y que es considerada Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO) resultó ideal para mis ansias. El llamado trekking Santa Cruz se adentraba al Parque Nacional Huascarán (en la Región Ancash de Perú) y presentaba un camino de cuatro días repleto de picos nevados, glaciares y lagunas de un azul turquesa. Caminar hasta 4.750 m. de altura fue un desafío, pero también lo fue pasar tres noches en una carpa llena de agujeros, en vela y con prácticas de yoga torpes. La última mañana, después de que la neblina dejara su rastro, el paisaje se presentó diferente, más desértico, como si de un antiguo lago evaporado se tratara. Algo en esa escena empezó a trazar un punto y final. Recordé que, en la Antigüedad, los caminos de Santa Cruz fueron parte de las rutas secundarias incas y preincaicas que conectaban con Machu Picchu. Así, lo que caminé en esas jornadas fue un tramo por el que pasaron los peregrinos que iban a Chavín de Huántar, un sitio arqueológico que operó como centro administrativo y religioso de la cultura chavín, del Antiguo Perú. También, recordé las palabras con las que me recibió el guía que me acompañó en la travesía, un tipo sin ningún rasgo espiritual: “Si estás aquí es porque en realidad estás buscando respuestas”. Después de cuatro meses en viaje, había encontrado las mías, pensé. Y el yoga, practicado con Sudamérica como escenario de fondo, me había ayudado a encontrarlas.
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