Montreal: Al sur de la frontera, al oeste del sol.

Montreal: Al sur de la frontera, al oeste del sol.

Francófona, descontracturada, vanguardista, bohemia, insular, la bella Montreal nos atrae magnética hacia sus encantos. Infamada en los ´20 como Sin City, reinventada y modernizada en los ´60, transformada en capital cultural en los ´80, esta ciudad se transmuta cada verano para ofrecer una fiesta continuada en las calles, cocinas del mundo y el mejor jazz.

Por Daniela Monje

Hay una escena, en aque­lla vieja película de Wim Wenders “Until the end of the world”, en la que se nos presenta una máquina que permite compartir -con quien no ha podido ver- la extravagante colección de imágenes, sensaciones y recuerdos que un viajero trae, casi como una ofrenda, tras una errática travesía alrededor del mundo. Mientras escribo estas páginas siento que algo de aquella ficción se reedita en la bitácora de quien viaja. Hay lugares, personas y expe­riencias sensoriales muy diversas que aparecen grabadas con mayor nitidez, que se despegan del fondo y tornan singular aquella vivencia. La primera imagen que grabo cuando salgo a caminar por las calles de Montreal es la siguiente: la gente va de la mano. Hay parejas de todas las edades, que caminan con aire distendido por esas calles florecidas y radiantes que renacen cada primavera, luego de inviernos de -30 grados. Es un modo de ser social sin dudas, porque la escena se repetirá luego en muchos lugares de la ciudad. La segunda instantánea aparece a pocos metros: tres jóvenes han estacionado una van colorida y se disponen a grafitear en una pared pública, pero tienen cuidado de enmascarar la vereda, los postes, las paredes lindantes. Es extrañamente civilizado. La tercera imagen es la que sigue: en menos de una cuadra me cruzo con un Porsche Boxster, un Jaguar convertible y con varias carrozas tiradas por caballos en las que se pasean turistas. A pocos pasos, en la entrada de la estación de metro, puedo leer que el sistema integrado de transporte público de la ciudad se denomina mouvement collectif. Es un contraste. Montreal, como cualquier ciudad, aloja los extremos, pero a diferencia de muchas otras logra una combinación virtuosa para afrontar esta alternancia. Con inviernos en los que la temperatura desciende a -37 grados y veranos húmedos y sol pleno que elevan la térmica a los 37 grados, esta ciudad y su gente han debido realizar un importante esfuerzo de adaptación: la llamada ciudad subterránea (RÈSO) es un ejemplo de ello. Se trata de un tendido de alrededor de 30 kilómetros de peatonales y líneas de metro que recorren una extensa zona de la ciudad y se imbrican con entradas a edificios públicos y paseos comerciales, evitando la salida a la intemperie en los meses en que la nieve alcanza los cuatro metros en la superficie. Se calcula la existencia de unos 1.600 comercios bajo tierra, lo cual convierte a RÈSO en el mayor centro comercial subterráneo del mundo. A la hostilidad de la estación fría se contraponen el esplendor de una primavera amable y un verano por momentos sofocante, en los que los jardines florecen y los balcones reverdecen exhibiendo colores y texturas definidos e intensos y de una belleza que conmueve. montreal2 Algunos la llaman la Latinoamérica del norte, por su carácter descontracturado y amable. Otros, en cambio, dirán que combina un aire neoyorkino que la torna moderna y vanguardista con el encanto bohemio de las callejuelas y cafés parisinos. Y ninguno se equivoca. Montreal es además una cuidad multicultural, francófona en general, anglófona hacia el oeste y multilingüe si transitamos por bares, centros comerciales, museos y centros de esparcimiento. En efecto hay una fuerte mixtura en sus orígenes. La bandera de la ciudad conjuga la herencia de las conquistas y migraciones que conforman su identidad: Francia, Inglaterra, Escocia e Irlanda. Pero además la historia de la isla de Montreal, antes incluso de adoptar el nombre del Monte Real, indica que allí existió al menos hasta fines del 1500 una aldea iroquesa llamada Hochelaga. Esa huella nativa persiste en los relatos y en la memoria cultural. montreal3 Montreal resulta cautivante y atractiva como destino turístico por muchos motivos, pero fundamentalmente porque es una capital multicultural. Esta riqueza y diversidad se manifiesta en su fisonomía urbana, en sus comidas y bebidas, en sus barrios (como el Ba­rrio Chino, el Barrio Latino, La Pequeña Italia, el Barrio Internacional, la Villa Gay), en sus festivales de verano, en su música, en la gran cantidad de museos que posee y en las actividades recreativas y deportivas que la caracterizan. Para recorrerla y experimentarla no alcan­zan un par de días, hay muchos itinerarios clásicos pero también otros alternativos que van surgiendo a medida que uno se relaja y decide dejarse llevar, conmoverse y asombrarse por una ciudad que propone expe­riencias sensoriales y estéticas de modo ininte­rrumpido. Un día cualquiera puede iniciar con un paseo en bicicleta que nos lleve desde el Viejo Montreal hasta el Jardín Botánico (que, vale aclarar, es el segundo en importancia a nivel mundial). Esto es posible porque la ciudad está tramada con kilóme­tros de ciclovías que pueden recorrerse con una bicicleta propia o una de alquiler. Hay estaciones de retiro de bicicletas distribuidas en puntos clave de la ciudad y se alquilan por unos pocos dólares canadienses. En ese paseo podemos recorrer diferentes parques y lugares, entre ellos el Parque La Fontaine, un retiro amable y tranquilo cuya especial curiosidad son las ardillitas que se asoman y caminan entre los árboles y que se acercan amigables a recuperar algún trozo de galleta o frutas que los caminantes y los niños les ofrecen. O quizás el recorrido pueda llevarnos -mediante una eficiente conexión entre metro y ciclovías- al Parque Jean-Drapeau emplazado en la Isla de Santa Helena, desde donde podremos apreciar uno de los íconos de la ciudad: su Bios­phére, un museo dedicado al ambiente y que consiste en un domo geodésico con apariencia de una gran esfera-red de metal, diseñada en la década del ´60 por Fuller. Muy cerca de allí, sólo a la distancia de unos 300 metros y tras cruzar uno de los tantos puentes que enlazan las islas, llegamos al Circuito Gilles Villeneuve, sede del Gran Premio de Canadá de la serie Fórmula 1 y de la Champ Car World Series. montreal4 Si la opción es una caminata diurna, quizás la zona del puerto, en el Viejo Montreal, resulte la más atractiva por su antigua fisonomía colonial y el encanto bohemio de bares, restaurantes, música, artistas callejeros y una gran variedad de artesanías y espacios de diseño de indumentaria. Resulta especialmente ori­ginal el puesto de artesanía Inuit, creada por los pueblos esquimales. Si el paseo es nocturno, el viejo puerto también ofrece restaurantes con músicos en vivo y en particular, algo de buen jazz. Pero la Montreal nocturna se despliega también en Peel y Mc Gill y en la Calle Berri, donde se encuentran la mayor cantidad de bares y pubs de la ciudad. Los recomendados en esa zona suelen ser Saint Suplice en Berri, Peel Pub en Peel y Brutopía en Crescent. Sin embargo, es mejor hacer la experiencia flaneür y transitar esas calles nocturnas para descubrir otros sitios y experiencias. En verano, por ejemplo, en la propia Berri, se monta un festival de circo callejero que se despliega a lo largo de cinco cuadras aproximadamente. Lo integran todas las academias y escuelas de circo de la ciudad y como no podía ser de otro modo, los alumnos y maestros del Cirque du Soleil, cuya cuna es Montreal. Es casi una experiencia onírica llegar a la calle Berri desprevenido y toparse con funambuleros y malabaristas, con lanza­llamas y clowns, y una algarabía popular que desborda las calles. También en verano, entre fines junio y julio, tienen lugar una gran cantidad de festivales callejeros, algunos de los cuales son de renombre mundial, tales como el Festival Internacional de Jazz, el Festival de Humor Just Pour Rire, el Festival de fuegos artificiales de Loto-Quebec o los Francofolies. A esto se le agregan conciertos líricos, Festival de música Afro y otros. Por ejemplo, en el mes de julio tienen lugar durante la misma semana el Festival Just Pour Rire que se ins­tala en la zona conocida como Place des Arts, con espectáculos al aire libre y comidas al paso, el festival de fuegos artificiales que tiene lugar miércoles y domingos en La Ronda, el festival de circo y el de música Afro. De modo que quien transita por esas calles céntricas, ingresa a una suerte de “panorama” en el que se proponen escenas y experiencias artísticas y sensoriales muy diversas, de gran calidad y cuyo efecto no puede ser otro que la euforia, la sensación de que se está en el medio de una gran celebración que no tiene visos de un final. montreal5 Claro que se trata de Montreal y por lo tanto luego de toda esta algarabía, cuando ya se han apagado las luces y la ciudad empieza a aletargarse, todo un gran dispositivo de lim­pieza urbana hace su aparición para reponer el orden. De modo que en la mañana muy temprano (en verano amanece cerca de las seis de la mañana) parecería que esa ciudad no ha vivido una fiesta. No hay rastros de aquello en las calles, en cambio se respira un aire calmo. La comida es un capítulo aparte en Montreal debido a la gran diversidad de comunidades culturales que conviven allí. En cada barrio pueden experimentarse las recetas típicas de las comunidades de referencia, sin embargo hay algunas sugerencias imperdibles: Schuartz´s Deli, es una de ellas. Se trata de un bodegón pequeño y bastante antiguo, ubicado en la Rue Saint Laurent, famoso por su pastrami. Como el lugar es casi de culto, la gente hace cola para comer allí un buen sandwich de pastrami con pepinillos, aún cuando no es posible acompañarlo con cerveza, ya que el lugar no tiene licencia para su expendio. Otro imperdible son los productos a base de sirope de arce, una melaza o dulce que se fabrica con la sabia del arce rojo o negro y que se utiliza como bebida y como aditivo en los postres. Luego, la extraña joya de Baco es el ice wine, un vino fabricado a base de uvas que previamente se congelaron cuando aún no habían sido cosechadas. Una última imagen de Montreal, para la máquina de Wenders, bien podría ser la ciu­dad nocturna holografeada, con mappings que se reeditan en distintos edificios, que los colorean, les dan movimiento, los adornan para esa fiesta interminable que es un verano anhelado, luego de tanta nieve y oscuridad. Llegados hasta aquí, sólo resta decir: experimenta Montreal, al sur de la frontera, al oeste del sol.  
SUSCRIBITE A NUESTRA NEWSLETTER!