Monumento natural: el Grand Canyon.

Monumento natural: el Grand Canyon.

Viajamos a México para conocer la costa de Jalisco y Nayarit. Prolongamos el viaje hasta un destino no tradicional en los Estados Unidos. No iríamos a la Miami del “déme dos” ni a la Gran Manzana. La meta sería Arizona y el Grand Canyon del Colorado.

Por Guido Minerbi

Destinos tradicionales e insólitos

Los argentinos que embarcamos en Ezeiza hacia los EE.UU. solemos hacerlo con destinos previsibles y tradicionales. En tren de compras, con la modalidad autóctona del “déme dos”, vamos a Miami aun sin saber inglés, porque allí hay tantos hispanohablantes. En los ratos que las compras dejan libres, aprovechamos para ir a la playa o visitar los parques temáticos de Orlando. Si tenemos otros horizontes en mente, vamos a New York, donde no sólo se pueden hacer compras hasta cansarse y reventar las tarjetas de crédito, sino visitar espléndidos museos, galerías de arte, comer en renombrados restaurantes, disfrutar del Soho, del barrio bohemio, y deleitarse con los musicales de los teatros de Broadway. No negamos que estos destinos tradicionales nos atraigan y los disfrutemos a pleno, pero en este caso teníamos un plan totalmente distinto. Nuestro objetivo era otro: conocer un singular monumento natural del que habíamos oído hablar mucho y que, además, define al Estado de Arizona. No bien desembarcamos en el aeropuerto de Phoenix, vimos que las chapas de los autos patentados allí tienen el nombre del estado -Arizona- y el gentilicio “The Grand Canyon State” (El Estado del Gran Cañón).

Millas y largas esperas

Volamos con pasajes obtenidos gracias a millas acumuladas. La pérfida línea aérea -cuyo nombre mantenemos en reserva porque -como decían las abuelitas- “se dice el pecado pero no el pecador”- no nos dio mucha elección. Llegaríamos de la Ciudad de México en un vuelo y, hasta abordar el siguiente, tendríamos que eternizarnos seis largas horas en el aeropuerto de Dallas/Fort Worth, en Texas.

Nuestra agente de viajes nos había mirado extrañada cuando le explicamos que nos proponíamos hacer reservas para volar desde la Ciudad de México a Phoenix. “Phoenix… ¿están seguros?” nos preguntó como quien no cree lo que oye… Lo estábamos y no nos desalentó saber que deberíamos cambiar aviones y aguantar interminables esperas en gigantescos aeropuertos para acceder a tarifas pagaderas  con millas.

Para regresar de Phoenix a Buenos Aires -por ejemplo- fue preciso padecer una larga espera en el aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México donde cambiamos de avión y de línea aérea. Fueron 8 infinitas horas que ni una sala VIP hizo más llevaderas… Sin entrar en excesivos detalles, nos despertamos en Scottsdale a las 2 de la mañana para decolar a las 5. Volamos a Los Angeles, esperamos 4 horas antes de volar otras 3 hasta México. Tras 8 horas de espera y casi otras tantas hasta Ezeiza, llegamos a la Reina del Plata en estado catatónico pero felices: tanto trajín había valido la pena, ¡con creces!

Phoenix: Desierto, coyotes, Far West y el Cañón

Phoenix es una ciudad carente de mayores atractivos propios, rodeada por un árido y polvoriento desierto. Aun así es el gateway, (portón de entrada, diríamos por estos pagos) natural a la que no dudamos en calificar como una de las mayores maravillas del mundo: el Grand Canyon o Gran Cañón del Colorado, a unas tres horas de auto desde el centro. 

Pasamos la noche en una ciudad satélite de Phoenix, Scottsdale, en cuyos alrededores y jardines regados artificialmente merodean los coyotes que tienen su hábitat en el desierto. Salimos temprano en auto, antes de que el rush hour de los fines de semana comenzara a congestionar la moderna red de autopistas.

Ya lejos de la ciudad y del tránsito, hicimos un alto para desayunar en un local muy típico parecido a un saloon del Lejano Oeste, con una antigua carreta como las que, dispuestas en círculo, servían de baluarte contra el ataque de los indios. Nos encontrábamos en el corazón del emblemático Far West. En lugar de apearnos sudorosos de cansados caballos y atar las riendas a un palenque, lo hicimos de una cómoda camioneta 4x4 con poderoso -e imprescindible- aire acondicionado. En verano, en Arizona, el calor es intenso ¡y no da tregua! Nos abalanzamos sobre un desayuno muy western, donde abundaron huevos fritos sunny side up (con la parte soleada -la yema- hacia arriba), crocante tocino, salchichas picantes, panqueques con arándanos y tradicional jarabe de maple, árbol cuya hoja flamea en la bandera blanca y roja de Canadá.

Vistas del Far West

canyon3Otra hora de autopista: empezamos a divisar sierras y formaciones rocosas de contornos extraños y muy caprichosos. Serían las 10:30 cuando entramos al típico pueblo de Sedona. Los alrededores -desierto arenoso,  descomunales cactus y rocas rojizas- nos parecieron conocidos… ¡y lo eran! Los habíamos visto, siendo adolescentes, como set natural de docenas de películas de cowboys, protagonizadas por John Wayne, Gary Cooper, Burt Lancaster y Kirk Douglas.

De Sedona en más, empezamos a admirar grandes concentraciones de cactus gigantescos: en español se llaman saguaros y, en inglés, sahuaros. Son como obeliscos verdes, estilizados, que otorgan al territorio un perfil sin igual, como no se podría apreciar en otras latitudes. Hacía muchísimo calor y no parábamos de tomar agua para hidratarnos: era como que el aire acondicionado del vehículo no alcanzara. Tras cada curva del camino -habíamos salido de la autopista- el panorama iba cambiando continuamente. Los saguaros que apuntaban al cielo, algunos con enormes flores amarillas, surgían como torres entre formaciones rocosas atractivas e insólitas que nos forzaban a parar el auto cada tanto para tomar fotos y documentar algo tan desacostumbrado para nosotros.

Oasis artificial en el medio del desierto

La sed, por el calor y la sequedad del aire, iba en aumento. De pronto -sobre la izquierda- comenzamos a divisar lo que parecía ser un gran lago de aguas muy azules y, sin decirlo en voz alta para no hacer un papelón, pensamos que podría tratarse de un traicionero espejismo. Pero no: los espejismos suelen aparecer enmarcados por umbrosas palmeras y no por mástiles de veleros deportivos. Al rato estábamos disfrutando de una limonada fresca con hojas de menta y de la vista (y el aire acondicionado) desde el salón de la confitería situada en una colina al lado del panorámico lago artificial Powell, creado por una represa río abajo.

El Grand Canyon

A principios de año habíamos disfrutado de un crucero a la Antártida y habíamos quedado boquiabiertos y sin palabras: el impacto de la Naturaleza había sido impresionante y nos habían faltado adjetivos para describirlo. La vista del Grand Canyon tuvo el mismo efecto. ¡Enmudecimos! La impresión fue tan fuerte que nos dejó anonadados, con la única diferencia de que en el cañón hacía unos 47º C a la sombra y “allá abajo” -18º C en pleno sol.

El Parque Nacional del Grand Canyon fue creado en 1919, y es el número quince en orden de creación en los EE.UU. Al ser domingo, tuvimos la suerte de que nos bonificaran la entrada, que normalmente cuesta 10 dólares por adulto. Tras unas amplias curvas, a lo lejos, empezamos a divisar el cañón. Grandes playas de estacionamiento permiten dejar el auto en pleno sol, de modo que -al regresar- uno lo encuentra bien “calefaccionado”. Hay un eficiente servicio de shuttle realizado durante todo el día por un ómnibus con aire acondicionado que lleva hasta el extremo del South Rim, o Borde Sur. Allí se caminan escasos cien metros hasta el borde mismo del cañón -un verdadero precipicio- para detenerse a admirar por primera vez una vista que recuerda a Jurassic Park o, para los más maduros y memoriosos, famosas documentales de Walt Disney dedicadas específicamente al Gran Cañón y al “desierto viviente” y su fauna, con el comentario musical de la Suite del Gran Cañón compuesta por Ferde Grofé.

Ante esa primera visión que se nos revelaba desde allí al iniciar la caminata de unos seis kilómetros, nos quedamos en silencio: cualquier palabra sería poca cosa para resumir un “accidente” de la Naturaleza de 446 kilómetros de largo, 29 de ancho y 1.800 m de profundidad promedio.

Pensamos en las emociones  que habrán embargado al explorador español García López de Cárdenas, el primer europeo que -en 1540- posó sus ojos ante este prodigio natural. El expedicionario -quien integraba el contingente encabezado de Francisco Vásquez de Coronado- al mando de un puñado de hombres logró que los indios locales le franquearan el paso hasta el cañón, sagrado para ellos.

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Geología práctica

Cuando de geología se habla, los ceros abundan: nada ha ocurrido ayer o antes de ayer y ni siquiera unos siglos atrás. Hay que sumar muchos ceros para llegar a una antigüedad razonable. En el caso de Gran Cañón, los científicos parecen no ponerse enteramente de acuerdo. Aparentemente, los sedimentos de roca que se encuentran más abajo podrían llegar a tener unos dos mil millones de años. El Río Colorado, según algunos, habría tardado unos 200 millones de años en erosionar y horadar las paredes del cañón. Para otros esta estimación es exagerada y el cañón habría tardado “sólo” 70 millones de años en formarse. Para hacerse una idea de cómo esto se compara con nosotros los homo sapiens, recientes estudios sitúan a nuestros Adanes y Evas unos 180.000 años atrás. Si esto es así, eran diez veces más jóvenes que el asombroso cañón.

En cada recodo del sendero -señalizado y pavimentado- parábamos para fascinarnos con una nueva vista, perspectiva o color, siempre cambiantes de acuerdo a cómo el sol impactaba en las rocas. Asomándonos al precipicio con la necesaria cautela para no despeñarnos, tratamos de ver el poderoso Río Colorado en el fondo del cañón, donde sigue tallando las rocas. Aquí y allá pudimos ver lo que lucía desde lo alto como un modesto curso de agua verdosa y serpenteante. Se nos ocurrió que los antiguos romanos -sin haber tenido la oportunidad de conocer el cañón- habían acertado en pleno con uno de sus dichos emblemáticos. Solían referirse a la virtud de la paciencia, diciendo que “gutta forat lapidem” o, en buen romance, “una gota perfora la piedra”.

Un tajo de aquí a Mar del Plata

El Río Colorado no sólo había perforado, sino dado un corte neto a la piedra, dejando una herida larga con tantos kilómetros como median entre Buenos Aires y Mar del Plata, y ancha poco menos que de Retiro a Tigre.

Desde la base del cañón a su parte superior, se acumulan distintos estratos de piedra. Los más antiguos tienen unos 1.840 millones de años y los que están, por así decirlo, “a flor de piel”, unos 270 millones. Geológicamente, una bagatela.

El territorio que rodea el cañón no es completamente desierto. Además de saguaros y coyotes, hay también cierto número de reservas indígenas, como las de la Nación Navajo, de los Hualapai, los Havasupai y los Kaibab. A estas reservas sólo se puede ingresar a través de las carreteras. Caso contrario, hay que solicitar autorización de las tribus que residen en las mismas para internarse en ellas. En muchas, los pueblos originarios han establecido lujosos casinos y, en algunos casos, hoteles para financiarse.

El sol empezaba a ponerse cuando llegamos al Grand Canyon Village, con su hermoso hotel revestido en madera. El shuttle nos devolvió al estacionamiento donde habíamos dejado el auto. Nos despedimos del cañón: las rocas, iluminadas al ras, iban revelando las distintas  tonalidades pastel de los diferentes sedimentos. Así como el día había sido intensamente soleado y caluroso, al atardecer se levantó un viento polvoriento y frío del desierto que atravesamos para regresar a Phoenix.

No volveríamos a Phoenix por la ciudad en si, pero lo haríamos para disfrutar mejor del Gran Cañón. En otra oportunidad seguiríamos los pasos de quienes, pertrechados con el calzado adecuado, se aventuran por sus laderas hasta alcanzar su fondo y refrescarse en las aguas de ese experto, ancestral minero que es el Río Colorado. 

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