Nápoles: cuna alegre y ruidosa de la nostalgia.

Nápoles: cuna alegre y ruidosa de la nostalgia.

Belleza, historia, café, mandolinas, alegría de vivir y, obviamente, pizza. Nápoles, una ciudad de emigrantes que hizo un culto de la nostalgia.

napoles2 La más griega de las ciudades italianas Los antiguos griegos procedentes de Rodas fundaron la ciudad de Parthenope en memoria de una legendaria sirena quien, muy dolida por no haber logrado atrapar a Ulises con su dulce canto, se dejó morir de tristeza. Su cuerpo flotó desde Grecia hasta Italia para llegar al islote de Megaride, en pleno corazón del que hoy es uno de los barrios napolitanos más emblemáticos: Santa Lucia. Ése, pues, fue el primer nombre de la ciudad fundada por los colonos helénicos, que perdura hasta hoy en italiano como “partenopeo”, adjetivo sinónimo de “napoletano”. A su vez, la leyenda de la sirena de canto dulcísimo sirve para explicar la extrema musicalidad de Nápoles, patria indiscutida de la “canzonetta”. Así como Buenos Aires fue fundada dos veces, otro tanto le pasó a Nápoles. Parthenope había surgido en el 800 A.C. y había crecido notablemente hasta el 680 A.C. por obra de colonos griegos que huyeron de una ciudad cercana, Cuma. Siglo y medio más tarde, la ciudad, otrora puerto de mayor importancia por su relación privilegiada con Atenas, fue palideciendo y su nombre mudó en Palépolis (del griego Palea Polis, ciudad vieja). Recién en el 474 A.C. la ciudad volvió a nacer, bautizada esta vez Nea Polis (ciudad nueva) que dio origen a su nombre italiano actual: Napoli. napoles3 Una constante: la nostalgia Cientos de canciones describen la belleza, el color y el atractivo de esta hermosa ciudad, pero ninguna puede rivalizar con Santa Lucia luntana (Santa Lucía Lejana, en dialecto napolitano). La canción en dialecto napolitano, que interpretaron Caruso, Schipa, Lanza, Pavarotti, Bocelli, el gran Roberto Murolo y Peppino di Capri entre tantos otros, comienza “Partono ‘e bastimente//pe’ terre assaje luntane//cantano a buordo://so’ Napulitane!” (Parten los navíos//hacia tierras muy lejanas//a bordo cantan//son napolitanos). Compuesta por un tal E.A. Mario, que usó el seudónimo de Giovanni Gaeta, prosigue hablando de Santa Lucia, hace referencia a la melancolía de estar lejos de allí, menciona que los napolitanos tuvieron que dejar su ciudad para buscar trabajo lejos, afirma que no se soporta estar alejado de Santa Lucia y que si bien ésta sólo tiene un poco de mar, tanto más lejos se está, tanto más hermosa parece y concluye afirmando que quien ha nacido en Nápoles es allí mismo que quiere morir… Este sentimiento de incurable nostalgia es el que produce Nápoles en los nativos y en quienes la visitan por primera vez. Hay un dicho que afirma “ver Nápoles y después morir”, no precisamente para “ir a tocar el arpa” en una nubecita blanca sin más, sino para significar que si uno no tiene más remedio que morirse algún día, antes debe ver Nápoles, que para muchos es la ciudad más hermosa del mundo. Esto puede parecer exagerado y hasta un poco fanático. Lo cierto es que el Golfo de Nápoles con sus dos perlas (las islas de Ischia y Capri) y el volcán Vesubio, cuya silueta es símbolo de la ciudad y campea en tantas pizzerías de Buenos Aires, conforman una postal inolvidable, enmarcada por un mar profundamente azul. napoles4 Alejarse para verla mejor Para ver Nápoles en su conjunto, lo mejor es alejarse un poco. A corta distancia, encaramada sobre altas barrancas rocosas asomadas al mar en el otro extremo del golfo, está Sorrento. Es una pequeña ciudad desde donde se domina la vista impactante de esa gran medialuna de mar, las islas maravillosas, la ciudad y su apretado tejido urbano, su extenso puerto y su malhumorado “guardián”, el oscuro cono perfecto del Vesubio que -en un arranque de muy mal humor- hizo erupción y sepultó bajo cenizas y lava ardiente la floreciente ciudad de Pompei (Pompeya) sin perdonarle la vida ni a uno de sus habitantes, a quienes asfixió y carbonizó en el sueño. Sorrento también tiene su canción emblemática: “Torna a Surriento” (Regresa a Sorrento). Desde la primera estrofa da la pauta de lo que sigue: Vide ‘o mare quant’é bello! Spira tantu sentimentu... (Mira qué hermoso es el mar! Inspira tanto sentimiento...). El afecto por el terruño y el sentimiento de nostalgia y añoranza están siempre presentes. napoles5 Nápoles, esencia y canciones Todo en Nápoles es característico. Desde ya se habla italiano y todos lo entienden, pero el dialecto napolitano no tiene intención de de­saparecer. Palabras diferentes, acento diferente, entonación diferente: Nápoles es quizás la ciudad italiana con más personalidad propia. Buenos Aires tiene su Corrientes 348 y lo ha plasmado en un tango inolvidable. Del mismo modo, en una localidad de Nápoles -Marechiare- hay, según la letra de una canzonetta que nos habla de que los peces hacen el amor cuando asoma allí la luna, otro hito. En este caso no es la altura de una avenida, sino una fenesta, o sea, una ventana. Y para terminar con las canciones que hacen referencia a lo más emblemático de la ciudad, ¿cómo pasar por alto la tradicional “Funiculí-funiculá” que celebra los dos funiculares que conectan los barrios bajos de la ciudad con el barrio alto, conocido como “Il Vomero”? Nápoles, ciudad para caminarla Nápoles es una ciudad para caminarla -y caminarla mucho- porque hay tanto para ver. El napolitano vive todo el día en la calle, amparado por un clima benigno y balsámico. Un paseo por la extensísima costanera (il lungomare) es imperdible. De un lado el mar muy azul, del otro grandes zonas parquizadas y edificios nobles, todo diseminado de chalets que no son viviendas sino pequeñas confiterías en gran parte al aire libre, donde reina indiscutido el mejor café del mundo. El recordado Mimmo (Domenico Modugno, que no era napolitano, sino de Polignano a Mare, en Apulia) compuso la canción ‘O Ccafè, (con dos c) cuyo estribillo reza “Ah , che bello ‘o café, sulo a Napule ‘o sanno fà” (Oh, qué hermoso es el café, sólo saben hacerlo en Nápoles…). Junto con un café, desde ya, hay que completar el festín con una exquisita factura hojaldrada, la sfogliatella o con una poderosa porción de la torta napolitana por excelencia, la pastiera. En un día de calor, uno preferirá una cerveza helada o un refresco a base de jarabes naturales, acompañados por los taralli, unas rosquitas saladas, algo picantes y apetitosas, que levantan el espíritu e invitan a seguir tomando. napoles6 La patria de la pizza Si la pizza tiene una patria, esa patria es Nápoles. El origen del nombre se pierde en la noche de los tiempos, pero los filólogos-gastrónomos afirman que “pizza” es una deformación de “pita”, el que nosotros llamamos pan árabe y los griegos, precisamente pita. La pizza original parece haberse popularizado sólo a principios de 1700 y era mucho más sencilla de la que conocemos hoy. Sólo tenía masa con una especie de salsa blanca: era comida de pobres. Pero la pizza nacional tiene padre, madrina y fecha exacta de nacimiento: Junio de 1889. Un cocinero partenopeo -Raffaele Esposito- creó la nueva pizza en honor de la Reina Margherita di Savoia (Margarita de Saboya) en ocasión de su primera visita a la ciudad. Para celebrar el acontecimiento, Esposito ideó una pizza con los colores de la bandera de la casa real: blanca, roja y verde, empleando queso, tomate y albahaca para imitarlos. Obviamente, para quedar bien con la soberana, la bautizó Pizza Margherita. La pizza ha dado la vuelta al mundo y su valor simbólico es asombroso. Comer pizza y estar entre amigos son todo uno. Las máximas autoridades municipales suelen entregar a un visitante ilustre las llaves de su ciudad en señal de hospitalidad, aprecio y respeto. En Nápoles, a la reina no le entregaron llave alguna, ¡pero le dedicaron una nueva pizza! Paseos por Nápoles Como decíamos, Nápoles es una ciudad para caminarla por tres motivos fundamentales: recorrer sus bellezas en cámara lenta, disfrutando de los napolitanos en su salsa, ruidosos, exagerados, alegres y geniales; evitar manejar en un tránsito endiablado, siempre caótico, donde la bocina se utiliza más que el acelerador, y finalmente salvarse de la imposibilidad absoluta de conseguir lugar para estacionar. Quienes diseñaron la ciudad moderna no hicieron gala de mucha estrategia: la mayor parte de los hospitales está en la zona “ospedaliera” en la parte alta que, salvo por el funicular, sólo se alcanza por dos calles no muy anchas y llenas de curvas que se abren trabajosamente camino hacia arriba. De acuerdo con las estadísticas, Nápoles es la ciudad europea donde más enfermos o accidentados fallecen en las ambulancias, porque éstas se atascan en el alocado tránsito y no llegan a tiempo al hospital. Pero el napolitano es fatalista y acepta todos estos contratiempos casi como un lógico castigo divino, a cambio de la dicha de vivir en la ciudad que adora. Pero hay otros castigos que hacen sentir su peso: en el sur de Italia la “malavita” (la criminalidad) está muy organizada. Inútil decirlo, la más organizada y antigua es la mafia siciliana. Subiendo hacia el Norte, nos encontramos con la “‘ndrangheta” calabresa. En Nápoles, finalmente, opera “la camorra”. De más está decirlo, entre Norte y Sur no hay muy buenas migas y los del Norte se refieren despectivamente al Sur -y a Nápoles en particular- como “el norte de África”. Profundas diferencias estructurales y filosóficas caracterizan estas dos Italias y marcan a fuego a sus habitantes. Un conocido ensayista y periodista milanés -Luigi Barzini- corresponsal de uno de los principales diarios peninsulares en New York, escribió un libro para explicar las características de sus compatriotas a los estadounidenses y lo tituló “The Italians”. En él retrata a los italianos del Norte y del Sur. Para el septentrional, realizarse implica hacer plata. Para el meridional, el dinero importa poco: lo que cuenta es el poder. Ser policía, juez, aduanero, inspector, director de escuela o, de pronto, portero de un edificio importante son posiciones que implican cierto poder sobre los demás: ocuparlas es ser exitoso. napoles9 Nápoles a vuelo de pájaro: sugerencias de un expresidente ¿Qué sugerir a quien dispone de pocos días para disfrutar de Nápoles? En la ciudad, caminar por el lungomare desde pleno centro, pasando por el puerto y llegando hasta el barrio de Mergellina. No perderse la Plaza Municipio, con el castillo nuevo (Castel Nuovo). En Santa Lucia, ir a conocer el Castel dell’Ovo (Casillo del Huevo) que se yergue sobre el mar y a cuyos pies se encuentra el famoso restaurante Zi’ Teresa. Es frecuente que a la hora de la cena aparezcan músicos con sus cantos, mandolinas y guitarras. Recorrer la muy comercial y refinada Via Chiaia es otra opción y luego subir en funicular hasta el barrio alto y exclusivo del Vomero. Algo para no perderse: el fabuloso Museo Arqueológico Nacional, el Palacio Real y el Teatro San Carlo, inaugurado en 1737, uno de los mayores y más renombrados de la Península. Si uno no ha navegado por el golfo, no ha conocido uno de los ámbitos más característicos de Nápoles con sus tres islas dignas de conocerse. Procida es la más cercana, populosa y popular; Capri es meta del jet-set mundial e Ischia es la más auténtica y -si se quiere- salvaje. Lo ideal sería visitarlas todas. En nuestro caso, habiendo vivido en Nápoles más de tres años, nos inclinaríamos por Ischia, por ser la menos intervenida, y recomendaríamos visitar allí el Castello d’Aragona que la domina desde lo alto de un promontorio. Hay un servicio permanente de ferries “lentos” a todas las islas desde el muelle Beverello en el puerto. También hay barcos rápidos, pero son menos característicos y, obviamente, mucho más caros. Los alrededores de Nápoles napoles7 Hay un paseo único en el mundo que implica ir en más o menos media hora de autopista hasta el sitio arqueológico de Pompei, la ciudad romana sepultada por el Vesubio el 24 de agosto del año 79 de nuestra era que, ese día, quedó petrificada en el tiempo. Hoy, gracias a pacientes excavaciones, podemos pasear a nuestras anchas por sus calles y adentrarnos en sus residencias, ver sus pinturas y mosaicos, negocios, teatro, termas -y hasta un prostíbulo con frescos “porno”- tal como lo hacían sus habitantes unos 2.000 años atrás. Nápoles fue en su momento capital de un reino, el Reino de Nápoles, que pasó por varias manos, españolas entre otras. Tras la unificación de Italia gestada por Garibaldi, Nápoles se convirtió en capital de la Región de Campania, una de las más hermosas de la Península. A escasos 10 minutos, por la autopista que lleva a Roma, está la ciudad de Caserta, con el gigantesco Palacio Real y sus espléndidos jardines. A corta distancia de Nápoles se encuentra también la ciudad de Salerno, capital de la provincia homónima, en cuyo territorio se encuentran tres joyas que, estando en Nápoles, uno no querrá perderse. Por un lado, el pueblo de Positano, maravilloso destino -como Capri- del jet-set europeo e internacional, dramáticamente situado en una cuesta empinada frente a un mar brillante y calmo. Siempre en la provincia de Salerno está también el sitio arqueológico de Paestum, con sus templos dóricos erigidos por los colonos griegos, espléndidamente conservados. Finalmente, uno de los paseos costeros más célebres de Italia y del mundo, la Costiera Amalfitana, llamada así porque permite llegar -costeando por un camino de cornisa- hasta Amalfi, la más antigua de las “repúblicas marítimas” de Italia, junto con Génova, Pisa y Venecia, cuyos cuatro emblemas ocupan la parte blanca de la bandera que flamea en los barcos italianos. Para nosotros eso de “vedere Napoli e poi morire” es algo anacrónico y anticuado. Creemos que es mucho mejor seguir viviendo para volver a verla y disfrutarla una y otra vez, para descubrir sus facetas más ocultas y contagiarse con la alegría de vivir de su gente. napoles8               italia.it/es/home
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