Nepal: Princesas, monjes y gurkas entre los Himalayas.

Nepal: Princesas, monjes y gurkas entre los Himalayas.

En Katmandú, la milenaria capital de Nepal, se proyectan desde el pasado leyendas de nobleza, religión y guerra al alcance de la vista.

La niñez perdida El delineado le estira la comisura de los ojos hasta las orejas, la corona de diamantes es tan grande y pesada como su cabeza y el vestuario desborda motivos barrocos y tonos estridentes. Debajo de ese estruendo se esconde una expresión sin expresión: tal vez sea una tristeza disimulada entre las trampas del maquillaje o la indolencia de quien busca mantenerse al margen de un delirio exagerado e inverosímil. Sin embargo, todo cobra sentido de acuerdo con una vieja tradición nepalí según la cual la diosa hinduista Taleju reencarnará eternamente en el cuerpo de alguna niña de la casta Sakya (a la que pertenecía Buda), la cual deberá ser buscada en los dominios de ese pequeño país emplazado sobre la accidentada geografía de los Himalayas que no pertenecen a China ni a India, elefantiásicos vecinos. A la Kumari –nombre que recibe desde tiempos inmemoriales y que significa “virgen” en nepalí– se le atribuyen poderes sobrenaturales que nadie discute y todos veneran bajo un irreductible fanatismo que ignora por completo la condición humana de su precoz portadora: no se trata de una niña prodigio sino de una diosa viviente. Diosa, por cierto, que no llega al Olimpo por iluminación celestial, sino por la sugerencia de sus propios padres, quienes la postulan ante los sacerdotes si creen que su hija posee los atributos necesarios para aspirar a la condición divina, entre ellos el de tener no más de cinco años al momento de la elección. himalaya2 Como en un concurso de belleza, las aspirantes se someten a un exigente examen estético que sopesa desde el color de piel hasta la alineación de los dientes, además del horóscopo y la carta astral. Son, en total, 36 extrañas virtudes que la nueva Kumari deberá reunir para acceder a la prueba decisiva: un espeluznante ritual que consiste en encerrarlas en un cuarto semioscuro, lleno de cabezas de búfalo recién cortadas por unos tipos disfrazados de monstruos que azuzan el cortejo bramando aullidos desgarradores. La que menos expresiones de miedo y terror manifieste al cabo de la ceremonia es la que se ganará las puertas del nuevo cielo, al costo de abdicar a una niñez normal, o todo lo normal que pueda esperarse en un país donde uno de cada cinco chicos sufre algún tipo de explotación realizando duros trabajos rurales, conchabados clandestinamente en fábricas o reducidos a la mendicidad en los centros urbanos. himalaya3 Recluida en un pequeño palacio para no contaminarse con el mundo real, la Kumari se alimenta con comida especialmente purificada, recibe una educación especial y sólo abandona su hábitat para oficios religiosos. Además, recibe a autoridades políticas, a quienes también consagra en sus asunciones y bendice en sus funciones. Todos los días, una multitud se agolpa en un patio lleno de heces de paloma y murciélago a la espera de que la pequeña diosa salga al balcón para mirar sin hacer nada, lo cual, según sus devotos, ya es mucho, pues entre sus poderes sobrenaturales se incluyen bendecir a los fieles y ahuyentar a los demonios con el simple poder de su mirada. Eso sí: no puede abandonar su residencia sin una autorización especial, muestra fiel de que la burocracia humana puede someter a cualquier deidad. La vigencia de la Kumari no es eterna: el fin llega con la primera menstruación, señal interpretada como la decisión de Taleju de abandonar ese cuerpo para ir en busca de otro. Después de haber dedicado su pequeña vida a atender las plegarias ajenas, la diosa saliente se encuentra ante el desafío de recuperar la niñez perdida allí cuando la tradición le suelta la mano y la biología la empuja a convertirse en mujer. himalaya4 Tráfico por Katmandú En Katmandú, la capital de Nepal, todo parece hecho a la medida de la muerte. O, más precisamente, de la vida después de la vida: ni budistas ni hinduistas creen que la existencia se agote en el ocaso de la carne. Por eso la ciudad y sus adyacencias están repletas de templos que huelen a madera de sándalo, convidan hipnóticas melodías de relajación oriental y se atiborran con el naranja vivo de los monjes tibetanos exiliados que caminan alrededor de las stupas, haciendo girar los mantras escritos en tambores cilíndricos para alcanzar luz en esta vida y las sucesivas. Nadie teme la proximidad de la muerte. En todo caso, la prevén. Por eso, aquellos que no tienen quien los llore simplemente transcurren sus últimos días cerca del Bagmatí, esperando que tras la fatalidad alguien condescienda sus modestas aspiraciones trascendentales reduciéndolo a cenizas y esparciéndolo en las aguas de ese río que, al igual que al Ganges en la India, se le atribuyen propiedades sagradas. himalaya5 La milenaria sociedad nepalí se cimentó con la cruza de los indoarios que venían del sur con los mongoles que empujaban desde el norte formando algo así como una exótica etnia de chinos y morenos. Las mujeres más hermosas del mundo, con una sonrisa suave como el deshielo de la mañana y misteriosa como las alturas de los Himalayas. Y los hombres más tenaces e inclaudicables. Como Buda, a quien la tradición origina a 300 kilómetros de Katmandú, o los gurkas, temible escuadrón militar que atraviesa la historia de Nepal como una daga que deja su marca allí por donde pasa. Como casi todo en Asia, los gurkas remontan sus inicios a un relato mitológico según el cual un gurú hindú conminó a un príncipe a liderar un ejército bravo que reinó en el valle de Katmandú hasta que fueron asediados por el ejército inglés, justo en la fecha en que las Provincias Unidas del Río de la Plata declaraban su independencia del Reino de España. Fue tal su tenacidad en la defensa que la fuerza vencedora los contrató como tropas propias en todas las contiendas bélicas que la Corona Británica emprendió de allí en adelante, incluidas las dos guerras mundiales (donde se desplegó medio millón de gurkas) y Malvinas, donde algunos colimbas recuerdan la brutalidad con la que los nepalíes los atacaban, rebanándoles la cara con el kukri, su legendario cuchillo corvo, mientras gritaban como desaforados y escuchaban música en un walkman. himalaya6 Lejos de ser una deshonra, integrar las tropas británicas y poner el cuero por una causa ajena es actualmente una posibilidad concreta de movilidad social para los gurkas y sus familias, sirviendo a un país que ofrece un sueldo promedio de 1.500 dólares, frente a los magros 125 de la incipiente democracia nepalí. Es eso, o trabajar duramente en el frío del campo, como le sucede al 85 por ciento de la población. En medio de los impresionantes templos budistas, el olor a madera de sándalo, los mantras de meditación y el naranja vivo de los monjes tibetanos exiliados se cuelan también infinidad de locales que reivindican el orgullo gurka, ofreciendo trajes, cascos, cuchillos y souvenirs, reduciendo la muerte propia y la ajena al tamaño de un llavero o una remera y quitándole su naturaleza y disimulando su horror. Entre la guerra y la paz, el valle de Katmandú también se volvió fértil en asalariados héroes de batallas que ni siquiera les pertenecieron. Como la muerte, o las vidas que nos sucedan. welcomenepal.com  
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