París, siempre París.

París, siempre París.

París, una de las ciudades más visitadas del mundo. Los museos más importantes del planeta, navegar por el Sena y por supuesto, ver de cerca la Torre Eiffel, son los clásicos que todos quieren alcanzar aunque caminar por sus calles sea tan inolvidable como suficiente. Y si es junto con un amor, mejor.

Por Sonia Renison La pareja de más de cuarenta años se asomaba detrás de una tumba. Y se volvía a esconder. Pensé que, al menos, era extraño su comportamiento. Y cuando estuve bien cerca, saludaron al aire con sus manos y ante mi sonrisa, respondieron con el mismo gesto. Tenían los dos, los labios pintados de color rojo. Mejor, dicho, el lápiz labial medio corrido de los bordes de la boca. La respuesta estaba en la piedra, la escultura gigante que cubre la tumba de Oscar Wilde. Un ángel desnudo con alas desplegadas. Una obra realizada en 1911 por Jacobs Epstein, suegro de Lucien Freud. Y ahí, tan cerca que podía tocarla, me di cuenta que toda la superficie tenía besos estampados. Sí, besos, de color rojo, rosa, beige, perlado. El rojo era el que más se notaba sobre la piedra de color arena. Y la pareja siguió con lo suyo, ese íntimo homenaje que vi en ese momento y que descubrí que todo el mundo hacía cuando recalaba en uno de los cementerios de París, como el de Pére Lachaise, fue una sorpresa y una curiosidad. Ocurrió durante un primer viaje a París. Allí también están Chopin, Jim Morrison que atrapa visitantes, Balzac, Proust, Isadora Duncan, María Callas, Ives Montand, Moliére y la gran Edith Piaf, entre 70 mil tumbas, de las cuales 98 están señalizadas en un mapa turístico para recorrer este sitio de 70 hectáreas con 5.300 árboles. Y es uno de los cuatro cementerios más visitados. Tanto, que hace un par de años el nieto de Wilde, William Holland, organizó proteger este monumento con unas paredes de acrílico de dos metros. Algunos no se resisten y ahora dejan besos en el acrílico. paris2 Lo cierto es que en el detalle de cada instante que se recorre la Ciudad Luz, la belleza es la impronta hasta en las cosas más sencillas. Lo insólito, también. Una reja, un balcón, una puerta y hasta los baños públicos o los autos eléctricos, sorprenden al visitante y para los buscadores de lo raro, encuentran un Museo del Erotismo, un Museo del Alcantarillado que conduce a las catacumbas de París, un Museo del Perfume y el Museo Des Arts Forainsm, el Mundo de las Verbenas del siglo XIX. La historia y la vanguardia están allí. Es interesante, tal vez, caminar y caminar, eligiendo cada barrio y reconocer los detalles, antes o después, en una guía especializada para saber aún más de qué se trata cada vista. Tan sólo caminar por Ilé de La Cité (Isla de la Ciudad, en medio del río Sena que la abraza, donde se fundó París), uno advierte carteles en cada casa donde se recuerda quién vivió y en qué año. Incluso hay una plazoleta dedicada a García Lorca. Se puede entonces, recorrer un libro de historia en cada calle, vereda o casona. Y siempre, junto al río Sena. De pronto se topa con la Catedral de Notre Dame y fue un domingo cualquiera cuando por la tarde y sin hacer fila, pude entrar y conocer este lugar que todo el mundo recuerda por su arquitectura gótica y porque Napoleón Bonaparte se coronó a sí mismo. Pero resulta increíble ver los muros (años 1163 a 1245), su diseño arquitectónico y sus vitrales con la historia a cada paso. Y ahondar y conocer el Museo Arqueológico, las torres, las criptas. En el primer viaje a París, la Torre Eiffel quedó para el tercer día. La presión de los locales por su emblema hizo que acelerara mi excursión hacia la torre. Fui sola. Aunque al llegar, el mundo entero estaba por allí, pero los espacios son tan inmensos que no se nota. No hay foto que le haga honor a esta obra gigantesca de principios del siglo pasado. Porque llegar junto a ella, embarga una gran emoción que combina el estar en París, ver la famosa torre y sentir quizás, que se trata del viaje de nuestras vidas. Y todo eso junto. Si uno quiere acceder a lo más alto de la torre hay que pagar entrada. Sin embargo, es desde lejos cuando mejor se admira. Incluso, desde la plaza del Trocadero se la puede ver en su total magnitud y de noche, iluminada, es otro espectáculo. Hay un detalle imperdible para los viajeros, aquellos que andan y andan absorbiendo lo que ven y sumergiéndose en el mundo cotidiano de un lugar. Para ellos, el bus 69 los hará recorrer gran parte de la ciudad. paris3 Si la excusa es ver a París desde arriba, una visita a la Basílica del Sagrado Corazón (Sacré Coeur), ubicada en lo alto de una colina en el barrio Montmartre, considerado el barrio de mayor atractivo artístico y cultural, le permitirá cumplir su sueño. Hay que ir preparado y elegir un horario en primavera a media mañana, porque si hace calor, escalar los 197 escalones puede ser un esfuerzo. También se puede elegir ascender por Funicular. De todas maneras, nada opaca la visita. Y desde lo alto se verá toda la capital francesa hasta donde alcance la vista. Para quienes viajan con hijas adolescentes y vieron el film Amelie, podrán recorrer los sitios donde transcurre esta película como la calesita y el café Les Deux Molins (Los dos molinos) y tan sólo dejarse perder por entre estas callecitas que los guiarán hacia casas de arte, donde se exponen las obras, artículos y objetos a la venta sobre la misma pared en la vereda. Es posible encontrar artistas trabajando, como en las películas clásicas y seguro alguna acuarela que atrape tanto, como para adquirirla y recordar por siempre la experiencia parisina. El romanticismo está a la vuelta de la esquina. Y en pocas cuadras se puede llegar, sin darse cuenta, al último viñedo de París, donde cada primer sábado de octubre se realiza la fiesta de la vendimia. Dicen que un siglo atrás, las fincas con viñedos trepaban por estos lares y este predio, entre la primavera francesa y el fin del verano, exhibe su verde más intenso en los viñedos y los frutos que hacen famoso al país: las vides. Merchandising de todo tipo se puede comprar en este paseo, desde imanes con réplicas de los cuadros de los pintores más famosos hasta delantales de cocina con la Torre Eiffel estampada. Es importante aprovechar y no dejar para el último día los pequeños souvenir del viaje. Los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo, La Opera Garnier, un crucero por el Sena donde explicarán la importancia de cada puente, cada uno más bello que el otro, serán parte del recorrido clásico que no pueden faltar junto al Museo del Louvre. Allí se encuentra la colección más importante de arte con 300 mil obras, de las cuales sólo 35 mil están a la vista y al acecho de quienes buscan ver en directo La Gioconda, La Libertad o el Campo de Marte. O las esculturas Venus de Milo o la Victoria Alada. Mientras que el Museo de Orsay, el Rodin y el Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou completan el circuito inabarcable que ofrece la ciudad. El Pompidou es desde su concepción moderna, interesante. Son seis pantas de 7.500 m2 cada una y además alberga un espacio de investigación musical y una biblioteca pública. El dato está en el quinto piso, donde están presentes las obras de artistas modernos y contemporáneos. Es espléndido este edificio donde la luz natural ingresa por todas las orientaciones y los ascensores, estructuras y tuberías son externas. La belleza en todas sus formas. Su magnitud es equiparable con el MoMa de Nueva York o el Tate de Londres. Hay uno de los barrios parisinos, les Marais, el más cosmopolita de todos y donde se desarrolla el epicentro del diseño, que es la opción ideal para caminar y disfrutar de los bistró y los cafés entre un recorrido para conocer la oferta de negocios. Diseño hasta en las vidrieras. Aquí mismo, un día de lluvia, es interesante acercarse al Museo Carnavalet, una casona construida entre 1548 y 1560 donde se recorre desde la prehistoria hasta el período de reinado de Luis XVI. Allí se pueden ver desde los farolitos originales que iluminaban la ciudad hasta objetos de la Revolución Francesa y del medioevo. Por ejemplo, los carteles colgantes que identificaban el oficio del comerciante. Entre todos los elementos y la ambientación original de los diferentes cuartos, uno se traslada directamente a quinientos años atrás y así se puede dimensionar a escala humana cómo era París y las costumbres de aquellos años. paris4 Hay de todo. Es imposible conocer los tesoros de esta ciudad en un solo viaje. Pero hay un detalle: tan sólo en subte se llega al Castillo de Vincennes. Para los románticos, es ideal. Se ingresa caminando. La muralla, la fosa, la torre y una capilla de 1379. El castillo en sí, como muchos, se terminó de construir hacia 1552 como un refugio de caza para el Rey Luis VII. La historia atrapa una vez más: aquí se casaron tres reyes, aquí ejecutaron al duque de Enghien en 1804 y en 1917, a Mata Hari. También estuvo abandonado, fue la fábrica de porcelanas de Vincennes y hasta alojó como prisioneros al Marques de Sade y a Diderot. Después de la revolución, funcionó la fábrica de armas. Tan sólo cruzando la calle, hay bares y hasta supermercados donde se pueden comprar unas mini picadas de quesos especiados para disfrutar de la tarde y los alrededores, donde están los bosques de Vincennes y el parque público cuya arboleda asegura la frescura ideal para compartir un picnic, una costumbre también de los parisinos en la primavera y en los días de temperaturas amables. El verde abunda y los habitantes de esta ciudad aprovechan el sol. Apenas un rayito alcanza para que se acomoden en las “terrazas”, las mesas pequeñitas ubicadas en las veredas de cada bar o restaurante. Si la opción es un almuerzo o cena completos, es fundamental mirar alrededor porque las porciones suelen ser abundantes. En una ocasión, en el afán de degustar los platos típicos franceses, iniciamos los pasos con una sopa de cebollas (soup à L´oignons aux halles), plato emblemático por haber sido creado con lo más sencillo que había en los hogares durante la Revolución Francesa: lleva cebollas caramelizadas, caldo de carne y unas rodajas de pan tostado embebido y cubierto con queso derretido. El tamaño del bol era enorme. Así que para cuando llegaron los mejillones (moules frites) y los vegetales y ni hablar del postre, casi, casi que era imposible de terminar nada. Un té de menta servido en unos vasitos de cristal con filigranas doradas, primorosos, coronaron el festín irrepetible para quienes en los viajes disfrutan de los recorridos gourmet. Para todos los días, lo casual. Entre baguettes y croissant, es común resolver el almuerzo con un clásico “Croque Madame” o “Croque Monsier” (un sándwich de pan en rebanadas, con jamón y queso, gratinado, que en el primer caso va cubierto de un huevo frito). De todas formas, para los más frugales, hay puestos callejeros en los sitios más turísticos que hasta ofrecen frutas frescas. Una vuelta a lo natural. En cuanto a la naturaleza, son los jardines de Luxemburgo el espacio para recorre en medio del verde y si uno se aleja del centro de París, llegará al Palacio de Versalles que supera siempre a la imaginación o las fotos. Tan sólo los números apabullan: 20 kilómetros de caminos, 200 mil árboles, 800 hectáreas (originalmente fueron ocho mil), 67 escaleras, 153 ventanas. Unos siete millones de personas lo han visitado en un año. Y si el verde, es también objeto del viaje, la combinación perfecta está en Fontainebleau. Apenas arribado en tren al pueblo que creció a partir del castillo, se desea haber elegido este sitio para quedarse y soñar. Pero si es sólo por el día, se puede abordar un bus para llegar a una de las puertas de acceso al castillo. Su estilo proviene del manierismo italiano y luego generó su propio estilo en el interior. Aquí nacieron tres reyes y es donde vivió Napoleón y donde firmó su abdicación para luego partir al exilio. Hoy es la Escuela de Artes Americanas, es posible ver en los patios y en el bosque instalaciones y demostraciones de danza moderna y conciertos. Además, posee el Campo de Tenis real, es público y el más grande del mundo. Un recorrido por París, permite disfrutar hasta de los detalles más sencillos. Para los visitantes sudamericanos, hasta la organización urbanística es un placer. No hay ruidos visuales, no hay cables en el cielo. Detalle. Temprano por la mañana, el servicio de limpieza de calles y veredas explican porqué siempre está limpia la ciudad. Incluso los baños públicos, como los baños químicos pero del doble de tamaño y confortables, se autolimpian. Pero, quizás, el mayor placer de viajar a esta ciudad, una de las más visitadas del mundo, está en recorrerla de a pie. Disfrutar en cada bistró y en cada café. Tomarse instantes para deleitarse con las vistas, los balcones repletos de flores, las ventanas. Son siempre una postal y hasta en los detalles más sencillos, se pueden ver el diseño y el charme. Touché.
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