Queenstown, para no aburrirse nunca.

Queenstown, para no aburrirse nunca.

La maravillosa ciudad del sur de Nueva Zelanda cautiva con la belleza de sus paisajes de montaña y una increíble diversidad de actividades en las que la tranquilidad y la adrenalina conviven en perfecta armonía.

Por Esteban Goldammer / @gauchogold Jamás pensé que el Paraíso se encontraba a 1:50 hora de avión. Claro, partiendo desde Auckland, porque desde Buenos Aires habría que sumarle unas 13 horas ( lo que tarda el vuelo directo de Air New Zealand). Y por supuesto, considerando que este lugar “divino” se caracterice por estar rodeado de cadenas montañosas y lagos de un azul turquesa tan profundo y cautivante que invita a disfrutarlos de incontables maneras a lo largo de cualquier estadía. Queenstown, la ciudad en cuestión, es una especie de Bariloche neozelandesa ubicada en la isla sur del país que tiene a los AllBlacks como insignia mundial, a 45 grados de latitud Sur (prácticamente la misma latitud que su “clon” argento), por lo que hasta el clima es parecido. A decir verdad, la simple observación y un análisis más profundo nos dirán que es más pequeña, ya que junto a las poblaciones de los alrededores (Arrowtown, Glenorchy y Kingston) tiene algo más de 19 mil habitantes estables, cifra que tanto en temporada de invierno como de verano se llega a cuadruplicar o incluso más.Y es que a los atractivos naturales de la región se suman todo tipo de actividades, haciendo que a la abundancia de aventuras se contraponga siempre la escasez de tiempo para abordarlas. En este sentido, podremos afirmar que Queenstown merece ser visitada más de una vez, como mínimo dos: en temporada de invierno, cuando los protagonistas son los cuatro centros de ski, y en verano, cuando la náutica y el lago Wakatipu cobran un especial interés, pero no el único. Cabe destacar que hay contabilizadas alrededor de 220 atracciones y actividades en esta ciudad que enamora tanto al turista de espíritu inquieto como al que anda en busca de la paz y la tranquilidad, que también abundan. Bienvenidos a Queenstown Dos cosas me impactaron apenas arribado al aeropuerto de esta “capital de la aventura”, como suelen denominarla los kiwis (habitantes de Nueva Zelanda). La primera, como una especie de premonición de lo que descubriría más tarde en cuanto a paisajes y características geográficas del lugar, fue toparme con la heladería Patagonia. Sí, Patagonia! Días después tendría la oportunidad de conocer a su dueño y sorprenderme con el éxito de esta cadena que ya cuenta con cuatro locales en la zona y miles de adeptos al gusto argentino. La segunda, el cartel anunciando el bungyjumping con la frase “Crazy if you do. Crazy if you don´t”. Sin dudas, algo que me quedaría repiqueteando en la cabeza hasta más avanzado el viaje. Tan sólo diez minutos separan el aeropuerto del centro de la ciudad. Cuando digo centro, se debe pensar en un espacio de entre dieciséis y veinte manzanas que concentra locales de contratación de tours y atracciones, tiendas y comercios, entre los que destacan bares y restaurantes.Respecto de estos últimos hay que resaltar que la oferta es abundante y de gran nivel. Los hay de todo tipo, estilos y etnias, y es aconsejable siempre reservar. Es importante tener presente que en Nueva Zelanda se cena temprano: el primer turno es alrededor de las 19 hs. y la vida nocturna, más allá del casino y alguna disco, se agota a eso de las 22:30. queen13 Donde no cabe la reserva previa es en Fergburger, pequeño local céntrico que ha alcanzado una fama que supera a sus propias hamburguesas (son buenas, pero la oferta Argentina no tiene nada que envidiarle), donde la espera es moneda corriente y la cola de jóvenes (se ven muchos en toda la ciudad) puede hacer que uno demore cerca de una hora para llevarse un botín que,a esa altura, se vuelve preciado. Otras características de esta ciudad y que seguramente la hacen tan bella e inolvidable son el orden, la limpieza, el respeto por el peatón y por supuesto, el aire limpio y fresco que se respira a cada paso y que tiene su correlato en la absoluta tranquilidad que rige tanto el día como la noche. Wakatipu Lake y QueenstownBay El lago es el centro del mundo Queenstown, más aún en primavera-verano, cuando las actividades en el agua están a la orden del día. El Wakatipu es el tercer lago más grande de Nueva Zelanda y tiene una inusual forma de rayo, lo que hace que tenga una "marea" (seiche u ola estacionaria) excepcionalmente grande que provoca una elevación y descenso de aproximadamente 10 centímetros cada 25 minutos. La leyenda maorí vincula este fenómeno a los latidos de un monstruo enorme llamado Matau, que se dice que dormita en el fondo del lago. queen7 Bordeando el lago, en la zona céntrica, podemos encontrar los muelles de embarque para los distintos tipos de excursiones y diversiones que ofrece esta ciudad(ver destacado). Restaurantes y bares con sus mesas al aire libre, a apenas unos metros del agua o, bien, a un cruce de calle de distancia, se disputan la convocatoria al mediodía y fundamentalmente al atardecer, cuando el sol invita a disfrutar de una buena cerveza o un trago. Pero no son los únicos lugares para recibir la energía del astro rey, ya que al borde del lago podemos encontrar una escalinata que termina directamente en el agua y que no sólo permite el contacto con la misma, sino que también invita a disfrutar de un sándwich, una empanada argentina (sí, además de los helados, hasta estas latitudes llegaron las empanadas) o simplemente un momento de esparcimiento junto a los patos y gaviotas que nadan y se acercan al visitante en busca de un alma generosa que les provea algún bocadillo. Con respecto al sol, es de destacar la importancia que se le da en Queenstown al cuidado de la piel (al igual que en el resto del país). La conciencia de la problemática respecto de la capa de Ozono llega al punto de poner a disposición del público,y en forma gratuita, protectores solares en restaurantes o incluso obligar al uso de sombreros en el kinder. The piano man, una de las atracciones de los atardeceres de Queenstown. Por supuesto, el lago también cuenta con una playa en la zona céntrica. Es común ver allí gente tomando sol al arrullo de las pequeñas olas que forma el viento o disfrutando del agua misma y delincreíble paisajenatural que conforman pinos y montañas. A metros de allí, por las tardes, es habitual encontrar deambulando por la zona a The Piano Man, un joven que no llamó mi atención hasta más entrada la noche, cuando volví a cruzarlo a la vuelta de la cena y ya con su piano reubicado junto a la baranda que balconea sobre el agua. Allí tocaba canciones de su autoría en el viejo instrumento, acompañado de la gente que se iba agolpando para disfrutar de lo que, sin dudas, se lleva el premio mayor en materia de espectáculos (por lo menos de los que pude apreciar yo durante mi breve estadía) y que a mi criterio califica dentro de los imperdibles de Queenstown. Alrededor de las 20 hs., acompañado de sonidos que la situación convertía en mágicos, el sol comenzó a esconderse detrás de las montañas, lejos, más allá del lago. Las siluetas a contraluz de los espectadores se fueron sumando y sirvieron de marco al lento peregrinaje del astro que a esa altura se adivinaba en un destello naranja para convertirse, con el último acorde, en oscuridad total. Inolvidable.
Esparcimiento y diversión en el Wakatipu El lago bien podría ser el origen de esto de “la capital de la aventura”, ya que concentra un gran número de actividades y atracciones. Para empezar, debemos detenernos en uno de los íconos de Queenstown: el T. S. S. Earnslaw, un antiguo barco a vapor botado por primera vez en 1912 (el mismo año que el Titanic), que en su gran historia tiene la de haber tenido una participación en el Amazonas, en la película Indiana Jones and TheKingdom of theCrystalSkul. El navío sorprende con su estilo y la imponente presencia de su chimenea roja de doce metros, casco blanco y cubiertas de madera de kauri (árbol endémico que compite con las famosas sequoiaspor el trofeo al más grande del mundo). A bordo de este pintoresco barco se puede disfrutar de los magníficos paisajes “alpinos” de la región, en una travesía de 1:30 horas que permite además sumar la visita a Walter Peak High Country Farm (típica granja de la zona que se caracteriza por la cría de las famosas ovejas Merino) o incluso realizar allí mismo una cabalgata o degustar una exquisita barbacoa. El T.S.S. Earnslaw también realiza imperdibles cruceros nocturnos. Asimismo, de los muelles del centro parten catamaranes que ofrecen la navegación por el Wakatipue incluso la visita a granjasde similares características. Ahora bien, si se trata de aventura y adrenalina en el agua, a prepararse porque las propuestas en Queenstown son variadas en estilo e intensidad. En una clasificación de menor a mayor dosis de emoción, podemos mencionar entre otras: - Parasailing: vuelos en paracaídas arrastrados por una lancha. - Jet Boat: invento neocelandés que consiste en navegar a toda velocidad (85 km/h) por el lago Wakatipu y el KawarauRiver, en una lancha a propulsión que se caracteriza por sus giros en 360 grados. - Rafting: variados y con distinto grado de dificultad. - HydroAttack: una mezcla de jet ski y torpedo con forma de tiburón para navegar a 80 km/h, tanto sobre el agua como sumergido. Y eso no es todo, porque tomando impulso se pueden dar espectaculares saltos de hasta 5 metros de altura. - FlyBoard: si se quiere volar como un superhéroe, saltar como un delfín o elevarse hasta 9 metros con un propulsor de agua y sentir la adrenalina corriendo por las venas, esta es la actividad.
queen6 Mucho más por hacer Queenstown sería una especia de Disneyworld para el aventurero. Porque a las actividades para hacer en el agua se suman un sinnúmero en tierra. Caminando por este pequeño “pueblo” de montaña, es habitual cruzarse con turistas montados en los clásicos segway (esos vehículos eléctricos de dos ruedas en los que uno viaja parado), haciendo turismo con el mínimo esfuerzo. Los circuitos de trekking y mountain bike son vastos y seguramente nos conducirán casi en un primer momento, y sin alejarnos del centro, a la visita del Queenstown Gardens, el parque ubicado en la península que permite apreciar la bahía y la ciudad desde la orilla de enfrente. Este gran jardín alberga otras varias atracciones del lugar, como la pista de hockey sobre hielo (habilitada sólo en temporada), canchas de tenis, un pintoresco y tradicional club de bowling (entiéndase bochas), un campo de Frisbee Golf (sí, en Nueva Zelanda el frisbee se practica como deporte), un jardín de rosas y por supuesto, recorridos para hacer a pie o en bicicleta (se alquilan en varios lugares del centro). Incluso este gran jardín con árboles añosos, dispone de bancos tipo plaza para sentarse a disfrutar de increíbles vistas de la ciudad, las montañas y el lago. Desde allí también se puede observar el Skyline Queenstown Complex, un complejo que posee un cable-carril para llegar hasta los 790 metros de altura y disfrutar de las panorámicas, gastronomía de gran nivel en el Stratosphere Restaurant & Bar y circuitos de trekking y mountainbike de grado 1 a 6 de dificultad, además del Skyline Luge, una especie de carrito con manubrio para un descenso fantásticamente vertiginoso. queen10 Oro y vino El nombre Queenstwon surgió a partir de buscadores de oro que, cautivados por la belleza de las montañas y ríos, pensaron que el lugar era “digno de la reina”. Es que no sólo la ciudad, sino toda la región vivió la fiebre del oro en torno al río Arrow allá por el 1860, cuando cazadores de fortuna comenzaron a formar asentamientos en busca del preciado metal. queen Arrowtown, a sólo 20 minutos de distancia, da prueba de aquellas épocas, conservando más de sesenta edificios originarios de esos tiempos y haciendo que un paseo por sus calles sea como viajar en el tiempo o sentirse dentro de una película. En la zona se puede observar cómo vivían en aquella época en asentamientos y hasta alquilar bateas para hacer de la búsqueda de oro una experiencia propia. Posiblemente los que no se sientan atraídos por el precioso metal, lo hagan por los vinos, otro de los atractivos de la región de Queenstown. Abundan las visitas guiadas y tours que incluyen degustaciones y posibilidades de adquirir vinos de gran calidad, premiados internacionalmente. La variedad PinotNoir es la estrella, pero también destacan el Riesling, Pinot Gris, Chardonnay, Sauvignon Blanc, que pueden disfrutarse tanto con exquisiteces a cargo de un chef como acompañados de exquisitos quesos. Bungy Jumping, oh mygod! Sin dudas, lo repito porque es así: sin dudas, la actividad estrella de Queenstown es el Bungy jumping, este otro invento neozelandés de lanzarse al vacío apenas sujetado de los pies, con una soga conformada por cientos de pequeñas fibras elásticas. En el Kawarau Bridge es sede de todo un complejo montado para realizar esta actividad ¿de locos? Muy posiblemente. Pero que es un gran imán para todos los que visitan Nueva Zelanda. Por supuesto, estando ahí no podía dejar de probarlo. queen4 El Kawarau bungy, ubicado sobre el río del mismo nombre, se inició en la década del 80 y fue el primero en el mundo. La mecánica es bastante sencilla, aunque a medida que se acerca la hora clave el espíritu y la valentía van menguando. Primero, el pesaje (se realizan tres antes del salto). Luego se responde el cuestionario de salud y se firma el diploma (autorización). Completado esto sólo resta caminar hacia en centro del puente, donde la música le pondrá ritmo (si es que le falta) a la emoción. El complejo está muy bien armado y cuenta con cámaras fotográficas y fílmicas que registrarán todo el salto para llevarse un recuerdo imborrable (si es que el salto mismo no lo es). Como anécdota, se puede contar que se autoriza a saltar a personas de hasta 94 años (la más anciana hasta ahora tuvo 91) y que los mayores de 75 lo pueden hacer en forma gratuita. Además, también se puede saltar en tándem: el récord fue en 1999 con 8 personas juntas. El salto se realiza desde una altura de 43 metros (en el Queenstown’s Nevis Highwire, el otro bungy de la ciudad, a 134 metros), directo hacia el río correntoso y de aguas turquesas que espera debajo. Las opciones al momento de saltar son solamente rebotar en el aire, tocar el agua con las manos o sumergir el torso (de ahí también la importancia del pesaje). Debo confesar que al momento de mirar hacia abajo, estaba dispuesto a retirarme como un cobarde. Pero dirigido por el asistente que me colocó el elástico, respiré hondo, puse la mente en blanco y salté al vacío acompañando de los vítores de decenas de espectadores y del grito continuado que salió de mis entrañas. No llegué a tocar el agua (era la intención), luego vino el rebote y vuelta hacia abajo hasta que el bote y dos asistentes me terminaron de descolgar. La adrenalina que se siente es única, casi se podría decir que uno sube la escalinata que desemboca en el hall del complejo sólo impulsado por ella. La experiencia es única, de esas que al menos una vez en la vida hay que hacer. Lo mismo que visitar Queenstown.
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