Recife, paraíso brasileño.

Recife, paraíso brasileño.

En seis días fuimos de una “ife” a la otra: cruzamos el Atlántico para unir Santa Cruz de Tenerife -en Canarias- con Recife, en el estado brasileño de Pernambuco.

Por Guido Minerbi

De Europa a América, pasando por África Zarpamos de Italia a bordo del majestuoso Costa Fascinosa. Hicimos escala en España y Marruecos, desde donde navegamos hasta las Canarias. Disfrutamos de día la atractiva Santa Cruz de Tenerife y zarpamos al anochecer para iniciar el cruce del charco grande. Nos esperaban seis maravillosos días de navegación. Neptuno, de buen humor, nos permitió cruzar el Atlántico y el Ecuador con aguas siempre calmas. Un atisbo de tierra lo tuvimos sólo cuando, un día antes de amarrar en Recife, pasamos por Fernando de Noronha, archipiélago volcánico a unos 550 kilómetros de la costa brasileña, con su característico “dedo” de roca apuntando imperturbable hacia el cielo. Recife, capital de Pernambuco A la mañana amarramos en la capital del Estado de Pernambuco, ciudad que suma un intenso color brasileño a sus dos raíces, portuguesa y holandesa. En el casco histórico muchos edificios, a no ser por sus colores, nos harían creer de estar en Ámsterdam, La Haya o Delft. Pero un sol ardiente, un cielo muy azul, un clima tropical y un trajín urbano a ritmo de samba disipan las dudas: estamos cerca de las palmeras y lejos de los tulipanes. Una vez en Recife hay que decidir cómo pasar el día, o bien haberlo hecho antes, a bordo, anotándose en una de las excursiones sugeridas: urbana una, playera la otra. Quien elija la primera visitará la ciudad de Recife y tendrá tiempo para disfrutar de la Casa de la Cultura, antiguo presidio reciclado como un mega-mercado de artesanías que recuerda el de Ushuaia, hoy museo y fuerte imán turístico. Lo más atractivo de la excursión es, a sólo 9 Kilómetros del centro de Recife, la visita a la ex capital colonial de Pernambuco, Olinda, declarada Patrimonio de la Humanidad por UNESCO.   [caption id="attachment_2947" align="alignleft" width="1078"]Arquitectura histórica de la calle Bom Jesús en Recife Antiguo, donde se lleva a cabo el carnaval local. Arquitectura histórica de la calle Bom Jesús en Recife Antiguo, donde se lleva a cabo el carnaval local.[/caption] Una joya en el verde La antigua ciudad fue fundada por los portugueses en el Siglo XVI. Tras la llegada de los ocupantes y saqueadores holandeses, tuvo que ser reconstruida un siglo después y su actual planta urbana se remonta al Siglo XVIII. Olinda es una ciudad colorida y acogedora: a cada paso se encuentran iglesias esencialmente barrocas, conventos y capillas que otorgan una atmósfera especial, realzada por una vegetación lujuriosa de mil tonalidades verdes. Otra alternativa implica recorrer unos 70 kilómetros más hasta llegar a una de las playas más hermosas de todo Brasil, la Praia de Porto Galinhas. Se puede prolongar el paseo hasta otras dos playas fabulosas: Muro Alto y Manacaipé. Alergia a guías y “tours” Tenemos alergia a los guías turísticos y a los tours organizados y, como nos arreglamos más que bien con el portugués, resolvimos no contratar excursión alguna sino compartir el día -y el costo- con una pareja de italianos de Torino (Turín), conocida en el restaurante Gattopardo del Fascinosa: al embarcar, nos habían asignado dos mesas contiguas. Desembarcamos temprano y -tras una animada tratativa con un taxista que nos inspiró confianza- nos lanzamos al descubrimiento de Olinda primero, y de Recife después. Abordamos el taxi con Lorena y Agostino y partimos hacia Olinda por la ruta costera. El taxista resultó ser simpático, informado y paciente durante todo el día. El costo del paseo, dividido por cuatro, resultó más que económico y gastamos menos que si uno solo hubiera tomado una excursión. Olinda Waldemar, taxista-cicerone, explicó por qué el nombre de la ciudad nos resultaba familiar. Un ciudadano emérito cuya tumba fuimos a visitar, fue arzobispo de Olinda y Recife. Se trata del recordado Dom Hélder Câmara, quien se destacó en su momento como defensor de los derechos humanos y exponente de la “teología de la liberación”. Preguntamos a Waldemar el por qué del nombre de Olinda, ya que nos resultaba llamativa la similitud entre “Olinda” y “Holanda”. ¡Nada de eso! El primer gobernador portugués de la región llegó a la comarca donde hoy surge la ciudad y exclamó “O linda situaçao para uma vila”, (“Oh, que lugar privilegiado para una ciudad”) y le puso Olinda. Una descreída abuelita itálica hubiera reflexionado “se non é vera, é ben trovata” (“Si no es cierto, está bien pensado”). Es difícil describir el casco histórico, con sus iglesias, monasterios, conventos, capillas, azulejos portugueses y deliciosas casas coloniales con grandes patios y jardines, sin compararla con el barrio alto de Salvador de Bahía, el Pelourinho. Hay gran semejanza pero también una notable diferencia. La semejanza es arquitectónica y estilística. El Pelourinho es un barrio con callejuelas angostas pero también con grandes plazas y espacios, una acrópolis que domina la parte más moderna de Salvador, conectada por el famoso ascensor público, el Elevador Lacerda. Desde Olinda se goza de una extraordinaria vista del Atlántico, pero el casco antiguo no está tan en lo alto ni es tampoco tan llano: hay desniveles y ningún elevador. Es atractivo, en Olinda, apreciar cómo la extraordinaria vegetación se insinúa entre las iglesias y otros edificios históricos, que se elevan a partir de un mar verde de copas exuberantes. Hay un mar verde-azulino, una línea de playas doradas y luego otro mar que compone un mosaico de follaje, troncos y flores. [caption id="attachment_2948" align="alignleft" width="1078"]recife1 Artistas callejeros en la Plaza Marco Zero. Su nombre real es Plaza Barão do Rio Branco, pero llegó a ser conocida como la Plaza de Marco Zero por el hecho de que en ella está el kilómetro cero de carreteras de Pernambuco.[/caption] Cerveza “estúpidamente gelada” y picnic en la playa Nos instalamos en un típico “lanchonete” donde ventiladores de techo creaban una grata brisa que contrarrestaba el calor que se filtraba de la calle. Una cerveza “estúpidamente gelada” (así nos enseñó a pedirla el buen Waldemar) y el panorama que se extendía algunos metros más abajo en dirección al Atlántico, nos dieron la razón: el mejor tour es el que uno mismo se arma, dejándose vagar y descubriendo tanto a cada paso. De este modo uno podrá perderse algunas cosas, vistas, edificios e iglesias, pero verá otras que hará suyas y que le darán un intenso sentido de pertenencia. Con criterio, Waldemar sugirió llevarnos hasta “arriba” en auto tras indicarnos un costado de la plaza principal donde nos aguardaría, estratégicamente ubicado debajo de una frondosa palmera para resguardar el coche del sol. La estrategia -explicó- radicaba en estacionar bajo una palmera de las que no dan cocos. Un solo coco caído sobre techo o capot desde esa altura produciría un desastre y el seguro no lo cubriría. Caminamos –fascinados- por esta joya al aire libre. En un par de horas entramos y salimos de más iglesias y capillas de las que visitamos en un año entero. El “torinese” insistió que -tras ese recorrido casi litúrgico- todos olíamos a incienso. Lo que más nos impactó fueron los espléndidos azulejos portugueses de color azul en monasterios e iglesias, esquirlas de Europa amuradas en América. Cerveza, casitas coloniales multicolores, hermosas tienditas, iglesias y la caminata nos habían abierto el apetito. Volvimos a la plaza donde Waldemar aguardaba conversando con dos colegas y le propusimos comer algo en la playa. No aceptó, porque se había traído un gran sándwich seguido de una mega-ensalada de frutas. Nos condujo a una playita cercana donde nos instalamos en una especie de bar al paso para disfrutar de leche de coco “estúpidamente gelada”, aipim frito (mandioca frita), camaroncitos fritos y una ensalada de frutas donde reinaban mango, papaya, abacaxi (ananá) y banana. Logramos que Waldemar aceptara un coco decapitado, con un sorbete con los colores del Brasil. Terminado de beber el contenido, pidió que se lo partieran en dos de un preciso machetazo y, con un filoso cortaplumas, empezó a cortar y repartir grandes trozos de deliciosa, blanquísima pulpa. Dejamos Olinda para regresar a Recife y recorrerla a la rápida, en el poco tiempo a disposición antes de que el Fascinosa pusiera proa hacia las próximas escalas: Maceió, Salvador de Bahía y, obviamente, Rio de Janeiro. La Venecia brasileña Desandamos el camino para volver a Recife donde encontramos algo que, tras tantos días de navegación y el relajado paseo por Olinda, habíamos olvidado. Recife es grande y pujante y no ha dejado de crecer desde su fundación en 1537. Hoy el radio urbano supera holgadamente 1.6 millones de habitantes. Si se le suma la RMR (Región Metropolitana de Recife) el total llega a más de 4 millones de almas, conformando el mayor núcleo urbano del Nordeste brasileño. En sus anchas avenidas el tráfico es muy intenso en las horas pico. Trabajosamente, nos adentramos en una de las zonas con más reminiscencias holandesas, que los ocupantes rebautizaron Maurisstadt en honor de quien los representó allí, el Príncipe Mauricio de Nassau, quien se valió de urbanistas y arquitectos holandeses para rediseñar la planta urbana y dotarla de canales, diques y puentes memoriosos de Ámsterdam. Así como a ésta se la conoce como la “Venecia del Norte”, a Recife se le dice “Veneza Brasileira”. Está asentada sobre tres grandes islas: Recife, Santo Antônio y Boa Vista. Dos grandes ríos la cruzan: el Beberibe y el Capibaribe. Otros cuatro ríos la entrecruzan caprichosamente: el Jiquiá, el Tejipió, el Jordão y el Pina, y dan lugar también a numerosas lagunas. Waldemar, preocupado por llevarnos de vuelta al barco antes de que zarpara hacia el Sur, nos aconsejó no insistir en cruzar uno de los puentes sobre el Capibaribe por temor a que nos atascáramos a la hora de salida de las oficinas y nos recomendó permanecer en la isla sobre cuya margen atlántica está la terminal de cruceros. Consejo sensato: un poco a pie, un poco en auto, recorrimos una parte de Recife ni brasileña, ni portuguesa ni holandesa, sino la suma de elementos arquitectónicos de diverso origen con dejos portugueses, al estilo de Porto o Lisboa, y por momentos con sabor noreuropeo, típico de climas fríos como el de Holanda. Antes de despedirnos, aprovechamos una vez más la sabiduría de Waldemar y le preguntamos por qué diablos habían venido desde tan lejos los holandeses. La razón, como siempre fue de orden geopolítico-económico. La riqueza de la región se basaba en la caña de azúcar que solían llevar a Europa barcos holandeses. Portugal y España se aliaron en contra de los Países Bajos y prohibieron a los barcos holandeses recalar en los puertos brasileños. Los Países Bajos enviaron una fuerza de ocupación y se apoderaron del territorio para no perder tan redituable comercio y -rió Waldemar- para no tomar su cafezinho amargo. El Fascinosa nos aguardaba con su mole blanca y chimenea amarilla. Olinda y Recife quedaron atrás mientras los sudorosos excursionistas se daban reparadoras duchas en sus cabinas.
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