Sudeste asiático: la gran aventura.

Sudeste asiático: la gran aventura.

Una guía iniciática para recorrer las perlas de l sur de Asia. Con cultura, historia e idiomas diferentes, allí esperan destinos tan avasallantes como encantadores: Tailandia, Camboya, Laos y Vietnam. Qué hacer, cómo prepararse y los imperdibles en una ruta soñada.

Por Daniela Dini Planificar un recorrido por el sudeste asiático puede resultar tan intenso como el destino en si mismo. Es que hablar de esta parte de Asia, implica sumergirse en cuatro países distintos, con distintas lenguas, distintas monedas y también, distintos orígenes e historia. No por el común denominador de los ojos rasgados la esencia es la misma, ni tampoco la experiencia. Y es eso, justamente, lo que fascina al iniciar este viaje. En poco tiempo se puede pasar de las atestadas calles de Bangkok y el aroma de un humeante thai-pai recién hecho, al caos de motocicletas y los sombreros cónicos de Hanoi. O bien de la calma suspendida a orillas del río Mekong, en la colonial y laosiana Luang Prabang al lomo de un elefante para ingresar –tal como lo hacían los antiguos reyes-, a los monumentales templos de Angkor Wat en Siem Reap, Camboya. Todo tiene su encanto e hipnotiza: templos, playas paradisíacas, pueblitos suspendidos en el tiempo, plantaciones de arroz, religiones antiquísimas, costumbres ancestrales. Claro que no sólo la tranquilidad atrapa, la particularidad del tráfico de las grandes urbes –donde los bocinazos son el lenguaje corriente y permanente-, el bullicio, los puestos callejeros, las luces de neón y el incuestionable regateo para prácticamente todo, también son parte del viaje. Es que así es el sudeste asiático: la paz y la sabiduría milenaria conviven con el ritmo frenético de las ciudades capitales. Por ello, hay que estar preparado para todo: sentirse deslumbrado y a la vez, avasallado, son las dos caras permanentes de una experiencia completa por estas tierras lejanas. Aventurarse en un viaje como este es entender también que, en este rincón del planeta, la multiplicidad de emociones es parte del atractivo y será sin duda, el centro de la experiencia. Para adentrarse en un itinerario como este, hay que separar en porciones este recorte de Asia. Esperan países tan diferentes entre si como Tailandia, Laos, Vietnam y Camboya. Si bien pueden sonar muy exóticos cuando los evocamos desde Sudamérica, una vez allí, por cercanía y diversidad de paisajes y culturas -además por la ventaja de adaptarse a bajos presupuestos-, armar una ruta por estos cuatro países es la opción turística ideal. sudeste Tailandia: ciudad, playas y selva El punto de partida es Bangkok. La capital tailandesa es el epicentro de todo: inabarcable, sorprendente, ruidosa, atractiva y también el puntapié perfecto para los siguientes destinos. Si hay un buen comienzo es allí, aunque tiene mucho más para ofrecer que una simple ciudad de paso. Con más de siete millones de habitantes –concentrados sólo en lo que a la ciudad se refiere-, sólo en Bangkok se concentran alrededor de 400 templos budistas, de los casi 37.000 que se estiman que hay en todo el país. Es que Tailandia es uno de los países más budistas del planeta, donde casi el 95% de su población practica el budismo Theravada. Por ello, un paso por la ciudad no puede obviar los templos más famosos. Dentro de los sitios de culto, hay tres imperdibles. Wat Pho o Wat Phra Chetuphon (en español, el Templo del Buda Reclinado), es visita obligada. El gran atractivo es una impactante estatua dorada de 46 metros de largo y 15 de alto, dentro de todo un predio lleno de imágenes de Buda de todos los tamaños. En pleno Barrio Chino, el Wat Traimit o el Templo del Buda de Oro es una estatua sentada de 900 años, de 3 metros y más de cinco toneladas de oro sólido. Del otro lado del río Chao Phraya, que atraviesa la ciudad, está el Wat Arun, con una cúpula impactante. La mejor forma de unir un punto y otro en este recorrido por los templos, es en un tuk tuk, tal como se conocen a las motos con carrito incorporado que ofician de taxis. Hay cientos en toda la ciudad y son muy económicos, aunque la tarifa siempre se negocia. Muchos conductores, ávidos de captar turistas, ofrecen hacer un recorrido completo, con espera incluida, por unos pocos bahts, la moneda local. Otro clásico son los mercados y Chatuchak es el más importante, pero el dato a recordar es que sólo funciona los fines de semana. También están los fotogénicos mercados flotantes, como Damnoen Saduak, en las afueras de Bangkok. Colores intensos para las frutas y verduras asiáticas y los productos exóticos que allí se consumen. En el recorrido no puede faltar la visita al Palacio Real. Se trata de un imponente complejo de edificios que fueron sede real desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX. Hay que tener en cuenta que la excursión puede llevar casi un día completo, por la gran cantidad de atractivos que hay en el predio. Como sucede en prácticamente todos los templos, allí tampoco está permitido ingresar con pantalones cortos y remeras sin mangas. En la entrada y en forma gratuita prestan ropa adecuada para cubrirse y respetar la tradición. Según el perfil del viajero y su presupuesto, se podrá optar por la zona de hospedaje. En Ratchaprasong se ubican varios de los mejores hoteles de lujo y las grandes cadenas. Por otra parte, Banglamphu es la zona mochilera por excelencia, repleta de hostels y bed & breakfast muy económicos. Sus calles son una pequeña Babel en plena capital tailandesa. Al sur o al norte, paisajes atrapantes Tailandia es tan ecléctica como sus paisajes. Un tren desde Bangkok puede hacer cambiar de escena en una noche de viaje. La experiencia de pernoctar allí vale la pena: es el transporte más seguro y cómodo para recorrer el país, con la particularidad de que sus asientos se hacen camas durante la noche y el servicio es impecable. Si la brújula marca sur, entonces habrá dos opciones posibles: sobre el golfo de Tailandia, las islas de Koh Samui y Koh Phangan -esta última mundialmente famosa por la Fiesta de Luna Llena-, o sobre el mar de Andaman, en Phuket, la hollywoodense Phi Phi Island, que fuera set de filmación de “La isla”, la película protagonizada por Leonardo Di Caprio. Todas paradisíacas, dignas de las postales que plagan las guías turísticas. Si en cambio se busca la aventura y un clima más selvático, hay que abandonar el mar transparente para dirigirse al norte, donde aguarda Chiang Mai, la segunda ciudad más importante después de Bangkok. Pintoresca y repleta de templos –se cuentan más de 300- desde allí se pueden tomar excursiones para atravesar la selva en un trekking de dos días y hasta montar un elefante en una de las reservas de la zona. En el camino se puede atravesar plantaciones de arroz y hasta hacer ‘bamboo rafting’, como le llaman a las tablas de bambú con las que se navegan los ríos del norte. Una experiencia mística a través del río Mekong Ya en el norte de Tailandia, la aventura sigue para Laos, y allí el paso fronterizo es por Chiang Khong. La escena, emociona: atravesar el arco que indica que es la “Puerta a Indochina” vale la foto para el recuerdo. Y los desafíos siguen en el siguiente tramo del viaje: los menos osados podrán volar a Luang Prabang, el encantador pueblito de reminiscencias francesas en el centro-norte de Laos, pero los dispuestos a una experiencia inusual sobre el mítico río Mekong, deberán comprar sus pases para el “slow-boat” -como se conoce a los grandes lanchones que albergan varias decenas de pasajeros sin prisa alguna-. La navegación dura dos días, en jornadas de alrededor de seis horas que son un suave letargo hacia el siguiente destino. Como estas embarcaciones no navegan de noche, parte del encanto del viaje está en la parada al caer el sol en Pak Beng, un pueblito de paso sin luz eléctrica y que, gracias a ello, está íntegramente iluminado con cientos de velas en sus calles. Los bares y pequeños hoteles de allí tienen como únicos huéspedes a los viajeros que van camino a Luang Prabang y paran a pasar la noche allí. El turismo es el único medio de vida de sus pobladores. Todo el recorrido vale la pena, empezando por atravesar el Mekong, el mítico río que nace en el Tíbet, fluye por China y Myanmar, atraviesa Tailandia, Laos y Camboya, y desemboca en el sur de Vietnam. El Mekong es mucho más que un río, es parte de la historia de Asia y considerado sagrado. Navegarlo, y más aún en estas barcazas tradicionales, es experimentarlo en todas las dimensiones posibles. sudeste5 Laos: calma y belleza en Luang Prabang No hay mejor definición al hablar de Luang Prabang que la de un lugar único, en donde el tiempo está detenido. Al desembarcar en esta pequeña villa, queda atrás el bullicio de las ciudades asiáticas y sólo resta entregarse a la tranquilidad y la belleza. Luang Prabang es un pueblo salpicado de templos, con un definido estilo colonial, fruto de su herencia francesa. Declarado Patrimonio Mundial por la Unesco, de día enamora con sus balcones floridos, su gente siempre sonriente y los monjes que caminan sin prisa por sus callecitas. De noche, todo se llena de lámparas de papel y luminarias, muchas calles se transforman en peatonales y se llenan de artesanos vendiendo sus tejidos típicos y el producto de mayor valor de la zona: la seda genuina. Un clásico cercano es la excursión de un día a la catarata Tat Kuang Si, a 30 kilómetros del centro del pueblo. Con una cascada principal que tiene una caída de 60 metros, el recorrido invita a cerrarse con un chapuzón. Para reponer energías, el plato en sus calles es de reminiscencias francesas: una buena baguette, y luego, a seguir buscando aventuras. Vietnam, de espíritu intenso Hanoi es capital de Vietnam y la puerta de entrada más popular a este país. Es la segunda ciudad más grande, después de Ho Chi Minh, a más de 1.700 kilómetros al sur. Hay que prepararse para su espíritu ‘intenso’: desde los estafadores de turno, que no pierden oportunidad de hacer gala de sus engaños desde que se aterriza en el aeropuerto, hasta acostumbrarse a sus sonidos. El sentido del tráfico es indescifrable y los bocinazos son el lenguaje común y constante de todos los conductores. El tráfico caótico de la ciudad se multiplica con la cantidad de motos que superan ampliamente al número de autos que transitan por la ciudad. Aun así hay mucho para sorprenderse y todo por descubrir. La belleza de las plantaciones de arroz y la gente con sombrero cónico que son parte del imaginario popular, son moneda corriente en cualquier ciudad vietnamita, inclusive en su capital, y eso suma al encanto. Hacia el Norte, a casi cuatro horas del centro de Hanoi, la espectacular bahía de Halong es uno de los paisajes más buscados. La recomendación imperdible es fijar dos días para navegar esas aguas de inexplicable color esmeralda -en uno de los típicos barcos- mientras se atraviesan las más de 3.000 rocas, islas e islotes. Para pasar la noche, una opción es Cat-Bá, una isla en medio de la bahía. Si bien siempre está la práctica opción del transporte aéreo, de disponer de tiempo -y espíritu de aventura- , es interesante comprar un pase en bus para recorrer las ciudades más importantes de Vietnam. En orden geográfico y hacia el sur desde Hanoi, las destacadas -sólo por mencionar algunas- son la exquisita y colonial Hoi An; Nha Trang con sus playas sobre el Mar de China del sur, y Ho Chi Minh City (HCMC), ex Saigón, la antigua capital, que retoma el clima cáotico pero siempre vivaz de las típicas urbes asiáticas. sudeste6 Camboya, los restos de un imperio Desde Ho Chi Minh City demora cerca de cinco horas llegar a la capital camboyana, Phnom Penh, por tierra. Lo más divertido de este viaje es que atravesar la frontera también implica atravesar agua, por lo que se combina colectivo y ferry, que embarca con bus y pasajeros a bordo. Esta ciudad suele ser un lugar de paso para los viajeros que quieren llegar a Siem Reap en busca de los famosos templos, pero al arribar la sorpresa es grata. Tiene un espíritu propio que vale la pena un día extra de itinerario. El imponente Palacio Real y el Museo Nacional son dos de los destacados para visitar en el lugar. Pero más allá de sus atractivos, el valor de Phnom Penh es que obliga a involucrarse en su historia para llevarse lo más importante. Llegar a este pequeño país es también, adentrarse en el costado reciente y desgarrador de su identidad. Camboya sufrió un genocidio en el que murió un cuarto de la población entre 1975 y 1979, a manos del poder despótico de aquel entonces, el Khmer Rouge. Después de años de lucha, recién en 2007 se abrió el juicio que buscará cerrar el capítulo más terrible de su historia. Mientras cicatriza sus heridas -que posiblemente, nunca sanen del todo-, Camboya se erige cada vez más alto entre los destinos más atractivos y elegidos de esta ruta. Otras cinco horas de viaje por tierra y al fin se llega a Siem Reap, una pequeña ciudad emergente, muy popular gracias al turismo, atraído por el monumental Angkor Wat. El complejo abarca cerca de 400 km2, y el parque arqueológico -Patrimonio de la Unesco- alberga las capitales del imperio Khmer, del siglo IX al XV. El más famoso es el templo de Angkor, y le siguen el Angkor Thom -y dentro el Ta Prohm, atravesado por gigantescas raíces que lo hacen aún más enigmático-, el de Bayon -con sus cientos de rostros tallados en piedra-, la Terraza de Elefantes y mucho más. Como la distancia entre los templos es grande se puede alquilar una moto o un tuk-tuk con conductor, que irá haciendo escalas en los puntos más importantes. El amanecer y el atardecer son los momentos mágicos, cuando el sol tiñe de dorado las imponentes construcciones milenarias, y hasta se lo puede apreciar desde el aire, sobrevolando en globo el enorme predio. Más allá del imán místico de Angkor Wat, Siem Riep es más que sus templos. No faltan los mercados típicos, como el Psar Chaa o el Psar Kandal, donde se compran piezas de seda artesanal y souvenirs, y hay bares con mesas en la calle donde tomar una cerveza y ver danzas apsaras, el típico baile tradicional.  
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