Valencia brilla.

Valencia brilla.

Unos días en Valencia, esta soleada ciudad mediterránea que conjuga su abrumadora historia grande y el entorno perfecto para disfrutar una vida al aire libre.

Por Juan Maldonado Antes de poner los pies en aguas nuevas es necesario aclarar dos cosas: la paella no se hace con mariscos ni tampoco es lo que más sale en Valencia. “Vamos al río” es una expresión común en cualquier lugar que goce con la fortuna de ser acariciado por una corriente de agua dulce, como una invitación a ir a refrescarse o vincularse con ella de alguna forma u otra. En Valencia es diferente. Esta ciudad levantina de historia grande (fundada en el año 138 AC por los romanos, habitada por los visigodos, dominada por los musulmanes desde 728 y conquistada por el cristianismo a manos del rey Jaime I en 1238), fue emplazada a la vera del río Turia, cerca de su desembocadura en el mar Mediterráneo. Una gran riada a mediados del siglo pasado, que con su inundación provocó muertes y numerosos daños materiales, derivó en la ejecución del Plan Sur: la construcción de un nuevo cauce para el río. ¿Qué se hizo con el antiguo? El mayor parque de España. Valencia hoy está surcada de oeste a este por los Jardines del Turia, una alfombra verde de 10 kilómetros de extensión cerrada al tráfico; un pulmón que recibe diariamente a miles de personas que buscan recreación, caminatas o largos paseos en bicicleta. Y claro, que también nos abrazó a nosotros, recién llegados a la ciudad, para que pudiéramos descubrir y entendiéramos cómo es esta idea de “ir al río” a empaparse de aire puro. valencia1 Ciudad natural Una forma muy recomendada de recorrer la ciudad es arriba de una bicicleta. El clima pareciera que siempre es el ideal, el tránsito, fluido y los ochenta kilómetros de bicisendas empujan las ganas de pedalearla. Nosotros no lo hicimos del todo (eso de recorrer la ciudad) porque nos ¿limitamos? a bajar por el río, ni tampoco hicimos del todo (eso de pedalear) porque montamos sobre unos rodados eléctricos impecables que nos dosificaron el esfuerzo. La parquización del viejo cauce del Turia, además de ser una maravilla en términos de urbanización, es un regalo para los amantes de la naturaleza y el aire libre. Uno puede comenzar la travesía en el Parque de Cabecera y el Bioparc (zoo de nueva generación que interpreta los distintos ecosistemas africanos), y tirarse por el tajo verde como en un tobogán de oxígeno hasta casi zambullirse en el Mediterráneo. Hoy es un casi porque aún resta parquizar un pequeño trecho antes de llegar al mar. En el recorrido por los Jardines del Turia cruzamos por debajo de dieciocho puentes, algunos históricos como el del Reino, que con sus gárgolas medievales nos ahuyentaron los malos espíritus, y otros modernos como el de la Exposición y el de las Flores, por campos deportivos (la mayoría de fútbol) y por zonas lúdicas como el parque Gulliver, una escultura gigante del gigante: rampas, toboganes y escaleras al servicio de la diversión de los más (o menos) pequeños. Nos detuvimos un par de veces para que Vito nos alimente con la rica historia de su Valencia y nos cuente, entre otras cosas, que el gran Palau de la Música fue la primera construcción del parque. Todo antes de llegar a la entrada de uno de los complejos científico-culturales más importantes de Europa: la imponente Ciudad de las Artes y las Ciencias, construido por el valenciano Santiago Calatrava, en colaboración con Félix Candela. El proyecto abarca una superficie de tresceintos cincuenta mil metros cuadrados y se extiende por casi dos kilómetros de largo, donde al recorrerlos, se evidencia la arquitectura futurista y su conexión con la historia mediterránea a través del predominio de los azules y blancos. Los edificios que integran el complejo son: el ‘Hemisfèric (Planetario), el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, L’Umbracle (paseo con especies autóctonas), el Oceanográfico (el mayor centro marino de Europa), el Palacio de las Artes Reina Sofía (ópera y salas de exposiciones) y el Ágora (plaza para conciertos y eventos deportivos). Cada uno de estos edificios, que se han convertido en íconos de Valencia, cuentan con funciones, impronta y lenguaje propios pero coinciden para crear una ciudad colosal. Diría que es una necesidad visitar la Ciudad de las Artes y las Ciencias también durante la noche, detenerse sobre el puente Assut de l’Or –conocido como Jamonero- y mirar a ambos lados del río para tener un registro completo de la obra maestra de Calatrava. Uno puede quedarse horas observando el efecto de reflexión de esas formas dinámicas iluminadas sobre los espejos de agua desde donde emergen. valencia2 Quizá por cuestiones de seguridad, Valencia no quiso ser en aquella época romana, una ciudad con vista al Mediterráneo, pero la modernidad y el crecimiento de los días nuevos le han hecho mojar sus pies en la marea. Acceder al Paseo Marítimo y a la costa urbana de la Playa de la Malvarrosa o la Playa del Cabanyal, hoy es muy sencillo y descubrir su belleza no resulta ningún misterio: la playa valenciana es abierta y extensa, la arena es dorada y el agua es azul. Nosotros, ya sin las bicicletas, nos desplazamos unos diez kilómetros al sur hacia el Parque Natural de la Albufera para conocer también la Playa del Saler, un gran arenal con dunas y vegetación tupida. Un dato para los amantes del golf: ahí mismo junto al mar se encuentra uno de los mejores campos de Europa, el Club de Golf El Saler, escenario del Seve Trophy. Campo adentro nos internamos en la Albufera, una extensión inmensa de agua dulce separada del mar por una lengua de tierra y sedimentos marinos, donde los pescadores de El Palmar, un pueblo de setecientos cincuenta habitantes y antiguas barracas (casa típica valenciana) navegan con sus barcazas en busca de la lubina, la carpa real y la anguila. El Parque Natural de la Albufera alberga cientos de especies de aves, representa un modo de entender la vida en plena armonía con el medioambiente y guarda los secretos de los orígenes de la gastronomía valenciana. Durante el invierno, se cierran las compuertas de los tres canales de salida al mar para inundar las miles de hectáreas de arrozales de la región, que luego se convertirán en la materia prima del plato más famoso de Valencia: la paella. valencia3 Bordeando el mar hacia el norte al otro lado de la ciudad, fuimos en busca de una experiencia gastronómica que nos pintaron como única: la Barraca de Toni Montolieu. Toni es un gaucho valenciano de barba cenicienta; usa sombrero sobre un pañuelo, lentes y delantal, y cocina la mejor paella del mundo. Puede sonar exagerado, pero él lo hace sentir así. Para cocinar su paella valenciana utiliza los elementos que hay que utilizar, el fuego es de leña y los utensilios son normales, pero le agrega un ingrediente único: su carisma. Toni es un apasionado de sus raíces y quiere que todo el mundo lo sepa. Tiene miles de anécdotas, cuenta cómo los pobladores de la zona inventaron este guiso a base de arroz combinado con “lo que tenían a mano en ese momento” (hoy conocido como producto autóctono) haciéndonos a los invitados participar del ritual: todos recolectamos la verdura de su huerta, cortamos las judías (chauchas) y revolvimos la mezcla al calor del fuego. Y una tarde de sol, armados con cucharas de madera, comimos una paella como manda la tradición.   Ciutat vella Para abordar el casco histórico debimos sortear el Puente de Serranos sobre el antiguo cauce y encarar las Puertas que llevan el mismo nombre, una fortaleza con dos torres del gótico-valenciano que, además de erigirse como una de las doce que protegieron la urbe milenaria, abrigó las reliquias del Museo del Prado durante la Guerra Civil. Se cuenta que antiguamente, cuando las puertas se cerraban por la noche y los peregrinos demorados que volvían de la sierra no lograban cruzarlas, improvisaban un refugio pernoctando como vagabundos bajo los bancos exteriores en forma de medialuna. Por suerte, nosotros contábamos con tiempo suficiente como para no quedarnos en la luna de Valencia, así que dejamos atrás las pesadas puertas y avanzamos hacia la ciutat vella. Las antiguas murallas ya no están, fueron derribadas en 1865 con el fin de ampliar la ciudad, multiplicar las fuentes de trabajo (que por esos años escaseaba) y porque a esa altura de la historia, el escudo no tenía razón de ser; pero las calles del intrincado barrio de El Carmen dejan colar el mismo sol de antaño: esa cálida luz mediterránea que revela los tesoros misturados de las distintas épocas que lo atravesaron, desde el gótico al modernismo. Es que la geometría vertical de la ciudad no ha variado demasiado desde aquellos tiempos, los métodos de preservación han conseguido que en doscientos metros podamos tropezarnos con piedras medievales, puertas barrocas o ver reflejadas, en el trencadís de los cerámicos azules y blancos de los balcones árabes, las ruinas romanas de la Plaza de la Almoina, el antiguo foro. Claro que no todo está contado en páginas amarillas; desandando el empedrado también encontramos curiosidades modernas, como la intervención de fachadas encadenadas en la ruta del Street art, donde nombres como Hyuro, Escif, Julieta XLF y Cere dan vida nueva, con grafitis y murales, a los seis barrios que componen el casco histórico más grande de Europa: el, ya nombrado, El Carmen, La Seu, El Pilar, La Xerea, Sant Francesc y El Mercat. valencia5 Como otra manifestación artística urbana nos embistió la magnitud del Mercado Central de Valencia, el mercat que marca el pulso gastronómico de la ciudad vieja. Siendo el más espacioso de todo el Viejo Continente con ocho mil metros cuadrados de superficie cubierta, la estructura modernista juega un papel fundamental a la hora de apreciar su contenido: el vidrio, el metal, el mosaico y la gran altura del edificio en beneficio de la iluminación natural, transforman los alimentos en piedras preciosas, realzando la gran variedad de texturas, colores y aromas de productos autóctonos y algunos con denominación de origen, entre los que destacan: mariscos, pescados, aceites de oliva, naranjas, arroces, cervezas artesanales, vinos criados en ánforas de barro y las tradicionales horchatas. En este último producto hay que detenerse, porque si hay una bebida que mejor representa a la región, es este refresco hecho a base de agua, azúcar y chufas molidas, que riega la ciudad desde las terrazas de sus bocas de expendio (las horchaterías) convirtiéndose en un mediador de encuentros, la excusa frecuente para detener el tiempo y compartir un momento de ocio. Y, por qué no, en nuestra pausa. valencia7 La historia de la ciudad es muy extensa y su cultura, en consecuencia, ha desarrollado un tamaño proporcional. Al caminar por el casco histórico, las calles le hacen creer a uno que en ellas ha sucedido absolutamente todo y que su completo abordaje podría demandar una vida entera. Puede que esos caminos de piedra estén en lo cierto, pero al llegar a la Plaza de la Virgen, el corazón del casco, al menos, logramos distinguir que aquel era un lugar que no debíamos saltear. Allí encontramos la Catedral, que tiene su origen en el siglo XIII y fue templo romano de nacimiento y mezquita después; su estilo va desde el románico al gótico, como bien lo reflejan sus tres grandes puertas: Puerta de los Hierros (barroca), Puerta de los Apóstoles (gótica) y Puerta del Palau (románica). Grandes multitudes las atraviesan diariamente para conocer sobre todo la Capilla del Santo Cáliz, donde se conserva la pieza original que, según la tradición, utilizó Jesucristo en la última cena. También existen costumbres domésticas, como la que hace que las embarazadas den nueve vueltas en el interior de la Catedral y le recen una oración a la Virgen del Buen Parto. Sobre la misma plaza se encuentra la Real Basílica de la Virgen de los Desamparados, templo dedicado a la Patrona de la ciudad, donde destaca su gran cúpula barroca corrida del eje central. Muy cerca y siguiendo en plan religioso, cobra significado una visita a la Iglesia de San Nicolás. Sus frescos, que recuerdan a los de la capilla de Sixtina, lucen espléndidos gracias a su reciente restauración, que fuera calificada, por su magnitud, como la de mayor importancia a nivel internacional. Navegando por las venas del Mercat o El Seu uno puede darse cuenta que perderse en la ciudad vieja es casi una obligación. No en el sentido de extraviarse como un marinero en aguas desconocidas sin agujas imantadas al norte, si no más bien, dejándose llevar por la propia inercia de andar por andar, sin una búsqueda concreta, con el solo propósito de caminar desordenando épocas, mezclando lapsos, descubriendo vidas, como si las pequeñas calles fueran líneas de tiempo de piedras y leyendas y la historia, un ovillo enredado de sucesos. Es así como en sus senderos puede percibirse un aire fallero en cualquier época del año, aún cuando Las Fallas, que son las fiestas tradicionales de Valencia, se celebren a mediados de marzo recibiendo la primavera. Fue en esa historia en la que nos perdimos y guiados por su brisa festiva, nos encontramos con la Plaza Redonda o el clot (agujero), un mercado a cielo abierto, donde se comercian artesanías en su mayoría vinculadas a la costura. valencia6 La plaza resulta curiosa, tanto en la construcción circular de las edificaciones que la definen, como en el eco de las historias que se embudan desde los balconcitos de hierro de las casas hacia el corazón mismo del ágora. Es allí, donde cada lunes y jueves, como en un domingo en familia, se reúnen las artesanas de la blonda valenciana -técnica de aguja e hilo sobre tul- a compartir su experiencia, enseñar sus virtudes y cumplir su rutina, con el fin de completar los delicados trabajos que, en algunos casos, llegan a demandar más de un año de elaboración. Ese tiempo, por ejemplo, es el que empleará Pepe, un joven aprendiz de más de sesenta años, para elaborar una mantita morellana que adornará un nuevo vestido en las Fallas del año que viene. Los pasillos de salida del clot resultaron conectores en un espacio y tiempo de seda y nos trasladaron a una antigua y diferente Valencia: con el legado de la época de dominio musulmán, la posterior influencia de los artesanos genoveses y una ubicación estratégica para la entrada y salida de la mercadería, la ciudad comenzó a erigirse como capital mediterránea del comercio de la seda a partir del siglo XV. Tanto fue así que un tercio de su población se sustentaba mediante la cría del gusano de seda. El magnífico edificio de La Lonja de los Mercaderes, construido en 1494, otorga una prueba contundente de ello. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la Lonja de la Seda -como también se la conoce- es la edificación de estilo gótico-civil de mayor relevancia en la ciudad. Al recorrerlo uno podría entender la frase de Flaubert que popularizó el gran arquitecto Mies Van Der Rohe, “Dios está en los detalles”, porque al mirar las imponentes columnas helicoidales de la Sala de Contratación y el trabajo de artesonado en madera de los techos del salón del Tribunal del Comercio en el Pabellón del Consulado del Mar, podría comprenderse la historia de Valencia entera. Y por si acaso con los detalles no alcanzase, este último espacio alberga al Consulado que lleva el mismo nombre, una institución creada en el siglo XIII con el propósito de garantizar el cumplimiento de las reglas en cuestiones marítimas y mercantiles.

La energía del sol de Valencia socializa, conecta a su gente con el entorno y la expulsa a las calles del encuentro. Es algo cotidiano allí y sucede todo el año. En gran medida porque los días de lluvia son escasos y el astro rey no descansa, de modo que a nosotros nos resultó inevitable sentir esa calidez al pasar por la Plaza del Ayuntamiento, donde las aceras y terrazas lucían colmadas de valencianos mezclados con turistas. Horas más tarde en los alrededores de la plaza, después de que la misma imagen se trasladara al interior de la horchatería, a la tapería de enfrente y a la tasca de la esquina, cúmulos de gente nos encontrábamos tomando la Avenida del Marqués De Sotelo que nos llevaría hacia la salida de la ciutat vella. Muchos llegarían a su próximo tren en la Estación Du Nord para volver a sus hogares o cruzarían hacia el barrio Ensanche a extender la noche de tapas; otros nos quedaríamos contemplando la belleza dórica de la Plaza de Toros encendida por los fuegos amarillos de su historia y el penúltimo sol de la tarde. Porque en Valencia, lo que más sale, siempre es el sol.

  Datos útiles:

Para llegar Iberia vuela desde Buenos Aires a Valencia con escala en Madrid. Dos vuelos diarios entre Buenos Aires y Madrid y seis conexiones entre Madrid y Valencia (iberia.com).

Para alojarse en la ciudad en AC Hotel Valencia by Marriot (espanol.marriott.com). En el Parador de El Saler, a menos de 20 kilómetros de Valencia, con uno de los mejores campos de golf de Europa (parador.es).

Para almorzar o cenar con vista al mar en Panorama (panoramarestaurante.com) y Arrocería Duna, en El Saler (arrocerÌaduna.es). En el centro: La Cigrona (lacigrona.com). En lí Horta Nord, en las afueras: Barraca de Toni Montolieu (barracatonimontoliu.com).

Más Información en Oficina Española de Turismo: Av. Figueroa Alcorta y Ramón Castilla, (11) 4809-4999, buenosaires@tourspain.es, www.turisvalencia.es y www.visitvalencia.com

 
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