Vallarta y Nayarit: Sobre los pasos de Liz y Richard.

Vallarta y Nayarit: Sobre los pasos de Liz y Richard.

Después de la Argentina, Uruguay y Brasil, México es el país latinoamericano que conocemos mejor. Muy extenso, siempre queda mucho por descubrir. Al poner pie en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, nos sentimos envueltos por su admirable cultura y la hospitalidad de su gente que nos terminó de cautivar en Vallarta y Nayarit.

Por Guido Minerbi vallarta Hacia Jalisco y Nayarit Conocíamos la Ciudad de México, Yucatán, Quintana Roo, Puebla, Taxco, Oaxaca, Mexicali y Tijuana, y aceptamos entusiasmados una invitación para recorrer una región a orillas del Pacífico, en los estados de Jalisco y Nayarit, separados apenas por un puente y un río. Conoceríamos una serie de playas con una envidiable infraestructura turística, enriquecida por el color local. Un B787-8 Dreamliner de Aeroméxico -que nos impactó por su insonorización- nos llevó de Ezeiza a la Ciudad de México, donde abordamos un avión más pequeño hacia la costa. Puerto Vallarta nos sonaba, pero no así Nayarit y su riviera, primera etapa de nuestra visita. Aterrizamos y al rato subimos a una van, cruzamos el puente y en media hora ya nos estábamos instalando en el moderno complejo Iberostar Playa Mita, en Litibú, a orillas de un Pacífico azul, fiel a su nombre. La Riviera Nayarit es un desarrollo reciente con apenas diez años de historia. El complejo surge prácticamente aislado, rodeado por una naturaleza incontaminada que invita al descanso y a pasarla bien, solos o en familia. Cansados por los vuelos, optamos con nuestros amigos por aprovechar la amplia alberca (pileta), un par de cervezas micheladas (con limón) y un par de margaritas. Casi todas las edificaciones en los cuidados jardines del complejo tienen techos de palapa, semejantes a nuestros quinchos, pero realizados con hojas de palmera que allí abundan. Reconfortados, un ascensor nos depositó frente a la playa, donde disfrutamos de un mar tibio, con escaso oleaje y suave declive. Se nos ocurrió que el paraíso debe estar en Nayarit o cerca de allí, mientras flotábamos mirando un cielo muy celeste… La Riviera Nayarit -no obstante su característica de oasis aislado- no está en el desierto. En las cercanías se levantan pueblos típicos con su esencia intacta, que no han sufrido los cambios traídos por el turismo de masas. Varios han merecido la distinción de “pueblo mágico”, que otorga el Gobierno Federal por su autenticidad y tradición. Ésta, por ejemplo, no permite la instalación de locales de Starbucks, McDonald’s y congéneres. En estos pueblos todavía se puede degustar el “café de olla”, aromático brebaje que hierve por horas y horas en grandes ollas de barro, con café, canela y piloncillo, un pequeño obelisco de azúcar que se va consumiendo hasta desaparecer, hecho que anuncia que la poción mágica está lista. En uno de ellos un anciano nos hizo reflexionar con una sabia definición: “América Latina es un gran continente dividido por el mismo idioma”. No es para menos: no dejamos de sorprendernos con albercas, palapas, guacamayos (loros), cacahuates (maníes), moles (salsas), aguacates (paltas) y tantos mexicanismos más. vallarta4 Experiencias intensas Un itinerario nos permitió conocer el pueblo de San Francisco, que los locales han rebautizado San Pancho. Es la capital cultural de la riviera nayaritense. Allí tuvimos un encuentro inesperado en el hotel-boutique Cielo Rojo, con su atractivo restaurante al aire libre en el patio central. Semioculto por una frondosa barba, apareció el chef internacional, poco exótico para nosotros: Carlos Gattás, ¡nacido en San Carlos de Bariloche! El encuentro nos confirmó que hay argentinos en todas partes.Al día siguiente realizamos una excursión marítima a las Islas Marietas, parque nacional y santuario que protege especies desconocidas de aves como el pájaro bobo de patas azules. De origen volcánico, las islas esconden playitas, grutas y caletas -sólo accesibles por mar- de una belleza que deja pasmados. Otro paseo nos llevó hasta Vista Paraíso, donde quienes disfrutan de la tirolesa o canopy pueden sobrevolar, colgados de aparejos sujetos a fuertes cables de acero, las copas de una arboleda variada, añosa y exuberante. Otros dos pueblos con mucha magia se sumaron a nuestro itinerario playero. Ambos, con nombres muy atractivos: Cruz de Huanacaxtle (pronunciado Uanacástle) y Sayulita. El primero crece a paso sostenido. Del somnoliento pueblo costero de pescadores que fue, cuenta hoy con la marina más completa e importante del Pacífico Mexicano. Todavía hay ahí pescadores y pesqueros, pero gradualmente se está convirtiendo en activa meta turística. Uno de sus atractivos es el Mercado del Mar, donde se pueden adquirir pescados, frutos de mar, ostiones y otras delicias fresquísimas, junto con una selección de artesanías regionales. Recorrimos y fotografiamos la marina poblada de perezosos pelícanos encaramados en rocas y ramas. Otros, más aburguesados, apostados en lanchas, botes y lujosos yates. El resto de la jornada lo dedicamos a visitar la “capital mexicana del surf”: el pueblo de Sayulita. Volviendo a los nombres de los pueblos, vale la pena comentar que el huanacaxtle es un árbol de madera muy dura que alcanza un enorme tamaño. Sayulita, a su vez, deriva su nombre del de una ciudad jaliciense, mucho más grande: Sayula. En Sayulita nos llamaron la atención la cantidad y colorido de puestos callejeros y tiendas donde se puede adquirir toda suerte de maravillosa artesanía. Un público joven poco más que adolescente puebla sus playas y pintorescas calles. Restaurantes al aire libre están enmarcados por la impactante cadena de la Sierra Madre que, en algunos tramos, alcanza una altura de unos 2.500 metros, igual a la de la misma Ciudad de México. Nos llamó la atención el comentario de una pareja de viejos y queridos amigos que de pura casualidad recalaban en Sayulita - griego él, norteamericana ella. Viven en la hermosa y lluviosa ciudad de Seattle, en el Noroeste de los EE.UU. Al preguntarles qué hacían en Sayulita nos dieron una respuesta irrefutable: “Vinimos a pasar unos días para almacenar playa, sol y el color de México”. Y eso es Sayulita: mar, playa, surf, mucho sol, apetitosa comida, excelentes tragos y cerveza, mucha juventud, música, tradiciones y tanto color. Al anochecer, regresamos agotados al complejo, fantaseando chapuzón en el mar, ducha y cena “picosa” en el gran restaurante mexicano. Fiesta mexicana y mariachi Nuestros planes cambiaron de golpe. Nos esperaba una animada fiesta mexicana, con la presencia de un extraordinario conjunto mariachi en plena y fogosa versión de un clásico del recordado Jorge Negrete: Camino Real de Colima. Le siguieron otros favoritos como Guadalajara, La Negra, Jarabe Tapatío y las infaltables Mañanitas. Canto, trompetas, violines, guitarras y el característico guitarrón reemplazaron playa, chapuzón, ducha y cambio de ropa. Aceptamos más de un tequila o cóctel margarita (que allí pronuncian “coctél” con acento en la e) y unas botanas (tapas o bocaditos) como preámbulo de la cena. El mariachi -símbolo de México si lo hay- nació en Jalisco, por lo cual sentimos que Nayarit ya nos estaba despidiendo para que cruzáramos el río y conociéramos las perlas de ese estado: Puerto Vallarta y su collar de pueblos mágicos. A la mañana siguiente emprendimos el camino hacia Vallarta, con una breve visita a Bucerías, otro pueblo asomado a la histórica Bahía de Banderas. Según nos comentaron, el nombre se lo pusieron los españoles que llegaron allí por mar. Los recibieron aborígenes con cabezas y cuerpos decorados con plumas multicolores que los europeos, a la distancia, confundieron con banderas. Puerto Vallarta y Hollywood Hacía mucho calor cuando finalmente llegamos al que fuera otro remoto pueblito costero de pescadores. Se cuenta que éstos iban descalzos en botes y playas y así a sus habitantes les quedó el insólito gentilicio de “patasalada”. Hoy día hay que hacer un gran esfuerzo para imaginar lo que en su momento fuera un humilde villorio. Se han levantado lujosas viviendas, altos edificios, refinados complejos y restaurantes, convirtiéndolo en meta favorita del turismo canadiense y estadounidense, en menor medida europeo y mexicano y, para nuestra sorpresa, escasamente latinoamericano. Parece que los sureños todavía no lo hemos descubierto. En realidad, pocos lo habían descubierto hasta que un famoso director de Hollywood resolvió rodar allí un film que literalmente marcó el comienzo de una transformación irreversible. John Huston filmó en la alejada playa de Mismaloya, en 1964. El film La Noche de la Iguana, basado en una obra de Tennessee Williams, tuvo un relativo éxito de taquilla, por más que su elenco incluyera renombradas estrellas. Lo que realmente fascinó, dio que hablar y escandalizó fue que el mayor papel masculino lo interpretara Richard Burton y que él se hiciera acompañar por su pareja-novia-amante Elizabeth Taylor. No hubiera sido nada, si ambos no hubieran estado todavía casados con otra y otro. Los periodistas de los tabloides y los paparazzi de la farándula y el corazón, intuyendo un tórrido romance, se agolparon en Vallarta que, en poco tiempo, cambió para siempre. Es imposible visitarla sin sentir la presencia de Richard y Liz, así como no se puede pensar en Casablanca -otro puerto- sin percibir la presencia de Ingrid y Humphrey. En Vallarta hay de todo, para todos los gustos y edades, hasta hay un barrio abiertamente gay-friendly. Restaurantes de altísima gama, lujo, sofisticación, color local, discotecas, grandes hoteles y movida hacen inevitable comparar este expueblito apacible con Saint Tropez en Francia -otro pueblito costero transformado en cita del jet-set tras el paso de Roger Vadim y Brigitte Bardot. Alojados en el lujo Aquí también recalamos en un lugar paradisíaco, mexicanísimo en su estilo, de un lujo sobrio y exclusivo: un complejo como no hemos visto otros en mucho tiempo, donde no hay un solo detalle que desentone. Es Casa Vela, complejo situado en el corazón del sector nuevo y residencial de Puerto Vallarta. A cinco minutos de la playa, donde tiene además otra alberca y un refinado restaurante, exclusivos ambos, a los que se accede mediante un servicio privado de vans. En el parque lujurioso pasean altivos y egocéntricos pavos reales y en sus cursos de agua nadan decenas de carpas multicolores entre esbeltas palmeras, buganvillas (bah! Santa Ritas) y canto de pájaros. No nos hubiéramos querido ir nunca de allí, pero nos propusieron realizar atractivas “exploraciones” a las que no nos quisimos negar. El primer día visitamos el famoso Malecón, ineludible paseo costero donde todos quieren ver y ser vistos. Luego paseamos por la Zona Romántica que no requiere mucha explicación -porque lo es- y por toda la zona de playas que rodean el Muelle de los Muertos, del origen de cuyo nombre preferimos no enterarnos. Un madrugón Tempranísimo, la mañana siguiente nos pasaron a buscar para ir al puerto desde donde zarpamos en un catamarán. Poco más de una hora de navegación y llegamos a Las Caletas, donde nos recibieron flamingos y guacamayos de increíbles colores. Tuvimos un fugaz diálogo con un enorme loro, que pronto se aburrió de repetir “¿qué pasó?” y se fue volando cual barrilete multicolor. La vegetación espesa, de múltiples verdes, llega casi hasta el mar y delimita varias pequeñas caletas y playitas de arena muy fina y amarilla, con un mar transparente que deleita a los amantes del buceo. Antes de regresar a Vallarta nos sirvieron un almuerzo típico a base de arroz, frijoles refritos, tortillas, carnitas, pollo y arracheras tampiqueñas (finos bifes muy tiernos) con ensalada de nopales (cactus - ¡un manjar!). vallarta3 Paseos para abrir el apetito Nuestro itinerario vespertino pareció pensado para abrirnos el apetito. Vallarta se encuentra en las estribaciones de la Sierra Madre Occidental y su sector más histórico y antiguo se encarama en pendientes que se sortean escalón tras escalón. El esfuerzo mereció la pena: desde las alturas tuvimos una vista espectacular de la bahía en una gloriosa puesta de sol. Cosechamos la recompensa a nuestras fatigas en el restaurante Vista Grill, donde nos habían reservado una mesa con vista al Pacífico, iluminado por una luna casi llena. El restaurante está en el barrio Conchas Chinas, contiguo al de Gringo Gulch. En éste habíamos pasado por la casa en la que habían consumado su romance Liz y Richard, con una placa y una escultura que los inmortaliza. Descubrimos un nuevo margarita: el Margarita La Cítrica, mezcla de Tequila Milagro Blanco, jugo de naranja, fruta de la pasión, limón y toronja (el rioplatense pomelo). Tomamos dos… ¡porque con uno no alcanza! Como entrada nos atrevimos a los tacos de camarón con piña asada, aguacate, queso fresco, tocino y aderezo de chipotle. Para seguir con mariscos, el platillo principal fue de chile relleno con mariscos. Estuvo delicioso y, para no demostrar nuestra ignorancia, no preguntamos qué eran los chícharos, el queso Oaxaca y la salsa de elote amarillo. Salteamos el postre pero no renunciamos al espectáculo del Café Flameado, en que el maître hace verdaderos prodigios con licores ardiendo que va pasando histriónicamente de un recipiente al otro en cascada, hasta que se apagan. Se agregan al café servido con helado y crema. Según parece se mezclan tres licores mexicanos: Khalúa de café, tequila reposado de agave azul y el anisado Xtabentun, elixir que los mayas ofrecían a los dioses. Después de esa frugal cena, por suerte nos esperaba un auto para devolvernos a nuestro espléndido hotel. Tres pueblos mágicos El día siguiente, todos hubiéramos dormido a pata suelta hasta quién sabe qué hora, pero tuvimos que levantarnos no con el cantar del gallo sino con los agudos chillidos de los pavos reales tratando de impresionar a las pavas para luego escandalizar al mundo cual Richard y Liz. Era domingo: nos quedaba visitar tres famosos “pueblos mágicos” encaramados en la Sierra Madre, cerca del pico más alto, La Bufa. Iríamos a los pueblos coloniales de Mascota, Talpa y San Sebastián. Sumando las tres experiencias, nos formamos una idea de cómo se vivía siglos atrás, en pueblos perdidos en las sierras de México. Todos resultaron interesantes, pero el que más nos impactó fue el último, San Sebastián, con sus casitas de paredes muy blancas y en su parte baja una franja alta de color terracota oscura. En Mascota nos impactó la enorme Iglesia de la Preciosa Sangre, nunca completada. Se yergue en un parque con columnatas y arcos truncos, paralizada en plena construcción. En Talpa de Allende, el pueblo más grande y poblado de los tres, llegamos al concluir la concurridísima misa. En la plaza frente a la iglesia matriz los tatuanes realizaban sus bailes atávicos, adornados de plumas y acompañados por el estruendoso redoblar de grandes tambores. En un local de artesanías y afiches de personajes de la Revolución Mexicana, nos llamó la atención un adusto Emiliano Zapata con abajo un dicho que le atribuyen: “Ay, pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Infaltable también, un póster con la imagen de Frida Kahlo y Diego Rivera. No lejos de allí cumplimos con un ritual que nos aseguraron nos traería muy buena suerte. Al costado de otra iglesia hay una estatua de tamaño natural del Padre José María Robles Hurtado quien, al escuchar que algunos enemigos querían asesinarlo, para salvar las almas de sus verdugos se suicidó para que no pudieran cometer el crimen. Acariciar el pulgar del pie derecho de la estatua -dicen- trae muy buena suerte. Esa noche cenamos en Casa Vela al aire libre y recapitulamos los hitos de nuestra semana en la Riviera Nayarit y Puerto Vallarta. Coincidimos en que siete días habían sido pocos y que querríamos regresar. El día siguiente volaríamos a la CDMX, la nueva sigla del que antes todos conocían como el DF (Distrito Federal). La noche siguiente nuestra aventura mexicana concluiría a las 22:50 al despegar hacia Ezeiza. Nos sentimos como Cenicientas al convertirse el carruaje en calabaza. Por suerte, la nuestra fue un moderno avión. Despegamos en plena noche, en medio de una fina garúa. Sobrevolamos el Valle de México: allá abajo quedaba el Templo Mayor de Tenochtitlán, custodiado por sus imponentes guardianes: el Popo (Popocatépetl, “cerro que humea”, en náhuatl) y el Izta (Iztaccíhuatl, “mujer blanca”) sus famosos volcanes.
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