Buenos Aires secreta: Estudios Ion

Buenos Aires secreta: Estudios Ion

Por Javier Maldonado

João Gilberto estaba sentado aquí con su guitarra a punto de grabar una música que transformó al ser latinoamericano para siempre: la ‘bossa nova’. Horacio Malvicino, su productor, se le acercó y le preguntó: ¿Está usted bien, maestro? ¿Necesita algo antes de comenzar a grabar? Sí -le respondió Gilberto- Traeme una soga para ahorcarme”.

Este cuento de los años sesenta, que describe con una sonrisa el estado depresivo del genial músico brasileño, sale de la boca de Osvaldo Acedo, hombre de 74 años, dueño de los míticos Estudios Ion, con quien estoy conversando. Llegué recién a la cita, a las cuatro de la tarde como habíamos quedado. Me ofreció un café negro. Miramos brevemente unas fotografías, escuchando yo alguna de sus anécdotas, y ahora nos deslizamos por pasillos donde habitan las pavesas de Piazzolla, de Troilo, de Yupanky, de Oscar Aleman, de Charly García.

-En esta Balvanera están instalados los estudios desde 1960, aunque fue fundado en 1956, en una pequeña sala en Medrano y Díaz Vélez por el húngaro Tiberio Kertész. Cuando hicimos la mudanza, con los grabadores y las máquinas de un sitio al otro, yo tenía 16 años, y recién comenzaba en este oficio, como cadete y aprendiz.

-¿Y cómo llegó? ¿Cómo hizo el contacto?

-Mi padre era concertino de la Sinfónica Nacional, y Tiberio, uno de los violonchelistas. Hablaron. Mi viejo decidió mandarme aquí para que empiece a trabajar. Y acá estoy, ya ves, terminé siendo su dueño…

Ion está ubicado en la calle Hipólito Irigoyen al 2500, en el Once peligroso, francés y neorenacentista. Por fuera es sólo un portón azul (que nada nos dice, como cualquier fachada de estudio de grabación), pero su interior es absolutamente mágico: se expresa a viva luz la decoración sesentosa, intactas sus escaleras de mármol, sus variados pisos, sus lámparas, su mobiliario. Los porteros eléctricos y los teléfonos también son de época.

-Si algo se le rompe ¿Cómo obtiene los repuestos, Osvaldo?

-Hay muchos negocios de antigüedades. Aunque parezca mentira, no es tan difícil conseguirlos. En relación a los equipos, vienen técnicos dos o tres veces por semana si es necesario. Están íntegros por fuera e íntegros por dentro.

Osvaldo cuida la imagen vintage del estudio a tal punto que es imposible imaginar lámparas LED iluminándolo. Las paredes ocres de la sala principal han absorbido toneladas de humo de cigarros, han escuchado charlas, cantos e instrumentaciones en momentos trascendentales de nuestra música. La sala de control, diría yo, es una de los más bellas que he conocido jamás: la consola MCI, la copiosa microfonía a válvula Neumann (la marca alemana que usaba Hitler) es insuperable, los altísimos pies, la grabadora a cinta, el vidriado amarillento, las alfombras, la pared de ladrillos pintados que conduce al piano Boston de cola negro, ese piano que alguna vez fue manoseado por los dedos de Ariel Ramírez y de Osvaldo Pugliese.

-En los años sesenta, las compañías discográficas extranjeras como RCA o Columbia dejaron, poco a poco, de dominar la industria. Con la revolución estética del rock se cerró una puerta pero se abrió un portón: las producciones explosionaron en una diversa gama de estilos, y comenzamos a grabar, de forma particular, variadas propuestas de música popular, por eso João Gilberto trajo hasta aquí su bossa nova. No obstante, Troilo, en el ocaso del Tango, grabó en esta sala su majestuoso “Trolio For Export”. Astor Piazzolla, un genio de avanzada, sus dos discos más importantes: “Adiós Nonino” y “María de Buenos Aires”. Un colectivero llamado Goyeneche cantó aquí mismo su primer álbum. Bueno, Javier, la serie de nombres y apellidos ilustres que han pasado por aquí es infinita, no me alcanzaría la tarde para nombrar a todos. Para resumir, digamos que grabé a D`Arienzo, a Fresedo, a Lalo Schifrin, a Los Fronterizos cantando la “Misa Criolla”, a Jaime Roos, a Mercedes Sosa, a Les Luthiers, a Tita Merello, al Cuchi Leguizamón, a Sandro, a Luis Alberto Spinetta, a Litto Nebbia, al Charly García de los años ochenta, (también grabé a Serú Girán y ambos discos de “La Máquina de hacer pájaros”, en los setenta), a su talentoso discípulo, Fito Páez, que en 150 horas que le fié, realizó “Tercer Mundo” (Fito estaba sin contrato, y le cedí el estudio para que grabe sus canciones hasta que pudiera venderle la cinta a alguna compañía). Curiosamente, unos años después, grabamos “El amor después del amor”, que fue el disco más vendido de la historia discográfica nacional.

Estudios Ion es el Abbey Road de Buenos Aires. Algunos lo eligen por el mito, otros porque tienen la certeza de que, en materia analógica, ninguna sala suena con tal calidad. Desde el momento en que uno entra por la puerta se enfrenta cara a cara con la leyenda, percibe los fantasmas del pasado, se aplica el cuento, siente que nada en el mundo exterior sucede, que nada es real y que el tiempo es verdaderamente una absurda medida sin sentido. Ya hemos visitado todas sus salas, su despacho, la cocina. Entramos a un depósito de máquinas viejísimas donde veo, si es que no me engañan mis propios ojos, una obsoleta prensa de vinilos perteneciente a la industria de los años cuarenta. Salimos. Por la ancha galería vemos pasar al ingeniero Jorge "el portugués" Da Silva. Es un hombre flaco, atento, callado, de pelo corto, muy famoso en el ambiente. Según Osvaldo, se conocieron una tarde en el sello Music Hall y él lo reclutó a Ion inmediatamente (A día de hoy es un símbolo vivo del estudio). Nos saluda, y luego, para ir finalizando, seguimos la conversación sobre los propietarios del gran inmueble:

-Desde su fundación en 1956, los dueños han sido: Tiberio Kertész y su esposa Inés de Kertész, Fernando Gelbard (hijo de José Ber Gelbard, que era ministro de Economía de Perón), los hermanos Mario y Norberto Ka­minsky (dueños del sello Microfón) y luego, de aquel tiempo a esta parte, un servidor. Terminé siendo el dueño por decantación. He trabajado aquí desde los 16 años, lo más lógico era que terminara yo al mando de toda esta empresa.

Por último, hablamos de Lalo Mir, que utilizó la sala principal para filmar una serie de capítulos de televisión llamada “Encuentro en el Estudio” (Canal Encuentro), y así los Estudios Ion se posicionaron en el conocimiento popular de la gente de nuestro país. Añade que, en 2005, fue declarado por la legislatura porteña “Sitio de Interés Cultural”, y en 2015, por el Ministerio de Cultura de la Nación “Sitio de Interés Cultural de la Nación Argentina”. Al respecto, Osvaldo Acedo me dice:

-El día de la ceremonia, invité a dos de mis vecinos más ilustres: al dueño del restorán de la esquina, (muchísimos músicos se han sentado en su mesa) y a la vecina quejosa (viva la rivalidad), con quien he tenido juicios, en un principio, por la invasión del sonido, pero que con los años llegamos a hacer las paces.

-Habrá entendido ella, más que nadie, que la música no es sólo ruido.

-Exactamente. De todas formas, hay reglas de convivencia. Acordamos no grabar luego de las 22h. Todas las sesiones terminan a horario.

-Y de todos los discos que ha grabado en Ion, ¿Cuál es su favorito, Osvaldo?

-María de Buenos Aires, sin duda.

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