Buenos Aires secreta: La Casa de la Palmera

Buenos Aires secreta: La Casa de la Palmera
Por Esteban Goldammer / @gauchogold Buenos Aires está llena de misterios. Uno camina por sus calles y sus barrios y no sabe realmente la historia que encierra una cuadra determinada, una esquina, un bar, una casa. Algunas veces la exageración se hace presente y permite descubrir el engaño. Otras… otras conservan ese halo que las hace irresistibles y dignas de ser transmitidas. Entre estas últimas, se encuentra la que hoy vamos a contarles y que se remonta hasta finales del siglo IXX. En la calle Riobamba 144 hay una casona antigua que podría pasar desapercibida si no tuviera una palmera también centenaria en su frente. Se la conoce como “la casa de la palmera” y su historia es cuando menos intrigante. Allí vivía una mujer acaudalada, Catalina Espinosa de Galcerán, junto a su marido y seis hijos, cinco de ellos varones. La fortuna de Catalina procedía de su familia uruguaya y se acrecentó aún más con la muerte del Dr. Galcerán, famoso desde la epidemia de fiebre amarilla que azotó Buenos Aires allá por el 1871. Catalina amó esa casa. Había sido el resultado de una búsqueda intensa y tanto su estilo francés como su amplitud, la cautivaron desde el primer momento. Allí crió a sus hijos, que crecieron y estudiaron carreras universitarias. Pero mientras Elisa, la única hija mujer, trabajaba en el Congreso de la Nación, a apenas unos metros de la casona, los varones se daban la gran vida frecuentando la noche y disfrutando de la diversión y las mujeres. La posición acomodada permitía el despilfarro y la lujuria, sin embargo molestaba sobremanera a Elisa. El fallecimiento de Catalina Espinosa de Galcerán cambió la dinámica de la casa, no respecto del comportamiento de los varones que continuó exactamente igual, sino de la casa en sí: como muestra de dolor y congoja los hijos decidieron clausurar el cuarto de su madre, manteniéndolo tal cual estaba, sin tocar ni mover nada, de forma tal que nadie pudiera entrar. La irresponsabilidad de los hermanos y el peso de la casa sobre los hombros de Elisa fueron tal vez los disparadores para los acontecimientos posteriores en la historia familiar. Al poco tiempo y de manera sorpresiva durante un partido de tenis, fallece uno de los hermanos. Elisa determinó seguir el mismo procedimiento que con su madre: clausurar el cuarto del fallecido. A partir de allí el luto vistió a la familia. Casi misteriosamente, los entierros se sucedieron uno tras otro: un hermano ahogado en el río, otro acuchillado en una disputa callejera por una mujer. Las habitaciones de la casa se iban clausurando una a una, hasta incluir el sótano, donde el último de sus hermanos, el médico, solía mantener relaciones sexuales con la mucama. Y fue allí, en la cama, donde los cuerpos sin vida de ambos fueron encontrados. La policía sospechó, pero se atribuyó del deceso a un brasero y al monóxido. Elisa quedó sola en la casa gigante y pequeña a la vez, producto de tantos cuartos clausurados. Allí vivió por más de 40 años, una vida rutinaria y tranquila que pasaba entre el trabajo, la casa y la visita diaria, sin excepción, a la Parroquia de Balvanera. Un día de 1992 Elisa faltó a misa, lo que no hubiera llamado la atención si no fuera por su devoción absoluta. El párroco le telefoneó sin éxito y luego se acercó hasta la casa. Nadie atendió, por lo que decidió convocar a la policía. Los oficiales irrumpieron en un paisaje desolador. Nada en la casona parecía funcionar, no había luces y el panorama era lúgubre. Luego de la recorrida, los efectivos de la policía ubicaron una única puerta abierta: la del sótano, iluminado apenas por un pequeño tragaluz que permitía adivinar los muebles dentro de la habitación. En la cama, yacía el cuerpo sin vida de Elisa. Hay quién dice que esta historia inspiró a Cortázar a escribir su célebre “Casa tomada”, pero hay quien lo desmiente, quizás confirmando eso de que al fin y al cabo la única certeza es la muerte.
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