El ex Paseo de la Infanta

Un paseo por la memoria, la gastronomía y la historia de Buenos Aires.

Por Cecilia Gerona

Atrás quedan el asfalto y las bocinas de los autos apurados por llegar a no sé dónde. Camino sobre unas piedritas, rodeada de pasto, árboles, plantas; verde en toda dirección. Av. del Libertador, a solo cien metros del hipódromo, ahí está ubicado el actual Paseo Marcela Iglesias, ex Paseo de la Infanta. Un refugio de paz y libertad en medio del caos de la ciudad.

Un monumento a la memoria

A mi derecha, un cartel amarillo dice “Plaza de la Shoá”, que significa “el Holocausto” en hebreo. Un muro de piedras me deja muda: 114 exactamente, con la huella de objetos tan cotidianos como patines, pantalones o bicicletas.

Es que, como aseguran sus autores, Gustavo Nielsen y Sebastián Marsiglia, el monumento habla de personas comunes, como nosotros, que dejaron de existir a causa de castigos atroces. En esa pared de hormigón, 85 bloques están dedicados a la memoria de las victimas del atentado a la Embajada de Israel (1992) y 29, a las de la Amia (1994).

Giro y me sorprendo. A pocos metros, sobre la Av. Bullrich, se asoman las torres de la mezquita islámica. Sonrío. Porque en un rincón de mi ciudad, árabes y judíos logran convivir en paz. Y eso, también merece un monumento.

Gastronomía para todos los gustos

Debajo de las vías del ferrocarril San Martín, se despliegan los emblemáticos arcos de los Bosques de Palermo: la pasarela del polo foodie porteño que hoy está en auge y que en 2012 le devolvió las luces a un paseo abandonado desde 1996 a causa del accidente que acabó con la vida de una niña. En homenaje a ella, hoy el paseo lleva su nombre: Marcela Iglesias.

Los 200 metros de terrazas repletas de sillitas invitan a degustar una tarde de sol, deporte, aire libre y relax. ¡Es hora de almorzar! Entonces, me pierdo en un desfile de hamburguesas con queso cheddar derretido, crocantes choris gourmet, rolls de sushi exóticos, imperdibles ribs ahumadas, pizzas a las brasas, helados en palito con múltiples formas, crepes rebalsados de dulce de leche y Nutella, bagels de salmón, noodles veggies y jugos detox. También diviso un gym de Crossfit. ¡Hay para todos los gustos! Y en el aire suena buena música: un DJ está tocando en vivo, mientras las pintas de cerveza artesanal van pasando de mano en mano.

Debido a sus variadas propuestas, este es un paseo que merece ser recorrido a toda hora. La mañana es la elegida por los runners, patinadores o ciclistas; la tarde, por aquellos que huyen de la oficina para almorzar rico y en calma; la tardecita, la preferida por los amantes de la buena coctelería; y la noche, la imperdible para los que buscan diversión descontracturada entre amigos, terrazas y cerveza bien fría.

Es que sentarse bajo los arcos de Palermo es algo así como estar de vacaciones, sin estar de vacaciones. Y esa es, sin duda, la mejor propuesta del polo foodie que ya conquistó a los porteños.

Historia color de rosa

Cruzo el parque por un puente de arquitectura helénica. La retina se tiñe de mil colores. El aire se perfuma. Y frente a ese inmenso jardín (3,4 hectáreas), al estilo del Bois de Boulogne de París o el Hayde Park de Londres, me convierto en la protagonista de un película de época.

¡Bienvenida al Rosedal! Una colección de 18.000 rosas, rodeadas de lagos, con grandes fuentes rectangulares, un patio andaluz, glorietas sobre senderos, pérgolas, un embarcadero, aves, arcos de cipreses y mucha historia.

Parte del Rosedal ocupa un espacio que perteneció a la quinta del ex gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, hasta 1852, cuando fue derrocado. Entonces, el ex presidente Sarmiento expropió la hacienda y en 1875, se inauguró el primer parque público de la ciudad: el Parque Tres de Febrero.

Fue diseñado por los paisajistas Benito Carrasco, Eugenio Carrasco y León Thays, también autor del Botánico, el Parque Lezama y el Parque Avellaneda, entre otros. Allí funcionaba una confitería, donde solían celebrarse fiestas de beneficencia y reunirse importantes familias de la época. Y en honor a la visita de la Infanta Isabel de Borbón, el paseo pasó a llamarse Paseo de la Infanta.

Debajo de una glorieta, me encuentro con el Patio Andaluz, regalo del Ayuntamiento de Sevilla a la ciudad de Buenos Aires, inaugurado en 1929. En el centro, una fuente de mayólicas expulsa chorros de agua. Y en los bancos que rodean el patio, leo fragmentos del Quijote de la Mancha.

Sigo caminando y me topo con las palabras más bellas de la historia. Estoy en el Jardín de los Poetas. Dieciséis bustos forman un semicírculo. Y frente a William Shakespeare, Dante Alighieri, Alfonsina Storni, Jorge Luis Borges, Antonio Machado y Gabriel García Márquez, entre otros de los más grandes escritores de la historia, siento una brisa de libertad. Muy lejos y muy cerca del caos de Buenos Aires.

SUSCRIBITE A NUESTRA NEWSLETTER!