El Palacio Pereda

El Palacio Pereda
Por Javier Maldonado Hace cien años atrás era corriente hospedar a autoridades extranjeras en mansiones particulares de Buenos Aires. Las familias adineradas, quienes acariciaban el timón del país, se mudaban a un hotel cercano durante la estadía del huésped, y el invitado de honor gozaba de las comodidades de la casa mientras hacía sus actividades en la ciudad. Getúlio Vargas, presidente de Brasil en cuatro oportunidades, pasó unos días en el palacio de la familia Pereda en una de sus visitas al país y, al retirarse, habiendo quedado fascinado por el inmueble, fue muy claro con el anfitrión: “El día que vendan este caserón, quisiera ser yo su comprador”. Por necesidad, por esta declaración, por la depresión financiera de los años 30, por un mundo productor de armas, hambre y misiles, Getúlio Vargas y Celedonio Pereda llegaron a un trato, intercambiaron la casa por cuatro mil toneladas de hierro. Vaya mezcla el poder, la política, las guerras y la aristocracia. Conociendo el palacio El solar está ubicado en la calle Arroyo al 1300, a un costado del Jockey Club, al frente el Palacio Ortiz Basualdo, hoy embajada de Francia. Don Celedonio Pereda contrató a Louis Martin para construir esta casa, a principios del 1900, tomando de referencia, aparentemente, el museo parisino Jaquemart-André. El barrio es residencial, patricio, sus ventanales dan a la Avenida Alvear. Parece que por algunas diferencias entre Pereda y Martin el proyecto quedó inconcluso, y fue el belga Julio Dormal, el abanderado de la simetría, de la jerarquía de espacios, de la policromía, del Beax Arts, quien terminó el trabajo. Dormal, amigo de Sarmiento y de Avellaneda, era conocido en Buenos Aires porque había trabajado en los planos de La Casa de Gobierno, en las gradas del Hipódromo Argentino, en la sucursal del Banco Nación en Villa Urquiza. palaciopereda1 Toco el timbre. Un encargado me abre las puertas de la mansión. El acceso principal es también el portón para los carros. El palier, de puertas enfrentadas, espejadas, dan la inicial amplitud y prestancia señorial que se mantendrá en el diseño general. Las columnas, cilíndricas y gordas, están revestidas de mármol, con su basamento en bronce y el clásico capitel jónico dorado a la hoja. Las toco, saben como sabe la temperatura vespertina del Art Nouveau. Giro mi cabeza, veo desarrollarse, como una serpiente en movimiento, la escalera principal, iluminada por un hermoso ventanal que da luz y vida a toda la entrada de la casa. Veo el detalle de la herrería, es casi una escenografía y entonces imagino una escena de lluvia detrás de esa ventana, una conversación, un cielo estrellado, un atardecer venido desde la pampa lejana. Anoto estos detalles. Lentamente subo al primer piso y me enfrento a un Gobelino, que me dice a gritos que es la obra más vieja de la mansión, pero mi atención se dirige al único cuadro sobre las gradas de la escalera: se trata de Madonna, de José Ribera, que representa a la virgen del Carmen, con su escapulario, patrona de las cárceles argentinas. Prosigo. Hacia la derecha camino y paso al oratorio afrancesado, al toilette de damas y a la biblioteca, con una antesala de aire inglés, diría un guía: tudoriano. Reviso algunos libros de leyes, hay pocos libros. Defendiendo al despacho están dos escoltas erguidos, dos armaduras medievales, dando temperamento y seriedad al asunto. Aún ignoro hasta dónde se conservan los rastros de la familia Pereda, pero como acabo de ingresar, abrigo esperanzas de saberlo. No supone mucha esfuerzo notar que el sector social de la casa, digamos la sala de música, el salón dorado, el comedor diario, el comedor principal y el salón de baile, contienen un detalle delicioso que los une: su cielo raso, o digamos espectaculares frescos del pintor catalán José María Sert, quien trabajó en los gigantes lienzos temas como El aseo de Don Quijote, La Diana cazadora, Los Trapecistas, La tela de la Araña. Según dicen, fueron recibidos en el puerto, enrollados, y luego aplicados sobre el techo de cada salón. Estas obras realmente me gustan mucho, congelan mi visita, detienen mi pensamiento porque resplandecen en artesanía, en iluminación gris, en espíritu. palacipereda3 Después de unos minutos de contemplación, deduzco que la familia Pereda no fue partidaria de fiestas ni de celebraciones, porque el salón de baile está quieto y ordenado, organizado, porque no percibo el ambiente nocturno y verbenero de la tertulia. Sus elementos decorativos son los relojes, tan bonitos, y una reluciente chimenea con chispero dorado, en el comedor principal teje su tela de luz la poderosa araña de baccarat, con sus caireles y candelabros, y sabe de sobras la belleza que imparte a su alrededor. Donde veo columnas veo mármol, donde veo madera, veo nogal, excepto cuando mis manos abren el amarronado pianoforte Srard de la sala de música. Toco una pequeña melodía, lo cierro, me acerco el gran espejo con su juguetona tapa de la mesa, miro uno por uno los cuadros del olvidado Nicolás de Largillière pero, al mirar hacia arriba nuevamente aquellos frescos de Sert, me digo que ya es suficiente y de repente soy el jurado y le entrego el primer premio al catalán entre tanta competición doméstica. Como en un sueño, la cofradía del Art Nouveau y la Belle Époque se desvanecen en el aire: he bajado al jardín. Mis zapatos sienten el césped, mi sentidos el aroma de la pance, la nepenta, la hortensia, el loto, la rosa y la mejorana. La botánica local se distingue a la distancia: radiante están la tipa, el palo borracho y el ceibo. Ahora atardece en Buenos Aires, ya es hora de irme. Salgo, agradezco y doy la mano al personal. Desde la calle miro el Palacio Pereda y rememoro fotográficamente el Jaquemart-André, pienso en los vestigios de la breve y poderosa Avenida Alvear, en los paraísos perdidos de algunas generaciones. A día de hoy, me digo, esta mansión es la Embajada de Brasil, patrimonio de su estado, pero tengo que admitir que, en el camino a la cena de esta noche, pensaré ya no en palmeras, en morros, en playas de caribe ni en la salvaje amazona, sino en clasicismos imperiales, en colores metálicos como el dorado, en secundarios como el blanco, en primarios como el azul Francia.
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