Galeses en Chubut.

Galeses en Chubut.

Enmarcado en el verde del paisaje del valle cordillerano, un recorrido por Chubut para conocer a fondo la cultura y la historia de los colonos galeses y una excusa para sentarse a disfrutar de su tradicional té de las cinco de la tarde.

Textos: Paz Ascárate / Fotos: Bruno Cariman - Paz Ascárate

"El mejor galés es el que está fuera de Gales”, repiten en el país del norte. Para los grupos de turistas que llegan desde ese país, la premisa se confirma en la provincia de Chubut, donde la colectividad galesa, lejos de aspirar a la supervivencia de su cultura, la alimenta cada día y en cada tarde de té. Para el turista argentino, la historia de estos colonos también resulta fascinante: los galeses son el único caso de colonización armónica de América. Su relación con los pueblos originarios que habitaban el suelo patagónico a su llegada fue tan simbiótica que el propio término de colonización suena extraño a los oídos. A continuación, un recorrido por tres sitios emblemáticos que dan cuenta de una cultura que se afincó en el valle cordillerano y que, después de 150 años, sigue floreciendo.

Museo Regional de Trevelin

Una gigantografía en blanco y negro nos recibe en el Museo Regional de Trevelin: un hombre alto, de tez clara y pelo rubio, vestido de gaucho, está parado junto a una mujer tehuelche que sostiene a un bebé en brazos. Cada cual muestra un mate a la cámara. Nadie sabe en qué año fue tomada esta foto ni quiénes son esas personas, pero la imagen resume con exactitud la relación de dos pueblos que se encontraron tras el desembarco del velero Mimosa, que zarpó desde Liverpool en mayo de 1865, navegó dos meses y llegó a Puerto Madryn con 153 galeses. Lo que buscaban era un lugar donde pudieran conservar su idioma y su religión, dos cosas que el yugo inglés les prohibía. Y así lo hicieron.

Toda la primera sala se dedica a este encuentro: fotos de enorme valor documental, que reconstruyen la historia de los dos pueblos igualmente sometidos a la par que Argentina se constituía como república. Lo galés, lo originario y lo criollo, se fundían, con distintos grados de tensiones, en un mismo territorio.

Avanzando hacia al fondo está el corazón de la sala, con las maquinarias que hacían funcionar a este sitio, que antes de ser museo fue el Molino Andes. Fue el pionero galés John Daniel Evans el que en 1920, después de abandonar la estéril geografía galesa, vio una oportunidad de prosperidad en la industria harinera. Tener un molino en esa época era apostar al futuro, y nadie apostaba tanto como los galeses en estas tierras. Por eso se quedaron en Trevelin, que significa, en vocablo galés, “pueblo del molino”.

El museo tiene otros dos niveles superiores y un último piso que funciona como sala de exposiciones. Subir a conocer los pisos superiores vale la pena por dos razones. La primera: la vista de la pequeña Trevelin es sencillamente preciosa. Quien tiene la suerte de estar allí pasadas las 4 de la tarde, no se arrepiente. La segunda: los niveles superiores del museo son un viaje de un siglo hacia atrás a través de objetos clave de la vida cotidiana de los colonos, a comienzos del siglo XX. ¿Cómo se vestían? ¿Cómo decoraban sus casas? ¿Qué muebles y artefactos eléctricos utilizaban? Renglones aparte merece la vitrina con antiguos y delicados juegos de té, tan majestuosos como la infusión que degustaremos más tarde.

En esta misma sala también se dedica un espacio a recordar el plebiscito del Valle 16 de Octubre que se realizó en 1902, a través del cual se definió que buena parte de la provincia de Chubut, por entonces habitada por galeses y disputada entre Argentina y Chile, terminara perteneciendo al primer país. La historia completa de los galeses en la Patagonia se resume en los tres pisos de este museo.

El té, una ceremonia

Si el lector quiere tener un mejor rendimiento en una casa de té galesa, aquí va una recomendación: ayune cuanto tiempo le sea posible. Si tiene la fortuna de llegar a La Mutisia con el estómago vacío, tendrá la posibilidad de probar todas o muchas de las recetas que Marly prepara junto a su hija Leila (cuarta y quinta generación de la familia Underwood) y que incluye tortas, scones, dulces caseros de moras y guindas y manteca salada.

Imposible no reconocer a La Mutisia como casa de té. Ubicada sobre la calle principal de Trevelin, una enorme tetera blanca y una taza del mismo color se ven al frente del local, como si fuera una pequeña sucursal de Alicia en el País de las Maravillas. Aún no lo sabemos, pero el tamaño de estos adornos serán proporcionales a las porciones que encontremos sobre las mesas del lugar. Y, comprobaremos, la merienda también será una maravilla.

Al entrar todo está servido: los manteles puestos, las servilletas bordadas y prolijamente dobladas junto a los juegos de té de porcelana. Cada cuchara parece estar en el lugar exacto y en el milímetro correcto. Todo está listo para averiguar de qué se trata el reconocido té galés.

En La Mutisia, algo tan sencillo como el pan con manteca se puede convertir en una de las estrellas de la merienda: el pan casero combinado con la tradicional manteca salada que solían preparar los galeses, es una delicia extraordinaria. Las tortas de chocolate y frambuesa se hacen un buen lugar en la mesa, pero las “infaltables”, según Marly, son las de crema y, por supuesto, la torta negra galesa. “Es una receta muy especiada, con clavo de olor y canela. No lleva huevos ni leche en su preparación, por eso puede conservarse muy bien durante muchísimo tiempo”, explica la dueña de casa. La receta de esta torta, típicamente preparada para los casamientos, varía de familia en familia. Cada una aporta un secreto, suma un ingrediente, cambia un condimento, varía en alguna instancia su preparación. “No solo que se conserva mucho tiempo, sino que cuanto más días pasan más rica está”, resalta Marly, que recuerda que a los cinco años probó la torta de casamiento de sus padres cuando todavía no existían los freezers y cuando las parejas solo podían tener hijos después del casamiento.

Por su conservación y por la presentación que le dan en La Mutisia, la torta negra galesa resulta un souvenir de viaje ideal. En la casa de té de Marly y Leila, esta receta se sirve en un envase de cerámica que hicieron artesanos de la zona con diseños mapuches y celtas que homenajean el encuentro de ambas culturas.

En este mismo salón se puede encontrar un mini museo. Está allí, en sus paredes, detrás de las vitrinas: fotos, cartas y objetos que recorren la historia de la familia Underwood, una de las primeras en llegar al Valle 16 de Octubre y que fundó el pueblo de Trevelin.

Encuentro en la capilla

Unos 20 kilómetros separan a Trevelin de Esquel, la ciudad más importante de la Chubut cordillerana. En el centro de esa ciudad, después de un corto viaje en auto por la Ruta Nacional N° 40 bordeando el cordón montañoso, nos esperan Silvia Williams y Cristina Jones, presidente y secretaria de la Asociación Galesa de Esquel, para mostrarnos Seion, una de las primeras capillas galesas levantadas en toda la Patagonia. Para ser más exactos, la segunda. Se trata de una construcción que comenzó en 1905, modesta, de piedra y barro con paredes de ladrillo cocido y techo de chapa. Se terminó diez años más tarde y muy pronto comenzó a cumplir su función de centro de reunión, un sitio donde los colonos se juntaban para tener discusiones políticas y sociales y por supuesto, rezar y tomar el té galés.

Dentro de la capilla hay una mesa cubierta con un mantel blanco y un florero, un armonio antiquísimo y a pedal. Silvia abre el cancionero de partituras y lo hace sonar: aún funciona perfectamente. Nos muestra el libro: “¿ven que no es el clásico cifrado musical?”. Los galeses habían desarrollado el propio, uno menos complejo para que pudieran tocarlo todos los fieles por igual, supieran o no leer música.

Con los años, Seion fue creciendo y anexó un vestry, donde funciona la escuela dominical y la Escuela de Galés de la Cordillera. Y en 1995 fue incluida en el Registro Provincial de sitios, edificios y objetos de valor patrimonial, cultural y natural de la provincia del Chubut.

Uno de los aportes más interesantes de los galeses en Argentina, según la mirada de Cristina, fue que comenzaron a esbozar una organización democrática. “Ni bien llegaron a Madryn lo primero que hicieron fue formar un concejo con 12 representantes para discutir las necesidades de los habitantes de la zona, eso dejó una impronta fuerte en Chubut”. A partir de esas discusiones, los referentes galeses, que algo sabían de viajar largas distancias, se trasladaban hasta Buenos Aires para hacer sus pedidos a las autoridades. “Esos viajes, según está documentado, los hacían acompañados de caciques”, cuenta Cristina. “La convivencia entre ambos pueblos era fenomenal”. Los galeses, explican las referentes, eran ya fuertemente oprimidos en Gran Bretaña. “No querían hacer con otras personas lo que habían hecho con ellos -apunta-. No estaba en su idiosincrasia”.

Fue aquí en Seion que hace más de 100 años, cuando los galeses apenas comenzaban a poblar Chubut, que una pareja celebró su casamiento con una ceremonia muy austera. Un grupo de originarios de la zona que pasaba se paró frente a la capilla. Ambas partes quedaron desconcertados frente a la presencia del otro. Se dice, cuenta Silvia, que en ese momento una mujer galesa tomó a su bebé y lo puso en brazos de un originario. Y con ese gesto, los galeses sellaron la confianza mutua de los habitantes de Chubut. Si el refrán popular se equivoca y estos no eran los mejores galeses, pues entonces debieron ser unos muy buenos. 

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