Miramar: Pacto con la naturaleza todo el año.

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Por Nicolás Calero

Chapu es un atleta del entusiasmo. Son apenas las 9 de la mañana, hace frío, algo de viento también, y el tipo está encendido: zapatillas de entrenamiento, ropa térmica, bas­tones a ambos lados; parece listo para darnos la lección de una rutina a la que no estamos acostumbrados. Posa su mirada piadosa sobre nosotros y dispara vivaracho para sacudirnos la modorra: “Vamos, eh, que si lo hacen bien, la próxima podrán competir en la Chapu Cross Adventure Race”. Los pocos caminantes que a estas horas nos cruzamos durante el trayecto lo saludan con devoción militante. Él responde, congraciado consigo mismo y el entorno. En el Bosque Vivero de Miramar las condiciones son excepcionales para los amantes del trekking. Senderos estrechos serpentean por entre la tupida vegetación de arbustos y árboles que fueron plantados allí hace más de medio siglo con un único objetivo: fijar las dunas. Javier Gómez, o “Chapu” como se lo conoce, descubrió hace años el potencial de este predio e instaló allí una empresa familiar con la intención de desarrollar el cada vez más rentable turismo deportivo. “Nadie conoce este lugar como yo”, repara, y continúa: “Esto es el paraíso. Por eso cuando en 1995 Mar del Plata fue sede de los Juegos Panamericanos, insistí para que nosotros fuésemos la subsede del Mountain Bike. Yo fui quien diseñó el circuito de 6 kilómetros para la competencia; un circuito que tiene todo tipo de obstáculos, para los más exigentes, pero que también puede ser transitado como un paseo”.

El vivero dunícola Florentino Ameghino descansa sobre el litoral marítimo de General Alvarado. Contiene un museo, un restorán, zona de juegos para niños, alquiler de caballos y bicicletas, áreas de descanso para disfrutar en familia. A diferencia de lo que ocurría hace algunos años, Miramar se acostumbró a recibir visitantes todo el año, por los congresos y eventos que allí se destinan, pero por sobre todo por la tropa marplatense que huye los fines de semana para escapar de sus propios invasores y encontrar en esta ciudad la dosis precisa de tranquilidad e inmejorable oferta hotelera y gastronómica a buenos precios–. Por eso no reviste sorpresa alguna descubrir un sábado de junio o noviembre, por ejemplo, hoteles llenos y restoranes rebosan­tes de turistas.
La ciudad es pequeña y está sembrada con bulevares, plazoletas y diagonales. No hay semáforos. Viven allí algo más de 37 mil habitantes, aunque se calcula que unas 5 familias nuevas se instalan por semana. Por ahora, se respira la tranquilidad que exudan algunos pueblos de provincia, donde la siesta se ejecuta con subordinación. Los chalets forrados con piedra se entrelazan con la hilera de edificios que se erigen en el centro, sobre la costa. Allí, los locales comerciales permanecen en su mayoría cerrados fuera de temporada y ahora, gracias a una iniciativa estatal, muralistas y grafiteros locales pintan las cortinas metálicas bajo la consigna “Raquel Forner y su relación con Miramar”.

Circuito chico
Otro bosque, algo más místico que el Vivero, es otro de los paseos obligados para el viajero de turno. Se trata de un espacio de más de 400 metros cuadrados donde, según reza la leyenda, se concentra un índice fenomenal de energía. El Bosque Energético es visitado tanto por devotos como por descreídos. En cualquier caso, es común ver a gente abrazada a un árbol sobre una rama efectuando increíbles trucos de equilibrio.

En el mismo día, y luego de recorrer el bosque, se pueden visitar las instalaciones del mítico Golf Club, un auténtico sitio de estilo escocés construido en 1927; los espectaculares murales a cielo abierto que componen el complejo escultural –atravesado por el arroyo El Durazno– que cada dos años recibe a muralistas de todo el mundo; la bodega Trapiche, camino a Mar del Plata, a la altura de Chapadmalal, que convoca tanto para conocer los pormenores de la industria vitivinícola, como para degustar variedades de vinos o comprar botellas a buen precio; o estirarse hasta Forjados del Monte, el local que desde hace algunos años montó Juan Carlos Ortíz, y donde el arte de la fabricación de cuchillos, discos de arado y afines se teje con pasión artesanal a la vista de todos.

Miramar es también ideal para bautismos, tanto de buceo (en Aventura 4 Elementos, los novatos son guiados por instructores con la seguridad que brinda un estanque de agua templada con 4 metros de profundidad y plagado de peces), como de vuelo (el aeroclub dispone de avionetas y planeadores, y el vuelo dura 20 minutos), para obtener unas vistas magníficas de la ciudad, pero también de Mar del Plata, la laguna de Mar Chiquita, la Sierra de los Padres y el Océnano Atlántico en todo su esplendor (si se tiene suerte, también pueden verse ballenas).

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De ronda
En los últimos años los miramarenses alcanzaron otro logro del cual sentirse orgullosos. En sintonía con la vigorosa transformación de la ciudad, la municipalidad instó a varios restaurantes a integrar un circuito gastronómico que pudiera ser explotado y vendido al turista con un fácil reconocimiento de marca. En “Saborea Miramar” ya son más de veinte los locales que engordan la renovada oferta gastronómica y buscan perfeccionarse día a día. A los ya clásicos Club de Amigos o Van Dyke, se suman entonces sofisticadas opciones entre los que cabe mencionar dos. Uno de ellos es Lotus, que opera en las instalaciones de la hostería Villasol, al cuidado de la raw chef Carla Prieto, que se ocupa en persona de seleccionar cada mañana en la feria orgánica las verduras y hortalizas que nutrirán los platos del día. Las mesas se sitúan en un salón desde donde se contempla la inmensidad del mar y por tal, se presenta como un lugar único para el avistaje de ballenas. El menú es típicamente vegetariano y se acompaña con una limonada con jengibre y té orgánico de distintas hierbas. El otro restorán a tener en cuenta es La Criolla. Ubicado en una pequeña finca familiar, la casona central fue aggionarda para recibir un escaso número de comensales con una propuesta original y diferente al resto. La historia se remonta a René Erize, un inmigrante vasco-francés que compró el terreno hace casi medio siglo, cuando la zona lucía como un desierto; de a poco, ese páramo fue forrándose de árboles –frutales en algunos casos–, arbustos, plantas diversas y hasta un alcornoque. Hoy el restorán, conducido por Bernard, hijo de René, abre sus puertas en un ambiente íntimo (domina el salón principal una biblioteca con títulos bien seleccionados y música clásica para regenerar los sentidos). La carta, acotada, repone los sabores que nacen de la mixtura de la cocina mediterránea europea con la gastronomía local. No se permiten niños, lo que resulta una experiencia sobrecogedora para aquellos que quieran escapar del bullicio y entregarse al placer del buen comer, sin interrupciones, a fuego lento, como se espera de toda cocina hecha en casa.

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