Aquitania, Francia para degustar.

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Pasamos cinco días en Francia. Muy pocos para un país que tiene tanto para ver, hacer y ¿por qué no? para saborear.

Por Guido Minerbi

Francia empieza en la Embajada

El viaje comenzó con un desayuno con el Embajador Pierre Henri Guignard, cuyo perfecto castellano alivió a los invitados, temerosos de desempolvar lo aprendido años atrás en la Alliance. Dos calles porteñas honran a naturalistas que vinieron a nuestro país: Herr Humboldt y Monsieur Bonpland. El verdadero apellido del francés era Goujaud: su padre, ante el amor del hijo por las plantas, lo apodó “Bon-Plant”. El hijo pasó a ser Bonpland y adoptó el apodo. Inagotable fuente de anécdotas de ambos países, el embajador recordó que Bonpland vivió aquí unos 40 años y que le debemos algo esencial porque descubrió cómo hacer germinar las semillas de una planta presente -en estado salvaje- en Corrientes, donde no se lograba cultivarla en gran escala. Era el Ilex Paraguayensis, cuyas hojas elaboradas nos dan la yerba mate. Sólo por eso, Bonpland merecería una avenida o un monumento en Buenos Aires. El Embajador, la representante de Air France -Denise Eljatib- y la responsable de prensa de la embajada, Nina Cavielles, detallaron el itinerario: partiríamos el 22 de octubre. París sería sólo una escala para cambiar de avión.

Tuvimos un upgrade a Clase Ejecutiva, donde disfrutamos un anticipo de lo que experimentaríamos en Francia. La excelente cena fue realzada por un notable Médoc Chateau Rollan de By 2012. Tras postre y café, una copita de Calvados, brandy que desde el siglo VIII producen en Normandía. Aromático, abocado y muy añejo, es un destilado de sidra de cuatro clases de manzanas.

Itinerario estratégico: Francia no es sólo París

Del Aeropuerto Charles De Gaulle volamos a Biarritz. Visitaríamos Nouvelle-Aquitaine, región nacida en 2016 de la unión de Aquitaine, Poitou-Charentes y Limousin. De incalculable potencial turístico, cuenta con unos 700 km de playas atlánticas y el mayor polo vitivinícola de Francia. Es una “región para catar” por sus ciudades, pueblos, campiña, gastronomía, viñedos y destilerías. Tan variado es lo que ofrece, ¡que hasta el más abstemio la disfrutará plenamente!

La perla de la Bahía de Vizcaya: Biarritz

Biarritz, ciudad balnearia y capital del surf de Francia, se asoma a la Bahía de Vizcaya (que comparte con la vecina España) está en el País Vasco francés. Descubierta por la realeza a principios de 1800, se convirtió en destino favorito de los amantes del mar y la playa. El Emperador Napoleón III hizo construir allí un palacio para la Emperatriz Eugenia de Montijo, condesa de Teba. Con planta en forma de E, en su honor, es hoy un lujosísimo hotel donde todo es “imperial”. El grupo de periodistas fue alojado en descomunales habitaciones con vista al mar. “Biarritz” es vasco: el prefijo “bi” significa “dos” y “arrito” es “roca o promontorio”. Biarritz, de hecho, se sitúa entre dos promontorios que delimitan su collar de playas.

Rápida ducha para superar el jet-lag. Luego, cámara en mano, recorrida por los alrededores del Hotel du Palais. Vimos una iglesia cuyo estilo no parecía ni vasco ni francés. Es la Iglesia Rusa Ortodoxa, consagrada a Saint Alexandre Nievsky. Su típico interior abunda en dorados íconos, finamente decorados. Recorrimos el parque y el golf del hotel y descansamos al borde de la enorme piscina que -nos dijeron- inauguró el mismísimo Frank Sinatra, huésped asiduo. El conserje nos comentó que también se hospedaron en el hotel Ernest Hemingway, Cary Grant, Gary Cooper, Marilyn Monroe, Romy Schneider, Coco Chanel, Gabriel García Márquez, Barbra Streisand, Omar Sharif, Harry Belafonte, Jane Mansfield y la argentina Victoria Ocampo, entre otras personalidades.

Caminamos hasta el pequeño restaurante Bistrot de la Mer frente a la playa. La cena de pescado local, acompañado por un Bordeaux Superieur Chateau Bois-Malot 2012, de edición numerada, no tuvo desperdicio. Tomamos la botella 9304 y hubiéramos seguido con la 05 y la 06, pero estábamos cansados y fuimos prudentes. En Nouvelle-Aquitaine no nos faltarían los mejores vinos… Tuvimos mucha suerte meteorológica: en otoño avanzado cenamos al aire libre, con tan sólo un suéter de hilo. El postre estuvo a la altura del pescado, sencillo y exquisito: tibios medallones de queso de oveja con mermelada de cerezas.

Mme. Catherine Lamazerolles, nuestra experta guía bilingüe y “ángel de la guarda” nos enseñó cómo pedir un cortado. Se pide un noisette por el color avellana que le da la leche.

El día siguiente recorrimos Biarritz, su notable acuario y uno de los puntos emblemáticos. En un promontorio que domina un panorama incomparable, hay una imagen blanca de la Virgen a la que se accede por un puente. Cerca de allí, el que en su momento fuera puerto de pescadores, está lleno de bistrots costeros. Conocimos por dentro uno de los tantos típicos monolocales donde los pescadores guardaban enseres y redes. Hace siglos se pescaban ballenas y por eso en el emblema de la ciudad campea un gran cetáceo. Pasamos por la playa del “Club de los Osos Blancos”, cuyos socios aman el frío y se internan en el mar en pleno invierno. Nos hubiéramos detenido más en Biarritz, “reina de las playas y playa de los reyes”, pero el itinerario era exigente. Como San Sebastián en España (Donostia, en vasco), Biarritz tiene un festival anual, dedicado al cine latinoamericano.

Bordeaux: ciudad ineludible 

Fuimos a Bordeaux en combi, por la cuidada campiña, paisajes cambiantes, colores cada vez más otoñales, todo enmarcado por las cumbres azuladas de los Pirineos. Los panorámicos caminos infunden el deseo de manejar y detenerse aquí y allá para sacar fotos. El paisaje fue cambiando hasta convertirse en una secuencia de prolijos viñedos donde las primeras hojas rojizas revelaban el avance inexorable del otoño. Llegamos al mediodía y se nos planteó una duda existencial a quienes conocíamos París: ¿es Bordeaux una pequeña París, o París una gran Bordeaux? Ambas tienen un notable parecido: a primera vista se las podría confundir, excepto que, ante el río Garonne, el Sena parece un hilo de agua. Nos enteramos de algo que no suponíamos: Bordeaux, con 250.000 habitantes en el casco urbano y casi el triple en el Gran Bordeaux, es un activo puerto al que llegan cruceros fluviales y oceánicos en creciente cantidad. Lonely Planet recientemente la definió “ineludible” en el contexto de Francia y le otorgó el reconocimiento de “Mejor Ciudad 2017” a nivel mundial. Aguas abajo, el Garonne se une al Dordogne dando lugar al estuario de Gironde, antes de desembocar en el Atlántico. Así, los puertos de Bordeaux y Saint-Jean de Luz -contiguo a Biarritz- se están activando para ocupar un sitial de liderazgo como escalas de grandes cruceros.

Frente al hotel, abordamos un tranvía articulado de un tipo que no conocíamos: todo tranvía suele tener un trolley para alimentar sus motores con electricidad. Éste toma la electricidad desde un tercer riel embutido al ras en el asfalto, ¡sin que por eso los transeúntes se electrocuten al pisarlo! Nos apeamos frente a la Cité du Vin (Ciudad del Vino), colosal estructura fruto del genio de los arquitectos Legendre y Desmazières: el cuerpo de una gigantesca botella parece emerger de una ola que replica las que se dan en una copa de vino. Este insólito museo es un monumento a la cultura del vino y permite recorrer su evolución a través de los milenios. Exhibiciones, muestras interactivas y salas de cata donde se degustan los mejores vinos se suceden en su interior. Hay una gigantesca vinoteca circular donde se pueden adquirir vinos franceses y de otras latitudes como -por ejemplo- Argentina y Chile. Compartimos un nada frugal almuerzo en el restaurante panorámico, donde sabrosos quesos realzaron el excelente Sauvignon Domaine de Montizeau 2016 ante una vista panorámica de la ciudad y su río. Un piso más arriba se accede a un Belvedere desde una barra minimalista donde se puede degustar una copa de vino -incluida en el precio de la entrada-, con tal de no llevarla afuera. Disfrutamos la vista del puente levadizo que atraviesa el río y franquea el paso a cruceros oceánicos de hasta 280 metros de eslora. Volvimos en tranvía a nuestro hotel, ubicado frente al Gran Teatro, ícono de la ciudad. En uno de los pocos ratos libres, recorrimos un tramo de la peatonal Sainte Catherine, la más larga de Europa. Cenamos en el hotel y salimos a dar una vuelta para observar un espectáculo memorable. Frente a la majestuosa Place de la Bourse (Plaza de la Bolsa) hay un descomunal piletón de 3.450 m2 y una profundidad que no supera un par de centímetros. Es un sorprendente espejo de agua que refleja los edificios iluminados que rodean la plaza. Antes de dejar Bordeaux, realizamos un paseo matutino. Nos quedó tanto por ver y nos propusimos regresar para conocer mejor la capital de Nouvelle-Aquitaine.

Chateau Siaurac: una experiencia multifacética

Nuevamente en la combi, luego de un territorio cada vez más bucólico, viñedo tras viñedo, llegamos a una etapa que aguardábamos con sana impaciencia. En Francia no nos habían escatimado excelentes platos y memorables vinos, pero la perspectiva de un almuerzo en el Chateau Siaurac, bodega prestigiosa y antigua -1832- nos entusiasmaba. Rodeado por un parque que es Monumento Histórico, el almuerzo en La Table de Siaurac fue todo un hito. El predio funciona como exclusivo hotel de campo -Mejor Turismo del Vino 2016- con ocho fabulosas habitaciones asomadas al parque y amuebladas cada una con un estilo clásico y diferente. El almuerzo fue servido en valiosos platos pintados a mano, con pájaros multicolores posados sobre ramas, de no menos de 200 años de antigüedad. Un extraordinario menú, acompañado por un aromático varietal, el Plaisir Siaurac, seguido por un Chateau Siaurac (blend 80% Merlot, 14% Cabernet Franc y 6% Malbec). Experiencia total que integró elaborada gastronomía, entorno refinado, óptimos vinos propios y la vista de un parque que parece una pintura. Los mínimos detalles, cuidados con celo. Quien firma esta nota, omnívoro como el que más, detesta el hígado en todas sus formas, incluso un ícono como el paté de fois-gras. Lo había registrado en un cuestionario previo al viaje. En el Chateau sirvieron como entrada generosas porciones de paté y me alarmé: ¿cómo haría para no quedar mal?  Quien servía en la mesa guiñó un ojo cómplice y me tranquilizó: en mi plato había paté, sí, pero no de fois – ¡y estaba delicioso!

Saint-Emilion y su iglesia monolítica

La experiencia nos había estimulado. Tras un noisette partimos hacia una etapa entre Chateau Siaurac y Cognac. En tres cuartos de hora estacionamos en la placita de Saint-Emilion y trepamos por las callecitas angostas del pequeño pueblito medieval. Desde un punto panorámico admiramos viñedos cuyas perfectas hileras acompañaban el contorno ondulante del suelo. Una especialista nos guió en una visita insólita. Emilion, monje bretón, fue perseguido por los benedictinos. Se ocultó 17 años en una cueva. Vivió de la caridad como ermitaño y realizó una serie de milagros. A principios del Siglo XII se inició la construcción de una gran iglesia esculpida en la piedra caliza, subterránea en parte, en la ladera de una colina, por voluntad de un caballero poderoso -Pierre de Castillon- a su regreso de la Primera Cruzada. Es la mayor iglesia monolítica de Europa. Su campanario de 53 metros y 3.000 toneladas comenzó a peligrar, amenazando con derrumbarse. Al ingresar, notamos las columnas ceñidas por sólidas abrazaderas de hierro que aseguran su estabilidad.

Cognac  con “C” mayúscula

Tras esta experiencia de tintes místicos, llegamos a la tardecita a la atractiva ciudad de Cognac, de unos 20.000 habitantes. Allí captamos mejor el por qué de la férrea tutela de las denominaciones de origen de vinos, licores, espumantes y destilados emblemáticos. El destilado homónimo de la ciudad es un aguardiente y, en inglés, un brandy. Pero Cognac -así, con mayúscula- sólo hay uno en el mundo y proviene de Cognac y la región que rodea la ciudad. ¡Ningún otro aguardiente puede denominarse Cognac! Ya era de noche y nos esperaba otra cena notable, esta vez en L’Atelier des Quais, refinado restaurante donde nos aguardaba Michel Durrieu, Director General del Comité Regional de Turismo de Nouvelle-Aquitaine, quien nos puso al tanto de lo que se está implementando para incentivar el turismo en la región. La idea es que no sólo París, sino toda Francia, se conviertan en el destino más deseado en Europa. Un dato relevante: en 2016 Nouvelle-Aquitaine fue visitada por no menos de 3 millones de extranjeros. ¿Qué es lo que tanta gente busca allí?  Probablemente, contagiarse con algo que -a través de los siglos- la ha identificado: su “Art de Vivre” (algo así como el arte de vivir de la mejor manera posible). Y eso, precisamente, nos había impactado desde el momento en que habíamos pisado tierra en el aeropuerto de Biarritz Pays Basque: el ritmo, la hospitalidad y la tranquilidad de la gente. Hay tanto para ver, y para todos los gustos. Por ejemplo, a escasos kilómetros de Cognac se encuentra Angoulême, donde todos los años se celebra el más importante Festival del Cómic de Francia.

Volvamos a nuestra cena, que cerramos de la única forma razonable: acompañando nuestro noisette con una copita de Cognac. Sin siquiera comentar el bouquet del mismo, eso de tomar un Cognac en Cognac sumó magia a la experiencia.

A la mañana nos levantamos muy -pero muy- temprano. Dicho en francés, el día sería un “tour de force”. Una larga caminata nos reveló lo más importante de la ciudad, pasando por el castillo y una de las antiguas e impactantes puertas. Fuimos luego hacia la ribera del río Charente y echamos un vistazo al negocio de la destilería Hennessy, donde un reconocido pintor de murales callejeros -conocido como JonOne- estaba terminando su obra “Mixing the Colors” (Mezclando los Colores). Seguimos recorriendo y disfrutando -ya debidamente contagiados por el Art de Vivre de la atmósfera de ciudad pequeña, con estilo propio, calles adoquinadas de piedras (¿mármol?) de brillante tono blanco, casas antiguas, gente muy amable sin apuro ni estrés y visita a una chocolatería especializada en bombones rellenos de -¡obvio!- Cognac. Finalmente llegamos a la destilería más icónica, Remy-Martin, y descubrimos que se trata de un grupo de gran envergadura que no sólo produce el mejor Cognac, sino el reconocido licor de naranjas Cointreau y el brandy Metaxa, el más renombrado de Grecia. Como argentinos, nos llamó la atención la reproducción de un antiguo planisferio donde, en el Atlántico Sur, se distinguen con claridad dos grandes islas identificadas por su nombre original francés –Malouins- que les fue dado por marinos procedentes del puerto pesquero de Saint-Maló. Los descubrimientos seguirían: ¿Por qué en algunas botellas de Cognac figuran las cuatro misteriosas letras V.S.O.P.? Son las iniciales de Very Special Old Pale (algo así como un Cognac VIP). La cata del Cognac Remy Martin fue la dignísima apoteosis del viaje. En el centro de una amplia sala revestida de cálida boisserie, una gran mesa de directorio estaba oculta bajo la más amplia variedad de frutas secas o caramelizadas, cacao, finísimos chocolates, gigantesca horma de queso, vainas de vainilla, todo lo dulce o salado que se pueda imaginar para mejor juzgar cómo cada sabor o aroma realza y magnifica el bouquet del Cognac. Experiencia mágica que nos hizo concientes de que la producción del Cognac suma tradición, artesanía, arte y un profundo afecto por un destilado icónico y refinado, sinónimo de momentos especiales y únicos.

Bouteville, escala previa al check-in

Nos dirigimos hacia la última escala en Bouteville, pequeño caserío a los pies de un antiguo castillo. Allí una familia de emprendedores supo combinar tres elementos: uvas Ugni Blanc, barricas de roble previamente utilizadas para añejar Cognac y tiempo, ¡mucho tiempo!  Inspirados por el aceto balsámico de Módena, crearon su Baume de Bouteville (Bálsamo de Bouteville), utilizado por los más destacados chefs franceses para dar un toque especial a sus creaciones.

Un breve vuelo nos llevó a París, de donde partimos hacia Ezeiza donde -unas 13 horas más tarde- nos sellaban el pasaporte. Era el sábado 28 de octubre. No había pasado una semana desde que habíamos salido para Francia. Aun así, ya nos sentíamos “ciudadanos honorarios” de Nouvelle-Aquitaine. Guardamos un excelente recuerdo, y esperamos regresar pronto para profundizar el contagio de ese Art de Vivre.

Mas información: es.france.fr

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