De Cusco a Machu Picchu

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Una travesía desde la turística Capital Inca, recorriendo yacimientos arqueológicos y pasando por el Valle Sagrado para quedar prácticamente mudos frente a la majestuosidad de Machu Picchu.

Por Inti Raymi / Fotos: Shutterstock.com

Visitar Cusco, en Perú, es sumergirse en la cosmogonía de la cultura inca. Una civilización que tuvo su época de esplendor en el siglo XV con Pachacutec, su noveno gobernante, convirtiéndose en el dominio más extenso de América y logrando un nivel de desarrollo sorprendente. La que fuera la capital del imperio, hoy es una ciudad cosmopolita y turística que también funciona como puerta de ingreso al legado de los incas. Para aquellos que venimos del llano, resulta indispensable tomarse unos días para aclimatarse a la altura y, al mismo tiempo, empaparse de la idiosincrasia andina. Podríamos empezar visitando la Casa de Garcilazo de la Vega, cronista hispanoinca, donde hoy funciona el Museo Histórico Regional. Hay muchos otros museos como el de Arte, el Inka o el del Quijote que también nos sumergirán en el contexto histórico. La Plaza de Armas es el corazón de la ciudad, en torno a la misma se hallan la Catedral, la Iglesia de la Compañía de Jesús, el Museo de Arte Religioso y el Convento e Iglesia La Merced. La arquitectura de estos sitios es única en el mundo, pues representa una fusión de culturas. A pasos de allí se encuentra la célebre Piedra de los Doce Ángulos, inmortalizada en el film “Diarios de Motocicleta”, en el cual un niño llamado Néstor guía a los personajes de Rodrigo de la Serna (Alejandro Granados) y Gael García Bernal (Ernesto “Che” Guevara) por la ciudad para mostrarles el “muro de los Incas” y en contraste “el de los incapaces”, en referencia a otro construido por los españoles. Si al pasar por allí se presta mucha atención, quizás se reconozca a aquel niño, hoy convertido en hombre, ofreciendo sus pinturas a los turistas. No hay que dejar de visitar El Mercado de San Pedro (donde se comercian frutas, verduras, zumos, artesanías regionales, gallinas y casi todo lo que uno pueda imaginar), como así tampoco el bohemio Barrio San Blas.

Hace falta alejarse apenas dos kilómetros al norte de Cusco para empezar a descubrir los primeros restos arqueológicos. Sacsayhuaman fue un centro militar y religioso y aunque solo queda en pie el veinte por ciento de su estructura, eso no impide vislumbrar la grandeza del que fuera escenario de las más amargas batallas de la conquista española. Hoy es el sitio donde se realiza la Fiesta del solsticio de invierno, el Inti Raymi, el nacimiento del sol.

Hay otras tres ruinas cercanas a Cusco. A cuatro kilómetros está Q´enqo, que se presume fue un sector de ceremonias. Cuenta con una cueva con altares labrados en roca. Se pueden observar también grabados en los que destacan las formas de puma, cóndor y llama. Siguiendo por la misma ruta se llega a Pukapukara, que se cree era un puesto de vigía o parada de descanso para viajeros. Al otro lado de la carretera, 300 metros hacia adentro, llegamos a Tambomachay, la Fuente de la Piedra Ceremonial, un conjunto de cascadas alimentadas por un manantial.

El recorrido por los restos arqueológicos nos llevará por Pisac y Ollantaytambo que junto a Calca, Yucay y Urubamba conforman los poblados del Valle Sagrado. La primera parada es Pisac, una aldea en crecimiento en torno a la ciudadela que resistió los embates del tiempo. En épocas de los incas, Pisac estaba separada en barrios. Estaba el de los agricultores, el de los artesanos, había un cementerio y una fuente para purificar el cuerpo. Arriba, en la montaña, se encontraba el sitio de los criadores de cuy (una especie de cobayo muy popular en Perú que se come de diversas formas). En el complejo se destacan los magníficos andenes que fueron utilizados para la agricultura y el transporte.

La siguiente parada es el encantador Ollantaytambo. Edificaciones en piedra, canales de riego, una plaza de armas y los estrechos pasajes adoquinados habitados desde el siglo XIII dan la sensación de estar estacionados en el tiempo. Al ingresar a las ruinas que sirvieron de refugio a la resistencia comandada por Manco Inca Yupanqui contra la conquista, se observan bacanales desde los cuales, si se mira con atención hacia los acantilados, se descubrirá el rostro del Inca esculpido en la piedra de forma sorprendente.

Camino a Machu Picchu

Hay varias formas de acceder a la maravillosa obra de ingeniería inca situada a 2.430 metros sobre el Río Urubamba. Tal vez, la experiencia más anhelada por los visitantes es El Camino del Inca, un trekking de cuatro días por un antiguo sendero que une el Valle Sagrado y Machu Picchu. La aventura incluye campamentos para descansar y abarca 38 kilómetros en ascenso y descenso entre montañas, por lo que conviene estar en buena forma física. Las vistas inolvidables de los picos nevados, los paisajes con distintos tonos de verde, los ríos interiores y la mística del lugar, satisfacen con creces la expectativa. Esta excursión es la única que no puede hacerse en forma libre. Existen diversas agencias que la comercializan e incluso ofrecen también una versión reducida de dos días. Muchos consideran esta experiencia como un rito de iniciación para el viajero.

Pero la opción más utilizada para llegar a Machu Picchu es el tren que, en tres horas, va desde Cusco hasta Aguas Calientes, el pueblo al pie del complejo que alberga los restos arqueológicos. El mismo ferrocarril también se puede interceptar en Ollantaytambo. No existen carreteras que lleguen hasta Aguas Calientes, sin embargo, hay una opción muy utilizada por mochileros y viajeros que consiste en tomar una combi desde Cusco hasta la hidroeléctrica y desde allí avanzar a pie once kilómetros por las vías. Aunque suene surrealista, miles de personas de nacionalidades diversas peregrinan por aquí haciéndose a un lado cuando el tren pasa.

Aguas Calientes es un poblado dedicado íntegramente al turismo. Con restaurantes, alojamientos de todo tipo, tiendas de recuerdos y una plaza con un monumento a Pachacutec que funciona como punto de encuentro. Los turistas no pasan más de dos noches aquí, ya que solo es el lugar de descanso previo y post Machu Picchu.

La jornada en la que se visitan las ruinas hay que estar levantado desde muy temprano. A las 4:30 se van disponiendo las colas, tanto para los que van en bus como aquellos que lo hacen a pie. El transfer demora quince minutos hasta el complejo y quienes optan por caminar demoran cerca de una hora y media para cubrir el mismo trayecto. El sendero es en subida y en altura, lo cual produce un gran desgaste físico. En Machu Picchu hay mucho por recorrer, razón por la cual es recomendable llegar descansado. El ingreso para el primer turno es de 6:00 a 12:00 y el segundo turno, de 12:00 a 17:30. La visita requiere un mínimo de tres horas, en menos de ese tiempo seguramente quedarán zonas por descubrir. La entrada conviene sacarla con varias semanas de anticipación, ya que hay un límite de gente permitida y se agotan. La página oficial para adquirirlas es machupicchu.gob.pe. Además, hay decenas de revendedores.

Machu Picchu, una experiencia personal

Una sensación de escalofrío me recorre todo el cuerpo. Apenas amanece, una bruma espesa entrega una imagen épica. Fílmica, se podría decir. Me restriego los ojos para asimilar la magnificencia de la ciudad de Machu Picchu. La imagen es realmente impactante. En el centro de la escena la obra construida por orden del noveno inca, Pachacutec. Detrás, la montaña centinela, Huayna Picchu. La foto que tantas veces uno ha visto, pero que en ningún caso logra capturar el alma de este lugar. Paulo es nuestro guía. Un descendiente de las tribus que formaban parte del Tahuan­tinsuyo. Nos habla con una mirada distinta de lo que el saber popular dice sobre esta cultura. Hace conjeturas sobre qué fue Machu Picchu y menciona que actualmente la más enérgica habla de un centro educativo. Él trata de interpretar aquello que, sin utilizar la palabra escrita, este pueblo dejó como legado. Nos muestra la Cabaña del Guardián de la Roca Funeraria. Se detiene en los 16 baños ceremoniales. Y después de subir una escalera, llegamos a La Plaza Sagrada. Vemos el Templo de las Tres Ventanas, el Templo Principal y la Casa del Sumo Sacerdote. Accedemos a la única construcción redonda de Machu Pi­cchu: el Templo del Sol. En el sector conocido como La Tumba Real, aunque allí nunca se encontró momia alguna, nos cuenta cómo los astrónomos incas predecían el solsticio de invierno en Intihuatana (Amarradero del Sol), una piedra tallada que también se creyó era un reloj de sol. Al bajar, entramos en unas laberínticas celdas que, se supone, eran cárceles, finalizando el recorrido en el Templo del Cóndor. La visita guiada dura casi dos horas y media. Luego el grupo se divide entre los que sacaron su entrada para ingresar al Huayna Picchu y los que van a la Montaña Machu Picchu. La visita a esta última incluye una escalada de unos cien metros que nos lleva a la cima en busca de increíbles vistas de la ciudadela y del Camino del Inca. Los que se dirigen a Huayna Picchu acceden al Templo de la Luna, después de sortear escaleras, tramos muy empinados y atravesar una cueva suspendida en una saliente y un túnel.

Al finalizar el recorrido de todo el complejo, cuando el sol del mediodía se alza en lo alto, caminamos hacia la salida. Pero antes de cruzar el portal, echo una última mirada hacia atrás. Todo eso es mucho, no me alcanzan los poros para llevármelo metido en el cuerpo. Es más de lo que cualquiera puede ir a buscar.

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